23 sept. 2012

El muerto se fue de rumba

Hay muchas historias fantásticas que se cuentan en torno a los Cementerios, el de Chacarita por su tamaño, historia y antigüedad, es sin duda es el que reúne la mayor cantidad de mitos.
La historia que voy a contarles, probablemente sea la mas verídica y difícil de comprobar, pero créanme, esa noche yo estaba ahí…
Lo sucedido ocurre el 27 de diciembre de 2008, apenas hacia un año se había abierto el pintoresco bar de Av. Garmendia, justo frente al cementerio, bordeando la Isla de Paternal. El lugar, de paredes coloridas y pisos hechos con retazos de mármol, gentileza de los locales del barrio, tenía como fin ser un espacio para artistas y músicos. Ese sábado el dueño había decidido convocar a sus amigos y allegados, con la intención de despedir el año.
Entre los empleados se rumoreaba que en el lugar había una presencia que interactuaba con ellos, algunas veces los vasos salían despedidos del estante, otras los utensilios de cocina desaparecían misteriosamente, para luego aparecer en el mismo lugar donde se los busco, los mas sensibles sentía como “Gerard” (así lo bautizaron) tocaba sus espaldas y brazos estremeciendo del susto al incauto. Los habitúe del lugar bromeaban con la leyenda del fantasma, que con el tiempo paso a ser parte del folklore del lugar. 
La reunión había empezado aproximadamente a las 21 hs., de apoco iba llegando la gente, algunos con instrumento en mano. El local estaba pelado de mesas, contra una pared las tarimas que componían el escenario listo para ser estrenado, las sillas bordeaban el lugar y sobre su gran barra los bocados y bebidas típicos de este tipo de eventos.
Por los dos ventanales del frente abiertos en su totalidad al igual que las puertas, se escapaba el sonido de las notas variadas provenientes del piano, las guitarras, el chelo o el charango y el cajón peruano que acompañaban la voz del cantante de turno.
Era una noche calurosa, las bebidas frías se podían tomar en la vereda que invitaba con su fresca brisa a disfrutar el show desde afuera, sentados en el largo banco de plaza acomodado cerquita del cordón, bajo las verdes hojas de los ficus que enmarcaban el frente azul del bar, iluminado con apenas una blanca lamparita de 100 watts .
A medida que pasaban las horas, la circulación de vehículos y de gente por Garmendia iba desapareciendo, y en la primera hora del nuevo día, se podría decir que se había convertido en una calle desierta.
Ya habían tocado folklore, blues, tango, rock y era la hora de que Danilo acompañado de su guitarra, tocara temas de bossa en portugués. En el interior se encontraban una docena de personas, en la vereda apenas éramos 7.
Tal vez lo cabalístico del número, las risas desmesuradas o la música que invitaba a bailar, provoco lo que estaba por suceder. De repente y sin que nadie lo hubiera imaginado, del largo muro de ladrillos mal revocados que encierran a la ciudad de los muertos, pareció salir aquel hombre con firme paso, cruzando la avenida en diagonal, para pararse justo frente a la puerta del local. Daba la sensación que la música lo había llamado, y sin mediar palabra ingreso y tomo asiento para escuchar la pieza que el músico tocaba. Desde el banco, como espectadores privilegiados de lo inusitado, no dábamos crédito a lo que nuestros ojos retrataban, no habían pasado autos ni colectivos, nadie caminaba por la calle, el tren ya no funcionaba. Pero ahí estaba, salido desde la nada misma, aquel hombre bajo tal vez de unos 60 años, con ropas oscuras, sentado disfrutando la música sin invitación y con todas nuestras las miradas posadas en el.
La canción termino y Danilo dejo el escenario, el hombre se puso de pie, se le acerco y le dijo con vos pausada; “Cruce porque escuche la música y me gusto, si me dejan cuando toquen de nuevo vuelvo”, agradecido por el cumplido el músico asintió y lo invito a volver cuando quiera, el hombrecito dio media vuelta, salio del local y camino hacia la esquina de Osorio donde desapareció.
Tardamos unos segundos en salir de nuestro asombro y arrimarnos a la puerta del local para comentar lo sucedido, pero para los que estaban dentro del lugar, solo era un curioso que pasaba y entró, para otros, nuestro relato no era mas que una broma del día de los inocentes.
Entre risas nerviosas, euforia y excitación, se apagaron los equipos de sonido, se bajaron las persianas, se entro el banco y se dio por terminado el festejo.
Pasadas las fiestas y el verano, en el lugar se siguió haciendo música los sábados por la noche, pero parece que nadie volvió a ver a aquel extraño visitante.  
Hoy aquel bar no es más que un local gris y silencioso, que desde hace meses esta puesto en alquiler. Diariamente paso por la puerta y como muestra de respeto susurro un “hola Gerard”, cruzo de vereda para tomar el colectivo, y si es de noche evito escuchar música mientras espero el 47 en la parada de Garmendia, no sea cosa que aquel hombre aparezca y me invite a bailar…

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