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21 oct 2018

El ultimo que cierre la puerta


Don Francisco Roverano, era un inmigrante Italiano. Casado con Doña Teresa y padre de 4 varones, Ángel, Pascual, Pedro y Vicente. Instalado en Bs. As. se dedicó a la venta de relojes, negocio próspero que le permitió montar una pequeña confitería familiar.
Allá por el 1850 la familia ya era dueña de varios locales, entre ellos la Confitería del León. La misma estaba ubicada en la actual Bartolomé Mitre, entre Esmeralda y Suipacha. Al tiempo y producto de lo próspero de sus negocios, esta se muda a un local más grande en la esquina de Suipacha y Rivadavia, frente de la recientemente creada Compañía del Gas.  Dicho local fue el que ocupara anteriormente el primer Café Tortoni.
En 1872 la confitería que tenía 11 faroles a gas en su entrada, convirtiéndose en la pionera con esta característica, lo que le permitía estar abierta hasta entrada la noche, fue protagonista de las crónicas policiales cuando el del 29 de enero, Enrique Ocampo se tomara unas copas para juntar coraje y dirigirse a Barracas a asesinar a Felicitas Guerrero y posteriormente quitarse la vida. Este trágico hecho le dio mas prensa al lugar, incrementando la concurrencia.
En 1882 la famosa “Confitería del Gas” como se la conocía popularmente, se convierte en el primer local iluminado con lámparas eléctricas. (El fondo de comercio fue vendido en 1909 por los Hnos Juan y Angel Marini, sucesores de Pascual Roverano a Pedro Nani. Manteniendo el nombre funcionó hasta mayo de 1961 y en abril de 1964 se demolió el histórico edificio convirtiéndose el predio en la Plaza Roberto Art).

En 1876, el Cabildo colonial era utilizado como palacio de tribunales y los abogados de la época pululaban por las inmediaciones a montones. A los hermanos Ángel y Pascual les pareció una buena idea incursionar en otros rubros y convertir la confitería Monguillot, también de su propiedad y que compartía medianera con el cabildo, en un moderno pasaje comercial que constara en la planta baja de una galería de 50 metros con locales destinados a oficinas de alquiler para los letrados, y en la parte trasera y primer piso habitaciones destinadas como viviendas de alquiler.

En 1880 y con el pasaje terminado y en próspero funcionamiento, la familia decide iniciar un nuevo proyecto. Es así como pensando en el descanso final de sus padres, deciden encargar a escultores de Génova en Italia, una bóveda para ser instalada en el cementerio de la Recoleta. La misma íntegramente de mármol, con la figura de un inmigrante italiano al frente parado sobre un barco, fue traída en partes y montada en la parcela. Contra todo pronóstico, y apenas terminada la obra, fue tristemente inaugurada por los hermanos Pedro, fallecido en 1882 con 48 años y Vicente en 1885 con 33.

En 1888, Torcuato de Alvear, primer intendente de Buenos Aires, encarga al ingeniero civil Juan Antonio Buschiazzo  el comienzo los trabajos de apertura de la Avenida de Mayo. La avenida pasaría entre las calles Rivadavia y Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen), siendo expropiadas y demolidas las construcciones que se encontraran en su trazado. Una de las primeras en verse afectadas era, precisamente, el Pasaje Roverano, que perdería buena parte de su frente, obligándolos a adaptar lo que antes había sido su fondo, con una nueva fachada de estilo francés para tener acceso por la nueva Avenida de Mayo
Los hermanos, a los cuales el dinero no les faltaba, decidieron ceder gratuitamente 135 m² de su terreno a la Municipalidad, pero exigieron que se indemnizara a los inquilinos que habitaban los cuartos que serían demolidos, con la suma equivalente a varios meses de alquiler para que pudieran encontrar nuevo alojamiento. Este gesto les valió un reconocimiento del intendente Federico Pinedo, quien les entregó una medalla el 9 de julio de 1894. Reconocimiento que sus padres no pudieron ver ya que En agosto de 1891 Francisco fallece. Presa de una enorme tristeza, a los 19 días le sigue su esposa Teresa.
Ante tanta prematura partida y viéndose inesperadamente sobrepasada la capacidad de la bóveda, Ángel decide encargar al escultor Italiano Leonardo Bistolfi y demás profesionales de la arquitectura y orfebrería, todos venidos especialmente de Europa, la construcción de un nuevo panteón más grande. Para ese entonces recoleta no contaba con espacio para realizar la ampliación, por lo que decide construirlo en el flamante y espaciosos Cementerio del Oeste (actual Chacarita). El nuevo recinto al que se trasladarían los restos, tendría espacio donde albergar a toda la familia incluidos el y Pascual, quien apenas a un año de comenzada la obra en 1901 fallece. 
De la bóveda de Recoleta tanto las esculturas de mármol como piezas de arte, Ángel decide donarlas en 1907 al entonces recién creado Museo nacional de Bellas Artes (también donó una gran cantidad de pinturas de su colección privada, en su mayoría provenientes de París). El inventario nunca fue realizado y la bóveda vacía y en ruinas permanece actualmente en el mismo lugar.

En 1912, Ángel único sobreviviente de la familia y poseedor de una incalculable fortuna, decide reconstruir su maltrecho pasaje. Con ese fin contrató al arquitecto Eugenio Gantner, un francés que también intervino en el diseño de la Sinagoga de la Congregación Israelita de la República Argentina y entre otras obras en la dirección de la construcción de la casa central del Banco Francés en la ciudad de Buenos Aires. 
En 1915 y mientras seguían las obras de reconstrucción, que constaban en agregar tres subsuelos y seis pisos, con una superficie cubierta total de 6.250 m2 sobre un lote de 748 m2. (Sobre la avenida, el frente se extiende 17,20 metros y 16,20 metros sobre H. Yrigoyen) Solicita una autorización para realizar una conexión directa, tanto desde los ascensores como desde la imponente escalera de mármol, con la estación Perú del subte A. Como una suerte de devolución de favores por la donación de terrenos realizada años atrás, el permiso es concedido rápidamente.
La imponente obra terminaría en el año 1918, convirtiéndose no solo en el único pasaje en conectar con el subterráneo, sino también en el primero peatonal entre dos calles. Sus columnas de Onix, su herrería de bronce y vidrieras de cristales redondeados al estilo Europeo, servirían de inspiración para la posterior construcción de los Pasajes Urquiza Anchorena y  Barolo. 
Un año más tarde, en 1919 se culmina la construcción del panteón Roverano en Chacarita. La obra final le habría costado a Ángel un millón de pesos de aquella época (para entonces, algo así como 500.000 dólares que equivalían al valor de 300 autos Ford modelo A).
Tan solo 12 meses después Ángel fallece sin dejar descendencia ni obras pendientes de culminación.
En su testamento deja explícito que una vez consumada su muerte, la bóveda habría de ser clausurada. Para ello, las puertas laterales que conducían al interior del sepulcro - allí tendrían que ser arrojadas las llaves una vez cerradas - debían ser amuradas con piedra negra pulida, con el fin que nunca nadie pudiera ingresar a su última morada.
Tras su muerte, los parientes Italianos herederos de sus bienes, no cumplen con este pedido. Tal vez porque ignoraban la verdadera razón del pedido. 
Cumplidos 10 años de la reinauguración del pasaje, el nombre de Ángel seguía presente en el inconsciente colectivo de la ciudad. Esta vez no por aquella obra, sino por el valor de la construcción del panteón, que con el correr de los años y a raíz de las especulaciones sobre su contenido, se convirtió en un mito que la comparaba con los sepulcros de los faraones egipcios.
En 1928 la historia del valor de la suntuosa bóveda era publicada en el diario Brooklyn Daily Eagle Newspaper. La noticia no tardó en llegar a Bs. As. y reavivó la discusión.
En 1929 el periodista Ernesto de la Fuente de la revista caras y caretas develaría el misterio publicando un extenso relato con fotografías, que abría conseguido al ingresar con la ayuda cómplice de un cuidador del cementerio. 
Pero qué secreto encerraba la bóveda además de los cuerpos de la familia entera? Mientras en su fachada exterior el mausoleo se veía austero y poco atractivo, cuyo ingreso daba a una superficie de granito coronada por un alto relieve de mármol. Junto a este último, una figura femenina de bronce representaba el dolor y una columna griega partida indicaba una muerte joven o vida interrumpida. 
Ingresando por las puertas de hierro macizo, escaleras de mármol conducían al subsuelo donde yacen los seis sarcófagos de mármol veteado de los Roverano; Para sorpresa de los exploradores, los mosaicos de las paredes, que acompañan el descenso eran de oro macizo en un 90% y un 10% por otros mosaicos del mismo tamaño pero de colores diversos, que formaban figuras al combinarse con el brillo de las paredes. Oro puro y reluciente que, con su tercio de milímetro de espesor, cubrían los muros y la cúpula de aquella sala de descanso sagrado. Sobre la pared y al costado de cada sarcófago, un medallón de cobre bruñido conserva la efigie de quien allí descansa. En el centro de la amplia bóveda subterránea, sostenida por columnas de mármol y cuyo piso es del mismo material, se destaca la figura en bronce de una mujer desnuda y arrodillada, que simboliza la desesperación. 
Luego de la publicación y develado el misterio, la historia se fue diluyendo en el tiempo.



El 14 de septiembre del 2006 La Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por decreto incorpora el panteón a la lista de monumentos nacionales.
En la actualidad el mausoleo se encuentra notablemente deteriorado. El acceso está tapiado por seguridad y debido al abandono. No se sabe si su interior fue saqueado a lo largo de los años o permanece el oro intacto como en 1929.

De su paso por esta vida, la obra más importante de Angel y su familia, fue su original pasaje. Testigo silencioso de la historia, por el transcurrieron innumerables hechos y circularon cientos de personajes.
Desde Antoine de Saint-Exupéry, que retiraba correspondencia para ser trasladadas en su monoplano hacia la Patagonia, pasando por Ricardo Balbín que usaría una de las oficinas para realizar la alianza con el justicialismo llamada “La hora del pueblo”,   hasta Jorge Bergoglio (Papa Francisco) quien fue habitúe de la peluquería y el restorán.
A pesar del paso del tiempo, la historia (Durante la dictadura militar y a causa de artefactos explosivos, en los subsuelos se pueden notar ausencia de puertas originales y reparaciones en la mampostería) y las remodelaciones posteriores (En la actualidad el edificio cuenta con un piso más en lo alto, siendo un total de 7 pisos y fue proyectado por el arquitecto Esteban Fermín Sanguinetti) el nombre de los Roverano sigue presente en la ciudad y vinculado a la belleza y el arte que dejaron  como legado.  
A cambio de eso, Ángel solo pidió descansar en paz junto a los suyos y que el último le cierre la puerta.
 


12 jun 2016

El ladrón del tiempo

En junio de 1974, Sidy y Gregorio, dos estudiantes que lo habían conocido en un bar cerca de la facultad de filosofía, le regalaron por su cumpleaños una libreta con índice , pero como no tenia teléfonos que agendar, decidió darle un uso mejor. Luego ellos escribirían en una de sus hojas “para que siempre recuerden a los culpables” (nosotros le regalamos la primer libreta).
Se referían a la primera de muchas, en 3 años lleno 60 donde escribieron alrededor de 20.000 personas, y de las cuales se editaron 2 libros.

Jose Rosenwasser era un inmigrante Polaco que llego a Bs. As. en 1926 con solo 15 años. Venia con una historia a cuestas de padre suicida, madre abandónica y un tío golpeador. La vida no le había sido fácil y su educación solo llego hasta cuarto grado.
Desde pequeño conoció el oficio de Herrero y pulidor, el mismo que lo acompaño durante 50 años hasta que le llego la jubilación. En los malos tiempos se hacia un extra atendiendo por las noches el puesto de diarios de Santa Fe y Juan b Justo, en Pacifico.
Alguna vez tuvo mujer e hijo, pero también lo habían abandonado.
Los sábados por la noche salía de la pieza de la pensión en la calle Bomplan, enfilaba hacia corrientes y entraba en los bares a sorprender incautos, su presentación siempre era la misma, “ No vendo nada ni pido plata, no me regalaría 3 minutos de tiempo?”  Con su libreta y lápiz en Mano, como quien pide un autógrafo a una celebridad, el pedía una palabra, una pensamiento, una prueba de vida. Sus preferidos eran los jóvenes estudiantes, porque sabía que si no querían escribir le dirían que no tenían tiempo, pero jamás lo tratarían mal, cosa que no pasaba con la mayoría de la gente adulta.
Hombre solitario y curioso, acostumbraba a preguntar si querían hablar con el, constantemente se encontraba con negativas, maltratos o comentarios sobre el tiempo y conversaciones vacías, hasta que un buen día descubrió que la gente se expresaba mejor escribiendo que hablando con un extraño, y así se convirtió en un pintoresco personaje de la noche porteña, a quien nadie le decía que no. No importaba el lugar, podía ser La Paz, el Paulista, el subte B, el colectivo 41 o en la esquina de una facultad.
De esa misma manera conoció a un joven Daniel Kon, quien años más tarde escribiera “los chicos de la guerra” y fuera el creador del suplemento Si de Clarín, quien le propuso en 1977, recopilar las mejores frases de sus libretas y editarlas junto a su biografía en un libro: “las libretas de José” y años mas tarde en otro aunque con menos exito.
El polaco bajito y miope,  que a pesar de tener historias fantásticas para contar, de cuando fue polizón en un barco o se escapo de su hogar a los 6 años en un tren, prefería no recordar, y cada tanto garabatear un pensamiento en sus libretas que firmaba como JR.
Cuando llegaba a su casa luego de aquellas rondas nocturnas, se sentaba en su cama con su tesoro de papel y tinta, "Entonces siempre me pasa lo mismo. Siento que empiezo a volar, alto, muy alto... Vuelo con la imaginación, sin parar, hasta que llego a otros planetas. En esos momentos siempre me siento feliz, y puedo ver cosas distintas, hermosas. Veo cosas que nunca nadie ve."
Tal vez nunca imagino que aquello que sentía y veía, no era solo producto de su imaginación, sino un legado para generaciones futuras, el testimonio de aquellos que ya no están o que alguna vez fueron. Es inevitable pensar al leer esos libros, en cuantos de aquellos que escribieron entre 1974 y 1979 desaparecieron, cuantos fueron a la guerra, cuantos estudiantes no se recibieron, cuantos amores terminaron o cuantos nacieron. Que secretos encierran esas iniciales, sobrenombres, confesiones, frases hechas, chistes malos, amores poetas. Si el Luis Alberto, Pajarito u Olmedo que aparecen en sus pagina, eran ellos o solo unos socias.
En 1985 José seguía vivo, Daniel lo contaba en una entrevista para el diario el País, después de eso no existen obituarios, ni fecha de defunción. Tampoco se que paso con aquellos originales, parece que nadie se pregunto por ellos.
Dicen que cuando le contaron a  Borges sobre el,  dijo  que era un personaje de Ficción, yo creo que fue un viajero en el tiempo y un día desapareció, o no….
Cuando dejó de recorrer la noche, las hojas de las libretas se convirtieron en paredes escritas con aerosoles de colores. Hoy esas paredes son muros con su nombre en  Facebook y en Twitter los que te invitan a que les regales 3 minutos de tu tiempo.

Primer Libro completo:

15 jun 2015

El club del esqueleto

Este relato definitivamente no lo escribí yo, aunque me hubiese encantado. Lejos estoy de escribir como Eduardo Wilde y mucho más de realizar un retrato tan íntimo de Ignacio Pirovano. Ante la notoria imposibilidad de contar mejor esta historia, aquí les dejo el original, que desde que lo leí por primera vez me pareció una historia encantadora, que merecía ser difundida.
Sin más preámbulos y esperando que provoque en ustedes sensaciones contradictorias, con ustedes: el relato.
Allá por el año de 1860, todas las viejas de uno de los barrios más poblados de esta ciudad dormían de noche, vestidas y con vela, y no salían de día a la calle sin asomar antes la cabeza con aire preguntón y mirar arriba y abajo, como para asegurarse de que no había peligro.
A un viajero curioso que no hubiera estado en el secreto, habríale llamado sin duda la atención tamaña cautela, pero los habitantes de Buenos Aires, y particularmente los moradores de aquel barrio, sabían bien a qué atenerse en cuanto a esto y no sólo no encontraban de más semejantes precauciones, sino que aplaudían la rehabilitación que se hizo por aquellos tiempos de un sinnúmero de conjuros antiguos, a causa de los acontecimientos extrañísimos que tenían lugar.
Así, no había, pues, casa de mujer medianamente beata en la que no encontrara un San Antonio patas arriba, un San Roque sin perro, una herradura colgada, el pan dado vuelta y, lo que es más aún y se tenía en aquella época por un conjuro de mucho crédito, una escoba con el mango para abajo tras de cada puerta.
Barrer de noche los cuartos que, como se sabe, es lo más atentatorio a las leyes de la brujería, era cosa de hacerse sin mirar para atrás; pero a pesar de todos estos contramaleficios, las calamidades continuaban y el gobierno se vio obligado a bajar la contribución directa de aquel barrio, la municipalidad dejó de cobrar el impuesto de alumbrado y sereno y hasta el Papa concedió cien días de indulgencia, a todos los habitantes de la parroquia en que tales acontecimientos tenían lugar.
¿Pero quién traía en ese alborotado desorden a tan pacíficos moradores? ¿Quién había de ser? Dios me ayude para nombrarlo, pues todavía se encuentran respetables personas que no lo nombran sin santiguarse la boca. Era nada menos que un aprendiz de farmacia, el muchacho más travieso del barrio, el travieso más audaz de la ciudad y el audaz más ingenioso de la provincia.
No pasaba por la puerta de la botica en que despachaba el mencionado aprendiz, un solo hombre respetable y conocido, que no siguiera su camino llevándose pegada a la levita una cola de papel.
No entraba en la farmacia matrona presuntuosa que no saliera con bigotes de corcho quemado, pintados en su labio como por arte del diablo.
No se paraba en la esquina caballero distinguido, al cual un tarro lleno de clavos que caía como llovido hasta cierta altura, no le abollara el sombrero y, por último, no había bicho viviente que acertara a poner el pie en las inmediaciones de aquel foco de sucesos, que no llevara algún recuerdo del aprendiz de farmacia.
Inútil es decir que las hazañas de don Ignacio Pirovano, que así se llamaba el aprendiz de farmacia, habían pasado a ser una leyenda popular y el mismo don Ignacio, aún más popular que su leyenda.
Las pandillas de estudiantes de la Universidad, organizadas para comer de balde pastelitos en la plazoleta del mercado, se hacían un honor en tener como miembro consultor a don Ignacio Pirovano, y hubo una época en que podía con razón decirse de él que era el presidente nato del comité de mortificación pública. ¡Cómo pasan los años! Coloraba el oriente el sol resplandeciente, como dice Espronceda; las nubes de zafir, de nácar y oro huían por los cielos, dejando el horizonte limpio como una patena, y el sol con su cara impávida introducía raudales de luz por todas las aberturas de mi estudio, calle de la Florida 230, donde recibo consultas, gratis para los pobres por decisión mía, y gratis para los que no son pobres por decisión de ellos.
Y era una mañana del presente mes de setiembre y la hora temprana en que una señora de noventa y tantos años me había madrugado para contarme, con aquella impertinencia clásica con que cuentan las viejas sus achaques, la historia de un catarro crónico que padecía desde joven y que, para mejor comprensión, quiso narrar desde el principio, adornándola con mil detalles minuciosos, inoportunos y biográficos que se ligaban, a su modo de ver, íntimamente con su bronquitis incurable y con la guerra de la independencia.
Iba la enferma a media asta de su cuento refiriendo las alteraciones que tuvo su catarro en tiempos de Rivadavia, cuando Benito, mi sirviente, a quien aprovechando esta oportunidad presento a ustedes, me entregó un folleto que acababan de traer.
La vieja suspendió su narración y alargó los ojos con aquella sublime curiosidad que conservan todas las mujeres, desde la edad de tres meses hasta la de ciento cincuenta años.
La ansiedad de mi enferma me incitó y por un rasgo de bondad casi paternal, leí en alta voz la carátula y dedicatoria del folleto, que decía así: "Facultad de medicina. La herniotomía.
Tesis para el doctorado. Mi muy querido Eduardo: vivimos juntos; en la fonda de la Sonámbula nos fiaban juntos; juntos tuvimos que repetir la inolvidable horchata de Canesa. Quiera el cielo que en la nueva época de mi vida, tengamos ocasión de juntarnos muchas veces.
Tu siempre amigo. -"Ignacio Pirómano", Ni un cañonazo a boca de jarro, ni un redoble de trueno en oreja desprevenida, ni una receta del doctor Granados, habría producido tan alarmante efecto, Apenas mis labios pronunciaron las dos, palabras "Ignacio Pirómano", mi pobre enferma volvió los ojos al cielo y se halló presa de las más horribles convulsiones.
Entonces yo, con aquel talento generalizador que me caracteriza, saqué mi cartera y apunté esta prudente y científica observación, semejante a muchas de las que hacen algunos de mis colegas y no pocos autores: "Contraindicado, para las bronquitis crónicas, el nombre de don Ignacio Pirovano". Y contento de mí mismo, espero la oportunidad de comunicar este descubrimiento a la academia de ciencias médicas.
A las dos horas de este suceso vinieron a pedirme el certificado de defunción para enterrar a la señora, muerta de emoción en la flor de su edad y sin motivo, pues don Ignacio Pirómano es hoy uno de nuestros distinguidos médicos, habiendo abandonado por completo la profesión de atar tarros de lata a las colas de los perros, de enseñar insolencias a los loros y de echar fósforos en los atrios de las iglesias.
El mismo Pirovano que hace diez años ponía pica -pica debajo de la cola de las gatas, ha escrito hoy una de las tesis más notables que se haya presentado ante la Facultad y ha recibido un honroso título, después de haber cursado con un éxito envidiable todas las aulas de la escuela.
Que elogien otros sus méritos como estudiante; yo no quiero hacer cosas inútiles y no he de decir que Pirovano ha sido constantemente sobresaliente en sus estudios, porque todos lo saben. El no necesitaba elogios; el mérito se abre aso en todas partes y, entre nosotros si los elogios ayudan a vivir, el verdadero valor no es del todo desconocido.
Pero la vida del hombre tiene a lo menos dos faces. En la una, cada hombre es el cómico que tiene un carácter y representa un papel serio ante el mundo; en la otra, el hombre es consecuente con sus tendencias y se queda con rasgos de niño o intenciones de muchacho durante toda su vida.
Yo no paso jamás delante de un naranjero sin que una tentación irresistible me obligue a meter la mano en la canasta; otros son perseguidos por el deseo de poner zancadillas a los que pasan. Pirovano, tan estudioso y serio como es, tan aprovechado, tan observador, no abandonará jamás esas tendencias estudiantiles que harán célebre su nombre en la historia de las jaranas escolares.
Yo sé muy bien que podía hacer sobre Pirovano un pomposo articulo en que contara sus triunfos como estudiante y sus méritos como profesor de esta descalabrada ciencia, que consiste en la aptitud de dejar creer a los otros que remediamos algún mal en la vida. Pero semejante panegírico no sirve para nada.
Entre nosotros, la Facultad de Medicina se hace la triste ilusión de que los títulos que concede y los honores que dispensa al talento y al estudio tienen algún valor. Error deplorable.
Más que todos los títulos científicos y los honores facultativos, valen las hablillas mujeriles y la propagación de la fama por la lengua de los conocidos.
La Facultad nos hace médicos y nada más; pero las relaciones, las amigas de la casa, las sociedades de beneficencia y las señoras bien vistas, nos hacen especialistas en criaturas, muy hábiles para pulmonía, muy entendidos en roturas de piernas y famosos para abrir orejas a las niñitas de las casas decentes.
Lo mejor que tiene todo esto es que es sin motivo y que en ello más que en ningún otro caso se verifica el refrán que dice: "por haber matado un perro, me llaman el mataperros". Para ganar el título de especialista en niños, no hay más que curar la tos que tuvo la chica de una señora a la moda y, para ganar la fama de cirujano, basta cortarle los callos a un hombre rico y conocido. Mientras usted no haga esto, bien puede verificar maravillas en las criaturas de los corralones y practicar las operaciones más difíciles in anima vili: jamás pasará usted de ser un médico como tantos.
Pero hay también otro medio de llegar a ser notable en una ciencia; ponerse serio, vestir rígidamente, no hablar nunca, no reírse jamás y conservar constantemente el aire de la mayor solemnidad.
Y luego, ¿para qué sirve todo ello?, ¿para adquirir comodidades, bienes de fortuna, lujo, y consideración social?
Ante todo, sería necesario probar que en ello hay un átomo siquiera de felicidad.
Cuando yo era estudiante y tenía que poner tinta en mis medias a la altura de los agujeros de mis botines; cuando tenía que pegar con hilo negro los botones de mi camisa y pagaba el lavado a mi lavandera con el tiernísimo amor que profesaba a su hija, los días se pasaban alegres y sin cuidado.
Ahora, si alguna vez me encuentro descontento, es por el profundo fastidio que me causa el no necesitar de nada.
¡Qué vida tan vulgar tener todo! El otro día entré al cuarto que ocupaba en el hospital mi inolvidable amigo Pietranera; había olor a humedad; sobre una cama descompuesta se encontraban varios libros abiertos; una vela de sebo estaba pegada al borde de la mesa y en una mitad de cráneo se veía un pedazo de lacre, una pinza y unos botones de puño; el papel de las paredes se estaba yendo.
Un placer melancólico me invadió, semejante al que se tiene en presencia de todos los recuerdos, y fue con profunda tristeza que dije en mi interior: ¡pobre de mí! el papel de mi dormitorio está bien pegado y no tengo ni un miserable cráneo en que poner los botones de mis puños. Hay días en que los espejos y las alfombras nos fastidian y desearíamos vivir en un cuarto, con cuevas de ratones, olor a humedad y piso con agujeros Esto a lo menos suscita algunas reflexiones.
Con que si el amigo Pirovano ha de tener coches, caballos, casa y clientela, es bueno que sepa que esto no se tiene sino a costa de la felicidad y con el favor de la lengua de unas cuantas señoras distinguidas y, solo por excepción, a pesar de todo esto.
Sólo por excepción perdona esta sociedad a un médico, por más talento que tenga, que durante su juventud haya puesto colas de papel a los traseúntes y enseñado insolencias a los loros.
Pirovano es actualmente profesor de anatomía en la Facultad de medicina y ha sido farmaceútico del hospital; será, por consiguiente, un hábil operador y es y ha sido sobresaliente en química.
Esta cualidad le permitía preparar una azúcar inflamable con la cual, a la larga, tuvieron que familiarizarse todas las niñas que asistían a los bailes del club del Esqueleto.
Creo que este club es el único de su especie que ha existido en el mundo.
El club del Esqueleto fue una asociación en la cual figuraba Pirovano, en su doble calidad de miembro activo y de repostero, empleo que le fue confiado en virtud de su habilidad para fabricar vinos y licores con las tinturas y los jarabes medicinales de la botica del hospital.
Creo que fue Sydney Tamayo el fundador del club del Esqueleto. Tamayo es actualmente médico y se halla en Salta prodigando a sus paisanos los dones de su talento maravilloso.
Cuando era estudiante, tocaba la flauta con exquisito gusto y el ciego Gil, otro estudiante distinguido, lo acompañaba en el plano. El tener Tamayo una flauta y haber alquilado Gil un piano, fueron los trágicos sucesos que dieron origen a la formación del club del Esqueleto.
El propósito de esta asociación era dar bailes sin un medio y divertirse de balde, pasando gratis las horas que se hayan pasado mejor sin pagar nada en este mundo.
Tamayo, Gil y cuatro estudiantes más vivían en una sala de la calle de San Juan. Los días en que debía haber baile, sacaban al patio las camas, se alfombraba la pieza con las frazadas de los enfermos de la sala de crónicos del hospital de hombres, se pedía sillas en la vecindad. Tamayo robaba chocolate en la despensa del mismo hospital; se compraba masitas por subscripción; Pirovano hacía los cocimientos necesarios en la botica, con los que preparaba los vinos y los licores; llevaba un tarro de pastillas de quermes, con que debía obsequiarse a las señoras y, hechos todos estos preparativos, se invitaba a las niñas del barrio, que eran, cuando menos, novias legítimas de cada uno de los estudiantes. El doctor Larrosa, asistente infalible a esas tertulias, me ha confesado a mí que pocas veces ha estado en reuniones más amenas, a pesar del disgusto que le causaba ver trancadas las mesas y compuestas las sillas con los omóplatos y tibias de los difuntos que suministraba la sala tercera.
Aquellos bailes famosos en que jamás se cometió desorden alguno, para honor de los estudiantes, y en que se armó no pocos matrimonios, a imitación de lo que sucede en el Club del Progreso, terminaban siempre cuando Gil y Corvalán declaraban que tenían sueño y comenzaban a acercar sus catres, húmedos de rocío, a la sala de baile. Entonces Pirovano servía la última copa de tintura de ruibarbo, que saboreaban con indecible placer las damas y caballeros de aquella fiesta.
¡Qué dulces son estos recuerdos! El tiempo que todo lo va diseminando, mandará quizá a cada uno de nosotros a millares de leguas de distancia y los que fueron un día compañeros alegres no tendrán, como símbolo de su pasada felicidad, más que un recuerdo por esa invencible tendencia que tiene el hombre a aferrarse a. cada uno de los momentos de su vida, aunque vaya siempre buscando un porvenir mejor.
¡Pero el recuerdo es una nueva vida para cada cerebro! ¿Qué diferencia hay entre la realidad de un suceso y la viva impresión por una representación ideal? ¡Soñar con claridad es, en el momento que se sueña, tan cierto para el cerebro, para el alma, como tener la realidad presente! Al fin y al cabo todas son ideas y no hay nada real para la conciencia, sino lo que es capaz de suscitar una idea.
El tiempo que está por hacer de Pirovano un personaje serio, no le hará olvidar que siendo estudiante abría una caja de ostras, se bebía el caldo de un sorbo, tragaba los mariscos en dos veces y se preparaba de este modo para comenzar su cena.
Cuando su inteligencia y su buena fortuna le abran los primeros puestos de la República y se celebre su advenimiento con espléndidos banquetes, no se olvidará de que hemos comido al fiado en la fonda de la Sonámbula y de que, cuando no llegaba nuestra felicidad a tanto, él robaba huevos, los freía en aceite de hígado de bacalao, los espolvoreaba con pimienta cubeba y nos los comíamos salándolos con ioduro de potasio. Tampoco se olvidará que los tales huevos, preparados de este modo, eran riquísimos.
Los postres más exquisitos no le parecerán mejores que el jarabe de genciana con que terminaba sus cenas en el hospital, ni los más generosos vinos le harán el delicioso efecto que le hizo el día de su santo la copa de tintura de jalapa compuesta que tomó, a falta de vino priorato, antes de encender un cilindro de esponja preparada, que se fumó enseguida, en sustitución de un habano y por si alguna vez tenía que curarse de coto. Episodios son éstos característicos en la vida de un hombre y que no pueden olvidarse jamás.
Pirovano tiene todas las cualidades físicas para el trabajo y todas las aptitudes intelectuales para ser un médico notable. Es bondadoso de carácter, reservado, meditador y pacienzudo; parece muy dúctil, aunque siempre concluye por hacer lo que le da la gana; tiene una gran facilidad para hacerse querer de sus maestros; sabe evitar que lo envidien sus condiscípulos y el hecho de conservar como reliquias de su carácter, ciertos rasgos de muchacho y ciertas diabluras de estudiante, que contrastan singularmente con su aspecto serio, le da una fisonomía particular y simpática.
En Buenos Aires hay una mala costumbre. Apenas aparece en la arena pública un joven que se ha distinguido por sus estudios, todos comienzan a elogiarlo de un modo tan exagerado que el objeto del elogio mucho hará si resiste al mareo que puede producirle tanto halago a su vanidad. Es necesario tener demasiado buen juicio para no perderse oyendo elogios. Por ejemplo, yo no sé cómo Goyena, del Valle y otros jóvenes de brillante inteligencia, no se han vuelto unos pedantes insoportables al oírse llamar portentos a cada momento y a propósito de todo.
La primera vez que, vea a Pirovano, he de decirle con tono solemne y levantando el dedo índice a la altura de la oreja: "No te dejes marear por los elogios ni invadir por la vanidad; ya que tienes una buena inteligencia, piensa que nadie te puede juzgar mejor que tú mismo; trabaja y estudia y si deseas reunirte conmigo de tiempo en tiempo, para recordar con placer los episodios de nuestra vida de estudiantes, te juro que no ha de faltar por mí toda vez que crea en conciencia necesitar de tus conocimientos médicos o toda vez que a mis enfermos se les antoje costearse el lujo de una consulta, en que, con generalidad, se habla de todo menos de ellos".
Esto he de decirle a Pirovano cuando lo vea.



30 may 2012

El encantador de almas


De largos cabellos canosos, casi blancos, como su larga barba, de traje blanco impecable como sus alpargatas, o con saco cruzado de un colorado brillante que contrasta con su rostro pintado con pálidas cenizas, esta sentado en un tacho raído, con los pies bien juntos, su mano derecha aferrada a una flauta y su izquierda dibujando notas incoherentes en el aire de la ciudad.
De los locos de Buenos Aires este es el más misterioso, su estampa de faquir, de Cristo avejentado, flautista encantador de almas distraídas que se aparece ante los incautos caminantes nocturnos.
Dicen que si lo ves, tenés que darle una moneda y te traerá buena fortuna, al menos por esa noche. Pero no para todos es visible y no todo el que lo ve, puede escuchar su música, para algunos simplemente es un fantasma entre la gente, para otros un mimo que gesticula y no emite sonido alguno de su instrumento, para los privilegiados, de su flauta salen notas mágicas que te traspasan el alma.
Si vas distraído y seguís de largo, posiblemente lo encuentres al llegar a la próxima esquina. Hay quienes aseguran que tiene un aura mística, que encontró una melodía y mientras sea tocada tendrá la vida eterna. Nadie sabe con certeza cuantos años hace que esta en esa esquina de Lavalle y Cerrito, algunos afirman que mas de 20, otros que toda la vida, lo cierto es que a través de los años, el flautista de Lavalle, nunca cambio su fisonomía.
Muchos quisieron fotografiarlo, pero su imagen se velaba o salía desenfocada, solo con las cámaras digitales pudieron lograr el cometido, otros le preguntaron su nombre y solo ante la insistencia contesto que era Dios.
Dicen que dicen, que en Lavalle existen las fuerzas del mal y del bien, que el viejo es hacedor de almas y que represente al bien y el ser del mal, camina tatuado de los pies a la cabeza...Algunos recuerdan haberlo visto un día y al siguiente no saben de quien se trata, otros escuchan su música encantada que provoca extraños recuerdos en tanto que otros solo oyen el viento. Si lo miras a los ojos y tu alma es pura, sentirás la dulzura de su mirada complaciente, en cambio si no sos digno, te invadirá el temor con solo sentir su presencia.
Los más románticos sostienen que el viejo es el fantasma de Luis Teisseire, que a pesar de haber sido en vida un eximio flautista, al morir olvido las notas. Otros afirman que es Ian Anderson, el mítico integrante de Jethro Tull, que loco baga por las calles de Buenos Aires entremezclando notas al azar, o que es el judío errante y no morirá hasta que el mismo Jesucristo vuelva a nacer.
Cuentan que un día lo vieron en San Telmo y a la semana en Castellón de la Plana en Valencia España. Que vive en el hotel Paraná en el centro y seria oriundo de Brasil y no sabría hablar castellano.
Alguien le escribió un poema, otro le dedico un cuento, su personaje aparece en una Films de Ciencia Ficción animada y en innumérales foros de la web, debaten su verdadera existencia. Lo cierto es que se convirtió en leyenda, su música cual canto de sirenas, atrapa a quien la oye y despierta la curiosidad del misterio no revelado.
La Verdad es que Jamás lo vi, y no se si alguno de los dichos sean ciertos, quizás algún día lo encuentre y me toque su canción, para ese momento llevo siempre una moneda en mi bolsillo y la mirada perdida en el asfalto.