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11 jul 2026

Los espantos del Dr. Dominguez

Siempre me caractericé por querer saber más sobre las historias que me contaban, sobre todo cuando me las contaban a medias y las acompañaban con un "eso es secreto" o un "es mejor que no lo sepas". En el caso de la siguiente historia, el detonante fue una frase distinta: "Mejor ahí no entres; no vas a querer ver lo que hay". Y claro está, eso fue motivación suficiente para investigar. 

A principios de los años noventa, mientras estudiaba Periodismo, trabajaba en el área de prensa y difusión de una asociación civil dedicada a la prevención y el tratamiento de las adicciones, que había sido fundada por una familia en el año 66.

La institución ocupaba un amplio terreno formado por varias casas unidas a través del pulmón de manzana, con salidas tanto a la calle Guardia Vieja como a Pringles, en el barrio de Almagro. La extensa superficie albergaba diversas instituciones, todas dirigidas por miembros de la familia Calabrese.

En Guardia Vieja 4376 —donde actualmente funciona la Asociación Corigliano Calabro— se encontraba D.A.R.S.E., una institución dedicada a ayudar a las comunidades mapuches y dirigidas por Mariano Calabrese. En Pringles 947/945 funcionaba el Fondo de Ayuda Toxicológica, comandado por Alberto Calabrese (h), mientras que en el 951 estaba el Instituto de Terapia Genética, dedicado a la investigación y al tratamiento con ADN, a cargo del Dr. Calabrese, padre. (Hoy, en el terreno que ocupaban esas tres propiedades, se levantan dos edificios).

Todas las construcciones se comunicaban entre sí y convergían en un patio central que servía de paso hacia el sector de tratamiento, ubicado en un primer piso, y hacia un salón de actos que regularmente se prestaba a una asociación de inmigrantes chilenos para la realización de sus reuniones mensuales.

Al tratarse de una superficie tan grande y laberíntica, siempre había lugar para albergar nuevos emprendimientos y también para funcionar como depósito eventual de objetos pertenecientes a amigos y conocidos. Con ese fin existían dos depósitos: uno ocupaba el antiguo cuarto de la terraza y el otro se encontraba junto al patio mencionado. Este último era un galpón de altas e irregulares puertas de madera, pintadas de verde sintético, atravesadas por dos gruesas cadenas que pasaban por sendos orificios y se aseguraban con un enorme candado.

La medida resultaba desproporcionada si se tenía en cuenta que allí solo se almacenaban los artículos de limpieza, historias clínicas viejas, muebles en desuso, bártulos diversos y viejo material de cartelería y publicidad.

No era un lugar muy frecuentado por los empleados de las distintas instituciones. Encontrar algo entre aquel desorden era una tarea titánica, además de sumamente polvorienta.

La verdadera razón de aquel enorme candado solo la conocían los miembros de la familia. En las estanterías, ocultos dentro de antiguas cajas de cartón, permanecían escondidos desde hacía años los espantos del doctor Domínguez.

Amigos para la aventura

Calabrese y Dominguez

El Dr. Calabrese y el Dr. Domínguez eran amigos desde jóvenes. Ambos habían trabajado juntos en diversas instituciones médicas, como el Hospital Pediátrico Pedro Elizalde, la Maternidad Sardá y el Hospital de Clínicas. Si bien cada uno ejercía una rama distinta de la medicina —Calabrese era médico clínico e investigador, mientras que Domínguez era cirujano infantil especializado en malformaciones congénitas—, con el paso de los años forjaron una sólida amistad.

Tan estrecho era ese vínculo que Domínguez no dudó en pedirle a Calabrese que custodiara su valioso tesoro, rescatado de los volquetes de demolición del Hospital de Clínicas durante la década de 1970. Aquel tesoro sobrevivió a tres mudanzas y permaneció, tras la muerte de ambos, como parte de una herencia, hasta encontrar finalmente su morada definitiva a metros de donde fue hallado.

Génesis

El hospital de clínicas comienza su construcción en 1877 en  la manzana delimitada por las avenidas Córdoba y Juan José Domínguez (actual Paraguay), y las calles Junín y Uriburu. En ese predio había funcionado el regimiento de Patricios y la Facultad de Medicina.

En 1881 Se habilita de urgencia como hospital militar para atender a los heridos de las batallas por la federalización de Buenos Aires.

Finalmente en 1884  El 1 de marzo abre formalmente sus puertas al público general y a la docencia universitaria.

En  1927 y con solo 43 años desde la inauguración oficial, se sanciona la Ley 11.391 que ordena la construcción de un nuevo edificio adaptado a la medicina moderna, justo enfrente de la sede original.

La Colocación de la piedra fundamental se realiza en 1949 y  Se inicia formalmente la construcción del rascacielos hospitalario actual (Av. Córdoba 2351), diseñado por el arquitecto Sebastián Ghigliazza.

Para 1960 Comienzan a trasladarse los primeros servicios médicos al nuevo edificio en torre de 135 metros de altura. Para concluir en 1971 la mudanza de todas las cátedras y salas de internación.

Demoliendo mitos

El 7 de febrero de 1975 comenzaron formalmente los trabajos de demolición del viejo Hospital de Clínicas. El proyecto inicial contemplaba, de manera ambiciosa, la conservación de aquellos pabellones del siglo XIX que poseían un alto valor histórico y arquitectónico. Sin embargo, poco tiempo después de iniciadas las tareas, la obra quedó abandonada debido a la inestabilidad política y económica del país, y el predio terminó convertido en un terreno baldío, cubierto de escombros y alimañas.

Con la llegada de la dictadura militar, en 1976, la entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires redefinió por completo el destino de la manzana. Se canceló definitivamente el plan de preservar los pabellones históricos del hospital y se procedió a su vaciamiento y posterior demolición. Los volquetes apostados en las inmediaciones del predio fueron rápidamente colmados con mobiliario antiguo, equipamiento obsoleto y demás cuestiones.

Fue entonces cuando comenzó a circular la versión de que también se habían descartado residuos patológicos y piezas únicas utilizadas como material de estudio.

En 1980 fue inaugurada la Plaza Dr. Bernardo A. Houssay. Ese mismo año, la restaurada capilla —única sobreviviente de la demolición— fue cedida formalmente al Arzobispado de Buenos Aires, convirtiéndose en la primera Parroquia Universitaria San Lucas, destinada a la comunidad de las facultades de Medicina, Odontología y Ciencias Económicas que rodean el predio.

Domínguez el salvador

Lo cierto es que el Dr. Domínguez, quien trabajaba en el nuevo edificio del Hospital de Clínicas, pasaba todos los días frente a los volquetes. Grande fue su espanto cuando vio asomar entre los escombros, muestras patológicas  junto con otras piezas de estudio que conocía muy bien, ya que pertenecían a su área de especialización.

Lo primero que pensó al descubrirlas fue en cómo rescatarlas. Sin dudarlo, se aventuró a sacarlas del contenedor y cargarlas en su automóvil. Sin embargo, eran demasiadas y no tenía dónde guardarlas.

Fue entonces cuando pidió ayuda a su amigo, el Dr. Calabrese, quien en 1964 había creado el Fondo de Ayuda Toxicológica, que inicialmente funcionó en la Cátedra de Toxicología de la UBA. Para ese entonces, la institución ya contaba con una sede propia en una casona de la calle Guardia Vieja 4366, en el barrio de Almagro, donde había espacio suficiente para conservarlas hasta decidir cuál sería su destino definitivo. Calabrese no lo dudó y dio resguardo a aquel inusual tesoro.

Las Mudanzas

En la segunda mitad de los años 80, la institución se muda a su nueva sede, ubicada a pocos metros de la anterior. Durante la mudanza aparecen las reliquias de Domínguez, que habían quedado olvidadas en el sótano de la casona. Sin decidir aún dónde donarlas, son trasladadas al nuevo domicilio que, como contamos al principio, constaba de cuatro propiedades unidas entre sí.

Su primer destino es el sector correspondiente a la Fundación DARCE, que ocupaba el frente de la calle Guardia Vieja, era lindero al domicilio anterior y  el menos concurrido, ya que allí se almacenaban las donaciones destinadas a las comunidades mapuches.

Pero en 1991 los dueños de esa propiedad deciden vender el terreno, y el mobiliario junto con los demás objetos son trasladados a los depósitos de la calle Pringles. Al mismo tiempo, se clausura la puerta que comunicaba ambas propiedades.

Para ese entonces yo ya trabajaba en la fundación y mi oficina (que compartía con Susana, la nuera del Dr. Domínguez) era lindera al depósito en cuestión. Generalmente entraba sin problemas, ya que la cadena solía estar colgando y el candado, abierto. Pero un día eso cambió y la puerta permaneció siempre cerrada.

Las llaves las tenía Arias, el encargado de mantenimiento, un provinciano grandote y bonachón que cuidaba celosamente cada rincón de la institución. 

El,  fue el primero en decirme:

—Tengo orden de que no entre nadie.

Como todo tiene un porqué y las cosas no cambian porque sí, me dirigí a mi jefe inmediato, Mariano, y le pregunté qué había pasado. Me respondió que durante la mudanza había llegado "algo" y que estaba guardado ahí. Ante mi insistencia, agregó:

—Te conviene no verlo porque te vas a espantar.

Sin lugar a dudas, lo peor que se le puede hacer a una aprendiz de periodista es sembrarle una duda. Joven y preguntona, seguí insistiendo. Esta vez la respuesta fue:

—No lo tiene que ver ninguna mujer porque le puede hacer mal.

No conforme con la explicación, recurrí a Fernando, el nieto del Dr. Calabrese, que oficiaba de cadete multipropósito y había sido uno de los encargados de acomodar las cosas en el depósito. Con la confianza y la impunidad que nos permitía la edad —ambos teníamos 19 años— lo encaré y le pregunté qué había allí.

La respuesta fue concreta:

—Los frascos de Domínguez. ¿Querés verlos?

Luego de conseguir la llave, nos aventuramos en el depósito y, sorteando muebles y cajas polvorientas, llegamos hasta una estantería apoyada contra la pared del fondo. Envueltos en papel de diario, Fernando comenzó a sacar antiguos frascos con formol que contenían bebés fallecidos al nacer con malformaciones congénitas; rectángulos de acrílico que resguardaban pequeñas momias de dos cabezas; fetos disecados de tres piernas, y un muestrario infinito de cuerpos cortados en fetas y colocados entre vidrios para su estudio. Las fechas, escritas a máquina sobre papeles amarillentos por el paso del tiempo, eran todas anteriores a 1900.

Todas esas piezas me recordaron a las que había visto años antes en el museo de la Morgue Judicial. No me impresionaron, pero hasta el día de hoy recuerdo aquellos cuerpos inertes flotando en formol, que parecían hechos de plastilina.

Salí de ahí alucinada y no pude evitar confesar la travesura con un:

—¿Tanto lío por eso?

Pasaron los años. Yo cambié de trabajo, pero siempre seguí en contacto con los miembros de la institución.

Destino final

El 27 de octubre de 1998 el Dr. Calabrese fallece a los 86 años. Unos años más tarde también muere el Dr. Domínguez.

Con la llegada de 2001 y en plena crisis, el dueño de las propiedades decide venderlas. La fundación, que no contaba con el capital necesario para comprarlas, debe encarar una nueva mudanza. Esta vez se traslada a la calle Sarmiento 4470, esquina Pringles, a una casa alta de dos pisos que pertenecía a otra institución al borde de la extinción. Para afrontar los gastos deciden compartir el espacio.

No fue una tarea sencilla trasladar todo lo acumulado durante tantos años a un lugar tan reducido. En medio de ese trabajo, al comenzar a vaciar el depósito, vuelven a encontrarse con lo que para entonces ya era la herencia olvidada del Dr. Domínguez.

Ante la encrucijada de qué hacer con ese material, comprendieron que no podían llevárselo, pero tampoco arrojarlo a un volquete. Entonces decidieron trasladarlo a la casa de quien para ese momento ya era la ex nuera del Dr. Domínguez y depositar las cajas en el living, con la premisa de que las custodiara y la promesa de retirarlas a la brevedad, una vez que decidieran cuál sería su destino final.

Imposibilitada de negarse frente al hecho consumado, Susana convivió durante un largo e interminable mes con los espantos del Dr. Domínguez.

Finalmente, Calabrese (h) consiguió que la Facultad de Medicina aceptara quedarse con aquel material de estudio.

Después de treinta años, aquellas piezas volvieron a escasos metros del lugar de donde habían sido rescatadas heroicamente por un hombre que entendió que no podían terminar en la basura. Que destruir la historia nunca debía ser una opción y que esos cuerpos deformes habían sido preservados para cumplir con la misión que les fue encomendada: servir como material de estudio para evitar que su historia se repita.

9 oct 2012

El Tio Eli

Eli caminó derecho hacia esa mesa del bar que estaba en la vereda, y se sentó junto a la mujer que hacia años lo acompañaba. Frente a ellos el parque Centenario, escenario ideal para acompañar aquel café de la tarde. La brisa entre los árboles acariciaba su cabello blanco, el sol estaba tibio, agradable, tal vez demasiado… su calidez lo invitaba a dormitar, casi sin darse cuenta cerro sus ojos, imagino que en su cabeza sonaba música y se dejo transportar por ella.

Eliseo Solino era de esos tipos entrañables, que todos merecen conocer un día . De figura esbelta y nariz prominente que sostenía unos lentes de marco metálico, era poseedor de una sonrisa siempre lista que lo convertía a primera vista en un personaje afable y simpático.
Oriundo de Villa Urquiza, le gustaba estar con jóvenes, y me atrevería a decir que su lugar en el mundo, era aquella casa de la calle Lambaré en Almagro, donde funcionaba radio “La Tribu”. Justo allí lo conocí.
Era el inicio de los ´90, en los pequeños escenarios de jazz sonaba la “Almagro Dixiland Band” formada por él, en aquella época tendría alrededor de 50 años, sus canas tempranas y su espíritu joven no permitían hacer bien los cálculos,   era un eximio trompetista , melómano apasionado y conciliador nato.
En la vieja casa de la calle Lambaré funcionaba el “Club de las Bellas Artes” reducto de poetas, músicos, artistas plásticos y bohemios de izquierda, embarcados en la utópica idea de cambiar el mundo por medio del arte, y en el éter sonaba desde hacia poco mas de 1 año la radio que transmitía desde la calle Gascón, creada por jóvenes estudiantes de comunicación con las ideas claras y la sangre revuelta...
Diego el sobrino de Eli y amigo de Ernesto Lamas, director de la radio, pensó lo interesante que seria que su tío tuviera un programa en ella, a pesar de su inexperiencia en el tema acepto el desafío, así fue que en junio de 1990 se comenzó a emitir “Jazz en la Tribu”, paradójicamente para el,  su tutor y operador se apellidaba Monk.
Ante el inminente desalojo de la emisora por parte del consorcio, harto de ruidos molestos y desfile de personajes “con pinta de raritos”, Eliseo ofreció ser negociador con la gente del club para que le diera un espacio en su casona, finalmente las negociaciones fueron un éxito.
Ya instalados en Lambaré, Eli tomo un protagonismo mas activo en la radio, su pequeña oficina en la parte delantera de la casona estaba tan abarrotada de discos, que casi era imposible abrir la puerta. Siempre estaba dispuesto a colaborar con los chicos que se iban sumando a la radio, muchos carentes de experiencia y con conocimientos musicales limitados.
La música lo era todo en su vida, para esa época su agrupación pasó a llamarse “Luisiana Dixieland Band”, dando recitales en diversos bares y festivales de Jazz, incluyendo uno en el estadio de Velz Sarfield. A todo pulmón edito un cassette que generosamente regalaba a los amigos.
Su fama como notable del jazz, hizo que de varias radios requirieran sus servicios, así fue como su programa fue transmitido en: FM Minotauro, FM Exclusiva, FM Villa Urquiza y LS 11 Radio Provincia entre otras.
Hacia 1997 Eliseo emprendió una gira como solista, radicándose por varios años en Colombia, donde fuera recibido con los brazos abiertos y formara "La Bogotana Jazz Band" que tocara en los mas distinguidos clubes y bares de ese país. 
En el año 2000 y con motivo de la edición del libro conmemorativo del 10° aniversario de su querida radio, escribió sobre sus comienzos, claro está que en su versión de los hechos y con el humor que lo caracterizaba.
Un día regreso y nos encontramos por casualidad en el barrio de Colegiales, parecía que el tiempo no le había pasado, a pesar del éxito la morriña por su país lo había traído de vuelta, tenia ganas de volver al aire y así fue que ocurrió, a pesar que todo estaba cambiado y su inclusión requirió de esfuerzo, muchos de los integrantes originales ya no estaban, y los nuevos no lo conocían o solo lo habían oído nombrar.
La ultima vez que nos vimos fue en la puerta de Lambaré, el me esperaba con un Cd de dos temas en la mano, en su tapa manuscrito podía leerse   “Tío Eli Trio”.
Al poco tiempo Damián Valls, un viejo conocido de la radio me dio la triste noticia, dijo que ocurrió aquella tarde tomando café, simplemente cerró sus ojos y voló, como las notas sopladas en su corneta, seguramente en su cabeza sonaba música, y se dejo transportar por ella. 

25 jun 2012

Había una vez un circo


Corría el año 1910 y la patria pujante estaba de festejos por los cien años de la Revolución de Mayo. En el barrio de Caballito se inauguraba el parque que llevaría el nombre de “Centenario” íntegramente diseñado por el renombrado - y muy de moda en aquella época- arquitecto franco argentino Carlos Thays. Colectividades de todas partes del mundo, donaban esculturas y monumentos, entre ellos: “la torre de los ingleses” en Retiro, el monumento a Cristóbal Colon o el de George Washintong.
Para la ocasión la ciudad se lleno de visitantes extranjeros, algunos ilustres y otros no tanto. Entre las comitivas llegaron artistas de variedades, que representarían sus actos para el pueblo durante las celebraciones, entre ellos los hermanos Nobel.
El Trío de acróbatas era oriundo de Kiev, capital de Ucrania, y arribo a puerto Argentino en abril de ese año acompañado de algunos primos Rusos que desempeñaban otros actos del mundo circense. A pesar de estar pautado el regreso a su país luego del mes de Mayo, los dos hermanos mayores, decidieron seguir las representaciones y en poco tiempo se encontraron casados y con hijos.
Instalados ya definitivamente en nuestro país, continuaron con su espectáculo. Así pasaron los años y el menor de los hermanos llamado Jaim, que al llegar a Bs. As. apenas tenia 10 años, también formo su familia.
Corría el año 1925 y en Europa se vivían la post guerra, muchos decidieron escapar de sus países para no perder lo poco que les quedaba, este es el caso de Abraham Mociulsky, también oriundo de Kiev y viejo conocido de la familia Nobel. Abraham adquirió una finca a unas cuadras del Parque Centenario, en esa época las zonas linderas al parque ya eran popularmente llamadas con el nombre de este, a pesar de pertenecer a Caballito, Villa Crespo o Almagro.
No paso tiempo para que en parte de ese terreno ubicado en la calle Ferrari al 200, se instalara una carpa que llevaría el nombre de “Circo Estrellas del Centenario” y estaría a cargo de los hermanos Nobel.
Este espacio funciono hasta 1940, año en que la fiebre fabril, llevo a Don Mociulsky a tomar la decisión de construir en ese predio una empresa textil. La Fábrica fue inaugurada en 1945 y funciono hasta los años ´80 cuando cerró definitivamente sus puertas.
El viejo circo que parecía haber quedado en el olvido sin dejar rastro, vivía en la memoria del ahora anciano Jaim, aquella historia esperaba el momento exacto para ser contada.
Pablo Zarfati productor y director de espectáculos, y su esposa Miriam de profesión trapecista, llegan de un largo viaje por Paris, donde fueron a capacitarse cada uno en lo suyo.
A su llegada en 1991, montan un espectáculo circense al aire libre en el Parque Centenario que se presentaría durante todo el año, Pablo entusiasmado por la experiencia, le cuenta a su abuelo los momentos vividos. Para su sorpresa, este, le relata su llegada a Buenos Aires proveniente desde Ucrania, junto a primos y hermanos en 1910 y la posterior apertura de un Circo en cercanías de dicho parque.
La casualidad sorprendió a la joven pareja, pero solo era el comienzo de una serie de acontecimientos insólitos por suceder.
David, el hijo de Abraham Mociulsky y heredero del enorme galpón donde alguna vez había funcionado la textil de su padre, y que desde los años 90 el edificio estaba totalmente abandonado, publicita el terreno en los clasificados del diario.
Cuando en el año 2004 Pablo, que busca un lugar para abrir “El club de trapecistas”, leyó el aviso y no tuvo más que apelar a su memoria y atar cabos para que el círculo se cerrara. Basto con contarle la historia a David, para que ésta siguiera su camino. No había mas que decir, el galpón de la calle Ferrari 252 volvería a ser el “Circo estrellas del Centenario”.
Hoy de su cúpula que mantiene la claraboya original, cuelgan alegres las nietas de Don Abraham en sus clases de trapecio. De la Fábrica quedo la estructura de 12 metros de altura, la caja fuerte cerrada y un “Viva Perón” manuscrito en el suelo, del viejo circo la sangre y la pasión de sus herederos.


Video de 1941 - inauguración del tinglado de la Textil

27 ene 2012

El peligro de llamarse Horacio


A veces la línea entre un Mito Urbano y un hecho real es muy delgada, por lo general el hecho real, va pasando de boca en boca, cambia los detalles, se enriquece, omite parte y finalmente se convierte en una leyenda urbana, adaptable a cada barrio según su Narrador.
El que les voy a contar hoy, pudo transcurrir en once, almagro o Villa crespo, la ubicación exacta no es relevante, o si….
Cuenta la leyenda, que en una Fábrica, estaban Trabajando dos Plomeros en la reparación del Tanque de Agua, los dos se llevaban muy mal y en reiteradas oportunidades sus discusiones superaban los límites racionales. Mientras reparaban este tanque, sucedió nuevamente una discusión, así que el plomero llamado Horacio, en un arranque de violencia empujo a su compañero dentro del tanque de agua, corrió su tapa y se retiro ofuscado del lugar. Su ira lo tenía enceguecido, tanto así que al salir y cruzar la calle fue arrollado por un colectivo y murió al instante. El personal de la fábrica, quedo conmocionado ante este hecho y no reparo en la ausencia del compañero de Horacio… Tiempo después los empleados de la fabrica comenzaron a enfermarse, todos tenían los mismos síntomas y descubrieron que esto ocurría  luego de tomar los mates o el te en su periodo de descanso, por lo que decidieron no beber mas agua “del tanque” . Luego de esta decisión, los empleados no enfermaron mas y el tema quedo relegado.
7 Años mas tarde y como tantas otras fabricas esta se cerro, el viejo edificio desmantelado fue puesto a Remate. El terreno, fue vendido y la empresa que compro el lugar lo puso en manos de un contratista llamado Horacio para que reciclara el lugar. En los planes de obra se encontraba la remoción del tanque de agua, como se trataba de un trabajo delicado por su tamaño, el mismo contratista decidió ponerse al frente de este desafío, así que ordeno desagotar el tanque, con su maza en mano dio el primer golpe para derribarlo, para su asombro,  la maza al perforar el tanque, se incrusto en el cráneo de  un cuerpo descompuesto, con horror ante la escena, y luego de seguir delante con la perforación, noto que en las paredes del tanque estaban las desesperadas marcas de arañazos y golpes denotando un intento de escape frustrado.
Las obras fueron suspendidas,  al tiempo Horacio el contratista fue hallado muerto en la piscina de una obra.
Dicen que todos los Horacio que pasan por la puerta de la fábrica ahora abandonada, pueden sentir una sensación de ahogo y  falta de aire,  y cuando están por recobrarlo ven salir  una luz a través de la puerta como si fuera el espíritu de alguien tratando de atacarlos.
No se si esta historia es real o un mito, pero ahora que lo pienso, si me llamara Horacio, la ubicación exacta, si seria relevante….