16 may 2018
4 feb 2018
La apuesta de Jose
José Antonio Barreiro nació un 27 de febrero de
1942 en la maternidad Peralta Ramos de Recoleta, aunque si le preguntaban a el,
seguro diría en Serrano y Paraguay, en el barrio de Palermo. Fue hijo de Álvaro oriundo de Cangas en Galicia
y de Concepción de Orense, ambos venidos a argentina alrededor de 1926.
Sus Padres era propietarios de una carnicería
en Serrano 2184, la cual atendieron juntos hasta 1947, año en que Álvaro fallece y su esposa se hace cargo sola del lugar y de la crianza del José de
tan solo 5 años. Cuando Este cumple 18 y luego de haber terminado sus estudios
secundarios en el Colegio Hipólito Vieytes del barrio de Caballito, toma las
riendas del negocio familiar.
José tenia muchos amigos, pero entre los mas
compinches se encontraban los hermanos Vicente y Arturo Fernández, propietarios
del almacén ubicado en Serrano (en la actualidad Borges) 2108 y Guatemala.
Vicente solía ir los domingos por la tarde, a
las tertulias de jóvenes del Centro Lucense. En esas reuniones conoce a Alicia
Vilar, una jovencita de llamativa belleza capaz de deslumbrar con solo una
mirada a los jóvenes asistentes, que a pesar de sus intentos por conquistarla,
no conseguirían más que un contundente gesto de rechazo.
Alicia vivía en Mataderos y era hija de
Hermelinda Masilla y Evaristo Vilar oriundo de Pontevedra en Galicia,
propietarios de un almacén en Alberti y Murgiondo. Evaristo tenia de proveedores a unos coterráneos
de una empresa distribuidora de alimentos llamada Establecimientos Coveco que
funcionaba desde 1963 en El Salvador 5127 y Godoy Cruz en Palermo. Estos jóvenes eran asiduos a las reuniones del
club y serian los encargados de invitar a Alicia a participar, quien
entusiasmada con la experiencia, termina siendo habitué del lugar.
Vicente, como otros tantos jóvenes frustrados por
la inalcanzable Alicia, le cuenta a su amigo José sobre la belleza de esta, su
mal carácter y su fama de inconquistable. José agrandándose delante de sus
amigos, alardea sobre el hecho, que el si quisiera podría conquistarla aun sin
siquiera conocerla. Ese día los amigos se hacen una apuesta nada mas ni nada
menos que por el honor. Vicente le daría a José el teléfono de Alicia, y el a
ciegas y sin mas que los datos que le dio su amigo intentaría invitarla a salir.
Un 19 de Junio de 1966 José decidido a ganar, levanta
el teléfono y disca sin titubear. Ante el desconcierto de Alicia, el pícaro
José, le asegura que se conocen del centro Lucense, ella que no lo recordaba,
claro esta que nunca lo había visto, en medio de la confusión y curiosidad
acepta una cita para el día 23. Cuando Alicia descubrió la verdad, era
demasiado tarde, José ya la habría conquistado.
Apenas 14 meses después, el 5 de Agosto de 1967
se casan en la Basilica San
José de Flores y se instalan en la casa
de Jose.
Juntos convirtieron la carnicería en un pequeño
mercadito llamado “mercado y mucho mas”. En 1972 llego su primera hija María
Alejandra, luego le seguirían en 1973 Gabriel, Daniel en 1975 y María Estela en
1977. Para ese entonces José tenia dos Hobbies, el primero era viajar por el
pais. Para satisfacer este, tenía una pequeña casa rodante y un Ford Farline en
el que cargaba a toda la familia y recorría las rutas argentinas anque algunos países
limítrofes cuando el tiempo se lo permitía. El segundo pasatiempo, y por el que
muchos lo recordarán era el de la fotografía.
José tenía de amigo a Miguel Plaquin, un fotógrafo
de profesión que cubría sociales y vacaciones en Mar del Plata. Atraído por el oficio,
tímidamente comenzó a indagar sobre el
tema y adquirió una Contaflex de 35
mm , que posteriormente sería sustituida por una Nikon
profesional. José sacaba fotos a rolete, con rollos armados junto a su amigo, los que tenían mucho más que 36 fotos. También junto a él y en el laboratorio de
Plaquin revelarían el material. Familia,
amigos, fiestas, accidentes, paisajes, viajes, retratos escolares, hechos
curiosos, todos pasaban por la lente de José, que cargaba continuamente sus cámaras
para no perderse nada. A veces su pasión lo hacia meterse en lugares insólitos.
Una vez, el 16 de enero de 1978 camino a unas vacaciones en Mar de ajo, por la
radio escuchan sobre la explosión del 4° piso del edificio de Paraguay 4522 y Serrano,
asustados por la noticia, se comunican con el entonces dueño de la pizzería El pingüino de Palermo, quien
los tranquilizó diciéndoles que su casa no sufrió daño, ni los perros que habían
quedado a cargo del padre de Alicia. A decir verdad los animales era lo que más les
preocupaban. Al regresar, y con la excusa de chequear unas grietas en la
medianera, José apalabro al encargado y logro ingresar al lugar siniestrado y
fotografiar todo, cosa que ningún reportero había logrado. El parte oficial de
lo ocurrido decía que fue un escape de gas, aunque se rumoreaba en el barrio que
el lugar era escondite de miembros de montoneros y la explosión no había sido
un accidente.
En 1982, da por finalizado su trabajo en el
mercado y vende el fondo de comercio para dedicarse por varios años enteramente
a su mujer y sus hijos. Desde 1976 era
un activo colaborador de la Parroquia San
Francisco Javier de Serrano y Nicaragua y de su entonces párroco Fernando
Echeverria. José a demás de ser practicante de su fe católica, colaboraba en el
armado de los eventos y en el registro fotográfico de los mismos. Pasados los
años 80 continúo su labor con el nuevo párroco Martín Bustamante, con quien
fundara el grupo de Matrimonios. Para ese entonces Alicia atendía un pequeño
kiosco y librería que se encontraba dentro del Colegio de niñas Santa Rita,
lindero a la parroquia, y José trabajaba junto a un amigo en una pequeña
editorial universitaria. El matrimonio era conocido por grandes y chicos de la
comunidad, especialmente por el gran carisma de Alicia. Sus hijos crecían y
junto a sus amigos invadían la casa familiar, que siempre tenia las puertas
abiertas para recibirlos. José de apariencia seria jugaba el rol del padre intimidante,
mientras que Alicia era la madre cómplice. La realidad es que los dos eran
felices de ver su casa llena de jóvenes de todas las edades y lo de los roles
era simplemente para poner orden entre tanto crío propio y ajeno. Mientras el
Farline jubilado descansaba eternamente sobre la vereda del Pingüino, y servia
durante años de asiento improvisado en las charlas callejeras de los amigos de
sus hijos, cada tanto José accedía a cargar mas de media docena de pibes en su
Falcon Rural Bordeax (en esa época no había limites para llevar gente en un
vehiculo) y llevarlos a pasar el fin de semana a su quinta en moreno.
Así Alicia y José vieron crecer a sus hijos, a
los amigos de sus hijos, y a los vecinos del barrio y el colegio.. Siempre
colaborando y participando activamente en causas que consideraran nobles.
El nuevo siglo llegaría y José no estaría para
verlo, un 8 de octubre de 1999 partió producto de una insuficiencia renal.
Rodeado de sus hijos y dos de sus nietos nunca dejó de hacer planes de viajes
para cuando se recuperara.
La parroquia fue escenario de la misa de cuerpo
presente, oficiada por los curas Fernando y Martín, quienes a pesar estar en
otros destinos asistieron especialmente. Junto a ellos y sin que la ceremonia fue anunciada, docenas de vecinos y amigos se presentaron, y otros
tantos acompañaron sus restos al cementerio de la chacarita.
José no era famoso más que en su círculo de amigos, no realizó ni grandes ni heroicas proezas. José retrató su vida y la de su comunidad, dejó cientos de imágenes en papel y otras tantas en la memoria de quienes lo conocieron. José siendo hijo único formó una familia numerosa y unida, llena de nietos y biznietos que llenan de risas la casa que aún habita Alicia. José le apostó a Vicente lo que sin saber sería el resto de su vida. José gano fácil, porque si hay algo que tenía José, era Honor.
20 ene 2018
Cuando la estética mata la historia
En el barrio de Palermo está la Parroquia San
Francisco Javier sita en Borges entre Nicaragua y Costa Rica.
Originalmente fue construida como una capilla
dependiente de la
Basílica del Espíritu Santo, templo de la Parroquia de Nuestra
Señora de Guadalupe (Mansilla y Guatemala en Palermo).
El terreno fue donado por una
vecina del barrio a la Obra
de la conservación de la Fe ,
y en 1907 fue la colocación de su piedra fundamental.
La idea original era la de tener
un lugar intermedio, donde los fieles más alejados a Guadalupe, pudieran
acercarse a misa o simplemente a rezar.
Finalmente y a pesar de no estar
del todo terminado, el templo fue inaugurado en 1913.
En 1934, a la capilla se le
sumaron dos colegios primarios y gratuitos a sus lados, a la derecha el Santa Rita para
niñas, que también era hogar de monjas y a la izquierda el San José de
varones, que compartió espacio con la casa parroquial.
No paso mucho tiempo hasta que la
capilla fue declarada Parroquia e independizada.
Postales del mundo
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| Postal Española anterior a 1952 |
Pero unos años antes de que esto
ocurriera, alrededor de 1950, el altar de San Francisco Javier era objeto de
admiración. Tanto así que en España, se imprimieron tarjetas postales con la
foto del mismo. En ella se podía ver su cúpula de ladrillos marcados, un gran
ángel coronando el altar en exceso ornamentado con el sagrario en medio.
La era de los cambios
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| Altar modificado |
En 1952 y como conmemoración de
los 400 años del fallecimiento del Santo medico y misionero, en su cúpula se
pinto un fresco donde se veía a San Francisco Javier en su lecho de muerte
mirando hacia el cielo a Jesús que viene en su búsqueda.
Llegados los años 80, la
parroquia lidiaba con la escasez de fieles, pero la presencia de un cura joven
tercermundista con sueños revolucionarios hizo que de a poco se acercaran los
jóvenes, algunos de ellos ex alumnos de los colegios.
Para 1986 el lugar contaba con un
espíritu renovado, aunque con unas instalaciones claramente deterioradas. A
partir de allí y con un nuevo cambio de párroco comienzan las remodelaciones.
En el primer lavado de cara, se
repararon y pulieron los bancos, se removieron los altares de los santos y se retiraron de los muros internos las placas de bronce que se habían colocado a
través de los años a modo de agradecimientos y recordatorios, (las placas nunca volvieron, según testigos de la época, las mismas fueron sustraídas y vendidas al peso a
un chatarrero de la zona, quien las corto para ser fundidas) En el frente se realizó una Ermita, que contenía una virgen de Lujan, y se colocaron rejas internas,
que permitían el templo abierto pero no accesible.
Mas adelante, y por orden del
vaticano, se modifico el altar que estaba distribuido para dar la misa de
espaldas a los fieles.
Esta vez una importante obra
realizada, removió el altar por completo y traslado el sagrario de mármol hacia
un costado. Muchos de los mármoles antiguos no soportaron la manipulación y se
partieron, quedando inutilizados. En su lugar se colocaron nuevos de inferior
calidad.
Las ornamentaciones de los santos
que habían sido removidas con anterioridad, fueron recicladas para hacer un
altar a la virgen de luján que estaba en el frente, e entronizar la imagen en el templo. En su lugar se empotró una cruz del tercer milenio.
Se construyo un campanario
improvisado sobre el techo de la secretaria parroquial, por donde se veía bajar
la cuerda que movía el badajo.
El antiguo Armonio fue rotando
por todos los rincones, y la escalera caracol de madera que llevaba al coro fue
clausurada con rejas.
El fresco descascarado por el
tiempo, fue maravillosamente restaurado por un sacerdote, Mario Beveratti, que
además contaba con un titulo en bellas artes.
Ya entrados los 90, la parroquia
lucia un poco mas despojada y distinta.
Las obras se trasladaron a la
casa parroquial, consistían en la remodelación de una finca lindera al colegio
San José, que había sido donada por un vecino decadas atras y se encontraba en condiciones de
abandono.
Los curas continuaron desfilando y
en el tiempo que siguió, la reforma le llego a los colegios. Las monjas se
fueron, se le cambiaron los nombres por San Francisco Javier, se incorporó secundario y los edificios
fueron remodelados. Seguramente la cuota también aumento, ya que desde los años 60 eran pagos.
Cada tanto el templo sufría una
nueva remodelación, que lo despojaba aun mas de su imagen primigenia.
Parroquia 2.0
| vista 2016 |
Con el nuevo milenio, y una nueva
lavada de cara al templo, un día así sin más, el fresco de la cúpula
desapareció.
La excusa fue un proyecto con motivo de celebrar el centenario, que contemplaba terminar la construccion que habia quedado inconclusa en 1913 y plasmada en los planos originales de 1907.
Aparentemente en ellos se proyectaba 3 ventanales de vitraux en el frente, y
una gran ornamentación con el nombre del lugar.
Una vez más la fachada cambió. La cruz se sacó, se construyeron los ventanales, se colocó un friso
con el nombre de la parroquia, se le colocaron columnas romanas. La virgen de luján fue a parar a el lugar que
alguna vez ocupó el sagrario en el centro del altar, la puerta que conectaba el
templo con la secretaria desapareció, los bancos se achicaron, y algunos santos
se esfumaron, mientras que otros cambiaron de lugar, igual que el armonio.
Actualmente y si lo comparamos
con la foto de aquella postal española, el templo que alguna vez fue admirado
por los europeos, se convirtió en un moderno loft palermitano. Un gran salón en
tonos pastel, cool, impoluto, con calefacción, luces led y bancos
minimalistas prolijamente alineados. En su interior se pueda celebrar misa o montar una feria de
diseño, da lo mismo, ya que de la construcción original de hace mas de un siglo poco queda, y lugar es lo que sobra…
15 ene 2017
Enterrados en la plaza
A mitad de 2016, en el Cementerio de la
chacarita, comenzaron obras sobre la calle Elcano, que constaban en la remoción
de tumbas y demolición de nichos que estaban en la medianera que separaba la
ciudad de los muertos de la de los vivos, si es que existe paredón que las
separe… El objetivo, fue construir una plaza con juegos para niños, un espacio
con maquinas de gym, y un sector para deportes. Esta obra finalmente fue
inaugurada en enero de este año.
Aunque a muchos enterarse de esta obra les
parezca un despropósito, considerando que en chacarita espacios verdes sobran y
una profanación al campo santo, no es la primera vez que sucede en esta ciudad,
de hecho solemos caminar por antiguos cementerios, de los cuales no sabíamos su
existencia.
Cementerio de Bajo Retiro
Allá por el 1800, los esclavos no eran sepultados,
ya que sus patrones consideraban una perdida de capital el que murieran, presos
de la ira, acostumbraban a atar los cuerpos a la cola de un caballo y azotarlo
para que trotara por la ciudad. Finalmente lo que quedaba del cuerpo desmembrado
del esclavo, era devorado por los perros y los cerdos, salvo que algún piadoso
realizara una fosa en la tierra.
Algo similar sucedía con los extranjeros que no
profesaran la religión católica, generalmente marineros. Los cementerios de la
época eran campos santos, esto quiere decir que estaban en predios
pertenecientes a la iglesia católica, por lo que nos profesaban esa religión,
no tenían derecho a ser enterrados. Para ellos existía un lugar cerca del río, denominado
bajo retiro, era una especie de fosa común donde se apilaban los cuerpos, sin
identificación alguna y muchas veces
quedaban expuestos por los cambios en la creciente del río que removía
la tierra..
Cementerio Ingles de disidentes actuales Plaza
1 ° de Mayo
El 22 de febrero de 1821, la comunidad Inglesa
compra un terreno en Juncal entre Cerrito y Carlos Pellegrini, donde el primero
de abril de ese mismo año, se inaugura el Cementerio de Disidentes. Este
cementerio funciono hasta 1824 donde fue clausurado pero siguió realizando
inhumaciones hasta 1829 año en que la comunidad inglesa solicita permiso para
su ampliación y les es denegado por las quejas de los vecinos. Es así como en
1931 compran los terrenos de la quinta De La Serna , ubicados en Hipólito Yrigoyen entre Pasco
y Alsina, donde emplazan el segundo cementerio de disidentes con lugar para la
comunidad alemana y norteamericana. Allí son trasladados los restos del primer
cementerio. Este también colapsa su capacidad por lo que se le ordena un nuevo
emplazamiento.
En 1891 la municipalidad concede en el Angulo
N.O. del cementerio del oeste (actual Cementerio Británico) terrenos para el
traslado de los restos, que no fue realizada hasta 1919 cuándo el Consejo Deliberante
obliga a la permuta de los terrenos. La mudanza de los cuerpos termino en 1923
y posteriormente en el antiguo emplazamiento se construyo la plaza primero de
mayo, vale destacar que muchos cuerpos no fueron reclamados y al estar
enterrados muy profundos, no fueron removidos, por lo que al día de hoy
permanecen bajo la mencionada plaza.
Cementerio publico de la salud, actual Parque Florentino
Ameghino
El 24 de diciembre de 1868 y obligados por la epidemia de cólera, se
inaugura en los terrenos ubicados entre las calles Caseros, Ituzaingo y Pozos, el cementerio
publico de la salud clausurado en 1871 debido a la saturación ya que también había sido utilizado
posteriormente para enterrar victimas de la fiebre amarilla. Finalmente y dado a que el predio se
encontraba en estado de abandono, el consejo deliberante decreta que allí se
construya un parque y los restos sean
trasladados al cementerio del oeste. Una vez más, muchos cuerpos no son exhumados
y en 1893 se da por concluido el traslado. El parque es construido sobre los
restos que ahí descansan.
Cementerio Viejo de Chacarita, Parque Los andes
El 14 de abril de 1871 se inaugura a raíz de la
epidemia de Fiebre amarilla el Cementerio de la Charita que ocupaba cinco hectáreas y estaba
emplazado en la actual Parque los Andes, este, fue clausurado en 1875 año en que se inauguró
el Nuevo Cementerio de la Chacarita ,
llamado durante muchos años como Cementerio del Oeste. Entre 1896 y 1897 se procedió al traslado de
los cuerpos de la Chacarita
vieja, siendo hoy el parque Los andes última morada de los cuerpos que como en
casos anteriores, no fueron reclamados.
Cementerio de Belgrano, plaza Marcos Sastre
En 1892 fue creado el Cementerio de Belgrano,
que se encontraba ubicado en Villa de las Catalinas, actual Villa Urquiza y ocupaba
las calles Monroe, Valdenegro y Miller. Para ese momento, el cementerio estaba
considerablemente alejado del radio urbano, sin embargo el rápido crecimiento
edilicio de la zona no tardo en alcanzar esa manzana, causando que los vecinos
solicitaran la clausura por razones de salubridad.
El 26 de marzo de 1898 se clausura el lugar,
quedando abandonado hasta que en 1919 una vez mas el consejo deliberante dispone
que sea trasladado al cementerio del oeste y en su lugar se construya una
plaza. En 1922 y a pesar de no haberse inhumado todos los cuerpos, se procede a
la construcción del espacio verde.
Los 3 Cementerios de Flores
En 1807 en un terreno ubicado en Rivera Indarte
entre Av, Rivadavia y Ramón Falcón, lindante a la Iglesia San José de
Flores, se efectúan los primeros entierros del que seria el primer Cementerio
de Flores, ante el inminente crecimiento del barrio en 1832 se bendice el nuevo
enterratorio en la manzana circundad por Varela, Culpina, Tandil y Remedios.
Seis años mas tarde en 1871 y teniendo en cuenta la colmada capacidad se decide
clausurarlo y el terreno es destinado a corralón municipal. Esta vez los restos
son enviados al actual Cementerio de Flores, que funcionaba desde 1867. Como en
los casos anteriores, tanto en el primer cementerio, donde actualmente hay
vivienda, y el segundo, donde hay un espacio verde (el corralón fue demolido
porque los empleados afirmaba que había actividad paranormal y los caballos
estaban alterados), no todos los cuerpos fueron rescatados.
Estos son algunos de los lugares mas
destacados, se estima que desde la fundación de Buenos Aires han existido en la Ciudad aproximadamente 40
Cementerios. Es inevitable preguntarnos cada vez que pasamos por una plaza de
más de 100 años, que secretos esconderá debajo.
Tal vez después de leer estas historias nos
demos cuenta que como sociedad no estamos tan evolucionados, ya que volvemos a
hacer las cosas como nuestros coloniales antepasados.
12 jun 2016
El ladrón del tiempo
En junio de 1974, Sidy y Gregorio,
dos estudiantes que lo habían conocido en un bar cerca de la facultad de filosofía,
le regalaron por su cumpleaños una libreta con índice , pero como no tenia teléfonos
que agendar, decidió darle un uso mejor. Luego ellos escribirían en una de sus
hojas “para que siempre recuerden a los culpables” (nosotros le regalamos la
primer libreta).
Se referían a la primera de
muchas, en 3 años lleno 60 donde escribieron alrededor de 20.000 personas, y de
las cuales se editaron 2 libros.
Jose Rosenwasser era un inmigrante
Polaco que llego a Bs. As. en 1926 con solo 15 años. Venia con una historia a
cuestas de padre suicida, madre abandónica y un tío golpeador. La vida no le había
sido fácil y su educación solo llego hasta cuarto grado.
Desde pequeño conoció el oficio
de Herrero y pulidor, el mismo que lo acompaño durante 50 años hasta que le
llego la jubilación. En los malos tiempos se hacia un extra atendiendo por las
noches el puesto de diarios de Santa Fe y Juan b Justo, en Pacifico.
Alguna vez tuvo mujer e hijo,
pero también lo habían abandonado.
Los sábados por la noche salía de
la pieza de la pensión en la calle Bomplan, enfilaba hacia corrientes y entraba
en los bares a sorprender incautos, su presentación siempre era la misma, “ No
vendo nada ni pido plata, no me regalaría 3 minutos de tiempo?” Con su libreta y lápiz en Mano, como quien
pide un autógrafo a una celebridad, el pedía una palabra, una pensamiento, una
prueba de vida. Sus preferidos eran los jóvenes estudiantes, porque sabía que
si no querían escribir le dirían que no tenían tiempo, pero jamás lo tratarían
mal, cosa que no pasaba con la mayoría de la gente adulta.
Hombre solitario y curioso,
acostumbraba a preguntar si querían hablar con el, constantemente se encontraba
con negativas, maltratos o comentarios sobre el tiempo y conversaciones vacías,
hasta que un buen día descubrió que la gente se expresaba mejor escribiendo que
hablando con un extraño, y así se convirtió en un pintoresco personaje de la
noche porteña, a quien nadie le decía que no. No importaba el lugar, podía ser La Paz , el Paulista, el subte B, el
colectivo 41 o en la esquina de una facultad.
De esa misma manera conoció a un
joven Daniel Kon, quien años más tarde escribiera “los chicos de la guerra” y
fuera el creador del suplemento Si de Clarín, quien le propuso en 1977,
recopilar las mejores frases de sus libretas y editarlas junto a su biografía
en un libro: “las libretas de José” y años mas tarde en otro aunque con menos
exito.
El polaco bajito y miope, que a pesar de tener historias fantásticas
para contar, de cuando fue polizón en un barco o se escapo de su hogar a los 6
años en un tren, prefería no recordar, y cada tanto garabatear un pensamiento
en sus libretas que firmaba como JR.
Cuando llegaba a su casa luego de
aquellas rondas nocturnas, se sentaba en su cama con su tesoro de papel y
tinta, "Entonces siempre me pasa lo mismo. Siento que empiezo a volar,
alto, muy alto... Vuelo con la imaginación, sin parar, hasta que llego a otros
planetas. En esos momentos siempre me siento feliz, y puedo ver cosas
distintas, hermosas. Veo cosas que nunca nadie ve."
Tal vez nunca imagino que aquello
que sentía y veía, no era solo producto de su imaginación, sino un legado para generaciones
futuras, el testimonio de aquellos que ya no están o que alguna vez fueron. Es inevitable
pensar al leer esos libros, en cuantos de aquellos que escribieron entre 1974 y
1979 desaparecieron, cuantos fueron a la guerra, cuantos estudiantes no se
recibieron, cuantos amores terminaron o cuantos nacieron. Que secretos
encierran esas iniciales, sobrenombres, confesiones, frases hechas, chistes
malos, amores poetas. Si el Luis Alberto, Pajarito u Olmedo que aparecen en sus
pagina, eran ellos o solo unos socias.
En 1985 José seguía vivo, Daniel
lo contaba en una entrevista para el diario el País, después de eso no existen
obituarios, ni fecha de defunción. Tampoco se que paso con aquellos originales,
parece que nadie se pregunto por ellos.
Dicen que cuando le contaron a Borges sobre el, dijo que era un personaje de Ficción, yo creo que
fue un viajero en el tiempo y un día desapareció, o no….
Cuando dejó de recorrer la noche,
las hojas de las libretas se convirtieron en paredes escritas con aerosoles de
colores. Hoy esas paredes son muros con su nombre en Facebook y en Twitter los que te invitan a que
les regales 3 minutos de tu tiempo.
Primer Libro completo:
15 jun 2015
El club del esqueleto
Este relato definitivamente no lo escribí yo,
aunque me hubiese encantado. Lejos estoy de escribir como Eduardo Wilde y mucho
más de realizar un retrato tan íntimo de Ignacio Pirovano. Ante la notoria
imposibilidad de contar mejor esta historia, aquí les dejo el original, que desde
que lo leí por primera vez me pareció una historia encantadora, que merecía ser
difundida.
Sin más preámbulos y esperando que provoque
en ustedes sensaciones contradictorias, con ustedes: el relato.
Allá
por el año de 1860, todas las viejas de uno de los barrios más poblados de esta ciudad
dormían de noche, vestidas y con vela, y no salían de día a la calle sin asomar
antes la cabeza con aire preguntón y mirar arriba y abajo, como para asegurarse
de que no había peligro.
A
un viajero curioso que no hubiera estado en el secreto, habríale llamado sin
duda la atención
tamaña cautela, pero los habitantes de Buenos Aires, y particularmente los
moradores de aquel barrio, sabían bien a qué atenerse en cuanto a esto y no
sólo no encontraban de más semejantes precauciones, sino que aplaudían la
rehabilitación que se hizo por aquellos tiempos de un sinnúmero de conjuros
antiguos, a causa de los acontecimientos extrañísimos que tenían lugar.
Así,
no había, pues, casa de mujer medianamente beata en la que no encontrara un San
Antonio patas arriba, un San Roque sin perro, una herradura colgada, el pan
dado vuelta y, lo que es más aún y se tenía en aquella época por un conjuro de
mucho crédito, una escoba con el mango para abajo tras de cada puerta.
Barrer
de noche los cuartos que, como se sabe, es lo más atentatorio a las leyes de la brujería,
era cosa de hacerse sin mirar para atrás; pero a pesar de todos estos
contramaleficios, las calamidades continuaban y el gobierno se vio obligado a
bajar la contribución directa de aquel barrio, la municipalidad dejó de cobrar
el impuesto de alumbrado y sereno y hasta el Papa concedió cien días de
indulgencia, a todos los habitantes de la parroquia en que tales acontecimientos
tenían lugar.
¿Pero
quién traía en ese alborotado desorden a tan pacíficos moradores? ¿Quién había
de ser? Dios me ayude para nombrarlo, pues todavía se encuentran respetables
personas que no lo nombran sin santiguarse la boca. Era nada menos que un
aprendiz de farmacia, el muchacho más travieso del barrio, el travieso más
audaz de la ciudad y el audaz más ingenioso de la provincia.
No
pasaba por la puerta de la botica en que despachaba el mencionado aprendiz, un
solo hombre respetable y conocido, que no siguiera su camino llevándose pegada
a la levita una cola de papel.
No
entraba en la farmacia matrona presuntuosa que no saliera con bigotes de corcho quemado,
pintados en su labio como por arte del diablo.
No
se paraba en la esquina caballero distinguido, al cual un tarro lleno de clavos
que caía como llovido hasta cierta altura, no le abollara el sombrero y, por
último, no había bicho viviente que acertara a poner el pie en las
inmediaciones de aquel foco de sucesos, que no llevara algún recuerdo del
aprendiz de farmacia.
Inútil
es decir que las hazañas de don Ignacio Pirovano, que así se llamaba el
aprendiz de farmacia, habían pasado a ser una leyenda popular y el mismo don
Ignacio, aún más popular que su leyenda.
Las
pandillas de estudiantes de la Universidad, organizadas para comer de balde
pastelitos en la plazoleta del mercado, se hacían un honor en tener como
miembro consultor a don Ignacio Pirovano, y hubo una época en que podía con
razón decirse de él que era el presidente nato del comité de mortificación
pública. ¡Cómo
pasan los años! Coloraba
el oriente el sol resplandeciente, como dice Espronceda; las nubes de zafir, de
nácar y oro huían por los cielos, dejando el horizonte limpio como una patena,
y el sol con su cara impávida introducía raudales de luz por todas las
aberturas de mi estudio, calle de la Florida 230, donde recibo consultas,
gratis para los pobres por decisión mía, y gratis para los que no son pobres
por decisión de ellos.
Y
era una mañana del presente mes de setiembre y la hora temprana en que una
señora de noventa y tantos años me había madrugado para contarme, con aquella
impertinencia clásica con que cuentan las viejas sus achaques, la historia de
un catarro crónico que padecía desde joven y que, para mejor comprensión, quiso
narrar desde el principio, adornándola con mil detalles minuciosos, inoportunos
y biográficos que se ligaban, a su modo de ver, íntimamente con su bronquitis
incurable y con la guerra de la independencia.
Iba
la enferma a media asta de su cuento refiriendo las alteraciones que tuvo su
catarro en tiempos de Rivadavia, cuando Benito, mi sirviente, a quien
aprovechando esta oportunidad presento a ustedes, me entregó un folleto que
acababan de traer.
La
vieja suspendió su narración y alargó los ojos con aquella sublime curiosidad
que conservan
todas las mujeres, desde la edad de tres meses hasta la de ciento cincuenta
años.
La
ansiedad de mi enferma me incitó y por un rasgo de bondad casi paternal, leí en
alta voz
la carátula y dedicatoria del folleto, que decía así: "Facultad de
medicina. La herniotomía.
Tesis
para el doctorado. Mi muy querido Eduardo: vivimos juntos; en la fonda de la
Sonámbula nos fiaban juntos; juntos tuvimos que repetir la inolvidable horchata
de Canesa. Quiera el cielo que en la nueva época de mi vida, tengamos ocasión
de juntarnos muchas veces.
Tu
siempre amigo. -"Ignacio Pirómano", Ni
un cañonazo a boca de jarro, ni un redoble de trueno en oreja desprevenida, ni
una receta
del doctor Granados, habría producido tan alarmante efecto, Apenas mis labios pronunciaron
las dos, palabras "Ignacio Pirómano", mi pobre enferma volvió los
ojos al cielo y se halló presa de las más horribles convulsiones.
Entonces
yo, con aquel talento generalizador que me caracteriza, saqué mi cartera y apunté
esta prudente y científica observación, semejante a muchas de las que hacen
algunos de mis colegas y no pocos autores: "Contraindicado, para las
bronquitis crónicas, el nombre de don Ignacio Pirovano". Y contento de mí
mismo, espero la oportunidad de comunicar este descubrimiento a la academia de
ciencias médicas.
A
las dos horas de este suceso vinieron a pedirme el certificado de defunción
para enterrar a la señora, muerta de emoción en la flor de su edad y sin
motivo, pues don Ignacio Pirómano es hoy uno de nuestros distinguidos médicos,
habiendo abandonado por completo la profesión de atar tarros de lata a las
colas de los perros, de enseñar insolencias a los loros y de echar fósforos en
los atrios de las iglesias.
El
mismo Pirovano que hace diez años ponía pica -pica debajo de la cola de las
gatas, ha escrito hoy una de las tesis más notables que se haya presentado ante
la Facultad y ha recibido un honroso título, después de haber cursado con un
éxito envidiable todas las aulas de la escuela.
Que
elogien otros sus méritos como estudiante; yo no quiero hacer cosas inútiles y
no he de decir que Pirovano ha sido constantemente sobresaliente en sus
estudios, porque todos lo saben. El no necesitaba elogios; el mérito se abre
aso en todas partes y, entre nosotros si los elogios ayudan a vivir, el
verdadero valor no es del todo desconocido.
Pero
la vida del hombre tiene a lo menos dos faces. En la una, cada hombre es el
cómico que tiene un carácter y representa un papel serio ante el mundo; en la
otra, el hombre es consecuente con sus tendencias y se queda con rasgos de niño
o intenciones de muchacho durante toda su vida.
Yo
no paso jamás delante de un naranjero sin que una tentación irresistible me
obligue a meter la mano en la canasta; otros son perseguidos por el deseo de
poner zancadillas a los que pasan. Pirovano, tan estudioso y serio como es, tan
aprovechado, tan observador, no abandonará jamás esas tendencias estudiantiles
que harán célebre su nombre en la historia de las jaranas escolares.
Yo
sé muy bien que podía hacer sobre Pirovano un pomposo articulo en que contara
sus triunfos como estudiante y sus méritos como profesor de esta descalabrada
ciencia, que consiste en la aptitud de dejar creer a los otros que remediamos
algún mal en la vida. Pero semejante panegírico no sirve para nada.
Entre
nosotros, la Facultad de Medicina se hace la triste ilusión de que los títulos
que concede
y los honores que dispensa al talento y al estudio tienen algún valor. Error
deplorable.
Más
que todos los títulos científicos y los honores facultativos, valen las
hablillas mujeriles y la propagación de la fama por la lengua de los conocidos.
La
Facultad nos hace médicos y nada más; pero las relaciones, las amigas de la
casa, las sociedades
de beneficencia y las señoras bien vistas, nos hacen especialistas en
criaturas, muy hábiles para pulmonía, muy entendidos en roturas de piernas y
famosos para abrir orejas a las niñitas de las casas decentes.
Lo
mejor que tiene todo esto es que es sin motivo y que en ello más que en ningún
otro caso se verifica el refrán que dice: "por haber matado un perro, me
llaman el mataperros". Para
ganar el título de especialista en niños, no hay más que curar la tos que tuvo
la chica de una señora a la moda y, para ganar la fama de cirujano, basta
cortarle los callos a un hombre rico y conocido. Mientras usted no haga esto,
bien puede verificar maravillas en las criaturas de los corralones y practicar
las operaciones más difíciles in anima vili: jamás pasará usted de ser un médico
como tantos.
Pero
hay también otro medio de llegar a ser notable en una ciencia; ponerse serio,
vestir rígidamente, no hablar nunca, no reírse jamás y conservar constantemente
el aire de la mayor solemnidad.
Y
luego, ¿para qué sirve todo ello?, ¿para adquirir comodidades, bienes de
fortuna, lujo, y consideración social?
Ante
todo, sería necesario probar que en ello hay un átomo siquiera de felicidad.
Cuando
yo era estudiante y tenía que poner tinta en mis medias a la altura de los
agujeros de mis botines; cuando tenía que pegar con hilo negro los botones de
mi camisa y pagaba el lavado a mi lavandera con el tiernísimo amor que
profesaba a su hija, los días se pasaban alegres y sin cuidado.
Ahora,
si alguna vez me encuentro descontento, es por el profundo fastidio que me
causa el no necesitar de nada.
¡Qué
vida tan vulgar tener todo! El
otro día entré al cuarto que ocupaba en el hospital mi inolvidable amigo
Pietranera; había
olor a humedad; sobre una cama descompuesta se encontraban varios libros
abiertos; una vela de sebo estaba pegada al borde de la mesa y en una mitad de
cráneo se veía un pedazo de lacre, una pinza y unos botones de puño; el papel
de las paredes se estaba yendo.
Un
placer melancólico me invadió, semejante al que se tiene en presencia de todos
los recuerdos,
y fue con profunda tristeza que dije en mi interior: ¡pobre de mí! el papel de
mi dormitorio está bien pegado y no tengo ni un miserable cráneo en que poner
los botones de mis puños. Hay días en que los espejos y las alfombras nos
fastidian y desearíamos vivir en un cuarto, con cuevas de ratones, olor a
humedad y piso con agujeros Esto a lo menos suscita algunas reflexiones.
Con
que si el amigo Pirovano ha de tener coches, caballos, casa y clientela, es
bueno que sepa que esto no se tiene sino a costa de la felicidad y con el favor
de la lengua de unas cuantas señoras distinguidas y, solo por excepción, a
pesar de todo esto.
Sólo
por excepción perdona esta sociedad a un médico, por más talento que tenga, que
durante su juventud haya puesto colas de papel a los traseúntes y enseñado
insolencias a los loros.
Pirovano
es actualmente profesor de anatomía en la Facultad de medicina y ha sido farmaceútico
del hospital; será, por consiguiente, un hábil operador y es y ha sido
sobresaliente en química.
Esta
cualidad le permitía preparar una azúcar inflamable con la cual, a la larga,
tuvieron que familiarizarse todas las niñas que asistían a los bailes del club
del Esqueleto.
Creo
que este club es el único de su especie que ha existido en el mundo.
El
club del Esqueleto fue una asociación en la cual figuraba Pirovano, en su doble
calidad de miembro activo y de repostero, empleo que le fue confiado en virtud
de su habilidad para fabricar vinos y licores con las tinturas y los jarabes
medicinales de la botica del hospital.
Creo
que fue Sydney Tamayo el fundador del club del Esqueleto. Tamayo es actualmente
médico y se halla en Salta prodigando a sus paisanos los dones de su talento
maravilloso.
Cuando
era estudiante, tocaba la flauta con exquisito gusto y el ciego Gil, otro
estudiante distinguido, lo acompañaba en el plano. El tener Tamayo una flauta y
haber alquilado Gil un piano, fueron los trágicos sucesos que dieron origen a
la formación del club del Esqueleto.
El
propósito de esta asociación era dar bailes sin un medio y divertirse de balde,
pasando gratis las horas que se hayan pasado mejor sin pagar nada en este
mundo.
Tamayo,
Gil y cuatro estudiantes más vivían en una sala de la calle de San Juan. Los
días en que debía haber baile, sacaban al patio las camas, se alfombraba la pieza
con las frazadas de los enfermos de la sala de crónicos del hospital de
hombres, se pedía sillas en la vecindad. Tamayo robaba chocolate en la despensa
del mismo hospital; se compraba masitas por subscripción; Pirovano hacía los
cocimientos necesarios en la botica, con los que preparaba los vinos y los
licores; llevaba un tarro de pastillas de quermes, con que debía obsequiarse a
las señoras y, hechos todos estos preparativos, se invitaba a las niñas del
barrio, que eran, cuando menos, novias legítimas de cada uno de los
estudiantes. El doctor Larrosa, asistente infalible a esas tertulias, me ha
confesado a mí que pocas veces ha estado en reuniones más amenas, a pesar del
disgusto que le causaba ver trancadas las mesas y compuestas las sillas con los
omóplatos y tibias de los difuntos que suministraba la sala tercera.
Aquellos
bailes famosos en que jamás se cometió desorden alguno, para honor de los estudiantes,
y en que se armó no pocos matrimonios, a imitación de lo que sucede en el Club
del Progreso, terminaban siempre cuando Gil y Corvalán declaraban que tenían
sueño y comenzaban a acercar sus catres, húmedos de rocío, a la sala de baile.
Entonces Pirovano servía la última copa de tintura de ruibarbo, que saboreaban
con indecible placer las damas y caballeros de aquella fiesta.
¡Qué
dulces son estos recuerdos! El
tiempo que todo lo va diseminando, mandará quizá a cada uno de nosotros a
millares de leguas de distancia y los que fueron un día compañeros alegres no
tendrán, como símbolo de su pasada felicidad, más que un recuerdo por esa
invencible tendencia que tiene el hombre a aferrarse a. cada uno de los
momentos de su vida, aunque vaya siempre buscando un porvenir mejor.
¡Pero
el recuerdo es una nueva vida para cada cerebro! ¿Qué
diferencia hay entre la realidad de un suceso y la viva impresión por una representación
ideal? ¡Soñar con claridad es, en el momento que se sueña, tan cierto para el
cerebro, para el alma, como tener la realidad presente! Al fin y al cabo todas
son ideas y no hay nada real para la conciencia, sino lo que es capaz de
suscitar una idea.
El
tiempo que está por hacer de Pirovano un personaje serio, no le hará olvidar
que siendo estudiante abría una caja de ostras, se bebía el caldo de un sorbo,
tragaba los mariscos en dos veces y se preparaba de este modo para comenzar su
cena.
Cuando
su inteligencia y su buena fortuna le abran los primeros puestos de la
República y se celebre su advenimiento con espléndidos banquetes, no se olvidará
de que hemos comido al fiado en la fonda de la Sonámbula y de que, cuando no
llegaba nuestra felicidad a tanto, él robaba huevos, los freía en aceite de
hígado de bacalao, los espolvoreaba con pimienta cubeba y nos los comíamos
salándolos con ioduro de potasio. Tampoco se olvidará que los tales huevos, preparados
de este modo, eran riquísimos.
Los
postres más exquisitos no le parecerán mejores que el jarabe de genciana con
que terminaba sus cenas en el hospital, ni los más generosos vinos le harán el delicioso
efecto que le hizo el día de su santo la copa de tintura de jalapa compuesta
que tomó, a falta de vino priorato, antes de encender un cilindro de esponja
preparada, que se fumó enseguida, en sustitución de un habano y por si alguna
vez tenía que curarse de coto. Episodios son éstos característicos en la vida
de un hombre y que no pueden olvidarse jamás.
Pirovano
tiene todas las cualidades físicas para el trabajo y todas las aptitudes intelectuales
para ser un médico notable. Es bondadoso de carácter, reservado, meditador y pacienzudo;
parece muy dúctil, aunque siempre concluye por hacer lo que le da la gana;
tiene una gran facilidad para hacerse querer de sus maestros; sabe evitar que lo
envidien sus condiscípulos y el hecho de conservar como reliquias de su
carácter, ciertos rasgos de muchacho y ciertas diabluras de estudiante, que
contrastan singularmente con su aspecto serio, le da una fisonomía particular y
simpática.
En
Buenos Aires hay una mala costumbre. Apenas aparece en la arena pública un
joven que
se ha distinguido por sus estudios, todos comienzan a elogiarlo de un modo tan
exagerado que el objeto del elogio mucho hará si resiste al mareo que puede
producirle tanto halago a su vanidad. Es necesario tener demasiado buen juicio
para no perderse oyendo elogios. Por ejemplo, yo no sé cómo Goyena, del Valle y
otros jóvenes de brillante inteligencia, no se han vuelto unos pedantes
insoportables al oírse llamar portentos a cada momento y a propósito de todo.
La
primera vez que, vea a Pirovano, he de decirle con tono solemne y levantando el
dedo índice a la altura de la oreja: "No te dejes marear por los elogios
ni invadir por la vanidad; ya que tienes una buena inteligencia, piensa que
nadie te puede juzgar mejor que tú mismo; trabaja y estudia y si deseas
reunirte conmigo de tiempo en tiempo, para recordar con placer los episodios de
nuestra vida de estudiantes, te juro que no ha de faltar por mí toda vez que
crea en conciencia necesitar de tus conocimientos médicos o toda vez que a mis
enfermos se les antoje costearse el lujo de una consulta, en que, con
generalidad, se habla de todo menos de ellos".
Esto
he de decirle a Pirovano cuando lo vea.
4 abr 2015
El mirador del ahorcado
Corría el año 1926, y la Familia Rocatagliatta ,
integrada por Luiggi, un ex Bersagliere del ejercito de Garibaldi, el cual había
perdido un ojo izquierdo en batalla, su esposa Glorietta Cattanni, ex militante
del movimiento anarquista “Camisas Rojas” y sus mellizos de 17 años Emmanuel y
Vittorio, se mudaban a la planta alta de la casa sita en Av. EnTre Ríos al
1000.
La vivienda construida en 1922 por el
renombrado arquitecto Virgilio Colombo, a pedido del entonces Empresario de calzado
Leandro Anda, contaba con un local comercial y dos entradas. En la
correspondiente a la vivienda de planta baja, vivía la familia Zick. Al igual
que sus nuevos vecinos eran inmigrantes. Ernest de origen Húngaro, tuvo su pasado
militar en la Legión
Extranjera , de la cual había desertado en África, por asesinar a un oficial durante un
juego de dados. En su huida conocería a Dolores Rocío, una andaluza que despachaba
un almacén en Tánger, perteneciente a un musulmán llamado Al Jassan y al cual
luego de conocer a Ernest, lo habrían
matado para robarle sus posesiones y escapar juntos, llegando a Buenos Aires en
1893 donde tuvieron a su hija Celina Amparo de 16 años.
No paso mucho tiempo hasta que las familias
entablaron amistad, los hombres solían mantener largas charlas sobre batallas y
armas, Luiggi era propietario de una armería en la calle Cangallo en el barrio
de San Nicolás y en sus ratos libres se recluía en el palomar, que pido expresamente
arquitecto Colombo, construir como anexo en la terraza junto con un mirador con
techo a cuatro aguas, desde donde se veía toda la ciudad.
Las Mujeres que también eran de armas tomar, se
relacionaban con mucha familiaridad, accediendo permanentemente una a la casa
de la otra por los pasillos internos, conviviendo como familia.
Los jóvenes de ambas familias estaban largas
horas juntos, y no paso tiempo hasta que los dos hermanos quedaran prendados
por la belleza de la picara adolescente.
Amparo, que era consciente de su belleza,
jugaba constantemente a conquistar a los mellizos. Emanuel, que era más
extrovertido, fue el primero en robarle un beso. Esto no fue suficiente para
que la joven le entregara su corazón, lejos de eso, se propuso seducir a
Vittorio, al cual su extrema timidez lo mantenía alejado de cualquier intento
de aproximación. Con el tiempo ellos serian concientes que compartían el amor
por Amparo.
Este perverso juego a dos puntas de la joven,
logro crear una rivalidad entre los hermanos que desencadenarían en los
trágicos hechos sucedidos durante la noche del 17 de mayo de 1927.
Aquel martes por la noche, en la ciudad de
Buenos Aires se había desatado una tormenta atroz, los fuertes vientos
golpeaban contra las ventanas de los pisos superiores, por donde se colaban los
refucilos de los relámpagos y los truenos retumbaban en el espesor de la noche.
Vittorio desde un rincón del cuarto observaba
dormir a su hermano, en su cabeza repasaba una y mil veces la enseñanza de su
padre que rezaba “en el amor y la guerra todo se vale”. Es cuando entre sueños,
Emannuel susurra el nombre de Amparo, acompañado de una sonrisa de Satisfacción.
Vittorio fuera de si, se abalanza sobre su mellizo
y comienza a apretar su cuello, Emmanuel abre sus ojos desorbitados y sin
comprender ni ofrecer mayor resistencia fallece a manos de su hermano.
Vitto luego de un minutos de observar el cuerpo
yacer en la cama, toma dimensión de sus actos y reconoce que ya no hay vuelta
atrás.
Sigilosamente sube por las escaleras de
servicio hacia la terraza, en su camino toma un rollo de el alambre utilizado
para colgar la ropa, la lluvia no ha cesado y la noche solo es iluminada por
los relámpagos. Sube al mirador pasando por el palomar de su padre, del cual
deja la reja abierta. Con la ayuda de una mesa y una silla, ata el alambre de
las vigas del techo, lo enrolla en su cuello y con una firme patada desplaza la
silla donde estaba subido. Su cuerpo se balancea dando los últimos estertores,
el tampoco ofreció resistencia.
A la mañana siguiente, Glorietta va al cuarto
de sus hijos para despertarlos, pero solo encuentra el cuerpo sin vida de
Emannuel. Sus gritos se escuchan en toda la casa, Luigi corre a socorrerla,
luego de ver la escena y sin comprender lo sucedido comienza a recorrer la casa
en busca de Vitto. Pero su búsqueda es en vano, parece que el joven se esfumo
en la noche, una idea cuza por su cabeza y decide subir a la terraza, mientras
trepa los escalones, advierte un silencio fuera de lo normal, a esa hora los
buchones suelen hacer su barullo característico. Una vez en el lugar ve el
palomar vacío, y con solo mirar hacia arriba, nota como el cuerpo de Vitto se
mece al compás del viento en lo alto del mirador.
Impresionado por la escena, y a pesar de haber
visto horrores en la guerra, el corazón de Luiggi no resiste y cae desplomado
sobre las baldosas mojadas, a las puertas de su palomar. En ese instante y con
los vecinos de la cuadra de testigos, sobre la terraza de la
Casa Anda , sobrevuelan decenas de aves
salidas de sus nidos. La gente de a poco se amontona para ver el inexplicable espectáculo
que dan las aves, los incautos transeúntes no dan crédito. No tarda en llegar
la policía alertada por los gritos que salen de la casa. Junto a estos ingresa
el Dr, Ramírez, vecino de la casa, que es llevado a la terraza para socorrer a
Luigi aunque sin éxito.
Ernest y Dolores espectadores privilegiados, no
tardan en sospechar que la causa de tal desgracia tendría que ver con su hija Amparo.
Glorietta al descubrir la muerte de su otro
hijo y su esposo, intenta arrojarse desde el balcón hacia la vereda, la policía
y el medico frustrarían su intento, y con la ayuda de dos enfermeros, es
trasladada en ambulancia con un cuadro de desequilibrio emocional.
Los restos de los 3 hombres Rocatagliatta
fueron inhumados en el cementerio de la chacarita, al entierro asistieron
numerosos vecinos y amigos de la familia, también estaba presente Amparo,
vestida de riguroso luto, junto a sus padres que escuchaban los murmullos de
los concurrentes comentado la culpa de su hija en el desarrollo de los acontecimientos.
Amparo, pocos años después de lo sucedido, huyo
un domingo rumbo a Brasil con Pedro Fosse, un paraguayo carnicero, jugador y
mujeriego, que imitaba en su look a
Carlos Gardel, y era inquilino del local que pertenecía a la propiedad.
Su padre, luego de buscar al indeseable yerno
por cielo y tierra con intenciones de matarlo, se marcho junto a su esposa con
paradero desconocido.
Glorietta siguió sola habitando la casa, que
poco a poco se iba deteriorando al igual que su salud mental. Los vecinos podían
verla pasar largas horas mirando desde la ventana del cuarto que había sido de
sus hijos, y donde muchos años mas tarde encontrarían su cuerpo en avanzada
descomposición y parcialmente devorado por roedores.
Con el correr de los años el edificio fue
cambiando de dueños, uno de los tantos fue Ivanildo Menezes y su esposa Marie,
Pai de Santo, que utilizaban la
propiedad como templo unbanda y sobre
los cuales se a regado innumerables
rumores sobre las actividades allí realizadas.
También se cuenta que mientras la casa se
utilizo como inquilinato, antes de ser internado en el borda, allí vivio
Solaris, el mítico personaje autoproclamado extraterrestre, quien habría
inspirado a Eliseo Subiela para su Film “Hombre mirando al sudeste”
Hoy la casa de la Av , Entre Ríos 1081 permanece en pie, tapiada,
abandonada y tenebrosa. Dos cabezas de leones, testigos ciegos de la historia
custodian las entradas.
Sus paredes y salones que conocieron el
esplendor de la alta sociedad del 1900, encierran las historias de muerte,
locura y brujería de los que la habitaron a través de los años.
Solo los que no conocen la historia, se atreven
a mirar hacia arriba las noches lluviosas, corriendo el riesgo de encontrarse con
la imagen del ahorcado en el mirador.
2 abr 2014
A pedir de boca
No se sabe mucho en que año se construyo, se
presume que por 1900. Es difícil rastrear la historia de un lugar que pareciera
siempre estuvo ahí.
El dueño conocido más antiguo del terreno
ubicado en Colorado 64, frente a la que fuera la primera cancha del Club Boca
Juniors, habría sido la madre de Tito Lectoure, mítico manager de box y
propietario del Luna Park.
El lugar estaba ubicado frente a la flamante y
prospera Compañía Italo Argentina de Electricidad (CIAE) , que fuera construida en etapas por
inmigrantes italianos entre los años 1914 y 1926.
El despacho de bebidas y comedero era un lugar
de mala muerte, la higiene estaba ausente y los trabajadores del barrio tenían
un vaso de vino y un plato de guiso caliente y barato asegurados.
En 1954 el Polaco decidió dejar el lugar que
para entonces ya era viejo y con historia, y se lo vendió en cuotas y con
pagares a dos jóvenes Asturianos de 18 y 21 años, ellos eran Marcelino y
Francisco Castro.
Los hermanos Españoles que habían sido llamados
por una tía que ya vivía en Buenos Aires y tenían experiencia como mozos, se
hacían cargo del bodegón de lunes a lunes y dormían en el lugar, ya que su lema
era trabajar mucho y gastar poco, para poder levantar los pagares y prosperar.
El lugar siempre estaba lleno de trabajadores
del puerto, frigoríficos y de las fábricas lindantes, entre ellas la de Ford
que había estado sin funcionar desde 1941 a causa de la falta de insumos por la
guerra y reabierta en 1957 hasta su posterior traslado a Pacheco en 1963. Los lavoratori se reunían para el almuerzo y por
las noches para beber y jugar a las cartas por dinero.
El lugar era exclusivamente para hombres, las
mujeres y los niños solo podían pasar por la puerta de Agustín Caffarena 64 (último
y actual nombre instituido en 1940 en honor al creador de la 12, mítica
hinchada de Boca, luego que la legislatura rechazara el nombre anteriormente impuesto
por los vecinos)
Con los primeros albores de la democracia y
aquel vientito de libertad soplando por las calles de Bs. As., al Obrero
comenzaron a ir los jóvenes militantes que soñaban con ser gobierno en 1983, provenientes
de los flamantes locales políticos que se abrían en el barrio. La esposa de
Marcelino y madre de sus 3 hijos comenzó a ayudar en la cocina y de apoco el
local fue concurrido por familias. Los días de peleas y apuestas habían llegado
a su fin.
A medida que los hijos de ambos iban creciendo,
se sumaban al staff, primero como lavacopas, si era necesario subidos a un
cajón de gaseosa, luego ayudantes de cocina y finalmente mozos.
Entrados los años 90 el país se fue poblando de
turistas ilustres y por algún motivo todos ellos iban a comer al Obrero. Las
paredes del lugar ya estaban pobladas de banderines de futbol, fotos con
artistas nacionales, políticos y deportistas, que los dueños solían cambiar por
una cena gratis en agradecimiento por posar con el personal.
Paradójicamente las fabricas iban cerrando, el
puerto dejaba su activad poco a poco y el bodegón cada vez se hacia mas popular
entre los turistas y nativos cholulos que querían cenar en la mesa donde había
estado Bono o posar junto a la foto del rey Juan Carlos de España.
En el año 2005 Marcelino dejo su lugar a Juan
Carlos su hijo, quien se encargo del bodegón con la compañía de su familia y de
Jorge Melgarejo, el fiel empleado que comenzó a trabajar con 18 años en 1962, año
en que naciera Juan Carlos.
Para ese entonces diarios como el New York
Times y The Guardian recomendaban no dejar de pasar por el lugar si se venia a
Buenos Aires, y publicaba la foto del personal junto A Tim Robins y su entonces
esposa Susan Sarandon. En la
Actualidad no hay portal gastronómico que no recomiende este
lugar, incluso las guías extranjeras.
Los hermanos Castro ya no viven, pero el lugar
sigue intacto.
El sótano esta apuntalado con vigas y el piso
hundido, las paredes hacen décadas que no se pintan, el mobiliario de la barra
tiene casi 100 años y parte de la vajilla, mesas y sillas es la misma desde
hace 60 años. Juan Carlos y su primo Pablo, tratan de no modificar nada, y
aunque cueste creerlo, eso lleva más trabajo que cambiarlo todo.
Pablo atiende con su característica casaca
Bordeaux y su blanca servilleta al hombro, te deja la carta sobre la mesa
aunque tranquilamente podes leer el menú escrito con tiza blanca en uno de los
inmensos pizarrones amurados a la pared. Cuando vuelve por el pedido podría
decirte que ya te leyó lamente y sabe exactamente que tense ganas de comer.
Mientras traen la comida una tele sin voz
con un cartel que dice “por decreto SADAIC no tenemos permitido volumen
en la tv” muestra imágenes con lluvia, pero eso no importa ya que es
inmensamente mas interesante ver los banderines y las fotos que revisten las
paredes y adivinar quien es ese personaje
que aparece cuando era joven .
Cuando llega la comida siempre es más y mejor de
lo que uno se imagino. Para cuando se termina el ultimo bocado se siente que
esta en casa. Entonces vuelve Pablo a retirar los platos y te cuenta sobre el
lugar y su familia, y sus mellizos de 8 años. Te ofrece el postre, y a pesar de
la abundancia del plato anterior no se puede decir que no. Otra vez te lee la
mente y muy canchero te dice, deja que te traigo un Pave de vainillas que hizo
mi vieja que esta ahí atrás…
Entonces todo cierra, entendés porque ese lugar
rustico y escondido perdura a través de los años, porque cuando te vas y “oles
a morfi” te dan ganas de volver al otro día. Te das cuenta que ese lugar es un
autentico pedazo de Buenos Aires, ahora lo sabes, y quien te dice que no fue ahí, en ese pedazo de tierra que hoy
ocupa El Obrero, donde Don Pedro de Mendoza clavo su espada, se sentó en una
piedra, prendió un fueguito y se calentó el guiso.
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