26 ene. 2012

Morir en la ciudad de los muertos


Buceando por el foro paranormal en Internet, encontré un relato sobre el “Ahorcado del Cementerio”. La leyenda contaba que los días jueves de luna llena, entrada la noche, los transeúntes de la calle jorge Newbery a la altura de Guzmán, sorpresivamente se encuentran con la figura fantasmagórica de un ahorcado, colgando de un árbol, con su cuerpo semi transparente y vistiendo ropas de principio de siglo.
Parece que el ahorcado, fue un portador de fiebre amarilla, que no resistió tal noticia y decidió quitarse la vida en cercanías de lo que luego seria su morada final… Automáticamente luego de leer esta historia, recordé una de mi infancia que de mito no tiene nada, o tal vez se convierta en uno inmediatamente luego que mi memoria libre su batalla con los recuerdos de una niña de no mas de 10 años.
El Protagonista era uno de los Dentistas del barrio, lo recuerdo flaco, muy alto y amable, (convengamos que a mi corta edad y estatura, cualquier adulto era alto y si te regalaba una sonrisa, pasaba a ser amable automáticamente). Aquel Dr., del que no recuerdo el nombre, o tal vez quiera olvidar para preservar su memoria, vivía sobre la Calle Serrano con su esposa, a la cual amaba profundamente.  Llevaban muchos años de matrimonio, y si mal no recuerdo no tenían hijos. Un buen día,  la esposa del Dr. Falleció, la causa no la sé y para la historia no la creo relevante. Lo cierto es que el odontólogo no fue el mismo luego de esta perdida, ahora estaba convertido en una sombra, se lo veía andar todas las mañanas rumbo al cementerio a llevarle flores a su esposa. Pasaba largas horas frente al ataúd que contenía los restos, en el subsuelo de una de las tantas bóvedas de la chacarita, pulía la placa con el nombre, acomodaba las flores, mantenía largas charlas con el recuerdo de su esposa. Todos en el barrio se preguntaban cuanto mas iba a resistir el buen Doctor su honda pena, la respuesta no tardo el llegar, aquel día tomo una bolsa, en ella metió los utensilios que utilizaba para limpiar los bronces, coloco unas flores, y una soga fuerte y larga. Llego como todas las mañanas a la bóveda, abrió la puerta,  limpio las placas, cambio las flores, hecho esto extendió la soga, la ato del barandal de la escalera que llevaba al subsuelo y sin prisa pero decidido, paso su cabeza a través del nudo corredizo y salto los escalones que lo separaban del suelo, fue rápido, tal vez para el fue el minuto eterno, pero estaba seguro que ella lo estaba esperando, simplemente la vida era impensable estando separados.
La noticia corrió rápidamente en el barrio, y todos los vecinos lo lamentaron, pero también comprendieron que para el, era la única solución. Recuerdo a los vecinos hablando al respecto, y a pesar de mi corta edad, no me impresiono la historia, tal vez porque era solo una historia de amor. Lo que si recuerdo que no lograba entender, (por mas que lo adultos se esmeraban en explicarme) era porque, si se murió dentro del cementerio, lo sacaron para volverlo a entrar….

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