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24 jun 2026

La cocinera inmortal

Filomena De La Villa

De Filomena De la Villa de Suárez sabemos que nació en 1835, pero desconocemos el año de su muerte. Lo que sí sabemos es que en 1937, con 102 años, era conocida entre los vecinos del Bajo Belgrano como la reina de las empanadas caldosas.
Esta historia no tiene fechas precisas, pero sí nombres concretos y datos poco conocidos de personalidades de la historia argentina, todos relatados por la propia Filomena en una entrevista realizada ese año


Dos maridos


Hija del dueño de una chacra, nació en las Lomas de San Isidro, o, como ella las llamaba, “el pueblo norteño de las barrancas lindas”. Allí se casó joven con un francés llamado José Cherón. Su padrino de bodas fue Benigno Velásquez, recordado por haber hecho sonar las campanas de la iglesia de San Isidro el 27 de enero de 1856 para anunciar la creación del municipio, en su carácter de flamante vice intendente municipal.
Parece que su primer matrimonio duró poco, ya que contrajo segundas nupcias, esta vez con el español Antonio Suárez. La boda se realizó en la iglesia de San Telmo. Antes de enviudar nuevamente, tuvo con él dieciocho hijos. En 1937, solamente siete seguían con vida.

Un diputado

MANECO
Maneco Demaria (H)
En 1872 trabajaba en la casa de la familia Demaría. Una de las cosas de las que Filomena se sentía más orgullosa era haber sido ama de leche de Marino Demaría (h), y de la persona en la que este se había convertido.
“Maneco”, como era conocido, nació el 26 de agosto de 1872. Su padre era un reconocido abogado y vocal de la Unión Cívica Radical, partido al que su hijo se incorporó en 1889, ocupando posteriormente el mismo cargo. Más tarde, como miembro del Partido Conservador, fue elegido diputado en cinco períodos legislativos (1900-1904, 1914-1918 y 1920-1923). Este último mandato quedó inconcluso debido a su fallecimiento, ocurrido el 21 de septiembre de 1923, a los 51 años.


Dos banqueros

Juan Ventura Cardenas
Otra de las familias para las que cocinó fue la de Juan Ventura Cárdenas, nacido el 21 de noviembre de 1837. Contador y empresario argentino, se casó en 1864 con la uruguaya Adela Montaño, nacida en 1842, con quien tuvo cinco hijos entre 1865 y 1873.
Adela falleció el 29 de julio de 1897, a los 51 años. Ventura, como era conocido, se desempeñó como presidente del Banco Hipotecario de la Provincia de Buenos Aires y director de la Caja de Conversión. Durante la década de 1890 participó activamente como firmante de los billetes de cinco centavos y como autoridad de la Junta de Moneda Nacional.
En 1902, en homenaje a su esposa, donó una talla de madera de la Virgen del Carmen a la Catedral de San Isidro.
Falleció el 3 de noviembre de 1920, a los 83 años, habiendo sobrevivido a varios de sus hijos.

Jose Carabassa
José Carabassa también figuraba entre quienes habían disfrutado de la cocina de Filomena. Nacido en el Consulado Español en Portugal el 19 de marzo de 1831, era hijo de un diplomático español nombrado conde palatino por el Vaticano. Tras la muerte de su padre emigró a Buenos Aires y fundó un banco con su nombre en la esquina de Piedad (actual Bartolomé Mitre) y Reconquista. En 1891, el Banco Carabassa fue adquirido por el Banco de Londres y Río de la Plata.
Poseedor de una importante fortuna, en 1858 se casó con Felisa Ocampo y Silva, nacida en 1839, con quien tuvo cinco hijos y fijó residencia en Lafinur 2988. Felisa se dedicó a la caridad y fue fundadora de hogares para viudas con hijos y sin vivienda, conocidos como “asilos para viudas vergonzantes”.
En 1893 adquirieron una modesta propiedad en la esquina de Lafinur y Gutiérrez y contrataron al arquitecto Pirovano para construir allí una mansión de gran lujo. En la actualidad funciona en ese edificio el Museo Evita.
José falleció en 1895, a los 64 años; Felisa, en 1914, a los 80.

Dos presidentes

Tomasa Alem
Filomena dedicó muchos años de su vida a cocinar para los hermanos Alem. Junto con Joaquina, una vieja sirvienta, atendía los pedidos de Tomasa, nacida en 1844, quien administraba la casa. Leandro, nacido en 1842 y soltero, vivía con su hermana en una casona de amplios patios, ventanas enrejadas y zaguán con puerta de hierro ubicada sobre la calle Cuyo —actual Sarmiento— entre Callao y Garantías, nombre que por entonces recibía la actual Rodríguez Peña. Para 1937 aquella casa ya había desaparecido.

Leandro N. Alem
Según recordaba Filomena, don Leandro N. (por Nicéforo) prefería almorzar en el viejo Café de París, tradicional punto de encuentro de intelectuales y artistas situado en la Avenida de Mayo 1191, o bien en casa de sus amigos políticos. En cambio, quien jamás faltaba a la cita era su sobrino Hipólito Yrigoyen, nacido en 1852. Apenas ocho años lo separaban de su tía Tomasa y vivía a pocas cuadras, en la esquina de Rivadavia y Callao. En ocasiones lo acompañaban sus hermanos Martín y Roque.

Hipolito Yrigoyen
Hipólito solía pedirle a Filomena una sencilla sopa de papas: papas hervidas en caldo, sin mayores pretensiones.

El primero en fallecer fue Leandro, quien se quitó la vida en 1896. Luego murió Tomasa, en 1927, y finalmente Hipólito, en 1933.



El monopolio de la empanada

En 1910, con 75 años, Filomena se mudó al Bajo Belgrano. Antes había vivido sobre la calle Centro América —actual avenida Pueyrredón—, en Barrio Norte, y también en la calle La Rioja, al sur de la ciudad.
Su nuevo hogar fue un rancherío ubicado en Dragones 2380, esquina Blanco Encalada. En la actualidad, en ese predio funciona la Embajada de Rusia. Frente a su vivienda se encontraba el histórico Tiro Suizo, asociación fundada en Buenos Aires en mayo de 1872. La institución permaneció allí hasta 1948, cuando el Estado expropió los terrenos para destinarlos a la Fundación Eva Perón y construir la Ciudad Infantil Amanda Allen, complejo educativo y asistencial para niños huérfanos y de familias de bajos recursos que funcionó entre 1949 y 1955. Actualmente, en ese lugar se encuentra el Instituto de Rehabilitación Psicofísica.

Filomena Junto a su Nieto  y esposa
Instalada en el barrio, comenzó a preparar empanadas caldosas, pasteles y tortas fritas. Cocinaba todo con grasa vacuna en una cacerola ennegrecida por el humo de la leña y abastecía tanto a los trabajadores de los studs como a vecinos del Bajo y del Alto Belgrano.
Así fue construyendo su fama hasta que, en diciembre de 1931, una fuerte sudestada avivó el fogón y provocó un incendio que destruyó su vivienda. Allí perdió recuerdos de juventud, los retratos de sus dos maridos y una fotografía junto a Leandro N. Alem.
Con paredes de lata y techo de chapa reconstruyó su rancho para seguir viviendo. Además, contó con la ayuda del señor Barbe, propietario de los terrenos, quien no le cobraba alquiler.
A los 102 años, Filomena vivía sola. Cocinaba, lavaba su ropa y, según decía, se iba apagando como un farol de kerosén que deja de parpadear al llegar la medianoche.
De vez en cuando la visitaban su nieto Antonio Suárez y su esposa, Leonor Grasso, quienes vivían en Olazábal 1431.

Un Periodista

Felix Lima

Félix Lima la entrevistó a pedido de su nieto para la revista Caras y Caretas. Nacido en 1880, fue un destacado periodista, escritor y cuentista argentino, reconocido como uno de los grandes cronistas costumbristas de Buenos Aires. Murió en 1943, a los 63 años.

Nunca pudo probar las empanadas de Filomena. No sabemos si ella asistió a su entierro.






23 jul 2020

Gliptodontes eran los de antes

Alberto Italo Calabrese - Años 20

En Enero de 1999 en la sección de sociales del diario la Nación, salía la noticia del hallazgo de un gliptodonte en  Cabildo y Blanco Encalada, en el barrio de Belgrano. Un mes antes, en Diciembre del ‘98 la misma sección del mismo diario, se lamentaba por el fallecimiento del Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires Dr. Alberto Ítalo Calabrese, quien vivía a unas pocas cuadras del lugar del hallazgo y en aquellos días hubiera cumplido 86 años.  

Alberto había nacido en el barrio de la Boca un 14 de enero de 1913. En la lista de 11 hermanos el ocupaba el número 10. Hijo de María Eterpeta Imbroscia y Santiago Roque Calabrese, ambos nacidos en Barletta, Italia.
Su padre Santiago nació en 1857, hijo de un marino mercante desde muy joven abrazó la profesión, y a los 15 años ya tenía dos vueltas al mundo certificadas.  A finales de 1880 se radicó en Buenos Aires y fundó una compañía naviera con dos barcos traídos de Italia. La empresa  se dedicaba a transportar  piedras y arena para la construcción de caminos de su cantera en Colonia Uruguay al puerto de Bs. As.. Los lugareños de Uruguay,  bautizaron la playa y el Muelle donde solía atracar como “del calabrés”, en referencia y honor a su apellido.
Una vez establecido en la Boca por 1890,   contrajo nupcias con María vía poder y sin conocerse, el con treinta y pico y ella de 17. Al poco tiempo arribó para estar junto a su desconocido y flamante marido, luego de casarse aquí por iglesia comenzar a formar una familia.
Corrían los años 20 y Alberto vivía en Suárez y Necochea, por ser uno de los más pequeños (con su hermano mayor se llevaba 18 años), se tomaba la licencia de ir solo al colegio que estaba en Parque Lezama. En ese entonces, el parque inaugurado en 1896 lucía muy distinto al que conocemos hoy. En él se podía encontrar una plaza de toros, un restaurante en forma de molino, un tren con estación para niños, un teatro a cielo abierto, un lago con góndolas, un circo y una escuela primaria.
La cuestión que Alberto ya de pequeño era un observador curioso que le gustaba aprender e investigar. Un día saliendo del colegio, ocurre un desprendimiento de tierra del lado de la barranca hacia la avenida Paseo Colón. Mientras observaba la pared de el terraplén que había quedado al descubierto, le llama la atención la simetría del barro seco que estaba como escamado. Sin pensarlo dos veces, comienza a excavar con sus manos en la tierra y descubre que esas rugosidades definitivamente no eran del barro.  Tan compenetrado estaba en su labor, que comenzó a llamar la atención de un hombre que estaba cerca. El casual espectador, no pudo evitar acercarse y preguntarle – Qué estás haciendo pibe? Más sorprendente fue la respuesta de Alberto: - Creo que encontré un gliptodonte…
El paisano ni lerdo ni perezoso, se fue raudamente a buscar un teléfono para llamar al diario Crítica. Este periódico había sido fundado en 1913 por el uruguayo Natalio Botana y tenía fama de publicar noticias sensacionalistas. La cuestión es, que en lo que Alberto terminaba de descubrir parte del caparazón llegaron los fotógrafos y haciéndolo a un lado retrataron al oportunista como responsable del hallazgo. Luego de eso arribaron los especialistas y el fósil terminó siendo trasladado al Museo de Ciencias Naturales.
Pasaron los años y Alberto se convirtió en un prestigioso médico e investigador. Con los años sería profesor titular de Toxicología y Medicina Legal (UBA), como así también primer titular de Toxicología en la Universidad del Salvador y profesor Emérito de la UBA. Sus investigaciones sobre el ADN lo llevaron en los años 90 a exponer sus trabajos en EEUU.
Hasta su fallecimiento “el profe” apodo que se había ganado en sus años de docencia, siguió atendiendo a sus pacientes en el Instituto de Terapia Genética que él había fundado.
Padre de 5 hijos solía contarles la anécdota sobre su descubrimiento en el parque cuando era pequeño  y entre risas reconocer   cómo ese fue el primer robo científico que padeció, pero no el último, durante su más de medio siglo dedicado a la investigación.
Alberto Italo Calabrese - Años 90



29 oct 2013

Superbike

La primera vez que lo vi, estaba parado en la esquina de Lacroze y Corrientes, sobre una de las vidrieras de la mítica pizzería “El Imperio”. Supongo que tanto no me llamo la atención, ya que en esa esquina mágica se suelen ver personajes de todo tipo, solo hay que detenerse y esperar que pase un falso Papa con mitra de papel de diario, el joven con capucha de Batman que toma el subte, o un grupo de góticos que vienen de pasar la tarde en el cementerio.   
El estaba ahí por una razón particular, estaba cumpliendo una misión, la de repartir volantes a los transeúntes. Pensé que su atuendo de calzas de ciclista negras, borceguíes hasta la rodilla, camiseta de lycra ajustada, guantes de cuero y su larga y rubia cabellera, eran para llamar la atención, en cierta forma lo era, ya que su atuendo era su uniforme de superhéroe...
Paso un tiempo hasta que me anime a hablarle, yo necesitaba un volantero y sabia que el era el hombre correcto para ese metié. Esta vez lo aborde en la esquina de Forest y Lacroze, ese día llevaba una bandera de boca a modo de capa y su bici con alforjas de cuero a los lados emulando una moto chopera.
Su nombre es Marcelo Lorefice y le gusta que le digan Chelo Corazón de Metal, aunque sus amigos lo llaman Chelo Viloni, este último apodo puesto por su similitud con el luchador de cach. De voz profunda y firme, se expresa con una educación y formalidad que por falta de costumbre sorprende, seguramente modales aprendidos en el colegio de Belgrano, su barrio natal, al cual asistió durante toda su educación formal.
Nacido en 1974, su infancia no fue muy distinta a la de cualquier porteño de mi generación. A los 13 años comenzó a estudiar piano, aunque le gustaba tocar guitarra y cantar, el uniforme escolar del Juan XXIII lo agobiaba y le encantaba ver en la tele la serie “El renegado”. Cuando termino el secundario quemo el uniforme y se puso los pantalones de cuero. Curso el CBC de medicina en la UBA, 2 años de Abogacía en la UB, para finalmente graduarse de Óptico. A pesar de su titulo en mano, se dedico a escribir guiones de novelas y comics y soñó con ser actor. 
Laburante desde siempre, trabajo en construcción, carpintería, cadetería y delivery entre otras changas, porque todo trabajo es digno y a todos los realiza con esmero y responsabilidad.
Un día viendo la seria Supertorpe, se pregunto porque no? Y ese día nació SUPERBIKE.
Querer es poder dicen por ahí, y el lo quería tanto que llego a la tele, o mas bien la tele llego a el. Si bien ya había hecho un bolo en publicidad y en un programa de Telefe, el reconocimiento le llego cuando un programa de preguntas y respuestas lo encontró caracterizado por las calles de Chacarita.  Pero como todo buen superhéroe la fama no lo cambio, de día trabaja a sol y sombra con su antifaz y capa y al llegar a su hogar como un emulo de Clark Kent, vuelve a ser Marcelo, correcto, tímido y sencillo.
Hay gente que al verlo pasar se ríe porque piensa que es un pirado, otros se sorprenden o lo ignoran y otros tantos le piden fotos y lo saludan. Solo aquellos que hablamos con el y nos animamos a conocer a la persona y no el personaje, podemos apreciar su sencillez y solidaridad, su animo de estar dispuesto a ayudar cuando sea necesario, porque para el esa es su misión .
Por eso si andas por la ciudad y lo vez, saludálo con una sonrisa, porque su súper poder es no plantearse los que dicen o piensan sobre el,  porque sabe que en la vida para cumplir un sueño, hay que hacer un súper esfuerzo para lograrlo, aunque eso implique transformarse en Superbike.