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11 jul 2026

Los espantos del Dr. Dominguez

Siempre me caractericé por querer saber más sobre las historias que me contaban, sobre todo cuando me las contaban a medias y las acompañaban con un "eso es secreto" o un "es mejor que no lo sepas". En el caso de la siguiente historia, el detonante fue una frase distinta: "Mejor ahí no entres; no vas a querer ver lo que hay". Y claro está, eso fue motivación suficiente para investigar. 

A principios de los años noventa, mientras estudiaba Periodismo, trabajaba en el área de prensa y difusión de una asociación civil dedicada a la prevención y el tratamiento de las adicciones, que había sido fundada por una familia en el año 66.

La institución ocupaba un amplio terreno formado por varias casas unidas a través del pulmón de manzana, con salidas tanto a la calle Guardia Vieja como a Pringles, en el barrio de Almagro. La extensa superficie albergaba diversas instituciones, todas dirigidas por miembros de la familia Calabrese.

En Guardia Vieja 4376 —donde actualmente funciona la Asociación Corigliano Calabro— se encontraba D.A.R.S.E., una institución dedicada a ayudar a las comunidades mapuches y dirigidas por Mariano Calabrese. En Pringles 947/945 funcionaba el Fondo de Ayuda Toxicológica, comandado por Alberto Calabrese (h), mientras que en el 951 estaba el Instituto de Terapia Genética, dedicado a la investigación y al tratamiento con ADN, a cargo del Dr. Calabrese, padre. (Hoy, en el terreno que ocupaban esas tres propiedades, se levantan dos edificios).

Todas las construcciones se comunicaban entre sí y convergían en un patio central que servía de paso hacia el sector de tratamiento, ubicado en un primer piso, y hacia un salón de actos que regularmente se prestaba a una asociación de inmigrantes chilenos para la realización de sus reuniones mensuales.

Al tratarse de una superficie tan grande y laberíntica, siempre había lugar para albergar nuevos emprendimientos y también para funcionar como depósito eventual de objetos pertenecientes a amigos y conocidos. Con ese fin existían dos depósitos: uno ocupaba el antiguo cuarto de la terraza y el otro se encontraba junto al patio mencionado. Este último era un galpón de altas e irregulares puertas de madera, pintadas de verde sintético, atravesadas por dos gruesas cadenas que pasaban por sendos orificios y se aseguraban con un enorme candado.

La medida resultaba desproporcionada si se tenía en cuenta que allí solo se almacenaban los artículos de limpieza, historias clínicas viejas, muebles en desuso, bártulos diversos y viejo material de cartelería y publicidad.

No era un lugar muy frecuentado por los empleados de las distintas instituciones. Encontrar algo entre aquel desorden era una tarea titánica, además de sumamente polvorienta.

La verdadera razón de aquel enorme candado solo la conocían los miembros de la familia. En las estanterías, ocultos dentro de antiguas cajas de cartón, permanecían escondidos desde hacía años los espantos del doctor Domínguez.

Amigos para la aventura

Calabrese y Dominguez

El Dr. Calabrese y el Dr. Domínguez eran amigos desde jóvenes. Ambos habían trabajado juntos en diversas instituciones médicas, como el Hospital Pediátrico Pedro Elizalde, la Maternidad Sardá y el Hospital de Clínicas. Si bien cada uno ejercía una rama distinta de la medicina —Calabrese era médico clínico e investigador, mientras que Domínguez era cirujano infantil especializado en malformaciones congénitas—, con el paso de los años forjaron una sólida amistad.

Tan estrecho era ese vínculo que Domínguez no dudó en pedirle a Calabrese que custodiara su valioso tesoro, rescatado de los volquetes de demolición del Hospital de Clínicas durante la década de 1970. Aquel tesoro sobrevivió a tres mudanzas y permaneció, tras la muerte de ambos, como parte de una herencia, hasta encontrar finalmente su morada definitiva a metros de donde fue hallado.

Génesis

El hospital de clínicas comienza su construcción en 1877 en  la manzana delimitada por las avenidas Córdoba y Juan José Domínguez (actual Paraguay), y las calles Junín y Uriburu. En ese predio había funcionado el regimiento de Patricios y la Facultad de Medicina.

En 1881 Se habilita de urgencia como hospital militar para atender a los heridos de las batallas por la federalización de Buenos Aires.

Finalmente en 1884  El 1 de marzo abre formalmente sus puertas al público general y a la docencia universitaria.

En  1927 y con solo 43 años desde la inauguración oficial, se sanciona la Ley 11.391 que ordena la construcción de un nuevo edificio adaptado a la medicina moderna, justo enfrente de la sede original.

La Colocación de la piedra fundamental se realiza en 1949 y  Se inicia formalmente la construcción del rascacielos hospitalario actual (Av. Córdoba 2351), diseñado por el arquitecto Sebastián Ghigliazza.

Para 1960 Comienzan a trasladarse los primeros servicios médicos al nuevo edificio en torre de 135 metros de altura. Para concluir en 1971 la mudanza de todas las cátedras y salas de internación.

Demoliendo mitos

El 7 de febrero de 1975 comenzaron formalmente los trabajos de demolición del viejo Hospital de Clínicas. El proyecto inicial contemplaba, de manera ambiciosa, la conservación de aquellos pabellones del siglo XIX que poseían un alto valor histórico y arquitectónico. Sin embargo, poco tiempo después de iniciadas las tareas, la obra quedó abandonada debido a la inestabilidad política y económica del país, y el predio terminó convertido en un terreno baldío, cubierto de escombros y alimañas.

Con la llegada de la dictadura militar, en 1976, la entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires redefinió por completo el destino de la manzana. Se canceló definitivamente el plan de preservar los pabellones históricos del hospital y se procedió a su vaciamiento y posterior demolición. Los volquetes apostados en las inmediaciones del predio fueron rápidamente colmados con mobiliario antiguo, equipamiento obsoleto y demás cuestiones.

Fue entonces cuando comenzó a circular la versión de que también se habían descartado residuos patológicos y piezas únicas utilizadas como material de estudio.

En 1980 fue inaugurada la Plaza Dr. Bernardo A. Houssay. Ese mismo año, la restaurada capilla —única sobreviviente de la demolición— fue cedida formalmente al Arzobispado de Buenos Aires, convirtiéndose en la primera Parroquia Universitaria San Lucas, destinada a la comunidad de las facultades de Medicina, Odontología y Ciencias Económicas que rodean el predio.

Domínguez el salvador

Lo cierto es que el Dr. Domínguez, quien trabajaba en el nuevo edificio del Hospital de Clínicas, pasaba todos los días frente a los volquetes. Grande fue su espanto cuando vio asomar entre los escombros, muestras patológicas  junto con otras piezas de estudio que conocía muy bien, ya que pertenecían a su área de especialización.

Lo primero que pensó al descubrirlas fue en cómo rescatarlas. Sin dudarlo, se aventuró a sacarlas del contenedor y cargarlas en su automóvil. Sin embargo, eran demasiadas y no tenía dónde guardarlas.

Fue entonces cuando pidió ayuda a su amigo, el Dr. Calabrese, quien en 1964 había creado el Fondo de Ayuda Toxicológica, que inicialmente funcionó en la Cátedra de Toxicología de la UBA. Para ese entonces, la institución ya contaba con una sede propia en una casona de la calle Guardia Vieja 4366, en el barrio de Almagro, donde había espacio suficiente para conservarlas hasta decidir cuál sería su destino definitivo. Calabrese no lo dudó y dio resguardo a aquel inusual tesoro.

Las Mudanzas

En la segunda mitad de los años 80, la institución se muda a su nueva sede, ubicada a pocos metros de la anterior. Durante la mudanza aparecen las reliquias de Domínguez, que habían quedado olvidadas en el sótano de la casona. Sin decidir aún dónde donarlas, son trasladadas al nuevo domicilio que, como contamos al principio, constaba de cuatro propiedades unidas entre sí.

Su primer destino es el sector correspondiente a la Fundación DARCE, que ocupaba el frente de la calle Guardia Vieja, era lindero al domicilio anterior y  el menos concurrido, ya que allí se almacenaban las donaciones destinadas a las comunidades mapuches.

Pero en 1991 los dueños de esa propiedad deciden vender el terreno, y el mobiliario junto con los demás objetos son trasladados a los depósitos de la calle Pringles. Al mismo tiempo, se clausura la puerta que comunicaba ambas propiedades.

Para ese entonces yo ya trabajaba en la fundación y mi oficina (que compartía con Susana, la nuera del Dr. Domínguez) era lindera al depósito en cuestión. Generalmente entraba sin problemas, ya que la cadena solía estar colgando y el candado, abierto. Pero un día eso cambió y la puerta permaneció siempre cerrada.

Las llaves las tenía Arias, el encargado de mantenimiento, un provinciano grandote y bonachón que cuidaba celosamente cada rincón de la institución. 

El,  fue el primero en decirme:

—Tengo orden de que no entre nadie.

Como todo tiene un porqué y las cosas no cambian porque sí, me dirigí a mi jefe inmediato, Mariano, y le pregunté qué había pasado. Me respondió que durante la mudanza había llegado "algo" y que estaba guardado ahí. Ante mi insistencia, agregó:

—Te conviene no verlo porque te vas a espantar.

Sin lugar a dudas, lo peor que se le puede hacer a una aprendiz de periodista es sembrarle una duda. Joven y preguntona, seguí insistiendo. Esta vez la respuesta fue:

—No lo tiene que ver ninguna mujer porque le puede hacer mal.

No conforme con la explicación, recurrí a Fernando, el nieto del Dr. Calabrese, que oficiaba de cadete multipropósito y había sido uno de los encargados de acomodar las cosas en el depósito. Con la confianza y la impunidad que nos permitía la edad —ambos teníamos 19 años— lo encaré y le pregunté qué había allí.

La respuesta fue concreta:

—Los frascos de Domínguez. ¿Querés verlos?

Luego de conseguir la llave, nos aventuramos en el depósito y, sorteando muebles y cajas polvorientas, llegamos hasta una estantería apoyada contra la pared del fondo. Envueltos en papel de diario, Fernando comenzó a sacar antiguos frascos con formol que contenían bebés fallecidos al nacer con malformaciones congénitas; rectángulos de acrílico que resguardaban pequeñas momias de dos cabezas; fetos disecados de tres piernas, y un muestrario infinito de cuerpos cortados en fetas y colocados entre vidrios para su estudio. Las fechas, escritas a máquina sobre papeles amarillentos por el paso del tiempo, eran todas anteriores a 1900.

Todas esas piezas me recordaron a las que había visto años antes en el museo de la Morgue Judicial. No me impresionaron, pero hasta el día de hoy recuerdo aquellos cuerpos inertes flotando en formol, que parecían hechos de plastilina.

Salí de ahí alucinada y no pude evitar confesar la travesura con un:

—¿Tanto lío por eso?

Pasaron los años. Yo cambié de trabajo, pero siempre seguí en contacto con los miembros de la institución.

Destino final

El 27 de octubre de 1998 el Dr. Calabrese fallece a los 86 años. Unos años más tarde también muere el Dr. Domínguez.

Con la llegada de 2001 y en plena crisis, el dueño de las propiedades decide venderlas. La fundación, que no contaba con el capital necesario para comprarlas, debe encarar una nueva mudanza. Esta vez se traslada a la calle Sarmiento 4470, esquina Pringles, a una casa alta de dos pisos que pertenecía a otra institución al borde de la extinción. Para afrontar los gastos deciden compartir el espacio.

No fue una tarea sencilla trasladar todo lo acumulado durante tantos años a un lugar tan reducido. En medio de ese trabajo, al comenzar a vaciar el depósito, vuelven a encontrarse con lo que para entonces ya era la herencia olvidada del Dr. Domínguez.

Ante la encrucijada de qué hacer con ese material, comprendieron que no podían llevárselo, pero tampoco arrojarlo a un volquete. Entonces decidieron trasladarlo a la casa de quien para ese momento ya era la ex nuera del Dr. Domínguez y depositar las cajas en el living, con la premisa de que las custodiara y la promesa de retirarlas a la brevedad, una vez que decidieran cuál sería su destino final.

Imposibilitada de negarse frente al hecho consumado, Susana convivió durante un largo e interminable mes con los espantos del Dr. Domínguez.

Finalmente, Calabrese (h) consiguió que la Facultad de Medicina aceptara quedarse con aquel material de estudio.

Después de treinta años, aquellas piezas volvieron a escasos metros del lugar de donde habían sido rescatadas heroicamente por un hombre que entendió que no podían terminar en la basura. Que destruir la historia nunca debía ser una opción y que esos cuerpos deformes habían sido preservados para cumplir con la misión que les fue encomendada: servir como material de estudio para evitar que su historia se repita.

6 jun 2026

Habitantes de Bs. As. TV

Junto con los amigos de Subteradio, dimos vida a "Habitantes de Bs. AS. Tv" un canal de YouTube donde  contamos las historias de forma oral y con soporte de imágenes y videos ilustrativos. Ya podes ver y acompañar esta propuesta.





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8 mar 2022

Mi gran noche

Madrugadas con el Petiso Orejudo

Los que me conocen saben, que además de este vicio de narrar historias irrelevantes, también tengo el de la actuación. A veces, solo a veces, los planetas se alinean y por medio de esta última accedo a lugares con grandes historias, que de otra manera seria muy difícil recorrer con total libertad.
Este fue el caso del Instituto Félix Bernasconi, ubicado en Parque Patricios, entre las calles Catulo Castillo, Catamarca, Esteban de Luca y Rondeau. Desde que me mude al barrio hace 3 años, cada vez que paso por alguno de sus laterales, no puedo dejar de admirar el imponente palacio porteño y añorar el conocerlo por dentro. No solo por su arquitectura, sino por las historias del predio antes que este se erigiera y la leyenda del alma que habita el lugar.

Era un fin de semana de Febrero y junto con 3 actores más (Horacio Marassi, Agustina D' Alessandro y Christian Grilli ), fuimos convocados Por Julieta Zapiola para rodar una producción en el mencionado Instituto. Cuando me llego la citación y me contaron el lugar, tengo que reconocer que se me ilumino el rostro,  el cual se fue apagando cuando leí el horario, de 17 a 4am..  Mas allá de lo cansador que pueden ser los rodajes nocturnos, yo contaba con la información de los hechos que habían acontecido en el lugar en 1912 y que aparentemente seguían atormentando a los guardias nocturnos del imponente palacete de 4 pisos, subsuelo, terraza y dos alas.

Sobre la producción a rodarse no puedo dar muchos detalles ya que al momento de escribir este relato, la misma no se estreno y está vigente el convenio de confidencialidad, pero si voy a decir que la trama ocurría en un psiquiátrico un tanto aterrador.

Una vez en el lugar y entrando en confianza con mis colegas y con parte del equipo técnico, no pude evitar comenzar a contarles lo que sabía sobre el mito, tal vez y solo tal vez,  no fue tan buena idea…


Los terrenos

Mapa de 1895

Originalmente en los terrenos que abarcaban 8 manzanas, se emplazaba la estancia “El Eden”, perteneciente a Facundo Moreno, el presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires y padre de Francisco Pascasio Moreno, Perito de la frontera de Argentina y Chile. La estancia albergaba un inmenso patrimonio cultural, que constaba de un museo privado, con las colecciones del perito, una biblioteca con mas de 2800 volúmenes y una pinacoteca.
Por su amor a la naturaleza, Francisco habría plantado en 1872, un aguaribay (árbol de pimienta) que aún se conserva en el terreno y fue declarado como árbol histórico nacional en 1940.
En las tardes de verano Don Francisco abría los portones de rejas de su quinta para que los niños humildes pudieran deleitarse con los manjares de frutas frescas. El Perito decía: “Donde el trabajo y la escuela reinan, la cárcel se cierra”. Para 1900 había montado lo que en nuestros días conoceríamos como un comedor comunitario infantil, que daba un plato de sopa diario a 200 niños carenciados del barrio de “las latas”. En 1904 creó los comedores escolares donde, diariamente, se servían 350 platos de sopa costeados por él. Para hacer frente a los gastos, vendió las tierras que el Gobierno argentino le otorgó como reconocimiento por su trabajo como perito de límites.
Pero las arcas se iban agotando. Luego de la muerte de su esposa y 4 de sus hijos, y con los 3 restantes estudiando en Europa, comenzó poco a poco a alquilar y vender sus otras propiedades para solventar los gastos.

En la fracción del lote en cuestión, funcionó por un breve período de tiempo el horno de ladrillos “La Americana”, hasta que el espacio luego fue comprado por el Consejo Nacional de Educación, en más de un millón de pesos, a la familia Moreno en 1918 para instalar allí el Instituto.
En 1919 y luego de ser diagnosticado con una angina de pecho, el Perito Moreno fallece a los 67 años.
La piedra fundamental del Bernasconi, fue colocada en 1921 por el arquitecto Juan Waldorp. El edificio finalmente estuvo terminado 8 años después en 1929.

Los hechos trágicos

Corría el año 1912 y en los terrenos de la estancia el edén, ya loteados y con calles delineadas, como mencione antes, funcionaba el Horno de Ladrillos “La americana” el pedio estaba circundado por una cerca de chapas improvisadas y entre los matorrales se encontraban los hornos.

En la calle el progreso 2185 (actual Catulo Castillo) vivía el niño Gesualdo Giordano de 3 años de edad. Era costumbre en ese tiempo que los niños salieran a jugar a la a la calle.
A pocas cuadras de ahí en Urquiza 1970, vivía Cayetano Santos Godines, el primer asesino serial reconocido de Argentina.
Esa mañana del 3 de diciembre, Gesualdo sería su última víctima fatal. El lugar elegido para el asesinato fue el tan mencionado terreno, donde alguna vez el Perito Moreno se ocupo de alimentar y cuidar a niños como Gesualdo o el mismo Cayetano que para entonces tenia 16 años.
Luego de cometer el asesinato salió del terreno y se encontró con el padre de su victima, quien le pregunto si lo había visto, Godines lo negó y le sugirió que fuera a la policía, pero el desesperado padre recordó lo que una niña que jugaba con su hijo le dijo: se fue con un “petiso orejudo” a comprar caramelos. El padre del niño lo reconoció por sus características físicas y corrió tal como le sugirió el asesino a contárselo a la policía.
En el ínterin, Godines volvió al lugar del hecho e introdujo con ayuda de una piedra un clavo en la frente de pequeño para asegurarse que estaba muerto.
La tragedia salió en los diarios y eso lo tentó a presentarse en el velatorio y tocar la frente de su víctima para cotejar si el clavo seguía ahí, porque la prensa no lo mencionaba.

El policía que había tomado la denuncia lo vio en el velorio, decidió seguirlo y detenerlo. En su poder tenia parte de la soga que uso para ahorcarlo y el recorte del periódico. Fue arrestado y encarcelado en la antigua cárcel donde hoy se encuentra el parque Las Heras, luego llevado a la prisión del fin del mundo en Ushuaia donde murió en 1944.


La Leyenda

Cuentan los viejos del barrio que por los pasillos del Bernasconi, por las noches se escucha corretear a un niño que juega traviesamente por las instalaciones, pero no sería el único.
A finales de la década del 40 algo inexplicable sucedió. En una vieja pared en el teatro que se encuentra en el primer piso del instituto, ubicada tras bambalinas y tapada con un telón, se encuentran unas misteriosas letras talladas, las cuales, asegura el mito, se tratarían de alguna clase de brujería que al leerlas surge el espíritu de Cayetano Santos Godino, alias el Petiso Orejudo.


En busca de la verdad: Dia 1

La primera noche nos tocaba filmar en el tercer piso. Nuestra base se encontraba en planta baja donde la entrada de Catulo Castillo. Para acceder al set había que subir por unos viejos asesores arcaicos que se encontraba en los extremos del edificio y que según un cartel mal colgado, tenían capacidad para 12 adultos o 20 niños. Una vez en el tercer piso había que cruzar un largo pasillo poco iluminado, que nos conducía al extremo opuesto del edificio. El equipo de trabajo era grande, entre técnicos, actores, productores, vestuaristas, maquilladores, catering, limpieza y seguridad seriamos 40 personas. Nunca nadie estaba solo, simplemente porque no había oportunidad.
Mi excitación por conocer el lugar estaba a tope y me ocupaba de indagar donde quedaba el teatro, si podíamos entrar a verlo y en que otros lugares íbamos a filmar. En mi emoción le conté a mis colegas y equipo que estaban con nosotros, sobre la leyenda y mi objetivo de ir a corroborar el mito de la pared, pero lamentablemente no recordaba con exactitud qué era lo que tenía que buscar, porque hacía muchos años que había leído sobre el tema.
Las horas fueron pasando y entre toma y toma, trataba de curiosear lo más que se podía, pero la oscuridad de la noche en los pasillos lo complicaba.
A medida que fueron pasando las horas, el rumor de la leyenda se fue propagando entre el equipo y algunos preferían esperar compañía para utilizar los ascensores.
Esa noche no escuchamos ningún ruido fuera de lo normal, tal vez porque nosotros los tapábamos con nuestros propios ruidos, tampoco vimos sobras, quizás porque los reflectores y las maquinas de humo las generaban. Se había creado un ambiente que asustaba a cualquier fantasma.
Me fui a casa al terminar la jornada, cansada y un poco desilusionada por no haber podido indagar nada.

Pasaron Cosas: Dia 2

Al día siguiente la situación era más temprano y con el sol acompañando, iba a ser una jornada larga como la anterior, pero a pesar del cansancio y el mal dormir por el cambio de horario, llegue a set más temprano de lo solicitado. Me habían dicho que ese día se filmaba en el primer piso y la ansiedad me estaba matando.
Mientras esperaba para entrar a maquillaje, note caras nuevas que no parecían pertenecer a la producción, sino a la institución. El día anterior me habían contado de un museo en el primer piso y decidí preguntar a la gente del colegio si se podía visitar. La respuesta fue un rotundo no.
Resulta que en el colegio funcionan 6 colegios y todos con directivos distintos y el museo pertenece a otra jurisdicción. Cada sector está cerrado con 7 llaves y casi como que era un milagro que nos hubiera permito entrar. Antes de ir a maquillaje, me asegure de hacerme un plano metal de los lugares de interés que quería intentar ver basado en el relato del amable cuidador, que resulto ser el presidente de la cooperadora.
Una vez en maquillaje, se acerca alguien del equipo y comienzan a contarme que la noche anterior le habían hablado del fantasma y las letras… Quien habrá sido pensé… al parecer la mitad del equipo estaba aterrorizado con el relato.

Invocando al petiso

Finalmente llego el momento en que pude alejarme del grupo y escabullirme al primer piso para intentar acceder al teatro. En el foullie estaban preparando el set para filmar. Mientras entraban equipos y arte hacia lo suyo, me escabullí a la biblioteca que parecía salida de una peli en si y trate de mirar cada detalle del lugar que me tenia fascinada. Pero mi objetivo real era llegar al teatro, que si bien no se iba a utilizar en el rodaje, tenia uno de sus accesos abiertos para que por los ventanales pudiera disiparse el humo de las maquinas de efectos.
Como un perro comencé a dar vueltas por el lugar, pero no me animaba a entrar para que no me llamaran la atención, así que tuve que esperar al llamado del rodaje y ahí si, con la complicidad involuntaria de mis compañeros, entrar los 4 a curiosear el lugar. Apenas entramos me preguntaron si iba a buscar las letras, no tuvieron que insistir demasiado que ya estaba arriba del escenario y dirigiéndome tras bambalinas.

Por algún motivo se había instalado en mi memoria, que lo que tenia que buscar eran las iníciales CSG. Entre por el lado izquierdo y lo primero que vi fue una inscripción en vertical sobre una columna de la pared, estaba tallada en el cemento pero por mas que lo intente no pude descifrar lo que decía, era como una palabra sin sentido, un conjunto de letras que no decían nada.
Con ayuda de la luz del móvil recorrí la pared para ver si encontraba algo, pero mi desilusión no tardo en llegar cuando vi que no tenía nada fuera de lo normal…
Salí entonces cabeza gacha, mientras me iba cruzando con actores, productores y técnicos que me preguntaban si había encontrado las iníciales…

No estamos solos

Pasaron varias horas de espera hasta que nos toco volver a filmar en el piso 4 donde fue la primera jornada. Esa tarde, calculo que media noche y ya estábamos cansados por la espera.
Nos dirigimos al ascensor que usábamos siempre y en el viaje alguien nuevamente me pregunto por el teatro, -nada, respondí, es solo una leyenda. Fue justo ahí que el ascensor se detiene y las dos grandes y pesadas puertas internas comienzan a temblar, se entreabrían y cerraban sin parar, por más que tocaban los botones del tablero no cesaban y el ascensor comenzó a zozobrar. Es el Petiso Orejudo! Exclame, no era un mito! La reacción de mis compañeros de viaje fue variada, algún se asusto, otro me puteo, otro rió y estaba el que prefirió llamar a la reflexión con un Che, no jodamos con el Petiso!. En ese momento, reino la paz y las puertas se abrieron amablemente ante nuestras miradas para que podamos salir del endemoniado ascensor.

Efectos colaterales

Foto de la inscripción 
enviada por Daniel
La jornada termino tranquila, cada tanto recordando que no había que joder con el petiso y lamentándome por no haber encontrado las letras. Esa noche llegue a casa de madrugada y mas cansada que el día anterior. Al medio día siguiente después de un café cargado para despabilarme, me senté en la pc dispuesta a encontrar el texto que hablaba de las iníciales en el teatro, cuando finalmente lo encontré y lo leí, termine de despabilarme.
Las iníciales no eran tales, sino se referían a la escritura vertical que vi apenas entre y hacían referencia especifica que no había que leerlas, porque eso era lo que invocaba al petiso, claro está que no solo trate de leerla una vez, sino varias y desistí cuando vi que esa extraña palabra no significaba nada, al menos para mí.
Lo primero que pensé es: como no le saque una foto! Le mande un mensaje a Julieta la productora y le conté lo sucedido, no podía creerme, parecía que la estaba contando una fabula. Tengo que escribir la historia, le dije, pero necesito esa foto para que sea creíble.

Foto 2 enviada por Daniel
Por suerte el amable presidente de la cooperadora Daniel Gallardo, me paso su teléfono, ya que habíamos hablado de este blog y se mostro interesado. La secuencia fue sencilla: Le pregunte si podía ir a sacar fotos, me menciono que hacían falta permisos, me contacto con la secretaría, la secretaria me pidió que envié un mail detallando el proyecto, cv, antecedente y un pedido formal de permiso para ingresar. Volví a llamar a Daniel y fui lo mas sincera que se puede ser en estos casos. Soy una boluda! le dije, buscaba algo, lo vi, y no me di cuenta que era lo que buscaba hasta hoy. Por favor podes sacarle una foto vos a la pared y pasármela… Lo voy a intentar, me respondió, no es fácil que abran el teatro porque si. Tal vez mañana o pasado.
Paso casi un mes y esta historia había quedado a medias porque en el fondo sentía que sin la foto sonaba a chamuyo, hasta que llego un mensaje ya inesperado, que contenía dos fotos y disculpas por la tardanza - Recién hoy pude entran porque vinieron a filmar... 
La primer foto era la esperada, en la segunda  podían leerse 2 letras sueltas, P X… sobre ellas y escondido en las alturas un hombre que nos mira.

 

12 jun 2016

El ladrón del tiempo

En junio de 1974, Sidy y Gregorio, dos estudiantes que lo habían conocido en un bar cerca de la facultad de filosofía, le regalaron por su cumpleaños una libreta con índice , pero como no tenia teléfonos que agendar, decidió darle un uso mejor. Luego ellos escribirían en una de sus hojas “para que siempre recuerden a los culpables” (nosotros le regalamos la primer libreta).
Se referían a la primera de muchas, en 3 años lleno 60 donde escribieron alrededor de 20.000 personas, y de las cuales se editaron 2 libros.

Jose Rosenwasser era un inmigrante Polaco que llego a Bs. As. en 1926 con solo 15 años. Venia con una historia a cuestas de padre suicida, madre abandónica y un tío golpeador. La vida no le había sido fácil y su educación solo llego hasta cuarto grado.
Desde pequeño conoció el oficio de Herrero y pulidor, el mismo que lo acompaño durante 50 años hasta que le llego la jubilación. En los malos tiempos se hacia un extra atendiendo por las noches el puesto de diarios de Santa Fe y Juan b Justo, en Pacifico.
Alguna vez tuvo mujer e hijo, pero también lo habían abandonado.
Los sábados por la noche salía de la pieza de la pensión en la calle Bomplan, enfilaba hacia corrientes y entraba en los bares a sorprender incautos, su presentación siempre era la misma, “ No vendo nada ni pido plata, no me regalaría 3 minutos de tiempo?”  Con su libreta y lápiz en Mano, como quien pide un autógrafo a una celebridad, el pedía una palabra, una pensamiento, una prueba de vida. Sus preferidos eran los jóvenes estudiantes, porque sabía que si no querían escribir le dirían que no tenían tiempo, pero jamás lo tratarían mal, cosa que no pasaba con la mayoría de la gente adulta.
Hombre solitario y curioso, acostumbraba a preguntar si querían hablar con el, constantemente se encontraba con negativas, maltratos o comentarios sobre el tiempo y conversaciones vacías, hasta que un buen día descubrió que la gente se expresaba mejor escribiendo que hablando con un extraño, y así se convirtió en un pintoresco personaje de la noche porteña, a quien nadie le decía que no. No importaba el lugar, podía ser La Paz, el Paulista, el subte B, el colectivo 41 o en la esquina de una facultad.
De esa misma manera conoció a un joven Daniel Kon, quien años más tarde escribiera “los chicos de la guerra” y fuera el creador del suplemento Si de Clarín, quien le propuso en 1977, recopilar las mejores frases de sus libretas y editarlas junto a su biografía en un libro: “las libretas de José” y años mas tarde en otro aunque con menos exito.
El polaco bajito y miope,  que a pesar de tener historias fantásticas para contar, de cuando fue polizón en un barco o se escapo de su hogar a los 6 años en un tren, prefería no recordar, y cada tanto garabatear un pensamiento en sus libretas que firmaba como JR.
Cuando llegaba a su casa luego de aquellas rondas nocturnas, se sentaba en su cama con su tesoro de papel y tinta, "Entonces siempre me pasa lo mismo. Siento que empiezo a volar, alto, muy alto... Vuelo con la imaginación, sin parar, hasta que llego a otros planetas. En esos momentos siempre me siento feliz, y puedo ver cosas distintas, hermosas. Veo cosas que nunca nadie ve."
Tal vez nunca imagino que aquello que sentía y veía, no era solo producto de su imaginación, sino un legado para generaciones futuras, el testimonio de aquellos que ya no están o que alguna vez fueron. Es inevitable pensar al leer esos libros, en cuantos de aquellos que escribieron entre 1974 y 1979 desaparecieron, cuantos fueron a la guerra, cuantos estudiantes no se recibieron, cuantos amores terminaron o cuantos nacieron. Que secretos encierran esas iniciales, sobrenombres, confesiones, frases hechas, chistes malos, amores poetas. Si el Luis Alberto, Pajarito u Olmedo que aparecen en sus pagina, eran ellos o solo unos socias.
En 1985 José seguía vivo, Daniel lo contaba en una entrevista para el diario el País, después de eso no existen obituarios, ni fecha de defunción. Tampoco se que paso con aquellos originales, parece que nadie se pregunto por ellos.
Dicen que cuando le contaron a  Borges sobre el,  dijo  que era un personaje de Ficción, yo creo que fue un viajero en el tiempo y un día desapareció, o no….
Cuando dejó de recorrer la noche, las hojas de las libretas se convirtieron en paredes escritas con aerosoles de colores. Hoy esas paredes son muros con su nombre en  Facebook y en Twitter los que te invitan a que les regales 3 minutos de tu tiempo.

Primer Libro completo:

15 jun 2015

El club del esqueleto

Este relato definitivamente no lo escribí yo, aunque me hubiese encantado. Lejos estoy de escribir como Eduardo Wilde y mucho más de realizar un retrato tan íntimo de Ignacio Pirovano. Ante la notoria imposibilidad de contar mejor esta historia, aquí les dejo el original, que desde que lo leí por primera vez me pareció una historia encantadora, que merecía ser difundida.
Sin más preámbulos y esperando que provoque en ustedes sensaciones contradictorias, con ustedes: el relato.
Allá por el año de 1860, todas las viejas de uno de los barrios más poblados de esta ciudad dormían de noche, vestidas y con vela, y no salían de día a la calle sin asomar antes la cabeza con aire preguntón y mirar arriba y abajo, como para asegurarse de que no había peligro.
A un viajero curioso que no hubiera estado en el secreto, habríale llamado sin duda la atención tamaña cautela, pero los habitantes de Buenos Aires, y particularmente los moradores de aquel barrio, sabían bien a qué atenerse en cuanto a esto y no sólo no encontraban de más semejantes precauciones, sino que aplaudían la rehabilitación que se hizo por aquellos tiempos de un sinnúmero de conjuros antiguos, a causa de los acontecimientos extrañísimos que tenían lugar.
Así, no había, pues, casa de mujer medianamente beata en la que no encontrara un San Antonio patas arriba, un San Roque sin perro, una herradura colgada, el pan dado vuelta y, lo que es más aún y se tenía en aquella época por un conjuro de mucho crédito, una escoba con el mango para abajo tras de cada puerta.
Barrer de noche los cuartos que, como se sabe, es lo más atentatorio a las leyes de la brujería, era cosa de hacerse sin mirar para atrás; pero a pesar de todos estos contramaleficios, las calamidades continuaban y el gobierno se vio obligado a bajar la contribución directa de aquel barrio, la municipalidad dejó de cobrar el impuesto de alumbrado y sereno y hasta el Papa concedió cien días de indulgencia, a todos los habitantes de la parroquia en que tales acontecimientos tenían lugar.
¿Pero quién traía en ese alborotado desorden a tan pacíficos moradores? ¿Quién había de ser? Dios me ayude para nombrarlo, pues todavía se encuentran respetables personas que no lo nombran sin santiguarse la boca. Era nada menos que un aprendiz de farmacia, el muchacho más travieso del barrio, el travieso más audaz de la ciudad y el audaz más ingenioso de la provincia.
No pasaba por la puerta de la botica en que despachaba el mencionado aprendiz, un solo hombre respetable y conocido, que no siguiera su camino llevándose pegada a la levita una cola de papel.
No entraba en la farmacia matrona presuntuosa que no saliera con bigotes de corcho quemado, pintados en su labio como por arte del diablo.
No se paraba en la esquina caballero distinguido, al cual un tarro lleno de clavos que caía como llovido hasta cierta altura, no le abollara el sombrero y, por último, no había bicho viviente que acertara a poner el pie en las inmediaciones de aquel foco de sucesos, que no llevara algún recuerdo del aprendiz de farmacia.
Inútil es decir que las hazañas de don Ignacio Pirovano, que así se llamaba el aprendiz de farmacia, habían pasado a ser una leyenda popular y el mismo don Ignacio, aún más popular que su leyenda.
Las pandillas de estudiantes de la Universidad, organizadas para comer de balde pastelitos en la plazoleta del mercado, se hacían un honor en tener como miembro consultor a don Ignacio Pirovano, y hubo una época en que podía con razón decirse de él que era el presidente nato del comité de mortificación pública. ¡Cómo pasan los años! Coloraba el oriente el sol resplandeciente, como dice Espronceda; las nubes de zafir, de nácar y oro huían por los cielos, dejando el horizonte limpio como una patena, y el sol con su cara impávida introducía raudales de luz por todas las aberturas de mi estudio, calle de la Florida 230, donde recibo consultas, gratis para los pobres por decisión mía, y gratis para los que no son pobres por decisión de ellos.
Y era una mañana del presente mes de setiembre y la hora temprana en que una señora de noventa y tantos años me había madrugado para contarme, con aquella impertinencia clásica con que cuentan las viejas sus achaques, la historia de un catarro crónico que padecía desde joven y que, para mejor comprensión, quiso narrar desde el principio, adornándola con mil detalles minuciosos, inoportunos y biográficos que se ligaban, a su modo de ver, íntimamente con su bronquitis incurable y con la guerra de la independencia.
Iba la enferma a media asta de su cuento refiriendo las alteraciones que tuvo su catarro en tiempos de Rivadavia, cuando Benito, mi sirviente, a quien aprovechando esta oportunidad presento a ustedes, me entregó un folleto que acababan de traer.
La vieja suspendió su narración y alargó los ojos con aquella sublime curiosidad que conservan todas las mujeres, desde la edad de tres meses hasta la de ciento cincuenta años.
La ansiedad de mi enferma me incitó y por un rasgo de bondad casi paternal, leí en alta voz la carátula y dedicatoria del folleto, que decía así: "Facultad de medicina. La herniotomía.
Tesis para el doctorado. Mi muy querido Eduardo: vivimos juntos; en la fonda de la Sonámbula nos fiaban juntos; juntos tuvimos que repetir la inolvidable horchata de Canesa. Quiera el cielo que en la nueva época de mi vida, tengamos ocasión de juntarnos muchas veces.
Tu siempre amigo. -"Ignacio Pirómano", Ni un cañonazo a boca de jarro, ni un redoble de trueno en oreja desprevenida, ni una receta del doctor Granados, habría producido tan alarmante efecto, Apenas mis labios pronunciaron las dos, palabras "Ignacio Pirómano", mi pobre enferma volvió los ojos al cielo y se halló presa de las más horribles convulsiones.
Entonces yo, con aquel talento generalizador que me caracteriza, saqué mi cartera y apunté esta prudente y científica observación, semejante a muchas de las que hacen algunos de mis colegas y no pocos autores: "Contraindicado, para las bronquitis crónicas, el nombre de don Ignacio Pirovano". Y contento de mí mismo, espero la oportunidad de comunicar este descubrimiento a la academia de ciencias médicas.
A las dos horas de este suceso vinieron a pedirme el certificado de defunción para enterrar a la señora, muerta de emoción en la flor de su edad y sin motivo, pues don Ignacio Pirómano es hoy uno de nuestros distinguidos médicos, habiendo abandonado por completo la profesión de atar tarros de lata a las colas de los perros, de enseñar insolencias a los loros y de echar fósforos en los atrios de las iglesias.
El mismo Pirovano que hace diez años ponía pica -pica debajo de la cola de las gatas, ha escrito hoy una de las tesis más notables que se haya presentado ante la Facultad y ha recibido un honroso título, después de haber cursado con un éxito envidiable todas las aulas de la escuela.
Que elogien otros sus méritos como estudiante; yo no quiero hacer cosas inútiles y no he de decir que Pirovano ha sido constantemente sobresaliente en sus estudios, porque todos lo saben. El no necesitaba elogios; el mérito se abre aso en todas partes y, entre nosotros si los elogios ayudan a vivir, el verdadero valor no es del todo desconocido.
Pero la vida del hombre tiene a lo menos dos faces. En la una, cada hombre es el cómico que tiene un carácter y representa un papel serio ante el mundo; en la otra, el hombre es consecuente con sus tendencias y se queda con rasgos de niño o intenciones de muchacho durante toda su vida.
Yo no paso jamás delante de un naranjero sin que una tentación irresistible me obligue a meter la mano en la canasta; otros son perseguidos por el deseo de poner zancadillas a los que pasan. Pirovano, tan estudioso y serio como es, tan aprovechado, tan observador, no abandonará jamás esas tendencias estudiantiles que harán célebre su nombre en la historia de las jaranas escolares.
Yo sé muy bien que podía hacer sobre Pirovano un pomposo articulo en que contara sus triunfos como estudiante y sus méritos como profesor de esta descalabrada ciencia, que consiste en la aptitud de dejar creer a los otros que remediamos algún mal en la vida. Pero semejante panegírico no sirve para nada.
Entre nosotros, la Facultad de Medicina se hace la triste ilusión de que los títulos que concede y los honores que dispensa al talento y al estudio tienen algún valor. Error deplorable.
Más que todos los títulos científicos y los honores facultativos, valen las hablillas mujeriles y la propagación de la fama por la lengua de los conocidos.
La Facultad nos hace médicos y nada más; pero las relaciones, las amigas de la casa, las sociedades de beneficencia y las señoras bien vistas, nos hacen especialistas en criaturas, muy hábiles para pulmonía, muy entendidos en roturas de piernas y famosos para abrir orejas a las niñitas de las casas decentes.
Lo mejor que tiene todo esto es que es sin motivo y que en ello más que en ningún otro caso se verifica el refrán que dice: "por haber matado un perro, me llaman el mataperros". Para ganar el título de especialista en niños, no hay más que curar la tos que tuvo la chica de una señora a la moda y, para ganar la fama de cirujano, basta cortarle los callos a un hombre rico y conocido. Mientras usted no haga esto, bien puede verificar maravillas en las criaturas de los corralones y practicar las operaciones más difíciles in anima vili: jamás pasará usted de ser un médico como tantos.
Pero hay también otro medio de llegar a ser notable en una ciencia; ponerse serio, vestir rígidamente, no hablar nunca, no reírse jamás y conservar constantemente el aire de la mayor solemnidad.
Y luego, ¿para qué sirve todo ello?, ¿para adquirir comodidades, bienes de fortuna, lujo, y consideración social?
Ante todo, sería necesario probar que en ello hay un átomo siquiera de felicidad.
Cuando yo era estudiante y tenía que poner tinta en mis medias a la altura de los agujeros de mis botines; cuando tenía que pegar con hilo negro los botones de mi camisa y pagaba el lavado a mi lavandera con el tiernísimo amor que profesaba a su hija, los días se pasaban alegres y sin cuidado.
Ahora, si alguna vez me encuentro descontento, es por el profundo fastidio que me causa el no necesitar de nada.
¡Qué vida tan vulgar tener todo! El otro día entré al cuarto que ocupaba en el hospital mi inolvidable amigo Pietranera; había olor a humedad; sobre una cama descompuesta se encontraban varios libros abiertos; una vela de sebo estaba pegada al borde de la mesa y en una mitad de cráneo se veía un pedazo de lacre, una pinza y unos botones de puño; el papel de las paredes se estaba yendo.
Un placer melancólico me invadió, semejante al que se tiene en presencia de todos los recuerdos, y fue con profunda tristeza que dije en mi interior: ¡pobre de mí! el papel de mi dormitorio está bien pegado y no tengo ni un miserable cráneo en que poner los botones de mis puños. Hay días en que los espejos y las alfombras nos fastidian y desearíamos vivir en un cuarto, con cuevas de ratones, olor a humedad y piso con agujeros Esto a lo menos suscita algunas reflexiones.
Con que si el amigo Pirovano ha de tener coches, caballos, casa y clientela, es bueno que sepa que esto no se tiene sino a costa de la felicidad y con el favor de la lengua de unas cuantas señoras distinguidas y, solo por excepción, a pesar de todo esto.
Sólo por excepción perdona esta sociedad a un médico, por más talento que tenga, que durante su juventud haya puesto colas de papel a los traseúntes y enseñado insolencias a los loros.
Pirovano es actualmente profesor de anatomía en la Facultad de medicina y ha sido farmaceútico del hospital; será, por consiguiente, un hábil operador y es y ha sido sobresaliente en química.
Esta cualidad le permitía preparar una azúcar inflamable con la cual, a la larga, tuvieron que familiarizarse todas las niñas que asistían a los bailes del club del Esqueleto.
Creo que este club es el único de su especie que ha existido en el mundo.
El club del Esqueleto fue una asociación en la cual figuraba Pirovano, en su doble calidad de miembro activo y de repostero, empleo que le fue confiado en virtud de su habilidad para fabricar vinos y licores con las tinturas y los jarabes medicinales de la botica del hospital.
Creo que fue Sydney Tamayo el fundador del club del Esqueleto. Tamayo es actualmente médico y se halla en Salta prodigando a sus paisanos los dones de su talento maravilloso.
Cuando era estudiante, tocaba la flauta con exquisito gusto y el ciego Gil, otro estudiante distinguido, lo acompañaba en el plano. El tener Tamayo una flauta y haber alquilado Gil un piano, fueron los trágicos sucesos que dieron origen a la formación del club del Esqueleto.
El propósito de esta asociación era dar bailes sin un medio y divertirse de balde, pasando gratis las horas que se hayan pasado mejor sin pagar nada en este mundo.
Tamayo, Gil y cuatro estudiantes más vivían en una sala de la calle de San Juan. Los días en que debía haber baile, sacaban al patio las camas, se alfombraba la pieza con las frazadas de los enfermos de la sala de crónicos del hospital de hombres, se pedía sillas en la vecindad. Tamayo robaba chocolate en la despensa del mismo hospital; se compraba masitas por subscripción; Pirovano hacía los cocimientos necesarios en la botica, con los que preparaba los vinos y los licores; llevaba un tarro de pastillas de quermes, con que debía obsequiarse a las señoras y, hechos todos estos preparativos, se invitaba a las niñas del barrio, que eran, cuando menos, novias legítimas de cada uno de los estudiantes. El doctor Larrosa, asistente infalible a esas tertulias, me ha confesado a mí que pocas veces ha estado en reuniones más amenas, a pesar del disgusto que le causaba ver trancadas las mesas y compuestas las sillas con los omóplatos y tibias de los difuntos que suministraba la sala tercera.
Aquellos bailes famosos en que jamás se cometió desorden alguno, para honor de los estudiantes, y en que se armó no pocos matrimonios, a imitación de lo que sucede en el Club del Progreso, terminaban siempre cuando Gil y Corvalán declaraban que tenían sueño y comenzaban a acercar sus catres, húmedos de rocío, a la sala de baile. Entonces Pirovano servía la última copa de tintura de ruibarbo, que saboreaban con indecible placer las damas y caballeros de aquella fiesta.
¡Qué dulces son estos recuerdos! El tiempo que todo lo va diseminando, mandará quizá a cada uno de nosotros a millares de leguas de distancia y los que fueron un día compañeros alegres no tendrán, como símbolo de su pasada felicidad, más que un recuerdo por esa invencible tendencia que tiene el hombre a aferrarse a. cada uno de los momentos de su vida, aunque vaya siempre buscando un porvenir mejor.
¡Pero el recuerdo es una nueva vida para cada cerebro! ¿Qué diferencia hay entre la realidad de un suceso y la viva impresión por una representación ideal? ¡Soñar con claridad es, en el momento que se sueña, tan cierto para el cerebro, para el alma, como tener la realidad presente! Al fin y al cabo todas son ideas y no hay nada real para la conciencia, sino lo que es capaz de suscitar una idea.
El tiempo que está por hacer de Pirovano un personaje serio, no le hará olvidar que siendo estudiante abría una caja de ostras, se bebía el caldo de un sorbo, tragaba los mariscos en dos veces y se preparaba de este modo para comenzar su cena.
Cuando su inteligencia y su buena fortuna le abran los primeros puestos de la República y se celebre su advenimiento con espléndidos banquetes, no se olvidará de que hemos comido al fiado en la fonda de la Sonámbula y de que, cuando no llegaba nuestra felicidad a tanto, él robaba huevos, los freía en aceite de hígado de bacalao, los espolvoreaba con pimienta cubeba y nos los comíamos salándolos con ioduro de potasio. Tampoco se olvidará que los tales huevos, preparados de este modo, eran riquísimos.
Los postres más exquisitos no le parecerán mejores que el jarabe de genciana con que terminaba sus cenas en el hospital, ni los más generosos vinos le harán el delicioso efecto que le hizo el día de su santo la copa de tintura de jalapa compuesta que tomó, a falta de vino priorato, antes de encender un cilindro de esponja preparada, que se fumó enseguida, en sustitución de un habano y por si alguna vez tenía que curarse de coto. Episodios son éstos característicos en la vida de un hombre y que no pueden olvidarse jamás.
Pirovano tiene todas las cualidades físicas para el trabajo y todas las aptitudes intelectuales para ser un médico notable. Es bondadoso de carácter, reservado, meditador y pacienzudo; parece muy dúctil, aunque siempre concluye por hacer lo que le da la gana; tiene una gran facilidad para hacerse querer de sus maestros; sabe evitar que lo envidien sus condiscípulos y el hecho de conservar como reliquias de su carácter, ciertos rasgos de muchacho y ciertas diabluras de estudiante, que contrastan singularmente con su aspecto serio, le da una fisonomía particular y simpática.
En Buenos Aires hay una mala costumbre. Apenas aparece en la arena pública un joven que se ha distinguido por sus estudios, todos comienzan a elogiarlo de un modo tan exagerado que el objeto del elogio mucho hará si resiste al mareo que puede producirle tanto halago a su vanidad. Es necesario tener demasiado buen juicio para no perderse oyendo elogios. Por ejemplo, yo no sé cómo Goyena, del Valle y otros jóvenes de brillante inteligencia, no se han vuelto unos pedantes insoportables al oírse llamar portentos a cada momento y a propósito de todo.
La primera vez que, vea a Pirovano, he de decirle con tono solemne y levantando el dedo índice a la altura de la oreja: "No te dejes marear por los elogios ni invadir por la vanidad; ya que tienes una buena inteligencia, piensa que nadie te puede juzgar mejor que tú mismo; trabaja y estudia y si deseas reunirte conmigo de tiempo en tiempo, para recordar con placer los episodios de nuestra vida de estudiantes, te juro que no ha de faltar por mí toda vez que crea en conciencia necesitar de tus conocimientos médicos o toda vez que a mis enfermos se les antoje costearse el lujo de una consulta, en que, con generalidad, se habla de todo menos de ellos".
Esto he de decirle a Pirovano cuando lo vea.



4 abr 2015

El mirador del ahorcado

Corría el año 1926, y la Familia Rocatagliatta, integrada por Luiggi, un ex Bersagliere del ejercito de Garibaldi, el cual había perdido un ojo izquierdo en batalla, su esposa Glorietta Cattanni, ex militante del movimiento anarquista “Camisas Rojas” y sus mellizos de 17 años Emmanuel y Vittorio, se mudaban a la planta alta de la casa sita en Av. EnTre Ríos al 1000.
La vivienda construida en 1922 por el renombrado arquitecto Virgilio Colombo, a pedido del entonces Empresario de calzado Leandro Anda, contaba con un local comercial y dos entradas. En la correspondiente a la vivienda de planta baja, vivía la familia Zick. Al igual que sus nuevos vecinos eran inmigrantes. Ernest de origen Húngaro, tuvo su pasado militar en la Legión Extranjera, de la cual había desertado en  África, por asesinar a un oficial durante un juego de dados. En su huida conocería a Dolores Rocío, una andaluza que despachaba un almacén en Tánger, perteneciente a un musulmán llamado Al Jassan y al cual luego de conocer a Ernest,   lo habrían matado para robarle sus posesiones y escapar juntos, llegando a Buenos Aires en 1893 donde tuvieron a su hija Celina Amparo de 16 años.
No paso mucho tiempo hasta que las familias entablaron amistad, los hombres solían mantener largas charlas sobre batallas y armas, Luiggi era propietario de una armería en la calle Cangallo en el barrio de San Nicolás y en sus ratos libres se recluía en el palomar, que pido expresamente arquitecto Colombo, construir como anexo en la terraza junto con un mirador con techo a cuatro aguas, desde donde se veía toda la ciudad.
Las Mujeres que también eran de armas tomar, se relacionaban con mucha familiaridad, accediendo permanentemente una a la casa de la otra por los pasillos internos, conviviendo como familia.
Los jóvenes de ambas familias estaban largas horas juntos, y no paso tiempo hasta que los dos hermanos quedaran prendados por la belleza de la picara adolescente.
Amparo, que era consciente de su belleza, jugaba constantemente a conquistar a los mellizos. Emanuel, que era más extrovertido, fue el primero en robarle un beso. Esto no fue suficiente para que la joven le entregara su corazón, lejos de eso, se propuso seducir a Vittorio, al cual su extrema timidez lo mantenía alejado de cualquier intento de aproximación. Con el tiempo ellos serian concientes que compartían el amor por Amparo.
Este perverso juego a dos puntas de la joven, logro crear una rivalidad entre los hermanos que desencadenarían en los trágicos hechos sucedidos durante la noche del 17 de mayo de 1927.
Aquel martes por la noche, en la ciudad de Buenos Aires se había desatado una tormenta atroz, los fuertes vientos golpeaban contra las ventanas de los pisos superiores, por donde se colaban los refucilos de los relámpagos y los truenos retumbaban en el espesor de la noche.
Vittorio desde un rincón del cuarto observaba dormir a su hermano, en su cabeza repasaba una y mil veces la enseñanza de su padre que rezaba “en el amor y la guerra todo se vale”. Es cuando entre sueños, Emannuel susurra el nombre de Amparo, acompañado de una sonrisa de Satisfacción.
Vittorio fuera de si, se abalanza sobre su mellizo y comienza a apretar su cuello, Emmanuel abre sus ojos desorbitados y sin comprender ni ofrecer mayor resistencia fallece a manos de su hermano.
Vitto luego de un minutos de observar el cuerpo yacer en la cama, toma dimensión de sus actos y reconoce que ya no hay vuelta atrás.
Sigilosamente sube por las escaleras de servicio hacia la terraza, en su camino toma un rollo de el alambre utilizado para colgar la ropa, la lluvia no ha cesado y la noche solo es iluminada por los relámpagos. Sube al mirador pasando por el palomar de su padre, del cual deja la reja abierta. Con la ayuda de una mesa y una silla, ata el alambre de las vigas del techo, lo enrolla en su cuello y con una firme patada desplaza la silla donde estaba subido. Su cuerpo se balancea dando los últimos estertores, el tampoco ofreció resistencia.
A la mañana siguiente, Glorietta va al cuarto de sus hijos para despertarlos, pero solo encuentra el cuerpo sin vida de Emannuel. Sus gritos se escuchan en toda la casa, Luigi corre a socorrerla, luego de ver la escena y sin comprender lo sucedido comienza a recorrer la casa en busca de Vitto. Pero su búsqueda es en vano, parece que el joven se esfumo en la noche, una idea cuza por su cabeza y decide subir a la terraza, mientras trepa los escalones, advierte un silencio fuera de lo normal, a esa hora los buchones suelen hacer su barullo característico. Una vez en el lugar ve el palomar vacío, y con solo mirar hacia arriba, nota como el cuerpo de Vitto se mece al compás del viento en lo alto del mirador.
Impresionado por la escena, y a pesar de haber visto horrores en la guerra, el corazón de Luiggi no resiste y cae desplomado sobre las baldosas mojadas, a las puertas de su palomar. En ese instante y con los vecinos de la cuadra de testigos, sobre la terraza de la Casa Anda, sobrevuelan decenas de aves salidas de sus nidos. La gente de a poco se amontona para ver el inexplicable espectáculo que dan las aves, los incautos transeúntes no dan crédito. No tarda en llegar la policía alertada por los gritos que salen de la casa. Junto a estos ingresa el Dr, Ramírez, vecino de la casa, que es llevado a la terraza para socorrer a Luigi aunque sin éxito.
Ernest y Dolores espectadores privilegiados, no tardan en sospechar que la causa de tal desgracia tendría que ver con su hija Amparo.
Glorietta al descubrir la muerte de su otro hijo y su esposo, intenta arrojarse desde el balcón hacia la vereda, la policía y el medico frustrarían su intento, y con la ayuda de dos enfermeros, es trasladada en ambulancia con un cuadro de desequilibrio emocional.
Los restos de los 3 hombres Rocatagliatta fueron inhumados en el cementerio de la chacarita, al entierro asistieron numerosos vecinos y amigos de la familia, también estaba presente Amparo, vestida de riguroso luto, junto a sus padres que escuchaban los murmullos de los concurrentes comentado la culpa de su hija en el desarrollo de los acontecimientos.
Amparo, pocos años después de lo sucedido, huyo un domingo rumbo a Brasil con Pedro Fosse, un paraguayo carnicero, jugador y mujeriego, que imitaba en su look  a Carlos Gardel,  y era inquilino  del local que pertenecía a la propiedad.
Su padre, luego de buscar al indeseable yerno por cielo y tierra con intenciones de matarlo, se marcho junto a su esposa con paradero desconocido.
Glorietta siguió sola habitando la casa, que poco a poco se iba deteriorando al igual que su salud mental. Los vecinos podían verla pasar largas horas mirando desde la ventana del cuarto que había sido de sus hijos, y donde muchos años mas tarde encontrarían su cuerpo en avanzada descomposición y parcialmente devorado por roedores.
Con el correr de los años el edificio fue cambiando de dueños, uno de los tantos fue Ivanildo Menezes y su esposa Marie, Pai de Santo,   que utilizaban la propiedad como templo unbanda  y sobre los cuales se  a regado innumerables rumores sobre las actividades allí realizadas.
También se cuenta que mientras la casa se utilizo como inquilinato, antes de ser internado en el borda, allí vivio Solaris, el mítico personaje autoproclamado extraterrestre, quien habría inspirado a Eliseo Subiela para su Film “Hombre mirando al sudeste”
Hoy la casa de la Av, Entre Ríos 1081 permanece en pie, tapiada, abandonada y tenebrosa. Dos cabezas de leones, testigos ciegos de la historia custodian las entradas.
Sus paredes y salones que conocieron el esplendor de la alta sociedad del 1900, encierran las historias de muerte, locura y brujería de los que la habitaron a través de los años.

Solo los que no conocen la historia, se atreven a mirar hacia arriba las noches lluviosas, corriendo el riesgo de encontrarse con la imagen del ahorcado en el mirador.