16 may. 2018

Ya salio el libro de Habitantes ...

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4 feb. 2018

La apuesta de Jose

José Antonio Barreiro nació un 27 de febrero de 1942 en la maternidad Peralta Ramos de Recoleta, aunque si le preguntaban a el, seguro diría en Serrano y Paraguay, en el barrio de Palermo.  Fue hijo de Álvaro oriundo de Cangas en Galicia y de Concepción de Orense, ambos venidos a argentina alrededor de 1926.
Sus Padres era propietarios de una carnicería en Serrano 2184, la cual atendieron juntos hasta 1947, año en que Álvaro fallece y su esposa se hace cargo sola del lugar y de la crianza del José de tan solo 5 años. Cuando Este cumple 18 y luego de haber terminado sus estudios secundarios en el Colegio Hipólito Vieytes del barrio de Caballito, toma las riendas del negocio familiar.
José tenia muchos amigos, pero entre los mas compinches se encontraban los hermanos Vicente y Arturo Fernández, propietarios del almacén ubicado en Serrano (en la actualidad Borges) 2108 y Guatemala.
Vicente solía ir los domingos por la tarde, a las tertulias de jóvenes del Centro Lucense. En esas reuniones conoce a Alicia Vilar, una jovencita de llamativa belleza capaz de deslumbrar con solo una mirada a los jóvenes asistentes, que a pesar de sus intentos por conquistarla, no conseguirían más que un contundente gesto de rechazo.
Alicia vivía en Mataderos y era hija de Hermelinda Masilla y Evaristo Vilar oriundo de Pontevedra en Galicia, propietarios de un almacén en Alberti y Murgiondo.  Evaristo tenia de proveedores a unos coterráneos de una empresa distribuidora de alimentos llamada Establecimientos Coveco que funcionaba desde 1963 en El Salvador 5127 y Godoy Cruz en Palermo. Estos jóvenes eran asiduos a las reuniones del club y serian los encargados de invitar a Alicia a participar, quien entusiasmada con la experiencia, termina siendo habitué del lugar.
Vicente, como otros tantos jóvenes frustrados por la inalcanzable Alicia, le cuenta a su amigo José sobre la belleza de esta, su mal carácter y su fama de inconquistable. José agrandándose delante de sus amigos, alardea sobre el hecho, que el si quisiera podría conquistarla aun sin siquiera conocerla. Ese día los amigos se hacen una apuesta nada mas ni nada menos que por el honor. Vicente le daría a José el teléfono de Alicia, y el a ciegas y sin mas que los datos que le dio su amigo intentaría invitarla a salir.
Un 19 de Junio de 1966 José decidido a ganar, levanta el teléfono y disca sin titubear. Ante el desconcierto de Alicia, el pícaro José, le asegura que se conocen del centro Lucense, ella que no lo recordaba, claro esta que nunca lo había visto, en medio de la confusión y curiosidad acepta una cita para el día 23. Cuando Alicia descubrió la verdad, era demasiado tarde, José ya la habría conquistado.
Apenas 14 meses después, el 5 de Agosto de 1967 se casan en la Basilica San José de Flores  y se instalan en la casa de Jose.
Juntos convirtieron la carnicería en un pequeño mercadito llamado “mercado y mucho mas”. En 1972 llego su primera hija María Alejandra, luego le seguirían en 1973 Gabriel, Daniel en 1975 y María Estela en 1977. Para ese entonces José tenia dos Hobbies, el primero era viajar por el pais. Para satisfacer este, tenía una pequeña casa rodante y un Ford Farline en el que cargaba a toda la familia y recorría las rutas argentinas anque algunos países limítrofes cuando el tiempo se lo permitía. El segundo pasatiempo, y por el que muchos lo recordarán era el de la fotografía.
José tenía de amigo a Miguel Plaquin, un fotógrafo de profesión que cubría sociales y vacaciones en Mar del Plata. Atraído por el oficio,  tímidamente comenzó a indagar sobre el tema y adquirió una Contaflex de 35 mm, que posteriormente sería sustituida por una Nikon profesional. José sacaba fotos a rolete, con rollos armados junto a su amigo, los que tenían mucho más que 36 fotos. También junto a él y en el laboratorio de Plaquin  revelarían el material. Familia, amigos, fiestas, accidentes, paisajes, viajes, retratos escolares, hechos curiosos, todos pasaban por la lente de José, que cargaba continuamente sus cámaras para no perderse nada. A veces su pasión lo hacia meterse en lugares insólitos. Una vez, el 16 de enero de 1978 camino a unas vacaciones en Mar de ajo, por la radio escuchan sobre la explosión del 4° piso del edificio de Paraguay 4522 y Serrano, asustados por la noticia, se comunican con el entonces dueño  de la pizzería El pingüino de Palermo, quien los tranquilizó diciéndoles que su casa no sufrió daño, ni los perros que habían quedado a cargo del padre de Alicia. A decir verdad los animales era lo que más les preocupaban. Al regresar, y con la excusa de chequear unas grietas en la medianera, José apalabro al encargado y logro ingresar al lugar siniestrado y fotografiar todo, cosa que ningún reportero había logrado. El parte oficial de lo ocurrido decía que fue un escape de gas, aunque se rumoreaba en el barrio que el lugar era escondite de miembros de montoneros y la explosión no había sido un accidente.
En 1982, da por finalizado su trabajo en el mercado y vende el fondo de comercio para dedicarse por varios años enteramente a su mujer y sus hijos.  Desde 1976 era un activo colaborador de la Parroquia San Francisco Javier de Serrano y Nicaragua y de su entonces párroco Fernando Echeverria. José a demás de ser practicante de su fe católica, colaboraba en el armado de los eventos y en el registro fotográfico de los mismos. Pasados los años 80 continúo su labor con el nuevo párroco Martín Bustamante, con quien fundara el grupo de Matrimonios. Para ese entonces Alicia atendía un pequeño kiosco y librería que se encontraba dentro del Colegio de niñas Santa Rita, lindero a la parroquia, y José trabajaba junto a un amigo en una pequeña editorial universitaria. El matrimonio era conocido por grandes y chicos de la comunidad, especialmente por el gran carisma de Alicia. Sus hijos crecían y junto a sus amigos invadían la casa familiar, que siempre tenia las puertas abiertas para recibirlos. José de apariencia seria jugaba el rol del padre intimidante, mientras que Alicia era la madre cómplice. La realidad es que los dos eran felices de ver su casa llena de jóvenes de todas las edades y lo de los roles era simplemente para poner orden entre tanto crío propio y ajeno. Mientras el Farline jubilado descansaba eternamente sobre la vereda del Pingüino, y servia durante años de asiento improvisado en las charlas callejeras de los amigos de sus hijos, cada tanto José accedía a cargar mas de media docena de pibes en su Falcon Rural Bordeax (en esa época no había limites para llevar gente en un vehiculo) y llevarlos a pasar el fin de semana a su quinta en moreno.
Así Alicia y José vieron crecer a sus hijos, a los amigos de sus hijos, y a los vecinos del barrio y el colegio.. Siempre colaborando y participando activamente en causas que consideraran nobles.
El nuevo siglo llegaría y José no estaría para verlo, un 8 de octubre de 1999 partió producto de una insuficiencia renal. Rodeado de sus hijos y dos de sus nietos nunca dejó de hacer planes de viajes para cuando se recuperara.
La parroquia fue escenario de la misa de cuerpo presente, oficiada por los curas Fernando y Martín, quienes a pesar estar en otros destinos asistieron especialmente. Junto a ellos y sin que la ceremonia fue anunciada, docenas de vecinos y amigos se presentaron, y otros tantos acompañaron sus restos al cementerio de la chacarita.
José no era famoso más que en su círculo de amigos, no realizó ni grandes ni heroicas proezas. José retrató su vida y la de su comunidad, dejó cientos de imágenes en papel y otras tantas en la memoria de quienes lo conocieron. José siendo hijo único formo una familia numerosa y unida, llena de nietos y biznietos que llenan de risas la casa que aún habita Alicia. José le aposto a Vicente lo que sin saber sería el resto de su vida. José gano fácil, porque si hay algo que tenía José, era Honor.

20 ene. 2018

Cuando la estética mata a la historia



En el barrio de Palermo  está la Parroquia San Francisco Javier sita en Borges entre Nicaragua y Costa Rica.
Originalmente fue construida como una capilla dependiente de la Basílica del Espíritu Santo, templo de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe (Mansilla y Guatemala en Palermo).
El terreno fue donado por una vecina del barrio a la Obra de la conservación de la Fe, y en 1907 fue la colocación de su piedra fundamental.
La idea original era la de tener un lugar intermedio, donde los fieles más alejados a Guadalupe, pudieran acercarse a misa o simplemente a rezar.
Finalmente y a pesar de no estar del todo terminado, el templo fue inaugurado en 1913.
En 1934, a la capilla se le sumaron dos colegios primarios y gratuitos a sus lados, a la derecha el Santa Rita para niñas, que también era hogar de monjas y a la izquierda el San José de varones, que compartió espacio con la casa parroquial.
No paso mucho tiempo hasta que la capilla fue declarada Parroquia e independizada.

Postales del mundo

Postal Española anterior a 1952
Por su historia, desfilaron 15 párrocos e innumerables tenientes, diáconos, sacristanes y seminaristas. Algunos de ellos protagonistas de hechos policiales oscuros y macabros acontecidos en la década del 60. La mala fama de los curas y el lugar provocaron una merma en la feligresía. 
Pero unos años antes de que esto ocurriera, alrededor de 1950, el altar de San Francisco  Javier era objeto de admiración. Tanto así que en España, se imprimieron tarjetas postales con la foto del mismo. En ella se podía ver su cúpula de ladrillos marcados, un gran ángel coronando el altar en exceso ornamentado con  el sagrario en medio.




La era de los cambios

Altar modificado 
En 1952 y como conmemoración de los 400 años del fallecimiento del Santo medico y misionero, en su cúpula se pinto un fresco donde se veía a San Francisco Javier en su lecho de muerte mirando hacia el cielo a Jesús que viene en su búsqueda.
Llegados los años 80, la parroquia lidiaba con la escasez de fieles, pero la presencia de un cura joven tercermundista con sueños revolucionarios hizo que de a poco se acercaran los jóvenes, algunos de ellos ex alumnos de los colegios.
Para 1986 el lugar contaba con un espíritu renovado, aunque con unas instalaciones claramente deterioradas. A partir de allí y con un nuevo cambio de párroco comienzan las remodelaciones.
En el primer lavado de cara, se repararon y pulieron los bancos, se removieron los altares de los santos y  se retiraron de los muros internos  las placas de bronce que se habían colocado a través de los años a modo de agradecimientos y recordatorios,  (las placas nunca volvieron, según testigos de la época, las mismas fueron sustraídas y vendidas al peso a un chatarrero de la zona, quien las corto para ser fundidas) En el frente se realizó una Ermita, que contenía una virgen de Lujan, y se colocaron rejas internas, que permitían el templo abierto pero no accesible.
Mas adelante, y por orden del vaticano, se modifico el altar que estaba distribuido para dar la misa de espaldas a los fieles.
Esta vez una importante obra realizada, removió el altar por completo y traslado el sagrario de mármol hacia un costado. Muchos de los mármoles antiguos no soportaron la manipulación y se partieron, quedando inutilizados. En su lugar se colocaron nuevos de inferior calidad.
Las ornamentaciones de los santos que habían sido removidas con anterioridad, fueron recicladas para hacer un altar a la virgen de luján que estaba en el frente, e entronizar la imagen en el templo. En su lugar se empotró una cruz del tercer milenio.
Se construyo un campanario improvisado sobre el techo de la secretaria parroquial, por donde se veía bajar la cuerda que movía el badajo.
El antiguo Armonio fue rotando por todos los rincones, y la escalera caracol de madera que llevaba al coro fue clausurada con rejas.
El fresco descascarado por el tiempo, fue maravillosamente restaurado por un sacerdote, Mario Beveratti, que además contaba con un titulo en bellas artes.
Ya entrados los 90, la parroquia lucia un poco mas despojada y distinta.
Las obras se trasladaron a la casa parroquial, consistían en la remodelación de una finca lindera al colegio San José, que había sido donada por un vecino decadas atras y se encontraba en condiciones de abandono.
Los curas continuaron desfilando y en el tiempo que siguió, la reforma le llego a los colegios. Las monjas se fueron, se le cambiaron los nombres por San Francisco Javier, se incorporó secundario y los edificios fueron remodelados. Seguramente la cuota también aumento, ya que desde los años 60 eran pagos.
Cada tanto el templo sufría una nueva remodelación, que lo despojaba aun mas de su imagen primigenia.

Parroquia 2.0

vista 2016
Con el nuevo milenio, y una nueva lavada de cara al templo, un día así sin más, el fresco de la cúpula desapareció.
La excusa fue un proyecto con motivo de celebrar el centenario, que  contemplaba terminar la construccion que habia quedado inconclusa en 1913 y plasmada en los planos originales de 1907. Aparentemente en ellos se proyectaba 3 ventanales de vitraux en el frente, y una gran ornamentación con el nombre del lugar.
Una vez más la fachada cambió. La cruz se sacó, se construyeron los ventanales, se colocó un friso con el nombre de la parroquia, se le colocaron columnas romanas. La virgen de luján fue a parar a el lugar que alguna vez ocupó el sagrario en el centro del altar, la puerta que conectaba el templo con la secretaria desapareció, los bancos se achicaron, y algunos santos se esfumaron, mientras que otros cambiaron de lugar, igual que el armonio.



Actualmente y si lo comparamos con la foto de aquella postal española, el templo que alguna vez fue admirado por los europeos, se convirtió en un moderno loft palermitano. Un gran salón en tonos pastel, cool, impoluto, con calefacción,  luces led y bancos minimalistas prolijamente alineados. En su interior  se pueda celebrar misa o montar una feria de diseño, da lo mismo,  ya que de la construcción original de hace mas de un siglo poco queda, y lugar es lo que sobra…

15 ene. 2017

Enterrados en la plaza

A mitad de 2016, en el Cementerio de la chacarita, comenzaron obras sobre la calle Elcano, que constaban en la remoción de tumbas y demolición de nichos que estaban en la medianera que separaba la ciudad de los muertos de la de los vivos, si es que existe paredón que las separe… El objetivo, fue construir una plaza con juegos para niños, un espacio con maquinas de gym, y un sector para deportes. Esta obra finalmente fue inaugurada en enero de este año.
Aunque a muchos enterarse de esta obra les parezca un despropósito, considerando que en chacarita espacios verdes sobran y una profanación al campo santo, no es la primera vez que sucede en esta ciudad, de hecho solemos caminar por antiguos cementerios, de los cuales no sabíamos su existencia.

Cementerio de Bajo Retiro

Allá por el 1800, los esclavos no eran sepultados, ya que sus patrones consideraban una perdida de capital el que murieran, presos de la ira, acostumbraban a atar los cuerpos a la cola de un caballo y azotarlo para que trotara por la ciudad. Finalmente lo que quedaba del cuerpo desmembrado del esclavo, era devorado por los perros y los cerdos, salvo que algún piadoso realizara una fosa en la tierra.
Algo similar sucedía con los extranjeros que no profesaran la religión católica, generalmente marineros. Los cementerios de la época eran campos santos, esto quiere decir que estaban en predios pertenecientes a la iglesia católica, por lo que nos profesaban esa religión, no tenían derecho a ser enterrados. Para ellos existía un lugar cerca del río, denominado bajo retiro, era una especie de fosa común donde se apilaban los cuerpos, sin identificación alguna y muchas veces  quedaban expuestos por los cambios en la creciente del río que removía la tierra..

Cementerio Ingles de disidentes actuales Plaza 1 ° de Mayo


El 22 de febrero de 1821, la comunidad Inglesa compra un terreno en Juncal entre Cerrito y Carlos Pellegrini, donde el primero de abril de ese mismo año, se inaugura el Cementerio de Disidentes. Este cementerio funciono hasta 1824 donde fue clausurado pero siguió realizando inhumaciones hasta 1829 año en que la comunidad inglesa solicita permiso para su ampliación y les es denegado por las quejas de los vecinos. Es así como en 1931 compran los terrenos de la quinta De La Serna, ubicados en Hipólito Yrigoyen entre Pasco y Alsina, donde emplazan el segundo cementerio de disidentes con lugar para la comunidad alemana y norteamericana. Allí son trasladados los restos del primer cementerio. Este también colapsa su capacidad por lo que se le ordena un nuevo emplazamiento.
En 1891 la municipalidad concede en el Angulo N.O. del cementerio del oeste (actual Cementerio Británico) terrenos para el traslado de los restos, que no fue realizada hasta 1919 cuándo el Consejo Deliberante obliga a la permuta de los terrenos. La mudanza de los cuerpos termino en 1923 y posteriormente en el antiguo emplazamiento se construyo la plaza primero de mayo, vale destacar que muchos cuerpos no fueron reclamados y al estar enterrados muy profundos, no fueron removidos, por lo que al día de hoy permanecen bajo la mencionada plaza.



Cementerio publico de la salud, actual Parque Florentino Ameghino

El 24 de diciembre de 1868  y obligados por la epidemia de cólera, se inaugura en los terrenos ubicados entre las calles  Caseros, Ituzaingo y Pozos, el cementerio publico de la salud clausurado en 1871 debido a la saturación  ya que también había sido utilizado posteriormente para enterrar victimas de la fiebre amarilla.  Finalmente y dado a que el predio se encontraba en estado de abandono, el consejo deliberante decreta que allí se construya un parque   y los restos sean trasladados al cementerio del oeste. Una vez más, muchos cuerpos no son exhumados y en 1893 se da por concluido el traslado. El parque es construido sobre los restos que ahí descansan.

Cementerio Viejo de Chacarita, Parque Los andes

El 14 de abril de 1871 se inaugura a raíz de la epidemia de Fiebre amarilla el Cementerio de la Charita  que ocupaba cinco hectáreas y estaba emplazado en la actual Parque los Andes,  este, fue clausurado en 1875 año en que se inauguró el Nuevo Cementerio de la Chacarita, llamado durante muchos años como Cementerio del Oeste.  Entre 1896 y 1897 se procedió al traslado de los cuerpos de la Chacarita vieja, siendo hoy el parque Los andes última morada de los cuerpos que como en casos anteriores, no fueron reclamados.

Cementerio de Belgrano, plaza Marcos Sastre

En 1892 fue creado el Cementerio de Belgrano, que se encontraba ubicado en Villa de las Catalinas, actual Villa Urquiza y ocupaba las calles Monroe, Valdenegro y Miller. Para ese momento, el cementerio estaba considerablemente alejado del radio urbano, sin embargo el rápido crecimiento edilicio de la zona no tardo en alcanzar esa manzana, causando que los vecinos solicitaran la clausura por razones de salubridad.
El 26 de marzo de 1898 se clausura el lugar, quedando abandonado hasta que en 1919 una vez mas el consejo deliberante dispone que sea trasladado al cementerio del oeste y en su lugar se construya una plaza. En 1922 y a pesar de no haberse inhumado todos los cuerpos, se procede a la construcción del espacio verde.

Los 3 Cementerios de Flores

En 1807 en un terreno ubicado en Rivera Indarte entre Av, Rivadavia y Ramón Falcón, lindante a la Iglesia San José de Flores, se efectúan los primeros entierros del que seria el primer Cementerio de Flores, ante el inminente crecimiento del barrio en 1832 se bendice el nuevo enterratorio en la manzana circundad por Varela, Culpina, Tandil y Remedios. Seis años mas tarde en 1871 y teniendo en cuenta la colmada capacidad se decide clausurarlo y el terreno es destinado a corralón municipal. Esta vez los restos son enviados al actual Cementerio de Flores, que funcionaba desde 1867. Como en los casos anteriores, tanto en el primer cementerio, donde actualmente hay vivienda, y el segundo, donde hay un espacio verde (el corralón fue demolido porque los empleados afirmaba que había actividad paranormal y los caballos estaban alterados), no todos los cuerpos fueron rescatados.

Estos son algunos de los lugares mas destacados, se estima que desde la fundación de Buenos Aires han existido en la Ciudad aproximadamente 40 Cementerios. Es inevitable preguntarnos cada vez que pasamos por una plaza de más de 100 años, que secretos esconderá debajo.
Tal vez después de leer estas historias nos demos cuenta que como sociedad no estamos tan evolucionados, ya que volvemos a hacer las cosas como nuestros coloniales antepasados.


12 jun. 2016

El ladrón del tiempo

En junio de 1974, Sidy y Gregorio, dos estudiantes que lo habían conocido en un bar cerca de la facultad de filosofía, le regalaron por su cumpleaños una libreta con índice , pero como no tenia teléfonos que agendar, decidió darle un uso mejor. Luego ellos escribirían en una de sus hojas “para que siempre recuerden a los culpables” (nosotros le regalamos la primer libreta).
Se referían a la primera de muchas, en 3 años lleno 60 donde escribieron alrededor de 20.000 personas, y de las cuales se editaron 2 libros.

Jose Rosenwasser era un inmigrante Polaco que llego a Bs. As. en 1926 con solo 15 años. Venia con una historia a cuestas de padre suicida, madre abandónica y un tío golpeador. La vida no le había sido fácil y su educación solo llego hasta cuarto grado.
Desde pequeño conoció el oficio de Herrero y pulidor, el mismo que lo acompaño durante 50 años hasta que le llego la jubilación. En los malos tiempos se hacia un extra atendiendo por las noches el puesto de diarios de Santa Fe y Juan b Justo, en Pacifico.
Alguna vez tuvo mujer e hijo, pero también lo habían abandonado.
Los sábados por la noche salía de la pieza de la pensión en la calle Bomplan, enfilaba hacia corrientes y entraba en los bares a sorprender incautos, su presentación siempre era la misma, “ No vendo nada ni pido plata, no me regalaría 3 minutos de tiempo?”  Con su libreta y lápiz en Mano, como quien pide un autógrafo a una celebridad, el pedía una palabra, una pensamiento, una prueba de vida. Sus preferidos eran los jóvenes estudiantes, porque sabía que si no querían escribir le dirían que no tenían tiempo, pero jamás lo tratarían mal, cosa que no pasaba con la mayoría de la gente adulta.
Hombre solitario y curioso, acostumbraba a preguntar si querían hablar con el, constantemente se encontraba con negativas, maltratos o comentarios sobre el tiempo y conversaciones vacías, hasta que un buen día descubrió que la gente se expresaba mejor escribiendo que hablando con un extraño, y así se convirtió en un pintoresco personaje de la noche porteña, a quien nadie le decía que no. No importaba el lugar, podía ser La Paz, el Paulista, el subte B, el colectivo 41 o en la esquina de una facultad.
De esa misma manera conoció a un joven Daniel Kon, quien años más tarde escribiera “los chicos de la guerra” y fuera el creador del suplemento Si de Clarín, quien le propuso en 1977, recopilar las mejores frases de sus libretas y editarlas junto a su biografía en un libro: “las libretas de José” y años mas tarde en otro aunque con menos exito.
El polaco bajito y miope,  que a pesar de tener historias fantásticas para contar, de cuando fue polizón en un barco o se escapo de su hogar a los 6 años en un tren, prefería no recordar, y cada tanto garabatear un pensamiento en sus libretas que firmaba como JR.
Cuando llegaba a su casa luego de aquellas rondas nocturnas, se sentaba en su cama con su tesoro de papel y tinta, "Entonces siempre me pasa lo mismo. Siento que empiezo a volar, alto, muy alto... Vuelo con la imaginación, sin parar, hasta que llego a otros planetas. En esos momentos siempre me siento feliz, y puedo ver cosas distintas, hermosas. Veo cosas que nunca nadie ve."
Tal vez nunca imagino que aquello que sentía y veía, no era solo producto de su imaginación, sino un legado para generaciones futuras, el testimonio de aquellos que ya no están o que alguna vez fueron. Es inevitable pensar al leer esos libros, en cuantos de aquellos que escribieron entre 1974 y 1979 desaparecieron, cuantos fueron a la guerra, cuantos estudiantes no se recibieron, cuantos amores terminaron o cuantos nacieron. Que secretos encierran esas iniciales, sobrenombres, confesiones, frases hechas, chistes malos, amores poetas. Si el Luis Alberto, Pajarito u Olmedo que aparecen en sus pagina, eran ellos o solo unos socias.
En 1985 José seguía vivo, Daniel lo contaba en una entrevista para el diario el País, después de eso no existen obituarios, ni fecha de defunción. Tampoco se que paso con aquellos originales, parece que nadie se pregunto por ellos.
Dicen que cuando le contaron a  Borges sobre el,  dijo  que era un personaje de Ficción, yo creo que fue un viajero en el tiempo y un día desapareció, o no….
Cuando dejó de recorrer la noche, las hojas de las libretas se convirtieron en paredes escritas con aerosoles de colores. Hoy esas paredes son muros con su nombre en  Facebook y en Twitter los que te invitan a que les regales 3 minutos de tu tiempo.

Primer Libro completo:

15 jun. 2015

El club del esqueleto

Este relato definitivamente no lo escribí yo, aunque me hubiese encantado. Lejos estoy de escribir como Eduardo Wilde y mucho más de realizar un retrato tan íntimo de Ignacio Pirovano. Ante la notoria imposibilidad de contar mejor esta historia, aquí les dejo el original, que desde que lo leí por primera vez me pareció una historia encantadora, que merecía ser difundida.
Sin más preámbulos y esperando que provoque en ustedes sensaciones contradictorias, con ustedes: el relato.
Allá por el año de 1860, todas las viejas de uno de los barrios más poblados de esta ciudad dormían de noche, vestidas y con vela, y no salían de día a la calle sin asomar antes la cabeza con aire preguntón y mirar arriba y abajo, como para asegurarse de que no había peligro.
A un viajero curioso que no hubiera estado en el secreto, habríale llamado sin duda la atención tamaña cautela, pero los habitantes de Buenos Aires, y particularmente los moradores de aquel barrio, sabían bien a qué atenerse en cuanto a esto y no sólo no encontraban de más semejantes precauciones, sino que aplaudían la rehabilitación que se hizo por aquellos tiempos de un sinnúmero de conjuros antiguos, a causa de los acontecimientos extrañísimos que tenían lugar.
Así, no había, pues, casa de mujer medianamente beata en la que no encontrara un San Antonio patas arriba, un San Roque sin perro, una herradura colgada, el pan dado vuelta y, lo que es más aún y se tenía en aquella época por un conjuro de mucho crédito, una escoba con el mango para abajo tras de cada puerta.
Barrer de noche los cuartos que, como se sabe, es lo más atentatorio a las leyes de la brujería, era cosa de hacerse sin mirar para atrás; pero a pesar de todos estos contramaleficios, las calamidades continuaban y el gobierno se vio obligado a bajar la contribución directa de aquel barrio, la municipalidad dejó de cobrar el impuesto de alumbrado y sereno y hasta el Papa concedió cien días de indulgencia, a todos los habitantes de la parroquia en que tales acontecimientos tenían lugar.
¿Pero quién traía en ese alborotado desorden a tan pacíficos moradores? ¿Quién había de ser? Dios me ayude para nombrarlo, pues todavía se encuentran respetables personas que no lo nombran sin santiguarse la boca. Era nada menos que un aprendiz de farmacia, el muchacho más travieso del barrio, el travieso más audaz de la ciudad y el audaz más ingenioso de la provincia.
No pasaba por la puerta de la botica en que despachaba el mencionado aprendiz, un solo hombre respetable y conocido, que no siguiera su camino llevándose pegada a la levita una cola de papel.
No entraba en la farmacia matrona presuntuosa que no saliera con bigotes de corcho quemado, pintados en su labio como por arte del diablo.
No se paraba en la esquina caballero distinguido, al cual un tarro lleno de clavos que caía como llovido hasta cierta altura, no le abollara el sombrero y, por último, no había bicho viviente que acertara a poner el pie en las inmediaciones de aquel foco de sucesos, que no llevara algún recuerdo del aprendiz de farmacia.
Inútil es decir que las hazañas de don Ignacio Pirovano, que así se llamaba el aprendiz de farmacia, habían pasado a ser una leyenda popular y el mismo don Ignacio, aún más popular que su leyenda.
Las pandillas de estudiantes de la Universidad, organizadas para comer de balde pastelitos en la plazoleta del mercado, se hacían un honor en tener como miembro consultor a don Ignacio Pirovano, y hubo una época en que podía con razón decirse de él que era el presidente nato del comité de mortificación pública. ¡Cómo pasan los años! Coloraba el oriente el sol resplandeciente, como dice Espronceda; las nubes de zafir, de nácar y oro huían por los cielos, dejando el horizonte limpio como una patena, y el sol con su cara impávida introducía raudales de luz por todas las aberturas de mi estudio, calle de la Florida 230, donde recibo consultas, gratis para los pobres por decisión mía, y gratis para los que no son pobres por decisión de ellos.
Y era una mañana del presente mes de setiembre y la hora temprana en que una señora de noventa y tantos años me había madrugado para contarme, con aquella impertinencia clásica con que cuentan las viejas sus achaques, la historia de un catarro crónico que padecía desde joven y que, para mejor comprensión, quiso narrar desde el principio, adornándola con mil detalles minuciosos, inoportunos y biográficos que se ligaban, a su modo de ver, íntimamente con su bronquitis incurable y con la guerra de la independencia.
Iba la enferma a media asta de su cuento refiriendo las alteraciones que tuvo su catarro en tiempos de Rivadavia, cuando Benito, mi sirviente, a quien aprovechando esta oportunidad presento a ustedes, me entregó un folleto que acababan de traer.
La vieja suspendió su narración y alargó los ojos con aquella sublime curiosidad que conservan todas las mujeres, desde la edad de tres meses hasta la de ciento cincuenta años.
La ansiedad de mi enferma me incitó y por un rasgo de bondad casi paternal, leí en alta voz la carátula y dedicatoria del folleto, que decía así: "Facultad de medicina. La herniotomía.
Tesis para el doctorado. Mi muy querido Eduardo: vivimos juntos; en la fonda de la Sonámbula nos fiaban juntos; juntos tuvimos que repetir la inolvidable horchata de Canesa. Quiera el cielo que en la nueva época de mi vida, tengamos ocasión de juntarnos muchas veces.
Tu siempre amigo. -"Ignacio Pirómano", Ni un cañonazo a boca de jarro, ni un redoble de trueno en oreja desprevenida, ni una receta del doctor Granados, habría producido tan alarmante efecto, Apenas mis labios pronunciaron las dos, palabras "Ignacio Pirómano", mi pobre enferma volvió los ojos al cielo y se halló presa de las más horribles convulsiones.
Entonces yo, con aquel talento generalizador que me caracteriza, saqué mi cartera y apunté esta prudente y científica observación, semejante a muchas de las que hacen algunos de mis colegas y no pocos autores: "Contraindicado, para las bronquitis crónicas, el nombre de don Ignacio Pirovano". Y contento de mí mismo, espero la oportunidad de comunicar este descubrimiento a la academia de ciencias médicas.
A las dos horas de este suceso vinieron a pedirme el certificado de defunción para enterrar a la señora, muerta de emoción en la flor de su edad y sin motivo, pues don Ignacio Pirómano es hoy uno de nuestros distinguidos médicos, habiendo abandonado por completo la profesión de atar tarros de lata a las colas de los perros, de enseñar insolencias a los loros y de echar fósforos en los atrios de las iglesias.
El mismo Pirovano que hace diez años ponía pica -pica debajo de la cola de las gatas, ha escrito hoy una de las tesis más notables que se haya presentado ante la Facultad y ha recibido un honroso título, después de haber cursado con un éxito envidiable todas las aulas de la escuela.
Que elogien otros sus méritos como estudiante; yo no quiero hacer cosas inútiles y no he de decir que Pirovano ha sido constantemente sobresaliente en sus estudios, porque todos lo saben. El no necesitaba elogios; el mérito se abre aso en todas partes y, entre nosotros si los elogios ayudan a vivir, el verdadero valor no es del todo desconocido.
Pero la vida del hombre tiene a lo menos dos faces. En la una, cada hombre es el cómico que tiene un carácter y representa un papel serio ante el mundo; en la otra, el hombre es consecuente con sus tendencias y se queda con rasgos de niño o intenciones de muchacho durante toda su vida.
Yo no paso jamás delante de un naranjero sin que una tentación irresistible me obligue a meter la mano en la canasta; otros son perseguidos por el deseo de poner zancadillas a los que pasan. Pirovano, tan estudioso y serio como es, tan aprovechado, tan observador, no abandonará jamás esas tendencias estudiantiles que harán célebre su nombre en la historia de las jaranas escolares.
Yo sé muy bien que podía hacer sobre Pirovano un pomposo articulo en que contara sus triunfos como estudiante y sus méritos como profesor de esta descalabrada ciencia, que consiste en la aptitud de dejar creer a los otros que remediamos algún mal en la vida. Pero semejante panegírico no sirve para nada.
Entre nosotros, la Facultad de Medicina se hace la triste ilusión de que los títulos que concede y los honores que dispensa al talento y al estudio tienen algún valor. Error deplorable.
Más que todos los títulos científicos y los honores facultativos, valen las hablillas mujeriles y la propagación de la fama por la lengua de los conocidos.
La Facultad nos hace médicos y nada más; pero las relaciones, las amigas de la casa, las sociedades de beneficencia y las señoras bien vistas, nos hacen especialistas en criaturas, muy hábiles para pulmonía, muy entendidos en roturas de piernas y famosos para abrir orejas a las niñitas de las casas decentes.
Lo mejor que tiene todo esto es que es sin motivo y que en ello más que en ningún otro caso se verifica el refrán que dice: "por haber matado un perro, me llaman el mataperros". Para ganar el título de especialista en niños, no hay más que curar la tos que tuvo la chica de una señora a la moda y, para ganar la fama de cirujano, basta cortarle los callos a un hombre rico y conocido. Mientras usted no haga esto, bien puede verificar maravillas en las criaturas de los corralones y practicar las operaciones más difíciles in anima vili: jamás pasará usted de ser un médico como tantos.
Pero hay también otro medio de llegar a ser notable en una ciencia; ponerse serio, vestir rígidamente, no hablar nunca, no reírse jamás y conservar constantemente el aire de la mayor solemnidad.
Y luego, ¿para qué sirve todo ello?, ¿para adquirir comodidades, bienes de fortuna, lujo, y consideración social?
Ante todo, sería necesario probar que en ello hay un átomo siquiera de felicidad.
Cuando yo era estudiante y tenía que poner tinta en mis medias a la altura de los agujeros de mis botines; cuando tenía que pegar con hilo negro los botones de mi camisa y pagaba el lavado a mi lavandera con el tiernísimo amor que profesaba a su hija, los días se pasaban alegres y sin cuidado.
Ahora, si alguna vez me encuentro descontento, es por el profundo fastidio que me causa el no necesitar de nada.
¡Qué vida tan vulgar tener todo! El otro día entré al cuarto que ocupaba en el hospital mi inolvidable amigo Pietranera; había olor a humedad; sobre una cama descompuesta se encontraban varios libros abiertos; una vela de sebo estaba pegada al borde de la mesa y en una mitad de cráneo se veía un pedazo de lacre, una pinza y unos botones de puño; el papel de las paredes se estaba yendo.
Un placer melancólico me invadió, semejante al que se tiene en presencia de todos los recuerdos, y fue con profunda tristeza que dije en mi interior: ¡pobre de mí! el papel de mi dormitorio está bien pegado y no tengo ni un miserable cráneo en que poner los botones de mis puños. Hay días en que los espejos y las alfombras nos fastidian y desearíamos vivir en un cuarto, con cuevas de ratones, olor a humedad y piso con agujeros Esto a lo menos suscita algunas reflexiones.
Con que si el amigo Pirovano ha de tener coches, caballos, casa y clientela, es bueno que sepa que esto no se tiene sino a costa de la felicidad y con el favor de la lengua de unas cuantas señoras distinguidas y, solo por excepción, a pesar de todo esto.
Sólo por excepción perdona esta sociedad a un médico, por más talento que tenga, que durante su juventud haya puesto colas de papel a los traseúntes y enseñado insolencias a los loros.
Pirovano es actualmente profesor de anatomía en la Facultad de medicina y ha sido farmaceútico del hospital; será, por consiguiente, un hábil operador y es y ha sido sobresaliente en química.
Esta cualidad le permitía preparar una azúcar inflamable con la cual, a la larga, tuvieron que familiarizarse todas las niñas que asistían a los bailes del club del Esqueleto.
Creo que este club es el único de su especie que ha existido en el mundo.
El club del Esqueleto fue una asociación en la cual figuraba Pirovano, en su doble calidad de miembro activo y de repostero, empleo que le fue confiado en virtud de su habilidad para fabricar vinos y licores con las tinturas y los jarabes medicinales de la botica del hospital.
Creo que fue Sydney Tamayo el fundador del club del Esqueleto. Tamayo es actualmente médico y se halla en Salta prodigando a sus paisanos los dones de su talento maravilloso.
Cuando era estudiante, tocaba la flauta con exquisito gusto y el ciego Gil, otro estudiante distinguido, lo acompañaba en el plano. El tener Tamayo una flauta y haber alquilado Gil un piano, fueron los trágicos sucesos que dieron origen a la formación del club del Esqueleto.
El propósito de esta asociación era dar bailes sin un medio y divertirse de balde, pasando gratis las horas que se hayan pasado mejor sin pagar nada en este mundo.
Tamayo, Gil y cuatro estudiantes más vivían en una sala de la calle de San Juan. Los días en que debía haber baile, sacaban al patio las camas, se alfombraba la pieza con las frazadas de los enfermos de la sala de crónicos del hospital de hombres, se pedía sillas en la vecindad. Tamayo robaba chocolate en la despensa del mismo hospital; se compraba masitas por subscripción; Pirovano hacía los cocimientos necesarios en la botica, con los que preparaba los vinos y los licores; llevaba un tarro de pastillas de quermes, con que debía obsequiarse a las señoras y, hechos todos estos preparativos, se invitaba a las niñas del barrio, que eran, cuando menos, novias legítimas de cada uno de los estudiantes. El doctor Larrosa, asistente infalible a esas tertulias, me ha confesado a mí que pocas veces ha estado en reuniones más amenas, a pesar del disgusto que le causaba ver trancadas las mesas y compuestas las sillas con los omóplatos y tibias de los difuntos que suministraba la sala tercera.
Aquellos bailes famosos en que jamás se cometió desorden alguno, para honor de los estudiantes, y en que se armó no pocos matrimonios, a imitación de lo que sucede en el Club del Progreso, terminaban siempre cuando Gil y Corvalán declaraban que tenían sueño y comenzaban a acercar sus catres, húmedos de rocío, a la sala de baile. Entonces Pirovano servía la última copa de tintura de ruibarbo, que saboreaban con indecible placer las damas y caballeros de aquella fiesta.
¡Qué dulces son estos recuerdos! El tiempo que todo lo va diseminando, mandará quizá a cada uno de nosotros a millares de leguas de distancia y los que fueron un día compañeros alegres no tendrán, como símbolo de su pasada felicidad, más que un recuerdo por esa invencible tendencia que tiene el hombre a aferrarse a. cada uno de los momentos de su vida, aunque vaya siempre buscando un porvenir mejor.
¡Pero el recuerdo es una nueva vida para cada cerebro! ¿Qué diferencia hay entre la realidad de un suceso y la viva impresión por una representación ideal? ¡Soñar con claridad es, en el momento que se sueña, tan cierto para el cerebro, para el alma, como tener la realidad presente! Al fin y al cabo todas son ideas y no hay nada real para la conciencia, sino lo que es capaz de suscitar una idea.
El tiempo que está por hacer de Pirovano un personaje serio, no le hará olvidar que siendo estudiante abría una caja de ostras, se bebía el caldo de un sorbo, tragaba los mariscos en dos veces y se preparaba de este modo para comenzar su cena.
Cuando su inteligencia y su buena fortuna le abran los primeros puestos de la República y se celebre su advenimiento con espléndidos banquetes, no se olvidará de que hemos comido al fiado en la fonda de la Sonámbula y de que, cuando no llegaba nuestra felicidad a tanto, él robaba huevos, los freía en aceite de hígado de bacalao, los espolvoreaba con pimienta cubeba y nos los comíamos salándolos con ioduro de potasio. Tampoco se olvidará que los tales huevos, preparados de este modo, eran riquísimos.
Los postres más exquisitos no le parecerán mejores que el jarabe de genciana con que terminaba sus cenas en el hospital, ni los más generosos vinos le harán el delicioso efecto que le hizo el día de su santo la copa de tintura de jalapa compuesta que tomó, a falta de vino priorato, antes de encender un cilindro de esponja preparada, que se fumó enseguida, en sustitución de un habano y por si alguna vez tenía que curarse de coto. Episodios son éstos característicos en la vida de un hombre y que no pueden olvidarse jamás.
Pirovano tiene todas las cualidades físicas para el trabajo y todas las aptitudes intelectuales para ser un médico notable. Es bondadoso de carácter, reservado, meditador y pacienzudo; parece muy dúctil, aunque siempre concluye por hacer lo que le da la gana; tiene una gran facilidad para hacerse querer de sus maestros; sabe evitar que lo envidien sus condiscípulos y el hecho de conservar como reliquias de su carácter, ciertos rasgos de muchacho y ciertas diabluras de estudiante, que contrastan singularmente con su aspecto serio, le da una fisonomía particular y simpática.
En Buenos Aires hay una mala costumbre. Apenas aparece en la arena pública un joven que se ha distinguido por sus estudios, todos comienzan a elogiarlo de un modo tan exagerado que el objeto del elogio mucho hará si resiste al mareo que puede producirle tanto halago a su vanidad. Es necesario tener demasiado buen juicio para no perderse oyendo elogios. Por ejemplo, yo no sé cómo Goyena, del Valle y otros jóvenes de brillante inteligencia, no se han vuelto unos pedantes insoportables al oírse llamar portentos a cada momento y a propósito de todo.
La primera vez que, vea a Pirovano, he de decirle con tono solemne y levantando el dedo índice a la altura de la oreja: "No te dejes marear por los elogios ni invadir por la vanidad; ya que tienes una buena inteligencia, piensa que nadie te puede juzgar mejor que tú mismo; trabaja y estudia y si deseas reunirte conmigo de tiempo en tiempo, para recordar con placer los episodios de nuestra vida de estudiantes, te juro que no ha de faltar por mí toda vez que crea en conciencia necesitar de tus conocimientos médicos o toda vez que a mis enfermos se les antoje costearse el lujo de una consulta, en que, con generalidad, se habla de todo menos de ellos".
Esto he de decirle a Pirovano cuando lo vea.



4 abr. 2015

El mirador del ahorcado

Corría el año 1926, y la Familia Rocatagliatta, integrada por Luiggi, un ex Bersagliere del ejercito de Garibaldi, el cual había perdido un ojo izquierdo en batalla, su esposa Glorietta Cattanni, ex militante del movimiento anarquista “Camisas Rojas” y sus mellizos de 17 años Emmanuel y Vittorio, se mudaban a la planta alta de la casa sita en Av. EnTre Ríos al 1000.
La vivienda construida en 1922 por el renombrado arquitecto Virgilio Colombo, a pedido del entonces Empresario de calzado Leandro Anda, contaba con un local comercial y dos entradas. En la correspondiente a la vivienda de planta baja, vivía la familia Zick. Al igual que sus nuevos vecinos eran inmigrantes. Ernest de origen Húngaro, tuvo su pasado militar en la Legión Extranjera, de la cual había desertado en  África, por asesinar a un oficial durante un juego de dados. En su huida conocería a Dolores Rocío, una andaluza que despachaba un almacén en Tánger, perteneciente a un musulmán llamado Al Jassan y al cual luego de conocer a Ernest,   lo habrían matado para robarle sus posesiones y escapar juntos, llegando a Buenos Aires en 1893 donde tuvieron a su hija Celina Amparo de 16 años.
No paso mucho tiempo hasta que las familias entablaron amistad, los hombres solían mantener largas charlas sobre batallas y armas, Luiggi era propietario de una armería en la calle Cangallo en el barrio de San Nicolás y en sus ratos libres se recluía en el palomar, que pido expresamente arquitecto Colombo, construir como anexo en la terraza junto con un mirador con techo a cuatro aguas, desde donde se veía toda la ciudad.
Las Mujeres que también eran de armas tomar, se relacionaban con mucha familiaridad, accediendo permanentemente una a la casa de la otra por los pasillos internos, conviviendo como familia.
Los jóvenes de ambas familias estaban largas horas juntos, y no paso tiempo hasta que los dos hermanos quedaran prendados por la belleza de la picara adolescente.
Amparo, que era consciente de su belleza, jugaba constantemente a conquistar a los mellizos. Emanuel, que era más extrovertido, fue el primero en robarle un beso. Esto no fue suficiente para que la joven le entregara su corazón, lejos de eso, se propuso seducir a Vittorio, al cual su extrema timidez lo mantenía alejado de cualquier intento de aproximación. Con el tiempo ellos serian concientes que compartían el amor por Amparo.
Este perverso juego a dos puntas de la joven, logro crear una rivalidad entre los hermanos que desencadenarían en los trágicos hechos sucedidos durante la noche del 17 de mayo de 1927.
Aquel martes por la noche, en la ciudad de Buenos Aires se había desatado una tormenta atroz, los fuertes vientos golpeaban contra las ventanas de los pisos superiores, por donde se colaban los refucilos de los relámpagos y los truenos retumbaban en el espesor de la noche.
Vittorio desde un rincón del cuarto observaba dormir a su hermano, en su cabeza repasaba una y mil veces la enseñanza de su padre que rezaba “en el amor y la guerra todo se vale”. Es cuando entre sueños, Emannuel susurra el nombre de Amparo, acompañado de una sonrisa de Satisfacción.
Vittorio fuera de si, se abalanza sobre su mellizo y comienza a apretar su cuello, Emmanuel abre sus ojos desorbitados y sin comprender ni ofrecer mayor resistencia fallece a manos de su hermano.
Vitto luego de un minutos de observar el cuerpo yacer en la cama, toma dimensión de sus actos y reconoce que ya no hay vuelta atrás.
Sigilosamente sube por las escaleras de servicio hacia la terraza, en su camino toma un rollo de el alambre utilizado para colgar la ropa, la lluvia no ha cesado y la noche solo es iluminada por los relámpagos. Sube al mirador pasando por el palomar de su padre, del cual deja la reja abierta. Con la ayuda de una mesa y una silla, ata el alambre de las vigas del techo, lo enrolla en su cuello y con una firme patada desplaza la silla donde estaba subido. Su cuerpo se balancea dando los últimos estertores, el tampoco ofreció resistencia.
A la mañana siguiente, Glorietta va al cuarto de sus hijos para despertarlos, pero solo encuentra el cuerpo sin vida de Emannuel. Sus gritos se escuchan en toda la casa, Luigi corre a socorrerla, luego de ver la escena y sin comprender lo sucedido comienza a recorrer la casa en busca de Vitto. Pero su búsqueda es en vano, parece que el joven se esfumo en la noche, una idea cuza por su cabeza y decide subir a la terraza, mientras trepa los escalones, advierte un silencio fuera de lo normal, a esa hora los buchones suelen hacer su barullo característico. Una vez en el lugar ve el palomar vacío, y con solo mirar hacia arriba, nota como el cuerpo de Vitto se mece al compás del viento en lo alto del mirador.
Impresionado por la escena, y a pesar de haber visto horrores en la guerra, el corazón de Luiggi no resiste y cae desplomado sobre las baldosas mojadas, a las puertas de su palomar. En ese instante y con los vecinos de la cuadra de testigos, sobre la terraza de la Casa Anda, sobrevuelan decenas de aves salidas de sus nidos. La gente de a poco se amontona para ver el inexplicable espectáculo que dan las aves, los incautos transeúntes no dan crédito. No tarda en llegar la policía alertada por los gritos que salen de la casa. Junto a estos ingresa el Dr, Ramírez, vecino de la casa, que es llevado a la terraza para socorrer a Luigi aunque sin éxito.
Ernest y Dolores espectadores privilegiados, no tardan en sospechar que la causa de tal desgracia tendría que ver con su hija Amparo.
Glorietta al descubrir la muerte de su otro hijo y su esposo, intenta arrojarse desde el balcón hacia la vereda, la policía y el medico frustrarían su intento, y con la ayuda de dos enfermeros, es trasladada en ambulancia con un cuadro de desequilibrio emocional.
Los restos de los 3 hombres Rocatagliatta fueron inhumados en el cementerio de la chacarita, al entierro asistieron numerosos vecinos y amigos de la familia, también estaba presente Amparo, vestida de riguroso luto, junto a sus padres que escuchaban los murmullos de los concurrentes comentado la culpa de su hija en el desarrollo de los acontecimientos.
Amparo, pocos años después de lo sucedido, huyo un domingo rumbo a Brasil con Pedro Fosse, un paraguayo carnicero, jugador y mujeriego, que imitaba en su look  a Carlos Gardel,  y era inquilino  del local que pertenecía a la propiedad.
Su padre, luego de buscar al indeseable yerno por cielo y tierra con intenciones de matarlo, se marcho junto a su esposa con paradero desconocido.
Glorietta siguió sola habitando la casa, que poco a poco se iba deteriorando al igual que su salud mental. Los vecinos podían verla pasar largas horas mirando desde la ventana del cuarto que había sido de sus hijos, y donde muchos años mas tarde encontrarían su cuerpo en avanzada descomposición y parcialmente devorado por roedores.
Con el correr de los años el edificio fue cambiando de dueños, uno de los tantos fue Ivanildo Menezes y su esposa Marie, Pai de Santo,   que utilizaban la propiedad como templo unbanda  y sobre los cuales se  a regado innumerables rumores sobre las actividades allí realizadas.
También se cuenta que mientras la casa se utilizo como inquilinato, antes de ser internado en el borda, allí vivio Solaris, el mítico personaje autoproclamado extraterrestre, quien habría inspirado a Eliseo Subiela para su Film “Hombre mirando al sudeste”
Hoy la casa de la Av, Entre Ríos 1081 permanece en pie, tapiada, abandonada y tenebrosa. Dos cabezas de leones, testigos ciegos de la historia custodian las entradas.
Sus paredes y salones que conocieron el esplendor de la alta sociedad del 1900, encierran las historias de muerte, locura y brujería de los que la habitaron a través de los años.

Solo los que no conocen la historia, se atreven a mirar hacia arriba las noches lluviosas, corriendo el riesgo de encontrarse con la imagen del ahorcado en el mirador.

2 abr. 2014

A pedir de boca

No se sabe mucho en que año se construyo, se presume que por 1900. Es difícil rastrear la historia de un lugar que pareciera siempre estuvo ahí.
El dueño conocido más antiguo del terreno ubicado en Colorado 64, frente a la que fuera la primera cancha del Club Boca Juniors, habría sido la madre de Tito Lectoure, mítico manager de box y propietario del Luna Park.
La Señora que poseía varias propiedades en la “Republica popular de la Boca” y Barracas, le abría vendido en 1910 el terreno que constaba de un local con sótano y patio, a un inmigrante Polaco que bautizo el salón ubicado en la calle Ragazza 64 (en 1935 los vecinos cambiaron el nombre de Colorado por éste, en honor a un farmacéutico del barrio) con el nombre de “El Obrero”.
El lugar estaba ubicado frente a la flamante y prospera Compañía Italo Argentina de Electricidad (CIAE) ,  que fuera construida en etapas por inmigrantes italianos entre los años 1914 y 1926.
El despacho de bebidas y comedero era un lugar de mala muerte, la higiene estaba ausente y los trabajadores del barrio tenían un vaso de vino y un plato de guiso caliente y barato asegurados.    
En 1954 el Polaco decidió dejar el lugar que para entonces ya era viejo y con historia, y se lo vendió en cuotas y con pagares a dos jóvenes Asturianos de 18 y 21 años, ellos eran Marcelino y Francisco Castro.
Los hermanos Españoles que habían sido llamados por una tía que ya vivía en Buenos Aires y tenían experiencia como mozos, se hacían cargo del bodegón de lunes a lunes y dormían en el lugar, ya que su lema era trabajar mucho y gastar poco, para poder levantar los pagares y prosperar.
El lugar siempre estaba lleno de trabajadores del puerto, frigoríficos y de las fábricas lindantes, entre ellas la de Ford que había estado sin funcionar desde 1941 a causa de la falta de insumos por la guerra y reabierta en 1957 hasta su posterior traslado a Pacheco en 1963.  Los lavoratori se reunían para el almuerzo y por las noches para beber y jugar a las cartas por dinero.
El lugar era exclusivamente para hombres, las mujeres y los niños solo podían pasar por la puerta de Agustín Caffarena 64 (último y actual nombre instituido en 1940 en honor al creador de la 12, mítica hinchada de Boca, luego que la legislatura rechazara el nombre anteriormente impuesto por los vecinos)
Con los primeros albores de la democracia y aquel vientito de libertad soplando por las calles de Bs. As., al Obrero comenzaron a ir los jóvenes militantes que soñaban con ser gobierno en 1983, provenientes de los flamantes locales políticos que se abrían en el barrio. La esposa de Marcelino y madre de sus 3 hijos comenzó a ayudar en la cocina y de apoco el local fue concurrido por familias. Los días de peleas y apuestas habían llegado a su fin.
A medida que los hijos de ambos iban creciendo, se sumaban al staff, primero como lavacopas, si era necesario subidos a un cajón de gaseosa, luego ayudantes de cocina y finalmente mozos.
Entrados los años 90 el país se fue poblando de turistas ilustres y por algún motivo todos ellos iban a comer al Obrero. Las paredes del lugar ya estaban pobladas de banderines de futbol, fotos con artistas nacionales, políticos y deportistas, que los dueños solían cambiar por una cena gratis en agradecimiento por posar con el personal.
Paradójicamente las fabricas iban cerrando, el puerto dejaba su activad poco a poco y el bodegón cada vez se hacia mas popular entre los turistas y nativos cholulos que querían cenar en la mesa donde había estado Bono o posar junto a la foto del rey Juan Carlos de España.
En el año 2005 Marcelino dejo su lugar a Juan Carlos su hijo, quien se encargo del bodegón con la compañía de su familia y de Jorge Melgarejo, el fiel empleado que comenzó a trabajar con 18 años en 1962, año en que naciera Juan Carlos.
Para ese entonces diarios como el New York Times y The Guardian recomendaban no dejar de pasar por el lugar si se venia a Buenos Aires, y publicaba la foto del personal junto A Tim Robins y su entonces esposa Susan Sarandon. En la Actualidad no hay portal gastronómico que no recomiende este lugar, incluso las guías extranjeras.
Los hermanos Castro ya no viven, pero el lugar sigue intacto.
El sótano esta apuntalado con vigas y el piso hundido, las paredes hacen décadas que no se pintan, el mobiliario de la barra tiene casi 100 años y parte de la vajilla, mesas y sillas es la misma desde hace 60 años. Juan Carlos y su primo Pablo, tratan de no modificar nada, y aunque cueste creerlo, eso lleva más trabajo que cambiarlo todo.
Pablo atiende con su característica casaca Bordeaux y su blanca servilleta al hombro, te deja la carta sobre la mesa aunque tranquilamente podes leer el menú escrito con tiza blanca en uno de los inmensos pizarrones amurados a la pared. Cuando vuelve por el pedido podría decirte que ya te leyó lamente y sabe exactamente que tense ganas de comer. Mientras traen la comida una tele sin voz  con un cartel que dice “por decreto SADAIC no tenemos permitido volumen en la tv” muestra imágenes con lluvia, pero eso no importa ya que es inmensamente mas interesante ver los banderines y las fotos que revisten las paredes  y adivinar quien es ese personaje que aparece  cuando era joven .
Cuando llega la comida siempre es más y mejor de lo que uno se imagino. Para cuando se termina el ultimo bocado se siente que esta en casa. Entonces vuelve Pablo a retirar los platos y te cuenta sobre el lugar y su familia, y sus mellizos de 8 años. Te ofrece el postre, y a pesar de la abundancia del plato anterior no se puede decir que no. Otra vez te lee la mente y muy canchero te dice, deja que te traigo un Pave de vainillas que hizo mi vieja que esta ahí atrás…

Entonces todo cierra, entendés porque ese lugar rustico y escondido perdura a través de los años, porque cuando te vas y “oles a morfi” te dan ganas de volver al otro día. Te das cuenta que ese lugar es un autentico pedazo de Buenos Aires, ahora lo sabes,  y quien te dice que  no fue ahí, en ese pedazo de tierra que hoy ocupa El Obrero, donde Don Pedro de Mendoza clavo su espada, se sentó en una piedra, prendió un fueguito y se calentó el guiso.