21 sept 2026
10 sept 2026
Tragedia griega
Esta historia sucedió en el barrio de La Boca en mayo de 1931. Si bien lo acontecido es un hecho de violencia, la forma en que se narró en los diarios de la época lo convierte en una verdadera tragedia griega.
El día 15 de abril de 1931, Fotio
Saratopulo concurrió a la comisaría 24, sita en Pinzón 456, en el barrio de La
Boca, para denunciar el presunto asesinato de su pariente Jorge Bacuros (24
años).
La cuestión es que Saratopulo
vivía en una habitación de la calle Pérez Galdós 172, en el barrio de La Boca.
En esa misma casa se hospedaban Demetrio Athanasoupoulos y Antonio Niajo, ambos
amigos y miembros, al igual que él, de la comunidad griega. La noche anterior
estos dos no habían ido a dormir a su casa, cosa que al denunciante le llamó
poderosamente la atención, ya que nunca sucedía. Pero en la mañana se lo había
cruzado a Demetrio y le preguntó por su ausencia. La respuesta fue que tenía
miedo de ser arrestado, ya que un griego le había disparado y él, para
defenderse, lo había matado de varias puñaladas y el cuerpo había sido
enterrado en una zanja de los terrenos de la Usina.
Demetrio ignoraba que el muerto
en cuestión era familiar de Fotio, por eso no dudó en contarle lo sucedido y
este, ante la sospecha, decidió recurrir a la policía para contar lo que sabía.
El comisario Juan Ramón Romariz (célebre
actor en los sucesos de la semana trágica de 1919 y autor del libro que narra
la historia) y subcomisario Antonio Díaz
escucharon con atención el relato del griego y lo tomaron con pinzas… No había
cadáver, no había pruebas, no había testigos, solo una versión dudosa y vaga.
Pero dos oficiales, Deicernia y Alda, lo persuadieron para investigar, así que
decidieron buscar algún indicio de la desaparición de Jorge Bacuros.
La víctima
Jorge Bacuros había venido de Grecia solo, hacía ya varios años. Aquí solo tenía un pariente con el que mantuvo contacto epistolar y fue el que lo animó a venir a la Argentina. Pese a que hacía unos años que estaba radicado, no tenía antecedentes penales. Vivía en la habitación de una fonda ubicada en la calle Gorriti 4502, donde solían vivir miembros de la comunidad griega. Trabajaba de peón en el puerto, donde era compañero de Demetrio Athanasoupoulos y de Demetrio Saerjo. Cuando no había trabajo, solía viajar a hacer changas en Santiago del Estero y Chaco.
Jorge
y los dos Demetrios trabajaban juntos. Ante la falta de trabajo, el Demetrio de
la calle Perez Galdos le presta plata a Jorge para que pruebe suerte en
Santiago del Estero. A su regreso, lo van a buscar para que les devuelva el
préstamo, se toman unas copas de más, lo matan y esconden el cuerpo.
La pesquisa y los testigos
El primer paso fue ir en busca de los presuntos acusados. Domingo Ferrando era el encargado de la casa donde vivían los sospechosos y fue quien confirmaría que el día martes 14 por la mañana fue el último día que se cruzó con Demetrio y Antonio. Los vio preparar unos paquetes y los notó mantener una charla con evidente nerviosismo, pero como hablaban en griego no entendió nada…
Pero su esposa sería quien
encendería las alarmas al testificar que esa madrugada despertó al oír que los
griegos conversaban en el patio, cosa que le llamó la atención porque era un
horario en el que no solían estar levantados. Ante semejante acontecimiento, no
le quedó otra que espiar sin que la vieran por las rendijas del postigo. Fue
entonces cuando vio a Demetrio lavar un pantalón en el pileton del patio
mientras conversaba nerviosamente con su cómplice, pero, claro está, no sabe de
qué porque hablaban en griego…
Fue entonces que, junto con
Fotio, el denunciante, los policías deciden revisar la habitación en busca de
ropa manchada de sangre. En la búsqueda, frustrado, Fotio descubre que falta de
la mesa de luz un cuchillo grande y filoso, propiedad de Demetrio. Ante la
sospecha de que tal vez sí hubo un crimen, los policías se llevan documentos y
fotografías de los sospechosos para iniciar una investigación.
El cómplice
El siguiente paso fue ir en busca de Antonio Niajo, el compañero de cuarto y supuesto cómplice de Demetrio. Con tal fin, se dirigieron al bar de la calle Suárez 301 y Necochea, donde trabajaba de lava copas. Al ser interrogado por el paradero de Bacuros, se hizo el sorprendido y dijo que no sabía nada ni de él, ni sobre su compañero de cuarto y menos sobre el otro Demetrio.
La fonda griega
Lo primero que hizo el dueño de la fonda de la calle Gorriti ante la presencia policial fue hacerse el desentendido cuando le mostraron la foto de los sospechosos, pero en cuanto le contaron sobre la desaparición de Bacuros, le volvió la memoria de repente.
Parece que Jorge era un buen
inquilino que solía rentar un catre desde hacía tiempo. Incluso luego de su
viaje por el interior, fue recibido nuevamente.
El hombre contó que el día 14
fueron unos griegos a visitarlo y serían los de la foto. Se bebieron unas
copas, se fue con ellos y nunca más regresó. Incluso sus pertenencias, dos únicas
valijas, todavía estaban en el lugar. Claro está, nunca supo de qué hablaban
porque no entiende griego.
Los policías se fueron del lugar
con fotos y pasaporte de la víctima.
Marche preso
De regreso en el bar donde trabaja Niajo, interrogan al propietario, Justo Bortofulo, y confirma que la noche en cuestión, Saerjo, Athanasoupoulos y Bacuos, a quien reconoce por la foto, estuvieron tomándose unas copas en una mesa junto a su empleado Niajo. La conversación escaló de tono y comenzaron a pelear, hasta que Niajo golpeó con fuerza un vaso en la mesa, pagó y se fueron los cuatro, pero como hablaban en griego nunca se enteró qué decían. Ante semejante revelación, Niajo fue esposado y detenido.
En busca de los Demetrios
Los
dos sospechosos sueltos trabajan en el puente del Ministerio de Obras Públicas,
sito a la altura de la calle Belgrano, en el puerto. Pero al concurrir la
policía al lugar pudo constatar que los antedichos no concurrían a su trabajo
desde el día 12 de abril e inclusive tampoco habían ido a cobrar la quincena.
Por lo que la policía decide poner una alerta a nivel nacional.
Seguimos sumando Demetrios y testigos
Al enterarse de la búsqueda
policial, concurre a la comisaría Demetrio Teodoropulo, comerciante y policía
retirado, para declarar que Saerjo había estado en su casa pidiendo consejo. Le
contó que durante una pelea su compañero mató de dos puñaladas a un hombre en
supuesta defensa propia y necesitaba consejo sobre qué hacer.
Teodopulos le aconsejó que se
entregara. Saerjo se marchó con el consejo, desconociendo que el dador del
mismo tenía un pasado como policía.
En una ampliación de su
testimonio diría que tuvo intención de contar lo sucedido antes, pero como vio
que en los diarios, al día siguiente, no se hablaba de ningún muerto a puñaladas,
supuso que la confesión de Saerjo no era más que la de un borracho.
Siguiendo la pista de la
comunidad griega, los policías llegaron a una tintorería en Corrientes, casi
Callao, donde su propietario confirmó que conocía a los prófugos y que habían estado
en su casa para pedir un préstamo de 10 pesos para ausentarse de Capital.
Rechazando un reloj como garantía y apelando a la condición de trabajadores
honestos, el tintorero griego les dio la suma y no los volvió a ver nunca más.
La aparición sin vida de Bacuros
El día 20 de abril y casi por azar es encontrado el cuerpo sin vida de Bacuros, que desde el día 14 permaneció enterrado en una zanja en el baldío de la Usina (actualmente el predio que ocupa Catalinas Sur), con una extensión de más de 7 cuadras. El predio, que a principios de siglo estaba habitado por cientos de “cirujas” y pertenecía a la empresa Sociedad Catalinas Warehouses y Depósitos Muelles de las Catalinas, para 1931 solo era habitado por dos individuos que vivían en “cuevas”, nombre con el que se denominaba a los depósitos subterráneos, ya que hacía poco tiempo que se había desalojado para comenzar obras, que en primer lugar constaban en el relleno y nivel del terreno.
El viejo alemán y el rengo
español confirmarían que aquella noche escucharon discutir y sintieron un
disparo, pero que no sabían de qué se trataba la discusión porque no entienden
griego. Tampoco salieron de sus cuevas porque son frecuentes las peleas entre
marineros en el lugar. Sumado a eso, el único foco que podía dar luz justo esa
noche estaba apagado.
Pero, contra todo pronóstico, a
las 13.30, los bomberos que trabajaban a ciegas bajo la copiosa lluvia frente a
la Usina notaron que, a 100 metros de Pedro de Mendoza, frente al galpón de la
Aduana, un perro grande escarbaba la tierra y ladraba insistentemente. Curiosos
por la insistencia del can, se dirigieron al lugar y, a 50 cm del suelo, las
palas comenzaron a chocar con el cuerpo de Bacuros. Vestido de traje oscuro,
con los bolsillos hacia afuera, como si alguien hubiera buscado algo, yacía
inerte, con visibles manchas de sangre y cuatro heridas punzantes.
Detenidos por portación de rostro
La policía había logrado seguir la pista de los prófugos hasta la localidad de San Nicolás, donde habían llegado en tren desde Rosario y realizaron un llamado telefónico a un primo de Athanasoupoulos que residía en Villa Constitución, en la provincia de Santa Fe, con el fin de solicitarle que les pagara una deuda de 500 pesos que había contraído mientras estaban ambos en Grecia. Pero, al enterarse por los diarios de que la policía los buscaba, tuvieron miedo de ir a la casa del primo y ser aprendidos. Como había una alerta, la compañía telefónica a viso de la llamada a la policía, a pesar de que la telefonista no supo de qué hablaban porque no entendía griego.
Un mes después del hecho, el 15 de mayo, en Villa Constitución, provincia
de Santa Fe, fueron apresados los Demetrios por un incauto policía pueblerino
que, entrando a un almacén de ramos generales a comprar, se los cruza de frente
y, al verles cara sospechosa, les pide documentos. Ante la falta de estos, son
llevados a la comisaría donde, al averiguar antecedentes, descubren que son los
griegos buscados en Buenos Aires. El dúo, al momento de la detención, trabaja
de peón en una estancia de Estación Theobald y se encontraba en el pueblo con
el fin de comprar ropas.
Los griegos habían conseguido llegar a dicha provincia gracias a la ayuda
de un coterráneo que les prestó el dinero para los boletos de tren y los llevó
en auto a la estación.
El crimen de La Boca fue por una dentadura
Una vez apresados, no les quedó otra que confesar y echar luz sobre el móvil del crimen.
Athanasoupoulos contó que cuando
Bacuros se quedó sin trabajo le pagó la pensión en la calle Gorriti e incluso
lo llevó a vivir con él. Una noche, cuando regresó a su casa de Pérez Galdós,
notó que Bacuros se había ido y con él se había llevado una dentadura de oro
que Demetrio guardaba en un mueble.
Bacuros vendió la dentadura,
valuada en 160 pesos, y compró un boleto a Santiago del Estero. Allí permaneció
casi un año, regresando a Capital el 12 de abril y alojándose en la calle
Gorriti.
El día 13, los Demetrios van a su
encuentro y, entre copas, en la fonda de Gorriti y Gascón, le reclaman el
dinero correspondiente a la venta de la dentadura. Luego de unos tragos, los
tres se dirigen en busca de su amigo lava copas al bar de Suárez y Necochea,
con el fin de dirigirse todos juntos a la casa de la calle Galdós y actue de
mediador. Pero en el bar ya pasados de copas vuelven a discutir.
De camino a Pérez Galdós y cuando
llegan a la Usina, Demetrio vuelve a reclamarle el dinero de la dentadura y se
produce una violenta discusión. Demetrio saca de sus ropas un cuchillo de
importantes dimensiones con el que infiere a su contrincante cinco heridas en
el cuerpo, mientras Saerjo trataba de separarlos y Niajo huye despavorido a
refugiarse en su domicilio.
Bacuros se desploma y Demetrio,
cayendo en cuenta de lo que había hecho, pide ayuda a Saerjo para deshacerse
del cuerpo. Entre los dos trasladan a Bacuros hacia una zanja donde lo tiran y
tapan con tierra, sin advertir que Bacuros no estaba muerto.
Posteriormente se dirigen a la
vera del río a arrojar el arma homicida y planear la fuga.
Esta declaración en la policía
fue hecha en castellano, porque el comisario no hablaba griego y no hubiera
entendido nada.
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| Bar de Suarez y Necochea Casa de la calle Perez Galdos Usina Terrenos donde encuentras el cuerpo |
11 jul 2026
Los espantos del Dr. Dominguez
Siempre me caractericé por querer saber más sobre las historias que me contaban, sobre todo cuando me las contaban a medias y las acompañaban con un "eso es secreto" o un "es mejor que no lo sepas". En el caso de la siguiente historia, el detonante fue una frase distinta: "Mejor ahí no entres; no vas a querer ver lo que hay". Y claro está, eso fue motivación suficiente para investigar.
A principios de los años noventa, mientras estudiaba Periodismo, trabajaba en el área de prensa y difusión de una asociación civil dedicada a la prevención y el tratamiento de las adicciones, que había sido fundada por una familia en el año 66.
La institución ocupaba un amplio terreno formado por varias casas unidas a través del pulmón de manzana, con salidas tanto a la calle Guardia Vieja como a Pringles, en el barrio de Almagro. La extensa superficie albergaba diversas instituciones, todas dirigidas por miembros de la familia Calabrese.
En Guardia Vieja 4376 —donde actualmente funciona la Asociación Corigliano Calabro— se encontraba D.A.R.S.E., una institución dedicada a ayudar a las comunidades mapuches y dirigidas por Mariano Calabrese. En Pringles 947/945 funcionaba el Fondo de Ayuda Toxicológica, comandado por Alberto Calabrese (h), mientras que en el 951 estaba el Instituto de Terapia Genética, dedicado a la investigación y al tratamiento con ADN, a cargo del Dr. Calabrese, padre. (Hoy, en el terreno que ocupaban esas tres propiedades, se levantan dos edificios).
Todas las construcciones se comunicaban entre sí y convergían en un patio central que servía de paso hacia el sector de tratamiento, ubicado en un primer piso, y hacia un salón de actos que regularmente se prestaba a una asociación de inmigrantes chilenos para la realización de sus reuniones mensuales.
Al tratarse de una superficie tan grande y laberíntica, siempre había lugar para albergar nuevos emprendimientos y también para funcionar como depósito eventual de objetos pertenecientes a amigos y conocidos. Con ese fin existían dos depósitos: uno ocupaba el antiguo cuarto de la terraza y el otro se encontraba junto al patio mencionado. Este último era un galpón de altas e irregulares puertas de madera, pintadas de verde sintético, atravesadas por dos gruesas cadenas que pasaban por sendos orificios y se aseguraban con un enorme candado.
La medida resultaba desproporcionada si se tenía en cuenta que allí solo se almacenaban los artículos de limpieza, historias clínicas viejas, muebles en desuso, bártulos diversos y viejo material de cartelería y publicidad.
No era un lugar muy frecuentado por los empleados de las distintas instituciones. Encontrar algo entre aquel desorden era una tarea titánica, además de sumamente polvorienta.
La verdadera razón de aquel enorme candado solo la conocían los miembros de la familia. En las estanterías, ocultos dentro de antiguas cajas de cartón, permanecían escondidos desde hacía años los espantos del doctor Domínguez.
Amigos para la aventura
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| Calabrese y Dominguez |
El Dr. Calabrese y el Dr. Domínguez eran amigos desde jóvenes. Ambos habían trabajado juntos en diversas instituciones médicas, como el Hospital Pediátrico Pedro Elizalde, la Maternidad Sardá y el Hospital de Clínicas. Si bien cada uno ejercía una rama distinta de la medicina —Calabrese era médico clínico e investigador, mientras que Domínguez era cirujano infantil especializado en malformaciones congénitas—, con el paso de los años forjaron una sólida amistad.
Tan estrecho era ese vínculo que Domínguez no dudó en pedirle a Calabrese que custodiara su valioso tesoro, rescatado de los volquetes de demolición del Hospital de Clínicas durante la década de 1970. Aquel tesoro sobrevivió a tres mudanzas y permaneció, tras la muerte de ambos, como parte de una herencia, hasta encontrar finalmente su morada definitiva a metros de donde fue hallado.
Génesis
El hospital de clínicas comienza su construcción en 1877
en la manzana delimitada por las avenidas Córdoba
y Juan José Domínguez (actual Paraguay), y las calles Junín y Uriburu. En ese predio había funcionado el regimiento de Patricios y la Facultad de Medicina.
En 1881 Se habilita de urgencia como hospital militar para atender a los heridos de las batallas por la federalización de Buenos Aires.
Finalmente en 1884 El 1 de marzo abre formalmente sus puertas al público general y a la docencia universitaria.
En 1927 y con solo 43 años desde la inauguración oficial, se sanciona la Ley 11.391 que ordena la construcción de un nuevo edificio adaptado a la medicina moderna, justo enfrente de la sede original.
La Colocación de la piedra fundamental se realiza en 1949 y Se inicia formalmente la construcción del rascacielos hospitalario actual (Av. Córdoba 2351), diseñado por el arquitecto Sebastián Ghigliazza.
Para 1960 Comienzan a trasladarse los primeros servicios médicos al nuevo edificio en torre de 135 metros de altura. Para concluir en 1971 la mudanza de todas las cátedras y salas de internación.
Demoliendo mitos
El 7 de febrero de 1975 comenzaron formalmente los trabajos de demolición del viejo Hospital de Clínicas. El proyecto inicial contemplaba, de manera ambiciosa, la conservación de aquellos pabellones del siglo XIX que poseían un alto valor histórico y arquitectónico. Sin embargo, poco tiempo después de iniciadas las tareas, la obra quedó abandonada debido a la inestabilidad política y económica del país, y el predio terminó convertido en un terreno baldío, cubierto de escombros y alimañas.
Con la llegada de la dictadura militar, en 1976, la entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires redefinió por completo el destino de la manzana. Se canceló definitivamente el plan de preservar los pabellones históricos del hospital y se procedió a su vaciamiento y posterior demolición. Los volquetes apostados en las inmediaciones del predio fueron rápidamente colmados con mobiliario antiguo, equipamiento obsoleto y demás cuestiones.
Fue entonces cuando comenzó a circular la versión de que también se habían descartado residuos patológicos y piezas únicas utilizadas como material de estudio.
En 1980 fue inaugurada la Plaza Dr. Bernardo A. Houssay. Ese mismo año, la restaurada capilla —única sobreviviente de la demolición— fue cedida formalmente al Arzobispado de Buenos Aires, convirtiéndose en la primera Parroquia Universitaria San Lucas, destinada a la comunidad de las facultades de Medicina, Odontología y Ciencias Económicas que rodean el predio.
Domínguez el salvador
Lo cierto es que el Dr. Domínguez, quien trabajaba en el nuevo edificio del Hospital de Clínicas, pasaba todos los días frente a los volquetes. Grande fue su espanto cuando vio asomar entre los escombros, muestras patológicas junto con otras piezas de estudio que conocía muy bien, ya que pertenecían a su área de especialización.
Lo primero que pensó al descubrirlas fue en cómo rescatarlas. Sin dudarlo, se aventuró a sacarlas del contenedor y cargarlas en su automóvil. Sin embargo, eran demasiadas y no tenía dónde guardarlas.
Fue entonces cuando pidió ayuda a su amigo, el Dr. Calabrese, quien en 1964 había creado el Fondo de Ayuda Toxicológica, que inicialmente funcionó en la Cátedra de Toxicología de la UBA. Para ese entonces, la institución ya contaba con una sede propia en una casona de la calle Guardia Vieja 4366, en el barrio de Almagro, donde había espacio suficiente para conservarlas hasta decidir cuál sería su destino definitivo. Calabrese no lo dudó y dio resguardo a aquel inusual tesoro.
Las Mudanzas
En la segunda mitad de los años 80, la institución se muda a su nueva sede, ubicada a pocos metros de la anterior. Durante la mudanza aparecen las reliquias de Domínguez, que habían quedado olvidadas en el sótano de la casona. Sin decidir aún dónde donarlas, son trasladadas al nuevo domicilio que, como contamos al principio, constaba de cuatro propiedades unidas entre sí.
Su primer destino es el sector correspondiente a la Fundación DARCE, que ocupaba el frente de la calle Guardia Vieja, era lindero al domicilio anterior y el menos concurrido, ya que allí se almacenaban las donaciones destinadas a las comunidades mapuches.
Pero en 1991 los dueños de esa propiedad deciden vender el terreno, y el mobiliario junto con los demás objetos son trasladados a los depósitos de la calle Pringles. Al mismo tiempo, se clausura la puerta que comunicaba ambas propiedades.
Para ese entonces yo ya trabajaba en la fundación y mi oficina (que compartía con Susana, la nuera del Dr. Domínguez) era lindera al depósito en cuestión. Generalmente entraba sin problemas, ya que la cadena solía estar colgando y el candado, abierto. Pero un día eso cambió y la puerta permaneció siempre cerrada.
Las llaves las tenía Arias, el encargado de mantenimiento, un provinciano grandote y bonachón que cuidaba celosamente cada rincón de la institución.
El, fue el primero en decirme:
—Tengo orden de que no entre nadie.
Como todo tiene un porqué y las cosas no cambian porque sí, me dirigí a mi jefe inmediato, Mariano, y le pregunté qué había pasado. Me respondió que durante la mudanza había llegado "algo" y que estaba guardado ahí. Ante mi insistencia, agregó:
—Te conviene no verlo porque te vas a espantar.
Sin lugar a dudas, lo peor que se le puede hacer a una aprendiz de periodista es sembrarle una duda. Joven y preguntona, seguí insistiendo. Esta vez la respuesta fue:
—No lo tiene que ver ninguna mujer porque le puede hacer mal.
No conforme con la explicación, recurrí a Fernando, el nieto del Dr. Calabrese, que oficiaba de cadete multipropósito y había sido uno de los encargados de acomodar las cosas en el depósito. Con la confianza y la impunidad que nos permitía la edad —ambos teníamos 19 años— lo encaré y le pregunté qué había allí.
La respuesta fue concreta:
—Los frascos de Domínguez. ¿Querés verlos?
Luego de conseguir la llave, nos aventuramos en el depósito y, sorteando muebles y cajas polvorientas, llegamos hasta una estantería apoyada contra la pared del fondo. Envueltos en papel de diario, Fernando comenzó a sacar antiguos frascos con formol que contenían bebés fallecidos al nacer con malformaciones congénitas; rectángulos de acrílico que resguardaban pequeñas momias de dos cabezas; fetos disecados de tres piernas, y un muestrario infinito de cuerpos cortados en fetas y colocados entre vidrios para su estudio. Las fechas, escritas a máquina sobre papeles amarillentos por el paso del tiempo, eran todas anteriores a 1900.
Todas esas piezas me recordaron a las que había visto años antes en el museo de la Morgue Judicial. No me impresionaron, pero hasta el día de hoy recuerdo aquellos cuerpos inertes flotando en formol, que parecían hechos de plastilina.
Salí de ahí alucinada y no pude evitar confesar la travesura con un:
—¿Tanto lío por eso?
Pasaron los años. Yo cambié de trabajo, pero siempre seguí en contacto con los miembros de la institución.
Destino final
El 27 de octubre de 1998 el Dr. Calabrese fallece a los 86 años. Unos años más tarde también muere el Dr. Domínguez.
Con la llegada de 2001 y en plena crisis, el dueño de las propiedades decide venderlas. La fundación, que no contaba con el capital necesario para comprarlas, debe encarar una nueva mudanza. Esta vez se traslada a la calle Sarmiento 4470, esquina Pringles, a una casa alta de dos pisos que pertenecía a otra institución al borde de la extinción. Para afrontar los gastos deciden compartir el espacio.
No fue una tarea sencilla trasladar todo lo acumulado durante tantos años a un lugar tan reducido. En medio de ese trabajo, al comenzar a vaciar el depósito, vuelven a encontrarse con lo que para entonces ya era la herencia olvidada del Dr. Domínguez.
Ante la encrucijada de qué hacer con ese material, comprendieron que no podían llevárselo, pero tampoco arrojarlo a un volquete. Entonces decidieron trasladarlo a la casa de quien para ese momento ya era la ex nuera del Dr. Domínguez y depositar las cajas en el living, con la premisa de que las custodiara y la promesa de retirarlas a la brevedad, una vez que decidieran cuál sería su destino final.
Imposibilitada de negarse frente al hecho consumado, Susana convivió durante un largo e interminable mes con los espantos del Dr. Domínguez.
Finalmente, Calabrese (h) consiguió que la Facultad de Medicina aceptara quedarse con aquel material de estudio.
Después de treinta años, aquellas piezas volvieron a escasos metros del lugar de donde habían sido rescatadas heroicamente por un hombre que entendió que no podían terminar en la basura. Que destruir la historia nunca debía ser una opción y que esos cuerpos deformes habían sido preservados para cumplir con la misión que les fue encomendada: servir como material de estudio para evitar que su historia se repita.
24 jun 2026
La cocinera inmortal
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| Filomena De La Villa |
Dos maridos
Parece que su primer matrimonio duró poco, ya que contrajo segundas nupcias, esta vez con el español Antonio Suárez. La boda se realizó en la iglesia de San Telmo. Antes de enviudar nuevamente, tuvo con él dieciocho hijos. En 1937, solamente siete seguían con vida.
Un diputado
“Maneco”, como era conocido, nació el 26 de agosto de 1872. Su padre era un reconocido abogado y vocal de la Unión Cívica Radical, partido al que su hijo se incorporó en 1889, ocupando posteriormente el mismo cargo. Más tarde, como miembro del Partido Conservador, fue elegido diputado en cinco períodos legislativos (1900-1904, 1914-1918 y 1920-1923). Este último mandato quedó inconcluso debido a su fallecimiento, ocurrido el 21 de septiembre de 1923, a los 51 años.
Dos banqueros
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| Juan Ventura Cardenas |
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| Jose Carabassa |
En 1893 adquirieron una modesta propiedad en la esquina de Lafinur y Gutiérrez y contrataron al arquitecto Pirovano para construir allí una mansión de gran lujo. En la actualidad funciona en ese edificio el Museo Evita.
José falleció en 1895, a los 64 años; Felisa, en 1914, a los 80.
Dos presidentes
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| Tomasa Alem |
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| Leandro N. Alem |
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| Hipolito Yrigoyen |
El primero en fallecer fue Leandro, quien se quitó la vida en 1896. Luego murió Tomasa, en 1927, y finalmente Hipólito, en 1933.
El monopolio de la empanada
Su nuevo hogar fue un rancherío ubicado en Dragones 2380, esquina Blanco Encalada. En la actualidad, en ese predio funciona la Embajada de Rusia. Frente a su vivienda se encontraba el histórico Tiro Suizo, asociación fundada en Buenos Aires en mayo de 1872. La institución permaneció allí hasta 1948, cuando el Estado expropió los terrenos para destinarlos a la Fundación Eva Perón y construir la Ciudad Infantil Amanda Allen, complejo educativo y asistencial para niños huérfanos y de familias de bajos recursos que funcionó entre 1949 y 1955. Actualmente, en ese lugar se encuentra el Instituto de Rehabilitación Psicofísica.
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| Filomena Junto a su Nieto y esposa |
Así fue construyendo su fama hasta que, en diciembre de 1931, una fuerte sudestada avivó el fogón y provocó un incendio que destruyó su vivienda. Allí perdió recuerdos de juventud, los retratos de sus dos maridos y una fotografía junto a Leandro N. Alem.
Con paredes de lata y techo de chapa reconstruyó su rancho para seguir viviendo. Además, contó con la ayuda del señor Barbe, propietario de los terrenos, quien no le cobraba alquiler.
Un Periodista
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| Felix Lima |
Félix Lima la entrevistó a pedido de su nieto para la revista Caras y Caretas. Nacido en 1880, fue un destacado periodista, escritor y cuentista argentino, reconocido como uno de los grandes cronistas costumbristas de Buenos Aires. Murió en 1943, a los 63 años.
Nunca pudo probar las empanadas de Filomena. No sabemos si ella asistió a su entierro.
6 jun 2026
Habitantes de Bs. As. TV
17 jul 2025
El vórtice cósmico de San José y Humberto 1°
Todo comenzó con un reposteo en facebook del amigo Fidel Guigui, Ale su hermano, hablaba sobre como la intersección de San José y Humberto 1°, era un “vórtice cósmico” mucho antes de la llegada de Cristina Fernández al Barrio y contaba algunos datos curiosos sobre esa esquina del barrio de Constitución.
Al leer semejante afirmación, no pude evitar interesarme por saber más, interrogue a los hermanos Guigui que me contaron todo lo que su memoria les dejo y no conforme con eso, me fui al punto en el mapa a ver si ese cosmos me revelaba más secretos.
Y así fue como termine contándoles a ellos cosas que estaban ahí y no sabían. Tan divertido y atrapante les pareció el viaje, que terminaron cayendo dentro de la historia que ahora les cuento a ustedes.
Los Guiguí una familia de Artistas
Yaco un argentino proveniente de una familia judía de palestina y con antepasados en Galilea, de muy joven inicio su carrera artística. Fue miembro del célebre grupo de la década del 50 “ Equipo de Teatro Fray Mocho” liderado por el actor y director Oscar Ferrigno. Entre sus compañeros de escena se encontraban Norma Aleandro y Adriana Aisenbeg entre otros.
Esquina con olor a galletita de Chocolate
El aperitivo que lo cura todo
Tóquese un tango Maestro
Leones sueltos en Constitución
El escultor fantasma, el peluquero de músicos y Don José
- Hola Luis, se acuerda que vine preguntando por el escultor? Fidel se acordó que usted le conto hace años que le cortaba el pelo a Don José, es verdad, vive por acá?
Luis con un orgullo disimulado me contesto:- si vive ahí… (indicándome el lugar que por cuestiones de respeto no voy a mencionar) y es verdad, soy el peluquero de Don José.
Si queres mas datos pregúntale al diariero que le lleva el diario todas las mañanas, me dijo con certeza y tratando de despacharme rápido ya que lo esperaba un cliente y un enorme pedazo de torta sobre el mostrador.
MI emoción fue tal, que Sali en busca del diariero, pero me encontré con el puesto cerrado, a pesar de eso, no me quede con las ganas… Me acerque a otro comercio, me presente y le dije: estoy haciendo una nota sobre un músico que vivió a metros de la esquina ahora famosa, claro está que me refería a Fidel, pero el comerciante se apuro a responder; si ya se , sobre Don José Larralde, todas las mañanas sale a hacer las compras, pero tiene perfil bajo, no le gusta dar notas….
Le dije que lo sabía y no era mi intención molestarlo, le agradecí por la confirmación con énfasis como si hubiera recibido un regalo. Saque una foto de la puerta de la casa y se la mande a los hermanos Guiguí, ellos no salían de su asombro, ya que no tenían idea que por décadas habían sido sus vecinos.
Me fui silbando bajito, con la satisfacción de lo descubierto y la alegría de saber que el cosmos me sonrió.














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