Siempre me caractericé por querer saber más sobre las historias que me contaban, sobre todo cuando me las contaban a medias y las acompañaban con un "eso es secreto" o un "es mejor que no lo sepas". En el caso de la siguiente historia, el detonante fue una frase distinta: "Mejor ahí no entres; no vas a querer ver lo que hay". Y claro está, eso fue motivación suficiente para investigar.
A principios de los años noventa, mientras estudiaba Periodismo, trabajaba en el área de prensa y difusión de una asociación civil dedicada a la prevención y el tratamiento de las adicciones, que había sido fundada por una familia en el año 66.
La institución ocupaba un amplio terreno formado por varias casas unidas a través del pulmón de manzana, con salidas tanto a la calle Guardia Vieja como a Pringles, en el barrio de Almagro. La extensa superficie albergaba diversas instituciones, todas dirigidas por miembros de la familia Calabrese.
En Guardia Vieja 4376 —donde actualmente funciona la Asociación Corigliano Calabro— se encontraba D.A.R.S.E., una institución dedicada a ayudar a las comunidades mapuches y dirigidas por Mariano Calabrese. En Pringles 947/945 funcionaba el Fondo de Ayuda Toxicológica, comandado por Alberto Calabrese (h), mientras que en el 951 estaba el Instituto de Terapia Genética, dedicado a la investigación y al tratamiento con ADN, a cargo del Dr. Calabrese, padre. (Hoy, en el terreno que ocupaban esas tres propiedades, se levantan dos edificios).
Todas las construcciones se comunicaban entre sí y convergían en un patio central que servía de paso hacia el sector de tratamiento, ubicado en un primer piso, y hacia un salón de actos que regularmente se prestaba a una asociación de inmigrantes chilenos para la realización de sus reuniones mensuales.
Al tratarse de una superficie tan grande y laberíntica, siempre había lugar para albergar nuevos emprendimientos y también para funcionar como depósito eventual de objetos pertenecientes a amigos y conocidos. Con ese fin existían dos depósitos: uno ocupaba el antiguo cuarto de la terraza y el otro se encontraba junto al patio mencionado. Este último era un galpón de altas e irregulares puertas de madera, pintadas de verde sintético, atravesadas por dos gruesas cadenas que pasaban por sendos orificios y se aseguraban con un enorme candado.
La medida resultaba desproporcionada si se tenía en cuenta que allí solo se almacenaban los artículos de limpieza, historias clínicas viejas, muebles en desuso, bártulos diversos y viejo material de cartelería y publicidad.
No era un lugar muy frecuentado por los empleados de las distintas instituciones. Encontrar algo entre aquel desorden era una tarea titánica, además de sumamente polvorienta.
La verdadera razón de aquel enorme candado solo la conocían los miembros de la familia. En las estanterías, ocultos dentro de antiguas cajas de cartón, permanecían escondidos desde hacía años los espantos del doctor Domínguez.
Amigos para la aventura
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| Calabrese y Dominguez |
El Dr. Calabrese y el Dr. Domínguez eran amigos desde jóvenes. Ambos habían trabajado juntos en diversas instituciones médicas, como el Hospital Pediátrico Pedro Elizalde, la Maternidad Sardá y el Hospital de Clínicas. Si bien cada uno ejercía una rama distinta de la medicina —Calabrese era médico clínico e investigador, mientras que Domínguez era cirujano infantil especializado en malformaciones congénitas—, con el paso de los años forjaron una sólida amistad.
Tan estrecho era ese vínculo que Domínguez no dudó en pedirle a Calabrese que custodiara su valioso tesoro, rescatado de los volquetes de demolición del Hospital de Clínicas durante la década de 1970. Aquel tesoro sobrevivió a tres mudanzas y permaneció, tras la muerte de ambos, como parte de una herencia, hasta encontrar finalmente su morada definitiva a metros de donde fue hallado.
Génesis
El hospital de clínicas comienza su construcción en 1877
en la manzana delimitada por las avenidas Córdoba
y Juan José Domínguez (actual Paraguay), y las calles Junín y Uriburu. En ese predio había funcionado el regimiento de Patricios y la Facultad de Medicina.
En 1881 Se habilita de urgencia como hospital militar para atender a los heridos de las batallas por la federalización de Buenos Aires.
Finalmente en 1884 El 1 de marzo abre formalmente sus puertas al público general y a la docencia universitaria.
En 1927 y con solo 43 años desde la inauguración oficial, se sanciona la Ley 11.391 que ordena la construcción de un nuevo edificio adaptado a la medicina moderna, justo enfrente de la sede original.
La Colocación de la piedra fundamental se realiza en 1949 y Se inicia formalmente la construcción del rascacielos hospitalario actual (Av. Córdoba 2351), diseñado por el arquitecto Sebastián Ghigliazza.
Para 1960 Comienzan a trasladarse los primeros servicios médicos al nuevo edificio en torre de 135 metros de altura. Para concluir en 1971 la mudanza de todas las cátedras y salas de internación.
Demoliendo mitos
El 7 de febrero de 1975 comenzaron formalmente los trabajos de demolición del viejo Hospital de Clínicas. El proyecto inicial contemplaba, de manera ambiciosa, la conservación de aquellos pabellones del siglo XIX que poseían un alto valor histórico y arquitectónico. Sin embargo, poco tiempo después de iniciadas las tareas, la obra quedó abandonada debido a la inestabilidad política y económica del país, y el predio terminó convertido en un terreno baldío, cubierto de escombros y alimañas.
Con la llegada de la dictadura militar, en 1976, la entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires redefinió por completo el destino de la manzana. Se canceló definitivamente el plan de preservar los pabellones históricos del hospital y se procedió a su vaciamiento y posterior demolición. Los volquetes apostados en las inmediaciones del predio fueron rápidamente colmados con mobiliario antiguo, equipamiento obsoleto y demás cuestiones.
Fue entonces cuando comenzó a circular la versión de que también se habían descartado residuos patológicos y piezas únicas utilizadas como material de estudio.
En 1980 fue inaugurada la Plaza Dr. Bernardo A. Houssay. Ese mismo año, la restaurada capilla —única sobreviviente de la demolición— fue cedida formalmente al Arzobispado de Buenos Aires, convirtiéndose en la primera Parroquia Universitaria San Lucas, destinada a la comunidad de las facultades de Medicina, Odontología y Ciencias Económicas que rodean el predio.
Domínguez el salvador
Lo cierto es que el Dr. Domínguez, quien trabajaba en el nuevo edificio del Hospital de Clínicas, pasaba todos los días frente a los volquetes. Grande fue su espanto cuando vio asomar entre los escombros, muestras patológicas junto con otras piezas de estudio que conocía muy bien, ya que pertenecían a su área de especialización.
Lo primero que pensó al descubrirlas fue en cómo rescatarlas. Sin dudarlo, se aventuró a sacarlas del contenedor y cargarlas en su automóvil. Sin embargo, eran demasiadas y no tenía dónde guardarlas.
Fue entonces cuando pidió ayuda a su amigo, el Dr. Calabrese, quien en 1964 había creado el Fondo de Ayuda Toxicológica, que inicialmente funcionó en la Cátedra de Toxicología de la UBA. Para ese entonces, la institución ya contaba con una sede propia en una casona de la calle Guardia Vieja 4366, en el barrio de Almagro, donde había espacio suficiente para conservarlas hasta decidir cuál sería su destino definitivo. Calabrese no lo dudó y dio resguardo a aquel inusual tesoro.
Las Mudanzas
En la segunda mitad de los años 80, la institución se muda a su nueva sede, ubicada a pocos metros de la anterior. Durante la mudanza aparecen las reliquias de Domínguez, que habían quedado olvidadas en el sótano de la casona. Sin decidir aún dónde donarlas, son trasladadas al nuevo domicilio que, como contamos al principio, constaba de cuatro propiedades unidas entre sí.
Su primer destino es el sector correspondiente a la Fundación DARCE, que ocupaba el frente de la calle Guardia Vieja, era lindero al domicilio anterior y el menos concurrido, ya que allí se almacenaban las donaciones destinadas a las comunidades mapuches.
Pero en 1991 los dueños de esa propiedad deciden vender el terreno, y el mobiliario junto con los demás objetos son trasladados a los depósitos de la calle Pringles. Al mismo tiempo, se clausura la puerta que comunicaba ambas propiedades.
Para ese entonces yo ya trabajaba en la fundación y mi oficina (que compartía con Susana, la nuera del Dr. Domínguez) era lindera al depósito en cuestión. Generalmente entraba sin problemas, ya que la cadena solía estar colgando y el candado, abierto. Pero un día eso cambió y la puerta permaneció siempre cerrada.
Las llaves las tenía Arias, el encargado de mantenimiento, un provinciano grandote y bonachón que cuidaba celosamente cada rincón de la institución.
El, fue el primero en decirme:
—Tengo orden de que no entre nadie.
Como todo tiene un porqué y las cosas no cambian porque sí, me dirigí a mi jefe inmediato, Mariano, y le pregunté qué había pasado. Me respondió que durante la mudanza había llegado "algo" y que estaba guardado ahí. Ante mi insistencia, agregó:
—Te conviene no verlo porque te vas a espantar.
Sin lugar a dudas, lo peor que se le puede hacer a una aprendiz de periodista es sembrarle una duda. Joven y preguntona, seguí insistiendo. Esta vez la respuesta fue:
—No lo tiene que ver ninguna mujer porque le puede hacer mal.
No conforme con la explicación, recurrí a Fernando, el nieto del Dr. Calabrese, que oficiaba de cadete multipropósito y había sido uno de los encargados de acomodar las cosas en el depósito. Con la confianza y la impunidad que nos permitía la edad —ambos teníamos 19 años— lo encaré y le pregunté qué había allí.
La respuesta fue concreta:
—Los frascos de Domínguez. ¿Querés verlos?
Luego de conseguir la llave, nos aventuramos en el depósito y, sorteando muebles y cajas polvorientas, llegamos hasta una estantería apoyada contra la pared del fondo. Envueltos en papel de diario, Fernando comenzó a sacar antiguos frascos con formol que contenían bebés fallecidos al nacer con malformaciones congénitas; rectángulos de acrílico que resguardaban pequeñas momias de dos cabezas; fetos disecados de tres piernas, y un muestrario infinito de cuerpos cortados en fetas y colocados entre vidrios para su estudio. Las fechas, escritas a máquina sobre papeles amarillentos por el paso del tiempo, eran todas anteriores a 1900.
Todas esas piezas me recordaron a las que había visto años antes en el museo de la Morgue Judicial. No me impresionaron, pero hasta el día de hoy recuerdo aquellos cuerpos inertes flotando en formol, que parecían hechos de plastilina.
Salí de ahí alucinada y no pude evitar confesar la travesura con un:
—¿Tanto lío por eso?
Pasaron los años. Yo cambié de trabajo, pero siempre seguí en contacto con los miembros de la institución.
Destino final
El 27 de octubre de 1998 el Dr. Calabrese fallece a los 86 años. Unos años más tarde también muere el Dr. Domínguez.
Con la llegada de 2001 y en plena crisis, el dueño de las propiedades decide venderlas. La fundación, que no contaba con el capital necesario para comprarlas, debe encarar una nueva mudanza. Esta vez se traslada a la calle Sarmiento 4470, esquina Pringles, a una casa alta de dos pisos que pertenecía a otra institución al borde de la extinción. Para afrontar los gastos deciden compartir el espacio.
No fue una tarea sencilla trasladar todo lo acumulado durante tantos años a un lugar tan reducido. En medio de ese trabajo, al comenzar a vaciar el depósito, vuelven a encontrarse con lo que para entonces ya era la herencia olvidada del Dr. Domínguez.
Ante la encrucijada de qué hacer con ese material, comprendieron que no podían llevárselo, pero tampoco arrojarlo a un volquete. Entonces decidieron trasladarlo a la casa de quien para ese momento ya era la ex nuera del Dr. Domínguez y depositar las cajas en el living, con la premisa de que las custodiara y la promesa de retirarlas a la brevedad, una vez que decidieran cuál sería su destino final.
Imposibilitada de negarse frente al hecho consumado, Susana convivió durante un largo e interminable mes con los espantos del Dr. Domínguez.
Finalmente, Calabrese (h) consiguió que la Facultad de Medicina aceptara quedarse con aquel material de estudio.
Después de treinta años, aquellas piezas volvieron a escasos metros del lugar de donde habían sido rescatadas heroicamente por un hombre que entendió que no podían terminar en la basura. Que destruir la historia nunca debía ser una opción y que esos cuerpos deformes habían sido preservados para cumplir con la misión que les fue encomendada: servir como material de estudio para evitar que su historia se repita.




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