15 jun. 2015

El club del esqueleto

Este relato definitivamente no lo escribí yo, aunque me hubiese encantado. Lejos estoy de escribir como Eduardo Wilde y mucho más de realizar un retrato tan íntimo de Ignacio Pirovano. Ante la notoria imposibilidad de contar mejor esta historia, aquí les dejo el original, que desde que lo leí por primera vez me pareció una historia encantadora, que merecía ser difundida.
Sin más preámbulos y esperando que provoque en ustedes sensaciones contradictorias, con ustedes: el relato.
Allá por el año de 1860, todas las viejas de uno de los barrios más poblados de esta ciudad dormían de noche, vestidas y con vela, y no salían de día a la calle sin asomar antes la cabeza con aire preguntón y mirar arriba y abajo, como para asegurarse de que no había peligro.
A un viajero curioso que no hubiera estado en el secreto, habríale llamado sin duda la atención tamaña cautela, pero los habitantes de Buenos Aires, y particularmente los moradores de aquel barrio, sabían bien a qué atenerse en cuanto a esto y no sólo no encontraban de más semejantes precauciones, sino que aplaudían la rehabilitación que se hizo por aquellos tiempos de un sinnúmero de conjuros antiguos, a causa de los acontecimientos extrañísimos que tenían lugar.
Así, no había, pues, casa de mujer medianamente beata en la que no encontrara un San Antonio patas arriba, un San Roque sin perro, una herradura colgada, el pan dado vuelta y, lo que es más aún y se tenía en aquella época por un conjuro de mucho crédito, una escoba con el mango para abajo tras de cada puerta.
Barrer de noche los cuartos que, como se sabe, es lo más atentatorio a las leyes de la brujería, era cosa de hacerse sin mirar para atrás; pero a pesar de todos estos contramaleficios, las calamidades continuaban y el gobierno se vio obligado a bajar la contribución directa de aquel barrio, la municipalidad dejó de cobrar el impuesto de alumbrado y sereno y hasta el Papa concedió cien días de indulgencia, a todos los habitantes de la parroquia en que tales acontecimientos tenían lugar.
¿Pero quién traía en ese alborotado desorden a tan pacíficos moradores? ¿Quién había de ser? Dios me ayude para nombrarlo, pues todavía se encuentran respetables personas que no lo nombran sin santiguarse la boca. Era nada menos que un aprendiz de farmacia, el muchacho más travieso del barrio, el travieso más audaz de la ciudad y el audaz más ingenioso de la provincia.
No pasaba por la puerta de la botica en que despachaba el mencionado aprendiz, un solo hombre respetable y conocido, que no siguiera su camino llevándose pegada a la levita una cola de papel.
No entraba en la farmacia matrona presuntuosa que no saliera con bigotes de corcho quemado, pintados en su labio como por arte del diablo.
No se paraba en la esquina caballero distinguido, al cual un tarro lleno de clavos que caía como llovido hasta cierta altura, no le abollara el sombrero y, por último, no había bicho viviente que acertara a poner el pie en las inmediaciones de aquel foco de sucesos, que no llevara algún recuerdo del aprendiz de farmacia.
Inútil es decir que las hazañas de don Ignacio Pirovano, que así se llamaba el aprendiz de farmacia, habían pasado a ser una leyenda popular y el mismo don Ignacio, aún más popular que su leyenda.
Las pandillas de estudiantes de la Universidad, organizadas para comer de balde pastelitos en la plazoleta del mercado, se hacían un honor en tener como miembro consultor a don Ignacio Pirovano, y hubo una época en que podía con razón decirse de él que era el presidente nato del comité de mortificación pública. ¡Cómo pasan los años! Coloraba el oriente el sol resplandeciente, como dice Espronceda; las nubes de zafir, de nácar y oro huían por los cielos, dejando el horizonte limpio como una patena, y el sol con su cara impávida introducía raudales de luz por todas las aberturas de mi estudio, calle de la Florida 230, donde recibo consultas, gratis para los pobres por decisión mía, y gratis para los que no son pobres por decisión de ellos.
Y era una mañana del presente mes de setiembre y la hora temprana en que una señora de noventa y tantos años me había madrugado para contarme, con aquella impertinencia clásica con que cuentan las viejas sus achaques, la historia de un catarro crónico que padecía desde joven y que, para mejor comprensión, quiso narrar desde el principio, adornándola con mil detalles minuciosos, inoportunos y biográficos que se ligaban, a su modo de ver, íntimamente con su bronquitis incurable y con la guerra de la independencia.
Iba la enferma a media asta de su cuento refiriendo las alteraciones que tuvo su catarro en tiempos de Rivadavia, cuando Benito, mi sirviente, a quien aprovechando esta oportunidad presento a ustedes, me entregó un folleto que acababan de traer.
La vieja suspendió su narración y alargó los ojos con aquella sublime curiosidad que conservan todas las mujeres, desde la edad de tres meses hasta la de ciento cincuenta años.
La ansiedad de mi enferma me incitó y por un rasgo de bondad casi paternal, leí en alta voz la carátula y dedicatoria del folleto, que decía así: "Facultad de medicina. La herniotomía.
Tesis para el doctorado. Mi muy querido Eduardo: vivimos juntos; en la fonda de la Sonámbula nos fiaban juntos; juntos tuvimos que repetir la inolvidable horchata de Canesa. Quiera el cielo que en la nueva época de mi vida, tengamos ocasión de juntarnos muchas veces.
Tu siempre amigo. -"Ignacio Pirómano", Ni un cañonazo a boca de jarro, ni un redoble de trueno en oreja desprevenida, ni una receta del doctor Granados, habría producido tan alarmante efecto, Apenas mis labios pronunciaron las dos, palabras "Ignacio Pirómano", mi pobre enferma volvió los ojos al cielo y se halló presa de las más horribles convulsiones.
Entonces yo, con aquel talento generalizador que me caracteriza, saqué mi cartera y apunté esta prudente y científica observación, semejante a muchas de las que hacen algunos de mis colegas y no pocos autores: "Contraindicado, para las bronquitis crónicas, el nombre de don Ignacio Pirovano". Y contento de mí mismo, espero la oportunidad de comunicar este descubrimiento a la academia de ciencias médicas.
A las dos horas de este suceso vinieron a pedirme el certificado de defunción para enterrar a la señora, muerta de emoción en la flor de su edad y sin motivo, pues don Ignacio Pirómano es hoy uno de nuestros distinguidos médicos, habiendo abandonado por completo la profesión de atar tarros de lata a las colas de los perros, de enseñar insolencias a los loros y de echar fósforos en los atrios de las iglesias.
El mismo Pirovano que hace diez años ponía pica -pica debajo de la cola de las gatas, ha escrito hoy una de las tesis más notables que se haya presentado ante la Facultad y ha recibido un honroso título, después de haber cursado con un éxito envidiable todas las aulas de la escuela.
Que elogien otros sus méritos como estudiante; yo no quiero hacer cosas inútiles y no he de decir que Pirovano ha sido constantemente sobresaliente en sus estudios, porque todos lo saben. El no necesitaba elogios; el mérito se abre aso en todas partes y, entre nosotros si los elogios ayudan a vivir, el verdadero valor no es del todo desconocido.
Pero la vida del hombre tiene a lo menos dos faces. En la una, cada hombre es el cómico que tiene un carácter y representa un papel serio ante el mundo; en la otra, el hombre es consecuente con sus tendencias y se queda con rasgos de niño o intenciones de muchacho durante toda su vida.
Yo no paso jamás delante de un naranjero sin que una tentación irresistible me obligue a meter la mano en la canasta; otros son perseguidos por el deseo de poner zancadillas a los que pasan. Pirovano, tan estudioso y serio como es, tan aprovechado, tan observador, no abandonará jamás esas tendencias estudiantiles que harán célebre su nombre en la historia de las jaranas escolares.
Yo sé muy bien que podía hacer sobre Pirovano un pomposo articulo en que contara sus triunfos como estudiante y sus méritos como profesor de esta descalabrada ciencia, que consiste en la aptitud de dejar creer a los otros que remediamos algún mal en la vida. Pero semejante panegírico no sirve para nada.
Entre nosotros, la Facultad de Medicina se hace la triste ilusión de que los títulos que concede y los honores que dispensa al talento y al estudio tienen algún valor. Error deplorable.
Más que todos los títulos científicos y los honores facultativos, valen las hablillas mujeriles y la propagación de la fama por la lengua de los conocidos.
La Facultad nos hace médicos y nada más; pero las relaciones, las amigas de la casa, las sociedades de beneficencia y las señoras bien vistas, nos hacen especialistas en criaturas, muy hábiles para pulmonía, muy entendidos en roturas de piernas y famosos para abrir orejas a las niñitas de las casas decentes.
Lo mejor que tiene todo esto es que es sin motivo y que en ello más que en ningún otro caso se verifica el refrán que dice: "por haber matado un perro, me llaman el mataperros". Para ganar el título de especialista en niños, no hay más que curar la tos que tuvo la chica de una señora a la moda y, para ganar la fama de cirujano, basta cortarle los callos a un hombre rico y conocido. Mientras usted no haga esto, bien puede verificar maravillas en las criaturas de los corralones y practicar las operaciones más difíciles in anima vili: jamás pasará usted de ser un médico como tantos.
Pero hay también otro medio de llegar a ser notable en una ciencia; ponerse serio, vestir rígidamente, no hablar nunca, no reírse jamás y conservar constantemente el aire de la mayor solemnidad.
Y luego, ¿para qué sirve todo ello?, ¿para adquirir comodidades, bienes de fortuna, lujo, y consideración social?
Ante todo, sería necesario probar que en ello hay un átomo siquiera de felicidad.
Cuando yo era estudiante y tenía que poner tinta en mis medias a la altura de los agujeros de mis botines; cuando tenía que pegar con hilo negro los botones de mi camisa y pagaba el lavado a mi lavandera con el tiernísimo amor que profesaba a su hija, los días se pasaban alegres y sin cuidado.
Ahora, si alguna vez me encuentro descontento, es por el profundo fastidio que me causa el no necesitar de nada.
¡Qué vida tan vulgar tener todo! El otro día entré al cuarto que ocupaba en el hospital mi inolvidable amigo Pietranera; había olor a humedad; sobre una cama descompuesta se encontraban varios libros abiertos; una vela de sebo estaba pegada al borde de la mesa y en una mitad de cráneo se veía un pedazo de lacre, una pinza y unos botones de puño; el papel de las paredes se estaba yendo.
Un placer melancólico me invadió, semejante al que se tiene en presencia de todos los recuerdos, y fue con profunda tristeza que dije en mi interior: ¡pobre de mí! el papel de mi dormitorio está bien pegado y no tengo ni un miserable cráneo en que poner los botones de mis puños. Hay días en que los espejos y las alfombras nos fastidian y desearíamos vivir en un cuarto, con cuevas de ratones, olor a humedad y piso con agujeros Esto a lo menos suscita algunas reflexiones.
Con que si el amigo Pirovano ha de tener coches, caballos, casa y clientela, es bueno que sepa que esto no se tiene sino a costa de la felicidad y con el favor de la lengua de unas cuantas señoras distinguidas y, solo por excepción, a pesar de todo esto.
Sólo por excepción perdona esta sociedad a un médico, por más talento que tenga, que durante su juventud haya puesto colas de papel a los traseúntes y enseñado insolencias a los loros.
Pirovano es actualmente profesor de anatomía en la Facultad de medicina y ha sido farmaceútico del hospital; será, por consiguiente, un hábil operador y es y ha sido sobresaliente en química.
Esta cualidad le permitía preparar una azúcar inflamable con la cual, a la larga, tuvieron que familiarizarse todas las niñas que asistían a los bailes del club del Esqueleto.
Creo que este club es el único de su especie que ha existido en el mundo.
El club del Esqueleto fue una asociación en la cual figuraba Pirovano, en su doble calidad de miembro activo y de repostero, empleo que le fue confiado en virtud de su habilidad para fabricar vinos y licores con las tinturas y los jarabes medicinales de la botica del hospital.
Creo que fue Sydney Tamayo el fundador del club del Esqueleto. Tamayo es actualmente médico y se halla en Salta prodigando a sus paisanos los dones de su talento maravilloso.
Cuando era estudiante, tocaba la flauta con exquisito gusto y el ciego Gil, otro estudiante distinguido, lo acompañaba en el plano. El tener Tamayo una flauta y haber alquilado Gil un piano, fueron los trágicos sucesos que dieron origen a la formación del club del Esqueleto.
El propósito de esta asociación era dar bailes sin un medio y divertirse de balde, pasando gratis las horas que se hayan pasado mejor sin pagar nada en este mundo.
Tamayo, Gil y cuatro estudiantes más vivían en una sala de la calle de San Juan. Los días en que debía haber baile, sacaban al patio las camas, se alfombraba la pieza con las frazadas de los enfermos de la sala de crónicos del hospital de hombres, se pedía sillas en la vecindad. Tamayo robaba chocolate en la despensa del mismo hospital; se compraba masitas por subscripción; Pirovano hacía los cocimientos necesarios en la botica, con los que preparaba los vinos y los licores; llevaba un tarro de pastillas de quermes, con que debía obsequiarse a las señoras y, hechos todos estos preparativos, se invitaba a las niñas del barrio, que eran, cuando menos, novias legítimas de cada uno de los estudiantes. El doctor Larrosa, asistente infalible a esas tertulias, me ha confesado a mí que pocas veces ha estado en reuniones más amenas, a pesar del disgusto que le causaba ver trancadas las mesas y compuestas las sillas con los omóplatos y tibias de los difuntos que suministraba la sala tercera.
Aquellos bailes famosos en que jamás se cometió desorden alguno, para honor de los estudiantes, y en que se armó no pocos matrimonios, a imitación de lo que sucede en el Club del Progreso, terminaban siempre cuando Gil y Corvalán declaraban que tenían sueño y comenzaban a acercar sus catres, húmedos de rocío, a la sala de baile. Entonces Pirovano servía la última copa de tintura de ruibarbo, que saboreaban con indecible placer las damas y caballeros de aquella fiesta.
¡Qué dulces son estos recuerdos! El tiempo que todo lo va diseminando, mandará quizá a cada uno de nosotros a millares de leguas de distancia y los que fueron un día compañeros alegres no tendrán, como símbolo de su pasada felicidad, más que un recuerdo por esa invencible tendencia que tiene el hombre a aferrarse a. cada uno de los momentos de su vida, aunque vaya siempre buscando un porvenir mejor.
¡Pero el recuerdo es una nueva vida para cada cerebro! ¿Qué diferencia hay entre la realidad de un suceso y la viva impresión por una representación ideal? ¡Soñar con claridad es, en el momento que se sueña, tan cierto para el cerebro, para el alma, como tener la realidad presente! Al fin y al cabo todas son ideas y no hay nada real para la conciencia, sino lo que es capaz de suscitar una idea.
El tiempo que está por hacer de Pirovano un personaje serio, no le hará olvidar que siendo estudiante abría una caja de ostras, se bebía el caldo de un sorbo, tragaba los mariscos en dos veces y se preparaba de este modo para comenzar su cena.
Cuando su inteligencia y su buena fortuna le abran los primeros puestos de la República y se celebre su advenimiento con espléndidos banquetes, no se olvidará de que hemos comido al fiado en la fonda de la Sonámbula y de que, cuando no llegaba nuestra felicidad a tanto, él robaba huevos, los freía en aceite de hígado de bacalao, los espolvoreaba con pimienta cubeba y nos los comíamos salándolos con ioduro de potasio. Tampoco se olvidará que los tales huevos, preparados de este modo, eran riquísimos.
Los postres más exquisitos no le parecerán mejores que el jarabe de genciana con que terminaba sus cenas en el hospital, ni los más generosos vinos le harán el delicioso efecto que le hizo el día de su santo la copa de tintura de jalapa compuesta que tomó, a falta de vino priorato, antes de encender un cilindro de esponja preparada, que se fumó enseguida, en sustitución de un habano y por si alguna vez tenía que curarse de coto. Episodios son éstos característicos en la vida de un hombre y que no pueden olvidarse jamás.
Pirovano tiene todas las cualidades físicas para el trabajo y todas las aptitudes intelectuales para ser un médico notable. Es bondadoso de carácter, reservado, meditador y pacienzudo; parece muy dúctil, aunque siempre concluye por hacer lo que le da la gana; tiene una gran facilidad para hacerse querer de sus maestros; sabe evitar que lo envidien sus condiscípulos y el hecho de conservar como reliquias de su carácter, ciertos rasgos de muchacho y ciertas diabluras de estudiante, que contrastan singularmente con su aspecto serio, le da una fisonomía particular y simpática.
En Buenos Aires hay una mala costumbre. Apenas aparece en la arena pública un joven que se ha distinguido por sus estudios, todos comienzan a elogiarlo de un modo tan exagerado que el objeto del elogio mucho hará si resiste al mareo que puede producirle tanto halago a su vanidad. Es necesario tener demasiado buen juicio para no perderse oyendo elogios. Por ejemplo, yo no sé cómo Goyena, del Valle y otros jóvenes de brillante inteligencia, no se han vuelto unos pedantes insoportables al oírse llamar portentos a cada momento y a propósito de todo.
La primera vez que, vea a Pirovano, he de decirle con tono solemne y levantando el dedo índice a la altura de la oreja: "No te dejes marear por los elogios ni invadir por la vanidad; ya que tienes una buena inteligencia, piensa que nadie te puede juzgar mejor que tú mismo; trabaja y estudia y si deseas reunirte conmigo de tiempo en tiempo, para recordar con placer los episodios de nuestra vida de estudiantes, te juro que no ha de faltar por mí toda vez que crea en conciencia necesitar de tus conocimientos médicos o toda vez que a mis enfermos se les antoje costearse el lujo de una consulta, en que, con generalidad, se habla de todo menos de ellos".
Esto he de decirle a Pirovano cuando lo vea.



4 abr. 2015

El mirador del ahorcado

Corría el año 1926, y la Familia Rocatagliatta, integrada por Luiggi, un ex Bersagliere del ejercito de Garibaldi, el cual había perdido un ojo izquierdo en batalla, su esposa Glorietta Cattanni, ex militante del movimiento anarquista “Camisas Rojas” y sus mellizos de 17 años Emmanuel y Vittorio, se mudaban a la planta alta de la casa sita en Av. EnTre Ríos al 1000.
La vivienda construida en 1922 por el renombrado arquitecto Virgilio Colombo, a pedido del entonces Empresario de calzado Leandro Anda, contaba con un local comercial y dos entradas. En la correspondiente a la vivienda de planta baja, vivía la familia Zick. Al igual que sus nuevos vecinos eran inmigrantes. Ernest de origen Húngaro, tuvo su pasado militar en la Legión Extranjera, de la cual había desertado en  África, por asesinar a un oficial durante un juego de dados. En su huida conocería a Dolores Rocío, una andaluza que despachaba un almacén en Tánger, perteneciente a un musulmán llamado Al Jassan y al cual luego de conocer a Ernest,   lo habrían matado para robarle sus posesiones y escapar juntos, llegando a Buenos Aires en 1893 donde tuvieron a su hija Celina Amparo de 16 años.
No paso mucho tiempo hasta que las familias entablaron amistad, los hombres solían mantener largas charlas sobre batallas y armas, Luiggi era propietario de una armería en la calle Cangallo en el barrio de San Nicolás y en sus ratos libres se recluía en el palomar, que pido expresamente arquitecto Colombo, construir como anexo en la terraza junto con un mirador con techo a cuatro aguas, desde donde se veía toda la ciudad.
Las Mujeres que también eran de armas tomar, se relacionaban con mucha familiaridad, accediendo permanentemente una a la casa de la otra por los pasillos internos, conviviendo como familia.
Los jóvenes de ambas familias estaban largas horas juntos, y no paso tiempo hasta que los dos hermanos quedaran prendados por la belleza de la picara adolescente.
Amparo, que era consciente de su belleza, jugaba constantemente a conquistar a los mellizos. Emanuel, que era más extrovertido, fue el primero en robarle un beso. Esto no fue suficiente para que la joven le entregara su corazón, lejos de eso, se propuso seducir a Vittorio, al cual su extrema timidez lo mantenía alejado de cualquier intento de aproximación. Con el tiempo ellos serian concientes que compartían el amor por Amparo.
Este perverso juego a dos puntas de la joven, logro crear una rivalidad entre los hermanos que desencadenarían en los trágicos hechos sucedidos durante la noche del 17 de mayo de 1927.
Aquel martes por la noche, en la ciudad de Buenos Aires se había desatado una tormenta atroz, los fuertes vientos golpeaban contra las ventanas de los pisos superiores, por donde se colaban los refucilos de los relámpagos y los truenos retumbaban en el espesor de la noche.
Vittorio desde un rincón del cuarto observaba dormir a su hermano, en su cabeza repasaba una y mil veces la enseñanza de su padre que rezaba “en el amor y la guerra todo se vale”. Es cuando entre sueños, Emannuel susurra el nombre de Amparo, acompañado de una sonrisa de Satisfacción.
Vittorio fuera de si, se abalanza sobre su mellizo y comienza a apretar su cuello, Emmanuel abre sus ojos desorbitados y sin comprender ni ofrecer mayor resistencia fallece a manos de su hermano.
Vitto luego de un minutos de observar el cuerpo yacer en la cama, toma dimensión de sus actos y reconoce que ya no hay vuelta atrás.
Sigilosamente sube por las escaleras de servicio hacia la terraza, en su camino toma un rollo de el alambre utilizado para colgar la ropa, la lluvia no ha cesado y la noche solo es iluminada por los relámpagos. Sube al mirador pasando por el palomar de su padre, del cual deja la reja abierta. Con la ayuda de una mesa y una silla, ata el alambre de las vigas del techo, lo enrolla en su cuello y con una firme patada desplaza la silla donde estaba subido. Su cuerpo se balancea dando los últimos estertores, el tampoco ofreció resistencia.
A la mañana siguiente, Glorietta va al cuarto de sus hijos para despertarlos, pero solo encuentra el cuerpo sin vida de Emannuel. Sus gritos se escuchan en toda la casa, Luigi corre a socorrerla, luego de ver la escena y sin comprender lo sucedido comienza a recorrer la casa en busca de Vitto. Pero su búsqueda es en vano, parece que el joven se esfumo en la noche, una idea cuza por su cabeza y decide subir a la terraza, mientras trepa los escalones, advierte un silencio fuera de lo normal, a esa hora los buchones suelen hacer su barullo característico. Una vez en el lugar ve el palomar vacío, y con solo mirar hacia arriba, nota como el cuerpo de Vitto se mece al compás del viento en lo alto del mirador.
Impresionado por la escena, y a pesar de haber visto horrores en la guerra, el corazón de Luiggi no resiste y cae desplomado sobre las baldosas mojadas, a las puertas de su palomar. En ese instante y con los vecinos de la cuadra de testigos, sobre la terraza de la Casa Anda, sobrevuelan decenas de aves salidas de sus nidos. La gente de a poco se amontona para ver el inexplicable espectáculo que dan las aves, los incautos transeúntes no dan crédito. No tarda en llegar la policía alertada por los gritos que salen de la casa. Junto a estos ingresa el Dr, Ramírez, vecino de la casa, que es llevado a la terraza para socorrer a Luigi aunque sin éxito.
Ernest y Dolores espectadores privilegiados, no tardan en sospechar que la causa de tal desgracia tendría que ver con su hija Amparo.
Glorietta al descubrir la muerte de su otro hijo y su esposo, intenta arrojarse desde el balcón hacia la vereda, la policía y el medico frustrarían su intento, y con la ayuda de dos enfermeros, es trasladada en ambulancia con un cuadro de desequilibrio emocional.
Los restos de los 3 hombres Rocatagliatta fueron inhumados en el cementerio de la chacarita, al entierro asistieron numerosos vecinos y amigos de la familia, también estaba presente Amparo, vestida de riguroso luto, junto a sus padres que escuchaban los murmullos de los concurrentes comentado la culpa de su hija en el desarrollo de los acontecimientos.
Amparo, pocos años después de lo sucedido, huyo un domingo rumbo a Brasil con Pedro Fosse, un paraguayo carnicero, jugador y mujeriego, que imitaba en su look  a Carlos Gardel,  y era inquilino  del local que pertenecía a la propiedad.
Su padre, luego de buscar al indeseable yerno por cielo y tierra con intenciones de matarlo, se marcho junto a su esposa con paradero desconocido.
Glorietta siguió sola habitando la casa, que poco a poco se iba deteriorando al igual que su salud mental. Los vecinos podían verla pasar largas horas mirando desde la ventana del cuarto que había sido de sus hijos, y donde muchos años mas tarde encontrarían su cuerpo en avanzada descomposición y parcialmente devorado por roedores.
Con el correr de los años el edificio fue cambiando de dueños, uno de los tantos fue Ivanildo Menezes y su esposa Marie, Pai de Santo,   que utilizaban la propiedad como templo unbanda  y sobre los cuales se  a regado innumerables rumores sobre las actividades allí realizadas.
También se cuenta que mientras la casa se utilizo como inquilinato, antes de ser internado en el borda, allí vivio Solaris, el mítico personaje autoproclamado extraterrestre, quien habría inspirado a Eliseo Subiela para su Film “Hombre mirando al sudeste”
Hoy la casa de la Av, Entre Ríos 1081 permanece en pie, tapiada, abandonada y tenebrosa. Dos cabezas de leones, testigos ciegos de la historia custodian las entradas.
Sus paredes y salones que conocieron el esplendor de la alta sociedad del 1900, encierran las historias de muerte, locura y brujería de los que la habitaron a través de los años.

Solo los que no conocen la historia, se atreven a mirar hacia arriba las noches lluviosas, corriendo el riesgo de encontrarse con la imagen del ahorcado en el mirador.

2 abr. 2014

A pedir de boca

No se sabe mucho en que año se construyo, se presume que por 1900. Es difícil rastrear la historia de un lugar que pareciera siempre estuvo ahí.
El dueño conocido más antiguo del terreno ubicado en Colorado 64, frente a la que fuera la primera cancha del Club Boca Juniors, habría sido la madre de Tito Lectoure, mítico manager de box y propietario del Luna Park.
La Señora que poseía varias propiedades en la “Republica popular de la Boca” y Barracas, le abría vendido en 1910 el terreno que constaba de un local con sótano y patio, a un inmigrante Polaco que bautizo el salón ubicado en la calle Ragazza 64 (en 1935 los vecinos cambiaron el nombre de Colorado por éste, en honor a un farmacéutico del barrio) con el nombre de “El Obrero”.
El lugar estaba ubicado frente a la flamante y prospera Compañía Italo Argentina de Electricidad (CIAE) ,  que fuera construida en etapas por inmigrantes italianos entre los años 1914 y 1926.
El despacho de bebidas y comedero era un lugar de mala muerte, la higiene estaba ausente y los trabajadores del barrio tenían un vaso de vino y un plato de guiso caliente y barato asegurados.    
En 1954 el Polaco decidió dejar el lugar que para entonces ya era viejo y con historia, y se lo vendió en cuotas y con pagares a dos jóvenes Asturianos de 18 y 21 años, ellos eran Marcelino y Francisco Castro.
Los hermanos Españoles que habían sido llamados por una tía que ya vivía en Buenos Aires y tenían experiencia como mozos, se hacían cargo del bodegón de lunes a lunes y dormían en el lugar, ya que su lema era trabajar mucho y gastar poco, para poder levantar los pagares y prosperar.
El lugar siempre estaba lleno de trabajadores del puerto, frigoríficos y de las fábricas lindantes, entre ellas la de Ford que había estado sin funcionar desde 1941 a causa de la falta de insumos por la guerra y reabierta en 1957 hasta su posterior traslado a Pacheco en 1963.  Los lavoratori se reunían para el almuerzo y por las noches para beber y jugar a las cartas por dinero.
El lugar era exclusivamente para hombres, las mujeres y los niños solo podían pasar por la puerta de Agustín Caffarena 64 (último y actual nombre instituido en 1940 en honor al creador de la 12, mítica hinchada de Boca, luego que la legislatura rechazara el nombre anteriormente impuesto por los vecinos)
Con los primeros albores de la democracia y aquel vientito de libertad soplando por las calles de Bs. As., al Obrero comenzaron a ir los jóvenes militantes que soñaban con ser gobierno en 1983, provenientes de los flamantes locales políticos que se abrían en el barrio. La esposa de Marcelino y madre de sus 3 hijos comenzó a ayudar en la cocina y de apoco el local fue concurrido por familias. Los días de peleas y apuestas habían llegado a su fin.
A medida que los hijos de ambos iban creciendo, se sumaban al staff, primero como lavacopas, si era necesario subidos a un cajón de gaseosa, luego ayudantes de cocina y finalmente mozos.
Entrados los años 90 el país se fue poblando de turistas ilustres y por algún motivo todos ellos iban a comer al Obrero. Las paredes del lugar ya estaban pobladas de banderines de futbol, fotos con artistas nacionales, políticos y deportistas, que los dueños solían cambiar por una cena gratis en agradecimiento por posar con el personal.
Paradójicamente las fabricas iban cerrando, el puerto dejaba su activad poco a poco y el bodegón cada vez se hacia mas popular entre los turistas y nativos cholulos que querían cenar en la mesa donde había estado Bono o posar junto a la foto del rey Juan Carlos de España.
En el año 2005 Marcelino dejo su lugar a Juan Carlos su hijo, quien se encargo del bodegón con la compañía de su familia y de Jorge Melgarejo, el fiel empleado que comenzó a trabajar con 18 años en 1962, año en que naciera Juan Carlos.
Para ese entonces diarios como el New York Times y The Guardian recomendaban no dejar de pasar por el lugar si se venia a Buenos Aires, y publicaba la foto del personal junto A Tim Robins y su entonces esposa Susan Sarandon. En la Actualidad no hay portal gastronómico que no recomiende este lugar, incluso las guías extranjeras.
Los hermanos Castro ya no viven, pero el lugar sigue intacto.
El sótano esta apuntalado con vigas y el piso hundido, las paredes hacen décadas que no se pintan, el mobiliario de la barra tiene casi 100 años y parte de la vajilla, mesas y sillas es la misma desde hace 60 años. Juan Carlos y su primo Pablo, tratan de no modificar nada, y aunque cueste creerlo, eso lleva más trabajo que cambiarlo todo.
Pablo atiende con su característica casaca Bordeaux y su blanca servilleta al hombro, te deja la carta sobre la mesa aunque tranquilamente podes leer el menú escrito con tiza blanca en uno de los inmensos pizarrones amurados a la pared. Cuando vuelve por el pedido podría decirte que ya te leyó lamente y sabe exactamente que tense ganas de comer. Mientras traen la comida una tele sin voz  con un cartel que dice “por decreto SADAIC no tenemos permitido volumen en la tv” muestra imágenes con lluvia, pero eso no importa ya que es inmensamente mas interesante ver los banderines y las fotos que revisten las paredes  y adivinar quien es ese personaje que aparece  cuando era joven .
Cuando llega la comida siempre es más y mejor de lo que uno se imagino. Para cuando se termina el ultimo bocado se siente que esta en casa. Entonces vuelve Pablo a retirar los platos y te cuenta sobre el lugar y su familia, y sus mellizos de 8 años. Te ofrece el postre, y a pesar de la abundancia del plato anterior no se puede decir que no. Otra vez te lee la mente y muy canchero te dice, deja que te traigo un Pave de vainillas que hizo mi vieja que esta ahí atrás…

Entonces todo cierra, entendés porque ese lugar rustico y escondido perdura a través de los años, porque cuando te vas y “oles a morfi” te dan ganas de volver al otro día. Te das cuenta que ese lugar es un autentico pedazo de Buenos Aires, ahora lo sabes,  y quien te dice que  no fue ahí, en ese pedazo de tierra que hoy ocupa El Obrero, donde Don Pedro de Mendoza clavo su espada, se sentó en una piedra, prendió un fueguito y se calentó el guiso.


29 oct. 2013

Superbike

La primera vez que lo vi, estaba parado en la esquina de Lacroze y Corrientes, sobre una de las vidrieras de la mítica pizzería “El Imperio”. Supongo que tanto no me llamo la atención, ya que en esa esquina mágica se suelen ver personajes de todo tipo, solo hay que detenerse y esperar que pase un falso Papa con mitra de papel de diario, el joven con capucha de Batman que toma el subte, o un grupo de góticos que vienen de pasar la tarde en el cementerio.   
El estaba ahí por una razón particular, estaba cumpliendo una misión, la de repartir volantes a los transeúntes. Pensé que su atuendo de calzas de ciclista negras, borceguíes hasta la rodilla, camiseta de lycra ajustada, guantes de cuero y su larga y rubia cabellera, eran para llamar la atención, en cierta forma lo era, ya que su atuendo era su uniforme de superhéroe...
Paso un tiempo hasta que me anime a hablarle, yo necesitaba un volantero y sabia que el era el hombre correcto para ese metié. Esta vez lo aborde en la esquina de Forest y Lacroze, ese día llevaba una bandera de boca a modo de capa y su bici con alforjas de cuero a los lados emulando una moto chopera.
Su nombre es Marcelo Lorefice y le gusta que le digan Chelo Corazón de Metal, aunque sus amigos lo llaman Chelo Viloni, este último apodo puesto por su similitud con el luchador de cach. De voz profunda y firme, se expresa con una educación y formalidad que por falta de costumbre sorprende, seguramente modales aprendidos en el colegio de Belgrano, su barrio natal, al cual asistió durante toda su educación formal.
Nacido en 1974, su infancia no fue muy distinta a la de cualquier porteño de mi generación. A los 13 años comenzó a estudiar piano, aunque le gustaba tocar guitarra y cantar, el uniforme escolar del Juan XXIII lo agobiaba y le encantaba ver en la tele la serie “El renegado”. Cuando termino el secundario quemo el uniforme y se puso los pantalones de cuero. Curso el CBC de medicina en la UBA, 2 años de Abogacía en la UB, para finalmente graduarse de Óptico. A pesar de su titulo en mano, se dedico a escribir guiones de novelas y comics y soñó con ser actor. 
Laburante desde siempre, trabajo en construcción, carpintería, cadetería y delivery entre otras changas, porque todo trabajo es digno y a todos los realiza con esmero y responsabilidad.
Un día viendo la seria Supertorpe, se pregunto porque no? Y ese día nació SUPERBIKE.
Querer es poder dicen por ahí, y el lo quería tanto que llego a la tele, o mas bien la tele llego a el. Si bien ya había hecho un bolo en publicidad y en un programa de Telefe, el reconocimiento le llego cuando un programa de preguntas y respuestas lo encontró caracterizado por las calles de Chacarita.  Pero como todo buen superhéroe la fama no lo cambio, de día trabaja a sol y sombra con su antifaz y capa y al llegar a su hogar como un emulo de Clark Kent, vuelve a ser Marcelo, correcto, tímido y sencillo.
Hay gente que al verlo pasar se ríe porque piensa que es un pirado, otros se sorprenden o lo ignoran y otros tantos le piden fotos y lo saludan. Solo aquellos que hablamos con el y nos animamos a conocer a la persona y no el personaje, podemos apreciar su sencillez y solidaridad, su animo de estar dispuesto a ayudar cuando sea necesario, porque para el esa es su misión .
Por eso si andas por la ciudad y lo vez, saludálo con una sonrisa, porque su súper poder es no plantearse los que dicen o piensan sobre el,  porque sabe que en la vida para cumplir un sueño, hay que hacer un súper esfuerzo para lograrlo, aunque eso implique transformarse en Superbike.

17 sept. 2013

El chino pendulante


Fue un día como cualquier otro en un mes que no recuerdo de aquel año 2004. El oriental, presuntamente chino, y una señorita occidental trabajadora de un cabaret del barrio Palermo, entraron caminando por uno de los dos accesos del Hotel alojamiento del mismo barrio y casi limitando con Chacarita.  El conserje que ya lo conocía porque solía frecuentar el lugar, le da la llave de la habitación 413 ubicada en el cuarto piso del lugar, seguramente nunca asocio el número con la mala suerte y todo lo que iba a suceder...
El chinito insaciable se limitaba a pedir por teléfono toallas, preservativos, alcohol y algún plato de comida para reponer fuerzas, ya que las chicas desfilaban de turno en turno, y aparentemente él tenia resto para todas.
Cumplidas las 48 hs. de estadía en el telo, y luego de que ya no quedaran señoritas disponibles ni dinero para pagarles, a eso de las 10 de la noche llama por ultima vez a Carlos, el conserje de turno, y pide antes de irse una última cena.
Carlos que llevaba la abultada cuenta de gastos, accede con la condición de que se retire a las 23 hs. del lugar, previo pago de lo adeudado.
El excitado asiático, del cual no sabemos su nombre, al encontrarse sin dinero por habérselo gastado en las mujeres que le mandaban del cabarulo, se ve obligado a llamar a un amigo para que lo rescate de esa situación trayéndole efectivo.
No paso mucho tiempo, hasta que el personal del hotel es visitado por la Federal en busca del ocupante de la habitación 413.  Al parecer el amigo del endeudado, al saber donde se encontraba éste, dio parte a la policía que lo buscaba intensamente por el presunto asesinato de su novia.
Nada grata fue la sorpresa de la gente del hotel ante tamaña noticia, que sin perder un instante y tratando de no levantar la perdiz ya que el hotel estaba bastante concurrido, llamaron insistentemente a la habitación sin obtener respuesta alguna. Por cuestiones legales, sin orden de allanamiento la policía no podía ingresar a la habitación, ni siquiera al hotel, tenían que limitarse a esperarlo en las salidas, porque recordemos que el hotel tenía dos, una por la avenida y otra por la calle lateral.
Carlos siguió insistiendo, subió y golpeo personalmente la puerta, pero el chino seguía sin responder, todos comenzaban a inquietarse. Fue entonces cuando desesperado se le ocurrió que la mucama si podía entrar a la habitación con la llave maestra y verificar que es lo que estaba pasando. Así fue que después de conseguir a la valiente que entraría, y acompañada por él abrieron la puerta de la 413.
La habitación era sencilla, cama doble, baño simple, espejos por doquier y la clásica tele con canales triple X amurada con un soporte en lo alto de la pared, y es ahí justamente donde se encontraba el pendulante chino, ahorcado con una sabana del soporte de la tele, mientras en la pantalla se veía a dos colegialas jugueteando con un bien dotado caballero.
Por suerte ninguno grito del susto, simplemente quedaron impávidos. La prioridad ahora era mantener la discreción, tratar de solucionar el problema sin que se enteraran las parejas que ocupaban el hotel, además la prensa tampoco debía saberlo, ya que si esto salía a la luz seria el fin del prestigio del lugar que por tantos años estaba en el barrio.
Fue así que con un billete de por medio todo quedo en el mayor de los secretos, el forense ingreso, examino el cuerpo y con suma discreción la morguera lo saco del lugar. Luego llego el turno de los peritos, estos buscaban el arma homicida que habría usado el suicida para matar a su chica, en vano fue su búsqueda ya que la pistola no apareció.
Finalmente y de madrugada se termino con el tema, la policía se retiro y las mucamas procedieron a limpiar la habitación para los próximos clientes.
Paso apenas una semana y del deposito del baño comenzó a salir un agua color marrón que caía por las paredes e inundo el suelo, las mucamas no entendía a que se debía esta anomalía por lo que tuvieron que llamar a mantenimiento.  Una vez más quedaron sorprendidos cuando al desarmar el tanque para arreglar el insólito desperfecto, aparece el arma homicida obstruyendo la cañería.
A pesar de lo cruento de los hechos, la historia permaneció en el ostracismo, nadie supo lo acontecido en aquella habitación 413 que permanece igual en su fisonomía.  
Si alguna vez en un apurón entras a ese hotel, nunca aceptes ese cuarto,  porque que cuando estas en pleno coito y de refilón ves el reflejo de la tele en el espejo del techo, por un segundo pareciera verse una sombra que se mueve de un lado al otro, y otras veces una interferencia interrumpe la película y puede verse la cara de un hombre oriental observando.


23 jun. 2013

Palermo Mío

Si bien denominamos barrió al espacio geográfico delimitado por cierta cantidad de manzanas, la mayoría de las veces el barrio es las cuadras aledañas a nuestra vivienda. Cuando sos chico tu barrio es tu casa, tu escuela, el almacén, la casa de los compañeros, el club. Yo nací en Palermo viejo, y a pesar de ser un barrio grande, mi Palermo no tenía más que unas manzanas. A medida que se crece, los límites se van corriendo, pero en la memoria el límite sigue siendo los lugares de la infancia.

Jaime el pollero

Don Jaime era un judío colorado de notorio bisoñe, que tenia un pequeño local de venta de productos avícolas en Serrano 1421 y el Pasaje Coronel Cabrer, justo entre la carbonería y la verdulería de los El Alí. Siempre vestía un blanco guardapolvo y cuando no tenia clientes se paraba en la puerta de su local, adornada con cortina de tiritas plásticas, a relojear a las señoras y señoritas que pasaban por la puerta, manteniendo siempre la postura de galán maduro.
Jaime tenia fama de “Carero” y mujeriego, combinación que a los maridos del barrio no les convencía mucho. Por algún motivo lo recuerdo parecido a Soldan.

Los muchachos Peronistas

Los Meccía eran una familia numerosa de Peronistas, que tenían varios locales en el barrio incluyendo un comité. El mismo estaba en Cabrera y Serrano, y desde ahí se maneja toda la militancia del barrio. Si bien durante la dictadura muchos miembros de la familia se guardaron, el local seguía funcionando a puertas cerradas. La realidad cambio en el 82, cuando aptos para realizar campañas políticas, comenzaron a enardecer al barrio todo, con el sonido de la marcha peronista emitido por el altoparlante de una chata que recorría las calles a todo volumen.
La candidata era Teresa de Palmas, hija de don Meccia, su campaña consistía en repetir una y mil veces su nombre y cada tanto prometía un peronismo autentico.
En los años 90 y como Embajadora en Republica Dominicana designada por el entonces Presidente Menem, se vería envuelta junto a su esposo e hijo, en un extraño caso de tráfico de drogas, secuestro y asesinato de un menor en un ritual satánico. Su condición de diplomáticos les permitió volver al país en 1996 sin cumplir condena.

La escuela 23
  
Sobre la calle Serrano entre Córdoba y Niceto Vega estaba la escuela n° 23 Dr. José María Bustillos. De paredes blancas y estilo colonial, tenia grandes ventanales que daban a la calle, un zaguán o patio delantero, el patio trasero y al fondo la casa de Alcira la portera, una provinciana retacona de carácter cambiante y notoriamente harta de las blancas palomitas.. Ese edificio siempre fue escuela, aunque en sus inicios como colegio de niñas pertenecía a la “Obra de la Conservación de la fe” y era administrada por monjas, que no muy voluntariamente alquilaron el inmueble al estado, hasta 1982 año donde seria devuelta en lamentables condiciones, ya que al Intendente Cacciatore le salía mas barato construir una escuela nueva que arreglar el maltrecho edificio. En 1976 sería testigo de un “operativo militar” que consistía en decenas de soldados armados recorriendo el edificio poblado de niños, y francotiradores apostados en los techos de chapa, a la espera que apareciera algún montonero o terrorista.

El terror del colegio

Pegadito a la Escuela, estaba la casa de Alejandro Santacaterina. Para los que cursaron la primaria en la 23 entre 1976 y 1985 saben perfectamente de quien les hablo. El pequeñín de anteojos de gruesos marcos, era el mismísimo diablo reencarnado. Hijo de Yolanda y Tony, un Italiano dueño de la pescadería “la Rana” que se encontraba en Av. Córdoba y Araoz, y hermano mayor de unas mellizas que intentaban seguirle el tren sin existo. Si Matt Groening hubiera pasado por Argentina, sin duda Bart Simpson seria una versión Light de Ale, que irónicamente por lo largo de su apellido era apodado “Santa”. Llegado un punto las maestras no se molestaban en llamar a sus padres, directamente en lugar de mandarlo a dirección, le tocaban el timbre a su madre y le entregaban al insoportable niño. Entre sus travesuras más recordadas se encuentra el día que ante las altas temperaturas, decidió taponar los desagües de los largos piletones del baño, llenarlos de agua, sacarse las ropas y simplemente sumergirse. No existió compañerito suyo, que no se fuera a casa con un moretón causado por el, eso si, a sus fiestas de cumpleaños nadie faltaba, simplemente eran las mejores….

Atracción Fatal

En las esquina de Thames y Niceto Vega, se encontraba una ferretería con frente de granito gris y dos grandes vidrieras de persianas verde oscuro que existió hasta hace unos años. La misma era famosa por tener una pizarra en su puerta, donde contabilizaba los autos y colectivos que se le incrustaban en la vidriera. Al principio su dueño reparaba el frente una y mil veces, pero finalmente decidió que no valía la pena el esfuerzo hasta que el entonces intendente de Bs. As, el Dr. Cacciatore, pusiera un semáforo. Los números de accidentes escritos en tiza blanca llegaban a las tres cifras, y se modificaban al menos 3 veces a la semana. Tardaron años en colocar el semáforo, pero la pizarra nunca se fue, seguía contando choques aunque con menor frecuencia. Nadie se podía explicar tal fenómeno, por suerte la victima siempre era el frente, a pesar de ser una esquina muy transitada especialmente por los chicos del colegio, que se encontraba a pocos metros de ahí. El último accidente fue en 2010, cuando un camión repartidor de diarios destruyo por completo el frente al chocar con un 55. Seguramente y después de casi 30 años de soportar embestidas, esa fue la cuota que rebalso el vaso e hiciera que el lugar bajara definitivamente la golpeada persiana..

Palermo Hollywood

En Serrano y Niceto vega, se encontraba la casa de Chico Novarro. Para las Sras del barrio tomar esta calle era casi obligatorio, ninguna quería perderse la oportunidad de ver salir a Chico de su casa o simplemente escuchar a través de las ventanas los acordes del piano, acompañados de su melodiosa voz.  Nada opacaba este momento, ni siquiera el invasivo y poderoso olor a queso estacionado, que provenía del inmenso depósito de Quesoro, que se encontraba en la vereda de enfrente.
Pero ese no era el único “Famoso” del barrio, sobre Cabrera, llegando a Uriarte, se encontraba la casa de Maurice Jouvet y Nelly Beltrán. Era habitual ver a Maurice hacer las compras por el barrio, cargando una típica bolsa de nylon a rayas y sonriendo ante las muestras de admiración y afecto de los vecinos. Su esposa Nelly solía asomarse a la ventana y charlar con las vecinas. Sin dudas fueron habitantes entrañables del barrio.
A metros de su casa por la calle Thames, vivía Amalia Bernabé, una viejecita poco simpática con una extensa trayectoria artística en cine, tv y teatro, donde habría debutado en 1913 con apenas 18 años.  Doña Amalia vivía en una casona con rejas al frente, si bien no era una persona sociable y menos con los cholulos que se le acercaban, no le quedaba mas remedio que aguantar a los curiosos que se alborotaban cuando su sobrino tambien actor llamado Julio Gini y que trabajaba con Pepe Biondi la visitaba.
Su casa lindaba con un terreno baldío, lo cual le proveía la satisfacción de no tener vecinos inmediatos, pero su suerte término, cuando en 1982 y en solo 6 meses, construyen el edificio de 2 plantas con bloques prefabricados, que ocuparía la nueva escuela 23. El edificio con cientos de alumnos corriendo y gritando terminaría con la paz de la anciana de 87, que constantemente llamaba para quejarse de los ruidos. Al año siguiente, en 1983 y con 88 años fallecía. Los alumnos de turno mañana le enviaron a su familia una carta de condolencias, ya no escucharían más los insultos propinados por detrás de las persianas.

Cabos sueltos

En la intersección de las calles Thames y Cabrera, funcionaba el almacén del Sirio, un sucucho atestado de mercadería, que intentaba ser uno de los primeros autoservicios de Palermo, luego con los años se mudaría a unos metros sobre la calle Thames, para convertirse en supermercado y proveer a los restaurantes del barrio.

En diagonal se encontraba el “Bar de Laguna”, un tugurio oscuro donde los hombres del barrio solían ir a jugar cartas y tomarse unas ginebras. Entrar al bar aunque sea para preguntar algo estaba mal visto, aquel lugar tenía fama de ser cueva de borrachines y pendencieros.

Ahí cerquita estaba el lavadero industrial, un lugar con grandes calderas y perros bravos que lo custodiaban. Un buen día por la mañana, las calderas explotaron, el estruendo retumbo en varias cuadras a la redonda. Pronto se escucharon los bomberos y la policía advertía a los vecinos que no salieran a la calle, porque los enormes y feroces perros heridos en la explosión, recorrían las calles del barrio. Nadie se animo a salir hasta muchas horas mas tarde, los días siguientes apenas se animaban a asomarse a la esquina del lugar, para ver el frente ennegrecido por las llamas. Nunca nadie supo si atraparon a los perros, tal vez todavía andan dando vueltas por el barrio.

18 may. 2013

Colchón en transito


Transito Aguilar era un puntano jodón, por lo general vivía de buen humor y mandado hacer para las picardías. De su San Luis natal había pasado por Mendoza donde trabajo en los viñedos, para finalmente y debido a la sequía, terminar de ayudante de portero en el barrio de Floresta.
Todas las mañanas a las 5 a.m. entraba a trabajar en el edificio ubicado en Joaquín V. Gonzáles al 500. Justo enfrente se encontraba una casa en ph habitada por una madre y su hija. Juanita, la madre, vivía en la casa de adelante cuyas ventanas daban a la vereda, y en el departamento de atrás al que se accedía por un pasillo, lo hacia su hija Rita.
Al parecer Rita, que era una señora de mediana edad, vivía sola y no tenia muy buena relación con su madre, tanto así, que cada vez que salía a la vereda, no perdía oportunidad de levantar el buzón de cartas que se encontraba empotrado en la puerta de la casa de su madre, y apoyando su boca en el mismo, le vociferaba todo tipo de insultos y amenazas. – Juanita, no salgas que te estoy esperando, Juanita vieja chota, si salís te mato…
Tanto Transito como el resto de los vecinos, comentaban indignados las actitudes de Rita para con su madre, también se la había visto en cierta oportunidad encontrase con ella en la vereda y revolearle la bolsa de las compras, teniendo Juanita que ser rescatada de las agresiones por los vecinos, que a pesar de no saber bien el porque de la legendaria pelea, tomaban partido por la mas débil.
Cuando no amenazaba a su madre a Rita le gustaba acumular cosas inservibles, viejas o inútiles. Cada tanto en lugar de entrar cosas, se la veía sacar algún trasto a la calle, los ocasionales espectadores suponían que era para hacer lugar y poder ingresar más basura. Y ahí estaba Transito que veía todo lo que entraba y salía de esa casa.
Aquel día se escuchaba la voz de Rita fuerte y alterada, - Te vas mierda, no te quiero ver mas! – Te voy a sacar de acá, ya no quiero verte! – No te quiero ver mas en mi casa, ahora te vas y no volves mas….  Como era costumbre don Aguilar pensó que una vez mas peleaba con su madre, pero grande fue la sorpresa, cuando la vio salir por el pasillo de su casa arrastrando un viejo colchón de dos plazas, con los resortes desvencijados y manchas de humedad. – Ya vas a ver, ahora te vas y no quiero verte mas! Seguía Rita hablándole al colchón, hasta que finalmente lo deposito junto al árbol de la esquina de su casa, para regresar con las manos vacías y refunfuñando en vos baja.
Para Transito, que no perdía oportunidad para divertirse, esto era como una invitación a Disney con todo pago. El puntano busco el viejo colchón tirado en la esquina, y lo deposito justo frente a la puerta de Rita, después como si nada regreso a su puesto de trabajo, solo era cuestión de esperar.
Finalmente llego el momento en que Rita salio a la vereda, al ver el colchón no oculto su sorpresa seguida de indignación, e increpo al mismo con preguntas que por su condición de inanimado jamás le respondería… -Que haces Acá? Como volviste? Te dije que no quería verte más! Lo tomo de los lados y volvió a llevarlo hacia la esquina.
Transito en medio de risas espero a que Rita entrara a su casa y volvió a poner el colchón en la puerta. Pasaron las horas y Rita no salio, Transito cumplió su horario de trabajo y se retiro.
A la madrugada siguiente y algunas cuadras antes de llegar al trabajo, desde el colectivo vio el colchón que habido sido abandonado nuevamente, era ese, estaba seguro, por lo que se apresuro a tocar el timbre y bajar del transporte.
Una vez que estuvo frente al el  no le quedaron dudas que era el mismo, por lo que lo levanto del suelo y en medio de carcajadas apresuradas pensando en la reacción de Rita cuando lo viera, cargo el colchón de regreso a casa. Era de madrugada y tendría que esperar algunas horas al ver la reacción, pero seguro valía la pena.
Y vaya si valió el esfuerzo, al abrir la puerta y ver al Sr. Colchón ahí, Rita no pudo contener su furia, comenzó a insultarlo a los gritos, a pegarle, estaba al borde de la histeria, como podía ser posible que estuviera ahí,  si ella le había dejado bien claro que no quería volver a verlo!.  Transito estaba con un ataque de risa, no podía hablar, las lagrimas le caían por su rostro, su compañero del edificio miraba la escena azorado. De repente cesaron los reclamos de Rita e ingreso veloz a su casa, a los pocos instantes se la vio salir con un bidón de kerosene y fósforos en la mano. Con voz firme se la escucho decir, - Ahora no me vas a joder más! Y regándolo con combustible lo prendió fuego sin piedad.
Pero eran otros tiempos y en la Ciudad de Bs. As. cuando todavía se llamaba Capital Federal, existían los inspectores Municipales que circulaban por los barrios, controlando que los vecinos no cometan infracciones. Tanta mala suerte tuvo Rita, que en ese momento paró un auto frente a su casa y sacando la credencial de inspector la intimo a apagar el fuego y amenazó con multarla por prender basura en la vía pública.
Para ese entonces Transito se encontraba tendido en la vereda tomándose el estomago el cual le dolía por tanta risa, su compañero no estaba seguro que espectáculo tenia que mirar, si a el o a Rita yendo y viniendo por el pasillo con una jarrito de agua, intentando apagar el fuego frente a la mirada inquisidora del inspector, los vecinos se agolpaban y Juanita espiaba tras la celosía.
Finalmente el colchón se apago y el barrio retomo su calma, después de eso Rita pensó muy bien antes de sacar algo a la vereda. Dicen que lo que no perdió fue su hábito de increpar a Juanita buzón mediante, pero que una vez que esta falleció Rita recobro la cordura.
Hace unos años Transito Aguilar también partió, aunque esta presente en cada risa cuando su nieta Almendra cuenta la Historia de Rita y el colchón.

14 abr. 2013

La carta al Papa


Ésta historia que les voy a contar, sucedió en el año 2001 en el pequeño kiosco de Av. El Cano y Conde, en el barrio de Colegiales. Antes de comenzar me atrevo a predecir, que al terminar de leerla, muchos de ustedes soltaran sus risas y comentaran sobre la imaginación de esta febril narradora. Pero quiero aclarar que no es mi imaginación, sino mis recuerdos los plasmados en este relato, porque lo que van a leer sucedió, Es Verdad! tal como decía aquella voz de niño que retumbaba en las paredes del local, mientras la anciana afirmaba con la cabeza ante la mirada atónita de los jóvenes espectadores. 
El país estaba en crisis, y por las calles de Bs. As. se veían caminar personas al borde de perder la razón, los locales habían bajado sus ventas y todos buscaban un “currito” para sobrevivir.
El local de Av. El cano 3192, de casi 100 años, a lo largo de su historia había sufrido cambios en su morfología. Originalmente era una librería atendida por los padres de Don Leo el anticuario, un anciano afable de bigotes blancos estilo Mussel y que vivió en la misma casa desde que nació. Cuando Leo fue creciendo, el local sufrió una división y se convirtió en local de antigüedades y Kiosco/librería,  este ultimo iba cambiando de propietarios hasta ser alquilado por un matrimonio, que tras años de insistirle a Leo, tiro la pared divisoria para volver a ser como era originalmente. Así estuvo unos 10 años hasta que la crisis los golpeo y obligados a achicarse, tuvieron que resignar una parte del local que volvió a dividirse. Don Leo que vivía en la casa contigua, cada tanto se detenía a contar alguna historia fantástica sucedida ahí, la cual era escuchada con atención pero con poco margen de credibilidad. Solo tendría que transcurrir un poco de tiempo, para comprobar que en ese lugar todo era posible.
La anciana llego andando en Bicicleta por la vereda, en el frente tenia un canasto donde llevaba las compras. Aparentaba aproximadamente unos 70 años, pelo canoso y anteojos, vestía pantalón de jean, camisa a cuadros y el típico saquito de abuela… Nunca la había visto por el barrio. La mujer  se baja de su rodado y se me acerca, con voz firme me pregunta si le puedo tipear una carta en la computadora, no había ningún indicio de que hiciéramos ese trabajo, sin embargo la señora estaba muy convencida de hablar con la persona indicada. Sin permitirme explicarle que no estaba en el lugar correcto, insistio en que el texto era muy importante, que la carta tenia que ser enviada urgentemente a Juan Pablo II, porque ella contienia mensajes reveladores.
Seguramente en una época normal de trabajo habría persuadido a la mujer de dirigirse a otro lugar, pero teniendo en cuenta la merma de clientes y acontecimientos que me distrajeran, una parte de mí pedía a gritos que tipeara esa carta. Sucumbiendo a mi voz interior que me repetía: Hacelo!, le presupuesto con una cifra irrisoria el trabajo para asegurarme que me lo de, la clienta conforme, promete volver al otro día con el manuscrito pasado en limpio para que pueda leerlo.
En la vereda se encontraba un busca de 18 años que vendía cd,  para combatir el aburrimiento se arrimaba al mostrador en busca de conversación mientras relojeaba que no le roben la mercadería. En silencio presencio toda la escena, no me lo dijo, pero tenía tantas ganas como yo que la mujer volviera.
A la mañana siguiente a eso de las 10, regresó montada en su bicicleta. Al descender saca del canasto de las compras un sobre de papel marrón, y del interior el manuscrito en cuestión, que sostiene fuertemente en su mano sin ninguna intención de entregarlo.
- No se si sós la persona correcta para dárselo, esto es muy importante y no todos están preparados para leerlo. 
Sorprendida por la declaración, le pregunto que tiene de importante esos papeles y le explico que si no me los entrega no puedo hacer el trabajo….
-        Es que esta carta se la tengo que enviar al Papa, es un mensaje que me dicto Jesús para el…. Acá esta escrito lo que va a suceder.
Ah bueh!, pensé, esto es mas loco de lo que creí, mientras trataba de no mostrar ni entusiasmo ni sorpresa. A espaldas de la anciana, el vendedor de cd que al verla llegar se arrimo inmediatamente, no dejaba de hacerme señas para que indagara en el tema.
Seguramente alguna emoción se reflejo en mi rostro, o fue la repentina interrupción de los clientes en busca de cigarrillos, la que provoco su respuesta.
-        Voy a consultarle a Jesús si te la dejo y vengo mañana. Se subió a su bicicleta y tomando El Cano doblo de contramano por Freire.
A la tarde los empleados de Mr. Luna, el local lindero, y por obra y gracia del absorto vendedor de cd, ya estaban al tanto de este extraño personaje y pedían ser avisados cuando regresara. No me pareció una buena idea, ya que las multitudes podían intimidar a la mensajera. Así fue como consensuamos  colocar al dia siguiente un grabador y posteriormente dejarlos escuchar la conversación.
Y al tercer día volvió, esta vez de contramano por El Cano, esquivando autos que tocaban frenéticamente sus bocinas. Me apure y encendí el grabador, ya había chequeado las pilas, el cassette de 90 minutos y dije una palabras de prueba que se grabaron correctamente, todo estaba listo.
Una vez mas sacó los papeles, esta vez comenzó a leer fragmentos del escrito, no estaba muy segura como dirigirse a Su Santidad en el encabezado. Me dijo que Jesús le había dictado las profecías, pero no le había dicho nada que como hacer la introducción, y eso era algo que tenia que resolver.
Demás esta decir que no podía esperar mas para preguntarle como le dictaba Jesús las cartas. Nunca me imagine semejante respuesta.
-        Jesús vive en mi, literalmente vive en mi. Un día se alojo en mi cabeza, era un feto, y a medida que comenzó a crecer se fue manifestando, al año y medio empezó a hablarme… Ahora ya es un niño de 7 años, y me habla con su voz de niño y me dice lo que va a suceder. A veces habla con otras personas, solo con las que quiere hablar, yo no puedo controlarlo, lo hace cuando quiere...
Fue en ese momento que resonó aquella voz de infante que me estremeció.
-        Es Verdad!, sentencio impetuosamente. Acto seguido la Sra. asintió con su cabeza. Es Verdad! se escucho una vez mas, mi  mirada estaba clavada en los labios de la anciana que no se movían.
-        Vez, a vos te quiso hablar, lo escuchaste? No se manifiesta ante cualquiera, lo esta haciendo para que me creas lo que te cuento…
-        Es Verdad!, se escucho por tercera y ultima vez, superponiéndose a la explicación de la anciana.
 A continuación la Sra leyó una de las revelaciones, yo me encontraba confundida al igual que el chico de los cd, creo que ese fue el motivo por el cual no recuerdo ni una palabra de la profecía leída, solo se que estaba escrita en verso y hablaba sobre la muerte de Juan Pablo II y lo que le pasaría a la iglesia después.
Al terminar la lectura y sin dar explicaciones guardó las hojas escritas en tinta azul, subió a su bicicleta y se marcho.
A los minutos recordé que todo había sido grabado, puse stop, y mientras rebobinaba la cinta reía al recordar la voz y especulaba con los vecinos ansiosos por escuchar la grabación, sobre los dotes de Ventriloquia de la viejita en cuestión.
Se sintió el tope y puse Play, pero no se escucho nada, adelanté unos minutos y la cinta seguía vacía, ningún ruido, ni siquiera interferencia. La cinta estaba en blanco totalmente. Pensé en lo oportuno del momento para descomponerse el grabador, puse rec, dije unas palabras, rebobine y al poner play se reprodujeron tal cual las grabe. En ese momento no tenía una explicación valida para lo sucedido. El único consuelo era intentarlo la próxima vez.
Pasaron los días y la anciana no volvió, a la semana siguiente al llegar luego del almuerzo, el testigo de lo sucedido me entregaría un mensaje.
-Paso la vieja de la carta del Papa, me dijo que no va a volver mas, porque Jesús le dijo que vos no crees . 
En eso tenia razón, no creía que fuera verdad a pesar de no encontrar explicación para la voz y la grabación frustrada.  Y así fue, durante los años que permaneció abierto el lugar no la vimos nunca más.
Cada tanto recuerdo lo sucedido, y pienso que si la anciana sigue viva Jesús ahora tendría alrededor de 20 años. Tengo miles de teorías  que era enferma psiquiátrica  que quizás en su cabeza tenia un tumor, que iba por los locales en busca de incautos que creyeran su historia, que era una mística religiosa.Mi viejo grabador de periodista a pesar de no ser usado frecuentemente sigue funcionando a la perfección y entre todas las dudas solo tengo una certeza, que la historia que les cuento, Es Verdad!