21 abr. 2012

La esquina donde morí


A veces sueño con la esquina donde morí esa tarde de invierno. Si bien mi reincorporación a la vida fue casi inmediata, en mi brusco levantarme y echarme a correr, olvide llevarme algunos trozos de mi espíritu, que quedaron ahí mismo sobre el pavimento. Creo que fue por el susto al reaccionar y verme rodeada de ojos adultos observando mi cuerpo inerte tendido en aquel cruce de calles y escuchar los murmullos que especulaban el destino de mi suerte.
Pobres los adoradores de las necrológicas, se quedaron con la ganas.
Las charlas de las vecinas en el almacén de Enrique, tuvieron que limitarse a un “pero no le pasó nada”, cuando claro está serían mucho más entretenidas si narraran mi muerte.  
Primero contarían la escena de mi madre y hermanos tirados en la calle rasgándose las vestiduras, de cómo en el velorio aparecerían aquellos parientes maternos que no se veían hace años,  en la tienda de Macario, las matronas de la cuadra se preguntarían por los de mi padre, si es que quedaba alguno vivo.
Luego vendría el responso en chacarita, donde seguramente asistirían las maestras y los compañeritos del colegio de la calle Serrano, arrastrados por sus madres, las cuales agradecerían al altísimo no ser ellas quienes estuvieran pasando por tal desgracia, y posteriormente el entierro, donde docenas de manos ocupadas con tierra estéril, arrojarían al unísono y con furia el último adiós al angelito difunto.
Pero todo no terminaría ahí, mientras la casa de Gurruchaga 1360 y sus habitantes tendrían que vestir un riguroso luto con una duración minima de 3 meses, sería imperiosa la necesidad de reconstruir verbalmente los hechos y saber si la culpa fue del conductor o mía, si habría juicio y posteriormente cárcel o le pagarían a la familia, porque en realidad, que bien le vendrían unos pesos a la madre, que desde que enviudó sostiene sola la casa y como tiene varios trabajos le falta tiempo para cuidar a los hijos, aunque los varones son mas grandes y se cuidan solos, pero la chiquita, estaba todo el día jugando en la calle y era cantado que le  iba a pasar una desgracia…
Seguramente de tamaña noticia se enterarían hasta los vecinos de Villa Crespo, que con el afán de participar en la desgracia, forzarían su memoria a mas no poder tratando de recordar de donde me conocían o se cruzaron con algún pariente, acaso el hijo de la prima del cuñado del dueño del Timón, no iba al colegio con el hermano?
Sin duda la mejor parte del relato la darían los padres de los chicos que jugaron con migo esa tarde, los cuales en su carácter de “testigo privilegiado” y su papel de niños asustados y llorosos, se le confundirían las cosas y solo la madre seria capaz de interpretar los dichos del pequeño traumado por semejante acontecimiento. Ellas serian las encargadas de aclarar si fue accidente o imprudencia, si volé 2 metros o me arrastro el paragolpes, si era camión o camioneta, si el conductor huyo o se bajo al instante, si hubo sangre o simplemente morí en el acto.
Luego de que todas las especulaciones hubiesen sido dichas, se hubieran repasado hasta el infinito como ocurrieron los hechos y en el barrio sucediera otro caso de similares o mayores características, es que se dejaría de lado el tema para enterrarlo en el olvido. Pasado esto, solo se me mencionaría como referencia a otro acontecimiento o para identificar a algún miembro de mi familia.
Los aniversarios de mi muerte solo serían recordados por los familiares mas allegados, seguramente mi madre me llevaría flores de tela o plástico al nicho, el cual seria ideal se encontrara en la galería 21 cerca de mi abuelo y mi padre, y mis hermanos dirían en vos alta “hoy hace 32 años que se murió mi hermanita”.
Mis sobrinos tendrían una tía virtual de la cual no sabrían nada, tampoco podrían imagíname más allá de los 8 años y estarían libres de comparaciones odiosas a la hora de definir sus gustos y preferencias.
En Facebook mis compañeros hasta cuarto grado preguntarían si alguien se acuerda de mi y como morí. Una foto del curso en blanco y negro aparecería en el grupo de la escuela N° 23 Dr. José María Bustillo, con una etiqueta llena de signos de pregunta sobre mi cara. Marisi, el cual estaría vivo porque el trauma de mi muerte y la sobreprotección de la madre, lo harían más cauteloso para manejar el coche con el que se mato, contaría que era él, de quien yo me escondía tras un auto mientras contaba hasta cien. Su hermana me recordaría tirada en el cruce de Niceto Vega y Gurruchaga en el barrio de Palermo y donde fuera la esquina de su casa.
Yo, que a veces sueño con esa esquina donde morí una tarde de invierno, y solo paso por ahí en muy pocas oportunidades,  me soñaría estando en mi casa, entera de espíritu,  sentada frente a una PC y escribiendo esta historia.