25 jun 2012

Había una vez un circo


Corría el año 1910 y la patria pujante estaba de festejos por los cien años de la Revolución de Mayo. En el barrio de Caballito se inauguraba el parque que llevaría el nombre de “Centenario” íntegramente diseñado por el renombrado - y muy de moda en aquella época- arquitecto franco argentino Carlos Thays. Colectividades de todas partes del mundo, donaban esculturas y monumentos, entre ellos: “la torre de los ingleses” en Retiro, el monumento a Cristóbal Colon o el de George Washintong.
Para la ocasión la ciudad se lleno de visitantes extranjeros, algunos ilustres y otros no tanto. Entre las comitivas llegaron artistas de variedades, que representarían sus actos para el pueblo durante las celebraciones, entre ellos los hermanos Nobel.
El Trío de acróbatas era oriundo de Kiev, capital de Ucrania, y arribo a puerto Argentino en abril de ese año acompañado de algunos primos Rusos que desempeñaban otros actos del mundo circense. A pesar de estar pautado el regreso a su país luego del mes de Mayo, los dos hermanos mayores, decidieron seguir las representaciones y en poco tiempo se encontraron casados y con hijos.
Instalados ya definitivamente en nuestro país, continuaron con su espectáculo. Así pasaron los años y el menor de los hermanos llamado Jaim, que al llegar a Bs. As. apenas tenia 10 años, también formo su familia.
Corría el año 1925 y en Europa se vivían la post guerra, muchos decidieron escapar de sus países para no perder lo poco que les quedaba, este es el caso de Abraham Mociulsky, también oriundo de Kiev y viejo conocido de la familia Nobel. Abraham adquirió una finca a unas cuadras del Parque Centenario, en esa época las zonas linderas al parque ya eran popularmente llamadas con el nombre de este, a pesar de pertenecer a Caballito, Villa Crespo o Almagro.
No paso tiempo para que en parte de ese terreno ubicado en la calle Ferrari al 200, se instalara una carpa que llevaría el nombre de “Circo Estrellas del Centenario” y estaría a cargo de los hermanos Nobel.
Este espacio funciono hasta 1940, año en que la fiebre fabril, llevo a Don Mociulsky a tomar la decisión de construir en ese predio una empresa textil. La Fábrica fue inaugurada en 1945 y funciono hasta los años ´80 cuando cerró definitivamente sus puertas.
El viejo circo que parecía haber quedado en el olvido sin dejar rastro, vivía en la memoria del ahora anciano Jaim, aquella historia esperaba el momento exacto para ser contada.
Pablo Zarfati productor y director de espectáculos, y su esposa Miriam de profesión trapecista, llegan de un largo viaje por Paris, donde fueron a capacitarse cada uno en lo suyo.
A su llegada en 1991, montan un espectáculo circense al aire libre en el Parque Centenario que se presentaría durante todo el año, Pablo entusiasmado por la experiencia, le cuenta a su abuelo los momentos vividos. Para su sorpresa, este, le relata su llegada a Buenos Aires proveniente desde Ucrania, junto a primos y hermanos en 1910 y la posterior apertura de un Circo en cercanías de dicho parque.
La casualidad sorprendió a la joven pareja, pero solo era el comienzo de una serie de acontecimientos insólitos por suceder.
David, el hijo de Abraham Mociulsky y heredero del enorme galpón donde alguna vez había funcionado la textil de su padre, y que desde los años 90 el edificio estaba totalmente abandonado, publicita el terreno en los clasificados del diario.
Cuando en el año 2004 Pablo, que busca un lugar para abrir “El club de trapecistas”, leyó el aviso y no tuvo más que apelar a su memoria y atar cabos para que el círculo se cerrara. Basto con contarle la historia a David, para que ésta siguiera su camino. No había mas que decir, el galpón de la calle Ferrari 252 volvería a ser el “Circo estrellas del Centenario”.
Hoy de su cúpula que mantiene la claraboya original, cuelgan alegres las nietas de Don Abraham en sus clases de trapecio. De la Fábrica quedo la estructura de 12 metros de altura, la caja fuerte cerrada y un “Viva Perón” manuscrito en el suelo, del viejo circo la sangre y la pasión de sus herederos.


Video de 1941 - inauguración del tinglado de la Textil

18 jun 2012

Viviendas para todos


Mil veces pase por esa manzana y mire sus muros sin prestarle mas atención de la que creí se merecían. Pero esta ciudad es así, cuenta historias a los gritos, para los oídos sordos de los habitantes que la recorren a diario.
La gótica Facultad de Ingeniería ya por si sola llama la atención, emplazada en el barrio de Recoleta en la manzana comprendida por las calles Av. Las Heras (ex Chavango), Pacheco de Melo, el Pje Cantilo y Azcuenaga, esconde otra historia que hasta hace un año estaba notoriamente visible y seguramente a pocos le llamo la atención.
La historia del barrio de Recoleta comienza en 1580, cuando Juan de Garay tras fundar la ciudad repartió las tierras entre los 65 hombres que lo acompañaban, Rodrigo Ortiz Zarate (2° intendente de la Ciudad) fue el afortunado poseedor de las parcelas que hoy ocupa y en ese entonces se conocía como la chacra “Los ombúes” . Tras la muerte de su primogénito dueño, su heredero Juan Ortiz de Garay vendió la chacra al capitán francés Beaumont a cambio de un traje completo de hombre, dado que consideraba que ese lugar no teni­a ningún valor. En 1608 las tierras fueron nuevamente vendidas, esta vez por una tenaza, una peluca y un abrigo.
El nuevo dueño Simon Valdez, era  devoto de la Virgen del Pilar y promete a esta  la construcción de un templo para venerarla, pero muere sin llegar a cumplir la promesa y los terrenos le quedan  a los frailes Recoletos Descalzos de la Congregación Franciscana,  quienes en 1732, y tras 26 años de construcción y 2 benefactores,  inauguran la aun existente Iglesia del Pilar, cercana al  arroyo Manso o Tercero del Norte, actualmente este arroyo esta entubado y discurre por debajo de Av. Pueyrredón,  Austria y Tagle, desembocando en el Río de la Plata.
Hacia 1830 el convento además había funcionado como cuartel, hospital de sangre, cárcel y la barda del recién inaugurado cementerio como “paredón de fusilamiento” por Rosas y sus soldados.
Cuando Buenos Aires sufrió terribles epidemias de cólera fiebre amarilla en la década de 1870, la población se desconcentró para evitar el contagio. De los 190.000 habitantes solo quedaron en la ciudad 45.000, las clases populares se instalaron en el sur-sureste de la ciudad, y las más acaudaladas lo hicieron en la Recoleta donde la altura del terreno reducía la presencia de insectos transmisores de la enfermedad.
Por esta emigración, muchos terrenos quedaron vacíos y sin dueño, como ser el caso de los ocupados por el Matadero del Norte, emplazado en la manzana mencionada al principio de este relato. Hacia 1882, el Ingeniero Municipal Juan Antonio Buschiazzo, creyó una buena idea diseñar un “Barrio Obrero” en estos terrenos. Su proyecto incluía dos tiras perimetrales de 56 casas a lo largo de Anchorena y Larrea, estas contarían con una sola entrada en medio de las cuadras, y en el centro un jardín donde se ubicarían los lavaderos. Lamentablemente este proyecto fue desechado, sin embargo en 1886 y lejos de dejar la idea de lado,  Buschiazzo decide cambiar la ubicación y trasladarla a la manzana contigua que llegaba hasta la calle Azcuénaga, serían 58 viviendas repartidas en tres franjas, en esta oportunidad,  solamente le aprueban edificar 1 tira de 20 casas con jardín y administración. De aquello que imagino como un gran conjunto de casas para obreros, finalmente se construyeron 8 viviendas que se inauguraron en 1889, siendo las pioneras de este tipo, ya que hasta 1910 no existió ningún otro plan de viviendas económicas.
En 1909 se proyecta la construcción de la Universidad de Derecho y Ciencias Sociales que ocuparía el espacio dejado por las viviendas no construidas, recién 3 años mas tarde y con los planos originales modificados, comienza la construcción que nunca fue terminada del todo, por lo que supone fueron errores de calculo en sus planos finales. En 1925 se inaugura parcialmente, para en 1938 abandonar definitivamente las obras dejándola sin sus revestimientos interiores y exteriores y cúpula neogótica. A fines de los años ´40 el edificio es cedido a la Facultad de Ingeniería, los vitraux de sus ventanales traseros y sus jardines lindaban con las 8 casas erigidas por Buschiazzo. En los Años ´80 es cuando se decide que la Facultad necesita un estacionamiento, por lo que se ordena demoler el interior de las casas centenarias y dejar solo su frente ciego a modo de muro perimetral.
Como una paradoja, lo que un día fue concebido para beneficio de la clase trabajadora es demolido en beneficio de la clase acomodada. Y si nos parece incompatible pensar en casas obreras, en el corazón de un barrio donde el inconciente colectivo cree que los humildes solo tienen acceso en condición de empleados, los muros inertes y grises permanecían ahí desafiantes, aunque no todos supieran su historia.
Hoy cuando en los medios se habla de viviendas para todos, aquellos muros fantasmas que resistieron al tiempo, y en los últimos años sirvieron de albergue para personas en situación de calle, fueron demolidos con el fin de construir estacionamientos subterráneos. Con ellos se fue un monumento a la utopia, los sueños de integración entre clases sociales y parte de la historia de la Ciudad, esa que nos cuenta cuando un terreno no valía más que un traje o una peluca.


30 may 2012

El encantador de almas


De largos cabellos canosos, casi blancos, como su larga barba, de traje blanco impecable como sus alpargatas, o con saco cruzado de un colorado brillante que contrasta con su rostro pintado con pálidas cenizas, esta sentado en un tacho raído, con los pies bien juntos, su mano derecha aferrada a una flauta y su izquierda dibujando notas incoherentes en el aire de la ciudad.
De los locos de Buenos Aires este es el más misterioso, su estampa de faquir, de Cristo avejentado, flautista encantador de almas distraídas que se aparece ante los incautos caminantes nocturnos.
Dicen que si lo ves, tenés que darle una moneda y te traerá buena fortuna, al menos por esa noche. Pero no para todos es visible y no todo el que lo ve, puede escuchar su música, para algunos simplemente es un fantasma entre la gente, para otros un mimo que gesticula y no emite sonido alguno de su instrumento, para los privilegiados, de su flauta salen notas mágicas que te traspasan el alma.
Si vas distraído y seguís de largo, posiblemente lo encuentres al llegar a la próxima esquina. Hay quienes aseguran que tiene un aura mística, que encontró una melodía y mientras sea tocada tendrá la vida eterna. Nadie sabe con certeza cuantos años hace que esta en esa esquina de Lavalle y Cerrito, algunos afirman que mas de 20, otros que toda la vida, lo cierto es que a través de los años, el flautista de Lavalle, nunca cambio su fisonomía.
Muchos quisieron fotografiarlo, pero su imagen se velaba o salía desenfocada, solo con las cámaras digitales pudieron lograr el cometido, otros le preguntaron su nombre y solo ante la insistencia contesto que era Dios.
Dicen que dicen, que en Lavalle existen las fuerzas del mal y del bien, que el viejo es hacedor de almas y que represente al bien y el ser del mal, camina tatuado de los pies a la cabeza...Algunos recuerdan haberlo visto un día y al siguiente no saben de quien se trata, otros escuchan su música encantada que provoca extraños recuerdos en tanto que otros solo oyen el viento. Si lo miras a los ojos y tu alma es pura, sentirás la dulzura de su mirada complaciente, en cambio si no sos digno, te invadirá el temor con solo sentir su presencia.
Los más románticos sostienen que el viejo es el fantasma de Luis Teisseire, que a pesar de haber sido en vida un eximio flautista, al morir olvido las notas. Otros afirman que es Ian Anderson, el mítico integrante de Jethro Tull, que loco baga por las calles de Buenos Aires entremezclando notas al azar, o que es el judío errante y no morirá hasta que el mismo Jesucristo vuelva a nacer.
Cuentan que un día lo vieron en San Telmo y a la semana en Castellón de la Plana en Valencia España. Que vive en el hotel Paraná en el centro y seria oriundo de Brasil y no sabría hablar castellano.
Alguien le escribió un poema, otro le dedico un cuento, su personaje aparece en una Films de Ciencia Ficción animada y en innumérales foros de la web, debaten su verdadera existencia. Lo cierto es que se convirtió en leyenda, su música cual canto de sirenas, atrapa a quien la oye y despierta la curiosidad del misterio no revelado.
La Verdad es que Jamás lo vi, y no se si alguno de los dichos sean ciertos, quizás algún día lo encuentre y me toque su canción, para ese momento llevo siempre una moneda en mi bolsillo y la mirada perdida en el asfalto. 


14 may 2012

Pepe y su golondrina


Cuando somos niños las cosas vividas en gran medida determinaran nuestro carácter de adultos, desarrollamos nuestros gustos, pasiones y también guardamos en la memoria aquellos momentos que al recordarlos nos dibujaran una sonrisa en el rostro.
A veces, los recuerdos están dormidos y nos hace falta un poco de ayuda para que despierten.

En mi infancia y la de mis hermanos, al igual que la de muchos chicos del barrio de Palermo, una sonrisa de oreja a oreja se nos formaba el día del niño. Más allá de la expectativa por los regalos familiares, que muchas veces respondían a los ruegos efectuados con varias semanas de antelación y otras tantas que eran mas no, ya sabíamos de antemano que en el Club Eros se preparaba una gran fiesta en la calle. No importaba mucho si se era parte del club o no, ni siquiera era condición ser vecino del barrio, desde los años ´60 era tradición y todos sabían lo que iba a pasar. Desde la mañana se veían los preparativos, la cuadra era cortada de esquina a esquina y adornada con banderines de colores, enormes caras de payasos dibujadas en cartulinas adornaban las paredes, una pareja de pony´s con sombrerito y montura se usaban para dar la vuelta a la manzana y sacarse una foto, se repartían caramelos masticables, globos y chucherías a granel y el numero principal era la función de títeres.
El carromato de La Golondrina llegaba tambaleante por las calles empedradas, perseguido por niños apurados que no querían perderse la función. Pepe, el titiritero desalineado y con espesa barba, estacionaba en Uriarte justo frente a la puerta del club, a nadie le importaba sentarse en los adoquines a esperar expectantes que las cortinas se corrieran y aparecieran los actores principales, un oso, un diablo, un caballero y una princesa. Entonces comenzaba la magia, se corría el telón, la música sonaba, las risas retumbaban en el cielo de Palermo y nadie quería que se acabe la función, la excitación por lo vivido duraba hasta el tercer recreo de lunes en el cole, donde se seguía hablando de lo sucedido.
Pepe Ruiz vivía en el barrio, aunque su barrio era la Argentina toda, desde muy joven a los 14 años, había decidido que su vida eran los títeres. El y sus entrañables personajes recorrían las plazas del país y del continente, contando historias a miles de niños de distintas culturas y a sus padres que también se emocionaban. Su lenguaje era universal, y los cuentos provenientes en su mayoría de su imaginación, dibujaban sonrisas a los niños aborígenes y a los españoles, a los del mar y los de las montañas, a los cristianos, los judíos, los musulmanes y los temerosos del diablo, que no les temblaría el pulso para arrojar objetos al carromato al ver salir a tan nefasto personaje con cuernos y tridente, por suerte estos últimos solo lo hicieron una vez y por el susto.
En los años ´80 Pepe ya tenia sus propios niños, quienes asistían a la escuela 23 Dr. José Maria Bustillos que quedaba en Thames y Gorriti, creo que eso lo motivo a dar clases de títeres los sábados en el colegio para los que quisieran asistir.
Con papel, agua y harina, los chicos materializaban los personajes que le dictaban su imaginación, las temperas de colores y los vellones de lana vieja le daban personalidad, para finalmente ser bautizados y presentados en sociedad como verdaderos seres vivientes dotados de alma que los padres mirarían sin comprender del todo su valor real. Pepe era muy didáctico y un pedagogo innato, a demás de enseñar a crear títeres, también daba clases de teatro y preparaba varias obras infantiles con elenco integrado por chicos de todos los grados, para ser representadas en un gran festival escolar a fin del año lectivo. El sabía ver más allá en cada niño, comprender sus necesidades y descubrir sus aptitudes, sabia como extraer el diamante en la roca.  
En los años 90, se lo solía ver por plaza Francia haciendo funciones los domingos a la tarde, y cada tanto desaparecía a causa de uno de esos largos viajes en su carromato.
En la actualidad y con sus sesenta y pico de años y 50 de trayectoria, vive en España, sigue enseñando su arte a jóvenes titiriteros y dando funciones callejeras acompañado de su hijo Iván. También edito un libro sobre los titiriteros trashumantes de Latinoamérica, y en sus páginas se puede descubrir su propia historia. Increíblemente y a pesar de su lejanía, su magia flota en la ciudad y en el recuerdo de miles de personas que lo vieron cuando eran niños, algunos cada tanto se preguntan por donde andará la Golondrina, otros como César López Ocón, le dedicaran un poema:

Vuela “La Golondrina” enamorada
por un cielo infantil de primavera
saltimbanqui feliz, volatinera,
se detiene en la aldea adormilada.
Nace ¡Oh! El retablo de la nada
y en medio de la plaza dominguera
florece, al fin, la risa bullanguera
como flor antigua, recobrada.
Los títeres retornan a la senda.
Más queda un viejo aire de leyenda
flotando como un duende forastero.
También a una muchacha le ha quedado
para siempre un recuerdo alucinado:
la barba hirsuta del titiritero.

En mi caso particular, le debo a Pepe ser el primero en creer que con 12 años yo podía contar historias, el me enseño a dar riendas sueltas a mi imaginación improvisando con un títere en cada mano o actuando sobre un escenario frente a todo un colegio. Durante años, estos hechos durmieron en mi memoria, fueron un recuerdo de la niñez del cual no note su verdadera dimensión hasta que me reencontré con Cris Lomba, quien fuera compañero de primaria y que antes de fallecer me regalara las imágenes de su infancia, entre sus relatos figuraba el siguiente: “...siempre me acuerdo de vos, tengo tu imagen grabada de una tarde en la plaza de Malabia cuando eras titiritera, guardo hermosos recuerdo de aquellos años”.
Ahora esos recuerdos me acompañan vividos en mi memoria para poder contarle a quien me lea, que existe un hombre poseedor de un mundo lleno de magia, que vuela con la golondrina y su nombre es Pepe Ruiz.



6 may 2012

Carlos de las villas


Durante toda la noche de ese 12 de Mayo de 1974, las campanas de la Capilla de Cristo Obrero, en la Villa 31 del Barrio de Retiro, redoblaron en señal de Luto. La vigilia en torno a un fogón se extendió a todos los asentamientos de la ciudad, cerca de 10.000 villeros pasaron la noche en vela, con la guitarra se acompañaron las voces quebradas de los que cantaron su pesar.


…“Se equivocaron, Carlos,
los que creyeron
que en una cruz de balas
solo se mata.
No basta una ametralladora
tu villa y mi villa
no se equivocan.
Los diarios podrán decir
“Murió el Padre Mugica”
como antes muchos creían
que una trompada
borraba una villa.
El pueblo
Carlos de las villas
Carlos hermano
sabe que no se llora siempre
lo que se esta ganando.”…

Por sus calles embarradas, peregrinaron cinco mil almas desoladas, cortejando el féretro que cargaban en andas llevando sus restos al Cementerio de La Recoleta.  
Si le hubiesen preguntado en vida, seguramente y a pesar de pertenecer a una familia ilustre, jamás hubiese elegido ese lugar como ultima morada. Todos sabían que su lugar era la villa junto a los pobres, si hasta el mismo Perón en 1973 fue personalmente a buscarlo.

…”Los “sin voz” tiene ahora
mucho más que tu voz,
tienen tu vida.
Prometiste venir
cuando pudieras;
nuestra villa, mas que antes,
te espera”…

25 años esperaron los villeros el regreso de Carlos, esta vez apenas fueron mil los que hicieron el cortejo. Los años fueron duros para los que quedaron en las fábricas, los barrios, los comités y las escuelas. Muchos de los que cargaban el ataúd de regreso a la villa, eran hijos huérfanos de aquellos que si lo conocieron.
Un trozo de su camisa ensangrentada, aquella que fue escudo frustro de los 15 balazos, su estola, esa con la que aparece en la “estampita”, improvisados carteles con su rostro y fotos blanco y negro recubiertas celosamente con bolsitas de nylon para que no se arruinen, sirvieron para detener el transito en Av. Del Libertador o Figueroa Alcorta, ante los ojos de los conductores absortos, que no llegaban a comprender la escena.
Tres horas duro el peregrinar, el ocaso de una tarde soleada los recibió en la entrada de la villa, la autopista Ilia era solo un proyecto, que para ser concretado tuvo que esquivar la Capilla de Cristo Obrero, donde a partir de ese día descansan sus restos.

…”Perdonalos, Padre,
No saben lo que hacen”
Y no lo sabían.
Por esos se equivocaron.
Los villeros saben ahora
que en la Argentina,
como en la hora de Cristo
solo “muriendo por el Pueblo”
Carlos hermano
Se resucita.”…

El 11 de Mayo de 2012, se conmemoran 38 años de su asesinato.
Cambiaron los Gobiernos, cambio la Iglesia, el País, el pueblo, pero el discurso de Mugica sigue vigente. El “ahora mas que nunca junto al pueblo” se hizo carne en los idealista, en los que creen que solo se pueden salvar con la ayuda de sus pares, en los que piensan en que un futuro mejor es posible, en los que creyeron en utopías y vivieron el “querer es poder”, en los sobrevivientes.

Su cuerpo descansa en la villa 31, todos saben que ese es su lugar, si hasta la mismísima Cristina Fernández en 2010, fue personalmente a buscarlo…
Su espíritu no descansa, está en los barrios, las universidades, los centros barriales, las murgas y los comedores comunitarios, increíblemente la historia me hace dudar que esté en la iglesia.
Su figura trasciende la política, las clases sociales y la religión, es recordar que se lo puede tener todo y a pesar de eso no tener nada, es saber que aún no teniendo nada, se puede tener todo.


(Fragmentos Poema: “Carlos de las villas” escrito por los habitantes de la Villa 12 de Octubre, el 12/05/74. Editado en el libro “Martín Villa hermano de Martín Fierro” Agosto 1974)

21 abr 2012

La esquina donde morí


A veces sueño con la esquina donde morí esa tarde de invierno. Si bien mi reincorporación a la vida fue casi inmediata, en mi brusco levantarme y echarme a correr, olvide llevarme algunos trozos de mi espíritu, que quedaron ahí mismo sobre el pavimento. Creo que fue por el susto al reaccionar y verme rodeada de ojos adultos observando mi cuerpo inerte tendido en aquel cruce de calles y escuchar los murmullos que especulaban el destino de mi suerte.
Pobres los adoradores de las necrológicas, se quedaron con la ganas.
Las charlas de las vecinas en el almacén de Enrique, tuvieron que limitarse a un “pero no le pasó nada”, cuando claro está serían mucho más entretenidas si narraran mi muerte.  
Primero contarían la escena de mi madre y hermanos tirados en la calle rasgándose las vestiduras, de cómo en el velorio aparecerían aquellos parientes maternos que no se veían hace años,  en la tienda de Macario, las matronas de la cuadra se preguntarían por los de mi padre, si es que quedaba alguno vivo.
Luego vendría el responso en chacarita, donde seguramente asistirían las maestras y los compañeritos del colegio de la calle Serrano, arrastrados por sus madres, las cuales agradecerían al altísimo no ser ellas quienes estuvieran pasando por tal desgracia, y posteriormente el entierro, donde docenas de manos ocupadas con tierra estéril, arrojarían al unísono y con furia el último adiós al angelito difunto.
Pero todo no terminaría ahí, mientras la casa de Gurruchaga 1360 y sus habitantes tendrían que vestir un riguroso luto con una duración minima de 3 meses, sería imperiosa la necesidad de reconstruir verbalmente los hechos y saber si la culpa fue del conductor o mía, si habría juicio y posteriormente cárcel o le pagarían a la familia, porque en realidad, que bien le vendrían unos pesos a la madre, que desde que enviudó sostiene sola la casa y como tiene varios trabajos le falta tiempo para cuidar a los hijos, aunque los varones son mas grandes y se cuidan solos, pero la chiquita, estaba todo el día jugando en la calle y era cantado que le  iba a pasar una desgracia…
Seguramente de tamaña noticia se enterarían hasta los vecinos de Villa Crespo, que con el afán de participar en la desgracia, forzarían su memoria a mas no poder tratando de recordar de donde me conocían o se cruzaron con algún pariente, acaso el hijo de la prima del cuñado del dueño del Timón, no iba al colegio con el hermano?
Sin duda la mejor parte del relato la darían los padres de los chicos que jugaron con migo esa tarde, los cuales en su carácter de “testigo privilegiado” y su papel de niños asustados y llorosos, se le confundirían las cosas y solo la madre seria capaz de interpretar los dichos del pequeño traumado por semejante acontecimiento. Ellas serian las encargadas de aclarar si fue accidente o imprudencia, si volé 2 metros o me arrastro el paragolpes, si era camión o camioneta, si el conductor huyo o se bajo al instante, si hubo sangre o simplemente morí en el acto.
Luego de que todas las especulaciones hubiesen sido dichas, se hubieran repasado hasta el infinito como ocurrieron los hechos y en el barrio sucediera otro caso de similares o mayores características, es que se dejaría de lado el tema para enterrarlo en el olvido. Pasado esto, solo se me mencionaría como referencia a otro acontecimiento o para identificar a algún miembro de mi familia.
Los aniversarios de mi muerte solo serían recordados por los familiares mas allegados, seguramente mi madre me llevaría flores de tela o plástico al nicho, el cual seria ideal se encontrara en la galería 21 cerca de mi abuelo y mi padre, y mis hermanos dirían en vos alta “hoy hace 32 años que se murió mi hermanita”.
Mis sobrinos tendrían una tía virtual de la cual no sabrían nada, tampoco podrían imagíname más allá de los 8 años y estarían libres de comparaciones odiosas a la hora de definir sus gustos y preferencias.
En Facebook mis compañeros hasta cuarto grado preguntarían si alguien se acuerda de mi y como morí. Una foto del curso en blanco y negro aparecería en el grupo de la escuela N° 23 Dr. José María Bustillo, con una etiqueta llena de signos de pregunta sobre mi cara. Marisi, el cual estaría vivo porque el trauma de mi muerte y la sobreprotección de la madre, lo harían más cauteloso para manejar el coche con el que se mato, contaría que era él, de quien yo me escondía tras un auto mientras contaba hasta cien. Su hermana me recordaría tirada en el cruce de Niceto Vega y Gurruchaga en el barrio de Palermo y donde fuera la esquina de su casa.
Yo, que a veces sueño con esa esquina donde morí una tarde de invierno, y solo paso por ahí en muy pocas oportunidades,  me soñaría estando en mi casa, entera de espíritu,  sentada frente a una PC y escribiendo esta historia.

29 mar 2012

Guapo del Maldonado


Parece que a fines de los años ´20, el guapo mas temido en Villa Crespo era un tal Ferreira. De contextura física robusta, traje, chambergo, pañuelo y facón le hacia de guardaespaldas a uno de los caudillos del barrio. Dicen que el hombre se tomaba tan enserio su papel, que mientras recorría los comités y los bares cercanos a San Bernardo, amedrentaba a quien se le cruzara en el camino. Poco a poco su fama de matón fue creciendo y se rumoreaba que nadie podía con el.
En ese entonces los “duelos criollos”  a la vera del Maldonado – y elegían este lugar por ser descampado – eran frecuentes, los motivos casi no importaban - deudas de juego, viejos resentimientos, alguna palabra mal interpretada, desacuerdos políticos o alguna mujer en disputa - lo importante era afianzar el coraje varonil.
Demás esta decir que el duelo a muerte era penado con la cárcel o el destierro social, en caso que la policía no llegara a tiempo para arrestar al vencedor, por lo que los duelos eran a “primera sangre”  y en lo posible  dejando cicatrices en un lugar vistoso como ser el rostro, cosa que el derrotado no olvidara nunca al vencedor.
A Ferreira por su fama no muchos se le animaban, los que no eran sus sequitos simplemente miraban para otro lado al verlo pasar no sea cosa que los retara a duelo. Un buen día, el carnicero del barrio se cruzo en su camino y por algún motivo que no queda claro Ferreira lo reto, al susodicho no le quedo más remedio que aceptar. Así fue como se encaminaron a un descampado y seguidos por sus acompañantes y público casual, sacaron sus cuchillos para disponerse a pelear. El Guapo empuñaba su facón de plata y el humilde contrincante el cuchillo que usaba diariamente en la carnicería para faenar reces, Ferreira nunca evalúo la destreza en el manejo  de la herramienta de trabajo, que en un abrir y cerrar de ojos cerceno su mano por completo de una sola cuchillada. Así fue como el hábil carnicero al ver volar la mano derecha de Ferreira aferrada al puño del cuchillo, se dio media vuelta y se perdió en la inmensidad de la noche bordeando el arroyo de regreso a la carnicería. Y ahí quedo el malevo, abatido y en busca de su miembro en los pastizales, pronto los absortos espectadores alumbrando con fósforos el suelo,  lo ayudarían a buscar por el puro morbo de hallar tan escabroso trofeo.
Pero la fama ya estaba echada y a pesar de que los vecinos cambiaran su apodo de “guapo” a “manco” Ferreira seguía intimidando con la frente alta y su muñón en el bolsillo. Claro está que su arma ya no era un facón, esto debido a que junto con su derecha se fue la destreza para el manejo del mismo, por lo que el arma tubo que ser reemplazada por un revolver que guardaba del lado izquierdo del saco y cada tanto sacaba por el solo hecho de asustar.
Un buen día,  se encontraba tomando una ginebra en un almacén esquinera en Thames y Triunvirato, cuando ve entrar a un parroquiano que no le gustaba que anduviese  por el barrio,  así que con determinación exhibió su revolver como era de costumbre y con vos firme le ordeno que no volviera mas por Villa Crespo, el hombre amenazado lejos de de acatar la orden del manco, saco su revolver y sin mediar palabra, a manera de respuesta disparo dos tiros y se marcho.
Dicen los que saben que en ese preciso momento nació una leyenda, y que al afamado guardaespaldas ya no le dirían  ni “guapo” ni “manco”, desde ese momento seria llamado “el difunto Ferreira”.

Tango "El Titere" Piazzola/Borges



19 mar 2012

Jesucristo atiende en Palermo


Comenzaban los años 80 y el barrio de Palermo aún se enorgullecía de ser viejo. Los chicos estrenaban la plaza “Campaña del Desierto”,  en la calle Gurruchaga y Soler estaba la feria, en Nicaragua y Malabia la regalaría de Gioconda y en Costa Rica y Acevedo justo alado de la casa del barra de River “El Negro Víctor” el barcito con la mesa de pool que en sus buchacas tenía enormes cabezas de leones y una rockola donde los Pimpinela sonaban como novedad. Aquellos dos hermanos de padres españoles - ella rubia y el de barba - abrían un pequeño local en  Av.  Canning  justo en la esquina con Nicaragua… no, no me confundí, hablo de los hermanos Iglesias López.
Ella se llamaba María Rosa y su verdadera vocación era la de ser poetisa, el, mas joven se llamaba Daniel y en su juventud fue jugador del Deportivo Español.
Buen tipo si los hay tenía el don de caerle bien a todos. Nunca fue un fachero, sin embargo poseía un particular carisma que lo convertía en seductor con las mujeres y macanudo con los esposos, por lo que en poco tiempo “Thesis” se hizo popular. Tan macanudo resultaba, que los clientes no discriminaban cuando el local estaba cerrado o abierto y no faltaba un domingo a la noche donde algún inoportuno tocaba el timbre de su casa que quedaba justo enfrente, para pedirle que le venda un mapa. A pesar de los epítetos que cruzaban por su cabeza en ese momento, nunca verbalizo ninguno, pero al cabo de unos años decidió mudarse con domicilio desconocido.
La librería seguía creciendo y llegó el día en que las instalaciones le quedaban chicas,  felizmente consiguió un local mas grande justo en diagonal sobre la avenida.
La nueva Librería Thesis – mismo nombre, mayor tamaño-  vestía en su frente dos enormes vidrieras con letreros de neón y leyendas pintadas en rojo y blanco, los colores elegidos no eran casuales -Daniel es en extremo hincha de River-  su fanatismo futbolero era conocido por sus clientes  los “bosteros”  que le apostaban cualquier cosa que fuera, le dejaban carteles con bromas en caso que perdiera y hasta le arrojaban maíz en la entrada del local. Los días que mas sufría era cuando jugaban River contra Deportivo Español.
El futbol no era lo único que le apasionaba, también entre sus hobbies se encontraba la cocina, considerando que pasaba en el local la mayor parte de su vida (mas de una vez durmió en él cuando una empleada rompió la cortina metálica o un auto se estrello contra la vidriera) se lo veía cada tanto cocinar en un pequeño anafe que se encontraba en el deposito dos de sus mejores platos: “pastas con salsa a los 4 quesos” y “arroz con calamares”, este ultimo para Semana Santa donde invitaba a sus familiares,  proveedores, empleadas y clientes a degustar. Era normal que los mozos de “la Robla” le pagaran con “rabas a la provenzal” o de la pizzería de la esquina le mandaran “Faina con pimienta”.
También en aquel deposito se encontraba una vieja duplicadora  que funcionaba con tinta en pasta, Daniel era el único operador de esta maquina, sin duda era un trabajo muy sucio que ennegrecía sus manos totalmente, lo que él convertía en un entretenimiento persiguiendo a clientas vestidas de punta en blanco al guito de “Primor vení que te doy una abrazo” o “rascame la espalda que no puedo y me pica”…
Su paciencia era envidiable, incluso con los proveedores y los clientes molestos, entre los personajes que frecuentaban la librería, se encontraba Abelino, un anciano reparador de maquinas de escribir que vestía de traje y corbata, usaba unos gruesos anteojos y se peinaba de costado para tapar su calvicie inminente, cuando caminaba dejaba una particular estela de olores indescifrables y apestosos, seguramente provenientes de su ropa la cual no había sido lavada en años y menos  remplazada. También los sábados por la mañana y antes de que abriera el local, en la puerta ya estaba esperando con una enorme pila de papeles en la maño el Lic. Vicente Capurro Rubinetti,  un delirante cuarentón que escribía “informes” en su maquina de escribir,  numerados y surrealistas sobre noticias irrelevantes de la semana que luego de fotocopiarlos se los daba a los incautos que pasaban por la puerta.
Cada tanto se veía a la Señora paqueta queriendo falsificar entradas del teatro Colon para posteriormente revenderlas, o a el esbelto dueño de “Nave Jungla” vestido con su mameluco color rosa, a los exóticos artistas under Dalila de los cometas bass  y Eduardo Cutuli, a Ana Maria Giunta o los heavy  músicos de Rata Blanca…. También entre los clientes se encontraban los curas y los jóvenes de la parroquia San Francisco Javier de Serrano y Nicaragua, que todos los años para viernes Santo y como tradición, realizaban un vía crucis viviente por las calles del barrio, el mismo culminaba con la crucifixión de un Jesús de carne y hueso en la esquina de Nicaragua y Acevedo donde se encontraba una loma de tierra perteneciente a la plaza. Los chicos de la parroquia solían comenzar con los preparativos varios meses antes, se trabajaba en la confección de los trajes, el armado del guión y la elección de los actores, todo el barrio participaba ya que el realismo era fundamental, por tal motivo Jesucristo no podía llevar barba postiza ni peluca.
Y así fue como a alguien se le ocurrió, que mejor Jesús que un gallego con cara de judío, barba real y tan buena onda que no podría negarse. No fue fácil convencerlo, pero finalmente acepto, seguramente porque nadie le aviso que la corona de espinas era de tal, que arrastraría  por varias cuadras un madero muy pesado y que seria atado a una cruz de mas de 2 metros de alto y embadurnado con tempera color rojo comprada en su propia librería.
Pero ahí fue el valiente Daniel, recorrió Palermo en sandalias, vestido con tunica blanca y una banda roja que la cruzaba, a la vista de amigos y clientes sorprendidos y padeciendo las bromas que le hacían los jóvenes soldados romanos, arrodillándolo sobre las cloacas malolientes y susurrándoles cantitos de cancha al oído, que no podía responder porque el personaje se lo impedía.. Era el fin de los 80, al siguiente año no quiso repetir la experiencia.

En la actualidad y después de más de 30 años  de llegar al barrio que ya no es el mismo - incluso en el nombre de la calle que cambio con el tiempo-  Daniel sigue al frente de su librería, por ella pasaron sus padres, sobrinos, sus hijos y los de sus empleados y seguramente la recorrerán sus nietos.
El es el espíritu del lugar. Un laburador incansable que no perdió su buen humor ni siquiera en las peores crisis (del país y de River).  Daniel Iglesias López  es un personaje entrañable  que aunque no veo desde hace años agradezco conocer.

4 mar 2012

Pasaje en el tiempo


Cuando alguien se muda a un nuevo barrio cree saber todo sobre el y poco se preocupa por averiguar su pasado, esta desinformación generalizada conlleva a perder o esconder lo más lindo que tienen los barrios, su espíritu, ese que radica en su historia.
Este es el caso de Palermo, el viejo, el único y original Palermo, el que acunó a mis padres y los de mis amigos, a mis hermanos y sus compañeros, a mí y a mis recuerdos. Cuando paseo por sus calles no puedo evitar que me inunde una profunda tristeza por pensar en los turistas y porteños ajenos al barrio que recorren sus calles, desde hace años de moda, sin ni siquiera saber ni querer conocer los cuentos que esconden sus empedrados, como si hubiese surgido el barrio en el mismo momento que lo encontraron en el mapa.
Nací en el pasaje Coronel Cabrer 4934,  el mismo pasaje que todos conocen aunque pocos recuerdan su nombre, el que se encuentra entre Cabrera y Gorriti y entre Gurruchaga y Serrano el primero de cuatro o quizás el ultimo.
Solo los que alguna vez vivieron en un pasaje saben de la magia de estos, son pequeñas comunidades donde los vecinos son más que vecinos porque el espacio entre vereda y vereda es menor, es el club de los chicos del barrio porque los autos casi nunca pasan, es la cuadra donde todos se conocen y saben todo, por donde los de las otras cuadras no pasan salvo que sea necesario o estén invitados….
Yo vivía en una casa con zaguán y un patio largo de 30 metros, las puertas de calle solo se cerraba a la hora de dormir y compartíamos la casa con mis abuelas, los tíos que venia de visita y algún ocasional inquilino de la piecita del fondo.  Muchas historias rondaban en torno de la casa porque era vieja y albergo a cantidad de habitantes en el pasado, se decían que tenía un fantasma, la verdad es que si estaba nunca me entere de su presencia. La casa te recibía con un enorme duraznero que se callo tras una tormenta la noche en que la abuela Luisa murió. Una Parra en el patio abastecía a los vecinos de las cuadra de uvas chinche y a los Armenios de la calle Acevedo de hojas de parra, en la medianera del fondo los nísperos del vecino se podían agarrar desde mi patio. Siempre había ruido de chicos jugando, no importa de donde salían, como dije antes las puertas siempre estaban abiertas.
En el pasaje hay unas 15 casas, muchas de ellas - la gran mayoría- perdió su fisonomía original, de hecho en lugar de mi casa natal se encuentra un PH con primer piso muy moderno pero que nada tiene de encantador.
En la esquina de Gurruchaga dos vecinos inolvidables, en una vereda la imprenta del Tuerto, así la conocíamos, en ese lugar editaban los periódicos de la comunidad Armenia, era habitual ver entrar o salir a alguno de los Titanes en el Ring que pertenecían a esa comunidad. En la vereda de enfrente la casa de los Jato, una familia de Españoles escandalosos y pintorescos, Don Jato era lechero y todas las tardes teñía de blanco el agua de los cordones  cuando manguereaba el camión y los cajones usados en el reparto, mientras tanto su mujer Berta “la gallega” ponía en orden su casa a grito puro, el mas característico era “José Luiiiii” usado para llamar la atención de su hijo menor y revoltoso, era entonces cuando todo el pasaje sabia que algo había hecho.
Al lado de estos se encontraba la casa de Honoria y Don Valetín, este  era sastre y tenia su taller en la terraza, también allí vivían sus hijos,  sus nietos y sus canarios cantores.
Pegadito – y esto daría para un capitulo aparte – el “portón” del Sr. Conte, y justamente eso es lo que era, un enorme portón de color verde que daba a los jardines de la casa del Escribano  que tenia su entrada principal por la calle Gorriti. El Sr. en cuestión tenia como hobby pasar tiempo en el campo y amaba tanto la naturaleza que para no añorar la vida al aire libre, se traía distintas especies de flora y fauna que criaba en la parte trasera de su caserón, pocas veces vimos el portón abierto y aunque ya sabíamos todos que escondía, cada vez que se lo escuchaba correrlo salíamos de todos lados para ver el espectáculo de aquella maravillosa selva en miniatura. Claro está que si en tu patio trasero tenes teros, sapos, ranas, serpientes, conejos, caranchos, tortugas, mulitas, monos y demás cuestiones, alguno se te va a escapar y refugiar en la casa de algún vecino que a pesar de imaginarse la procedencia del animal se paralizaba ante un ataque de pánico.A pesar de su excentricidad, todos en el barrio lo querían y respetaban, increíblemente la mayor preocupación del Sr. Conte, era cuando se le escapaban los perros…
También en esa vereda se encontraba “la casa de Tucumán” nombre impuesto por los chicos ya que la arquitectura y la edad de la construcción eran similares a la original convirtiendo a esta en su homónima. Si bien sus propietarios eran Doña María y su marido el florista, funcionaba como un conventillo de antaño donde cada habitación era una familia. En los años 90 fue vendida a un arquitecto de apellido Miguens que la reformo por completo y de la vieja construcción no quedo ni el nombre.
Aquella casa lindaba con la de Doña Manuela y su esposo, los dos que eran de distintas etnias – ella de tez blanca y el oscura – tenían hijas mestizas  y eran una de las pocas familias sino la única de Palermo con estas características.
Frente a ellos Vivian Doña Tota y su hijo Picho, su casa perfumaba  el pasaje con olor  a jazmín del país que colgaba por la medianera emborrachando a los transeúntes. Picho tenia síndrome de down, pero eso no le impedía tener una vida normal, todas las mañanas iba a su trabajo en una fábrica de cepillos y escobillones y por la tarde se sentaba en la vereda a tomar mate y charlar con los vecinos. En la puerta de su casa había una alta columna de alumbrado de metal, muy mal ubicada por cierto pero que con gusto los chicos martillaban cuando daban las 12 del 31 provocando un sonido que emulaba a las campanas. Esa columna ya no esta, pero el jazmín sigue intacto colgando en la fachada que ya no es la misma.
Creo haber mencionado varias veces el “no esta” y el “cambio” y es así, no solo quedan apenas un par de vecinos originales sino que las casas mutaron por completo. La sucia carbonería de la esquina hoy es una muy cool tienda de discos, la casa de los Jato un "bar de tapas" y las puertas que siempre se encontraban sin llave lucen gruesas rejas protectoras. Ya nadie saca la silla a la vereda ni la mesa completa para celebrar algo con los vecinos, la vecinas no se sonrojaran cuando Arnaldo Andre  les tire besos mientras filme una novela, ya no vendrá un joven Nicolás Repeto como notero de “la noticia rebelde” a meterse en las casas,  no hay más fiestas de disfraces en la noche de año nuevo donde los adolescentes ebrios devolvían en la esquina de la gallega porque querían ser respetuosos con el dueño de casa y no ensuciarles el baño... Nadie pedirá la canilla prestada para llenar bombitas y hacer amigos de por vida…
Don Giusepe y Sofia, los Lema, Gloria, Angel, Doña Manuela, Tota y Picho, Los Farfani y los Muggeri, los Mastrivicenso, los Jato y los Zeta,  son parte de la historia de Palermo, el viejo, el que comenzó a desaparecer en los 90 para convertirse en moda y desfigurar su rostro. 
Me fui del pasaje justo cuando el barrio comenzaba a desvanecerse como una vieja foto en blanco y negro, pero aquel retrato  vive intacto en mi memoria y hoy se los dibujo sentada en mi  sillón de madera y junco que atesoro porque hace años y antes de morir me lo regalo mi vecina del pasaje Doña Pascuala.  

28 feb 2012

El Angel de Villa Crespo


Hijo de gallegos inmigrantes nació en las inmediaciones del arroyo Maldonado, el 24 de agosto de 1915. Su familia era catalogada como una de las pioneras del barrio y su padre era propietario de una pequeña metalúrgica.
Desde muy chico  tenia inclinaciones por el arte, sus primeros pasos fueron como bailarín de tap, y la vereda de su casa en Serrano 559,  fue el escenario que oía retumbar las chapitas de los zapatos en la baldosas. No tardo mucho en que Angelina Pagano – prestigiosa actriz de teatro y cine formada en Italia creadora en 1927 del “Teatro Infantil”- tras probarlo lo sumara a la compañía que dirigía, talvez adivinando el futuro que le esperaba a aquel pequeño Ángel Magaña.
Su debut en las tablas fue a los 12 años en el teatro Smart Palace  (luego se llamo  Blanca Podestá y en la actualidad multiteatro) un 24 de Diciembre, el hacía de pueblo, en la obra “Perico Primer Rey de Pulgaria” de Roberto Talice que  protagonizara   René Cossa en el papel del  rey Perico I.
Para el libro “reportaje al cine argentino” contaría que esa fue la primer navidad que falto a su casa y la que aprendió su mas valiosa lección sobre actuación, “En determinado momento, se oía ruido de guerra; de ejército, se oía un estruendo ¡Boomb! salía el rey a hablar, a calmar a su pueblo, y yo, un chiquilín, al oír esos ruidos empezaba a temblar, y la gente se reía. Cuando terminó, me llamó Angelina y me dijo: Mirá, hijo, tienes que respetar al actor que está hablando, porque el público tiene que enterarse de lo que está diciendo. Si lo distraes con otro movimiento, perjudicas al actor y a la obra. Entonces comprendí dónde, cómo y por qué se tienen que hacer las cosas en el escenario”. 
Posteriormente Armando Discépolo lo convocaría para  hacer “Topaze” de Marcel Pagnol, y luego “La dama boba”, dirigida por Federico García Lorca y protagonizada por Eva Franco.
En 1935 y con 20 años, realiza un pequeño papel como extra en la película “El caballo del pueblo” provocando una verdadero revuelo entre sus vecinos del barrio que concurrían a los cines de la antigua calle Triunvirato –hoy Av. Corrientes- para verlo en cinemascope.
En 1936 mientras representaba en el Teatro Nacional Cervantes “La ninfa constante” se enamora perdidamente de su compañera de elenco Nuri Montsé, con quien se casaría a escondidas en Uruguay en 1946 tras 10 años de noviazgo.
Un verano de  carnaval  en el tradicional corso que se realizaba en la calle Corrientes de su barrio natal, mientras se divertía, lo vio el director de Cine Mario Soffici y le preguntó si quería filmar una película, esta vez con un papel mayor al de extra ya que tendría dialogo,  así fue como en 1937 con “Cadetes de San Martín” su nombre empieza a sonar en el cine, el film estaba protagonizado por Enrique Muiño, con quien seria mas adelante protagonista de la película “su mejor alumno” interpretando a Dominguito el hijo de Sarmiento.
Su talento innato, los años de estudio y figura de galán fueron determinantes en su carrera, no paso tiempo desde su primer papel, para posicionarse como una de las grandes estrellas del cine nacional. Su versatilidad lo llevo a interpretar  tanto dramas como comedias, entre 1935 y 1979 trabajo en 49 películas junto actores de la talla de Luis Sandrini, Olinda Bozan, Mecha Ortiz, Tita Merello y Enrique Serrano entre otros.
Cuando finalmente llego al país la televisión, condujo en 1960 un programa sobre tango por Canal 9 que se llamó "La boite de Angelito", y en esa misma década protagonizó el ciclo "Los argentinos somos así ¿o no?", trasladado de la radio, con guión de Rodolfo M. Taboada, en el que representaba un estereotipo del porteño.
Padre de 2 Hijas, Alejandra y Julieta – quien debutaría en cine con su padre en la película “Andrea” de 1973 y posteriormente fuera una reconocida animadora infantil- realiza su mayor acto de amor cuando tras la internación de su esposa Nuri en el hospital María Ferrer, de Barracas, por padecer de una afección pulmonar, alquilara una habitación en el hotel que estaba justo enfrente, y cuya ventana daba a la ventana de su amada esposa, para no alejarse de ella en los momentos que no le permitían entrar a visitarla. Desde allí lo acompañaban sus amigos,  Osvaldo Pacheco, Tita Merello, Niní Marshall, las hermanas Legrand a los que le decía “Yo siempre espero que se levante”. Luego del  fallecimiento el 26 de diciembre del ´71 a los 54 años, se lo escucho decir en referencia al hotel, “Deberían poner una plaqueta acá, donde diga que había una historia de amor”.
Tanto amo a su esposa como a sus hijas, hay una leyenda que de ser cierta lo corroboraría, donde se cuenta que la muerte de Ángel fue de pena. Todo habria comenzado cuando su hija mayor Alejandra, se puso de novia con un productor discográfico, ella estaba profundamente enamorada, pero con el tiempo descubrió que él, en realidad estaba enamorado de su hermana Julieta, esa decepción la sumergió  en una profunda  depresión.
Dicen que Ángel, de esa situación  jamás pudo reponerse y finalmente falleció a los 68 años el 12 de noviembre de 1982 por una profunda tristeza.
Sus restos descansan junto a los de su esposa en el cementerio de Olivos, donde también descansan otros tantos protagonistas de la era de oro del cine Argentino y que fueran sus compañeros, entre ellos Florencio Parravicini, Juan Carlos Altavista, Hugo del Carril y Nini Marshal.
A pesar de que sus últimos años fueron alejados del barrio que lo vio nacer y formarse como un gran actor, para sus viejos amigos y vecinos, sigue vivo en la memoria  como el Ángel de Villa Crespo.


17 feb 2012

El barrio de las dualidades


Hoy los recuerdos me llevan al “El Centro” nombre con el que los porteños llamamos al barrio de San Nicolás, esta ultima denominación fue impuesta por decreto en Mayo de 1972 .
Lo primero que me viene a la mente son las visitas a Harrods unos días antes de Navidad para ver a Papa Noel sentado en un suntuoso trono dorado con tapizado rojo. Para llegar a él, era necesario traspasar  los exultantes pasillo de la tienda sin soltarse de la mano del adulto que te llevaba ya que el lugar desbordaba de niños y madres,  también concurrir vestidos de punta en blanco considerando que las salidas “al centro” eran todo un acontecimiento. 
Para las fechas patrias era casi obligatorio visitar el Cabildo, la Catedral y mirar de lejos la Casa de Gobierno, convengamos que durante mi infancia los que la habitaban eran personajes nefastos, así que mejor ni acercarse, como olvidar mi primera experiencia en contacto con los gases lacrimógenos...
Si vivías en un barrio viajar en subte no era algo de todos los días, por este motivo, cuando eras más grande y te dejaban viajar solo las excusas no faltaban para arrojarse a la aventura, claro esta, en grupo y con alguien que supiera el camino. Una Vez llegados a las estación 9 de Julio, los destinos eran diversos, Punpernic se consolidaba como el paso obligatorio, luego le seguían los cines continuados, en Av. Corrientes la lechería “lecherisima”  y en Lavalle el Sacoa y la “Galeria Nazi”  así bautizada porque en uno de sus locales vendían insignias y libros relacionados al tema.
En mi adolescencia, y como experiencia que atesoro, tuve la suerte de tener pase libre en el Convento de Santa Catalina de Siena en la calle San Martín y Tucumán frente a Galerías Pacifico, donde junto con mis amigos Horacio y Gabriel, realizábamos exploraciones históricas en aquel lugar que fuera protagonista durante las Invasiones Inglesas como hospital de campaña y con total impunidad colgarnos en lo alto del campanario e irrumpir en lo que fueron los pasillos ocultos que utilizaban las monjas de clausura y en la celdas abarrotadas de objetos centenarios arrumbados.
El claustro estaba prácticamente a la deriva ya que la historia y las autoridades responsables le habían soltado la mano, apenas estaba cuidado por un par de sacerdotes entre ellos Ricardo Ochoa,  que luchaban contra el gigante de la desidia, perdiendo la partida cuando la mitad del antiguo monasterio fue vendido a Techint, para hoy no ser mas que una playa de estacionamiento con una placa recordatoria y en la otra mitad instalar un moderno resto para turistas en lugar de un museo para todos ciudadanos.
También recuerdo, cuando solíamos ir a ver en vivo en Radio Nacional al Negro Dolina y a la salida visitar “El Emporio de la Papa Frita”  o comer una porción de pizza de parados mientras saludábamos a la estática vaca que se encontraba en la puerta del restauránt “La Estancia”.
Siendo el barrio más antiguo de Bs. As., muchas son las leyendas que alberga y los lugares que sobreviven al paso del tiempo. Siempre descubro espacios e historias nuevas, como ser la Casa de Sarmiento, hoy casa de la Pvcia. de San Juan, un calido lugar lleno de anécdotas, algunas insólitas, referidas al ex Presidente Don Domingo Faustino Valentín…   Vale la pena aclarar, que cada vez que alguien lo nombra y a pesar de ser una cara archi reconocida por su exposición en los días de escuela, mi cabeza proyecta automáticamente la Figura de Enrique Muiño inmortalizando al gran Maestro en la pantalla grande, tanto así que cuando veo una vieja película de el – cualquiera fuera – automáticamente digo  dan una de Sarmiento.
La casa ubicada sobre la calle Sarmiento –ex cuyo – te recibe con un enorme patio damero cubierto en su cielo por parras traídas de la casa natal en San Juan, en el segundo patio una pajarera y el aljibe en el que en algún momento en su interior apareció un gato negro y luego de ser rescatado, vive,  se pasea y retoza en algún sillón de la residencia histórica. En el tercer y ultimo patio, una fuente, un altar a la difunta correa y la vista al mirador –hoy inaccesible por peligro de derrumbe- desde donde antaño se podía ver mas allá de los limites de la ciudad.
Y parece que a su morador Domingo le gustaba divertirse y una de sus fechas favoritas eran los 3 días de feriado de Carnaval y que durante su presidencia en 1869 institucionalizo el corso por las calles porteñas  (en 1854 Rosas permitió las Celebraciones pero solo dentro de teatros y salones)  las calles elegidas fueron Hipólito Yrigoyen entre Bernardo de Irigoyen y Luis Saénz Peña, en el recorrido de 5 cuadras participaban las comparsas que estaban integradas por jóvenes varones blancos, que cantaban letras escritas por poetas de la época acompañadas por guitarra, percusión y violines. Las familias aristocráticas se paseaban en sus lujosos autos y mojaban a la multitud con los pomos Pider y Gosnell expedidos por los boticarios, siendo los mismos que usaba el gran maestro para jugar con los niños en la vereda.
En 1873, los integrantes de la comparsa “Los Habitantes de la Luna” le entregaron una medalla de estaño, donde el perfil del ilustre sanjuanino se ve disfrazado con una corona y reza una leyenda en su contorno que dice “Emperador de las máscaras” siendo este el título que recibe por parte de la comparsa.
Hace unos pocos días y con la celebración del natalicio de Sarmiento, su casa abrió las puertas al barrio y al recuerdo a modo de festejo, fue así como en su patio y en torno a un busto erigido en el centro, la casa se lleno de cantos, risas y tambores de la mano de la murga de San Nicolás “bailando en un pata” , si bien no hubo “guerra de agua” como las que le gustaba participar al ex presidente, la calle Sarmiento se lleno de papelitos plateados y luces de colores.
Hacia años que no asistía a un festejo de Carnaval, creo que el último fue  cuando tenía 4 años y mi madre me llevo junto con mi hermano al corso de la Av. De Mayo yo disfrazada de Helena de Troya con un largo vestido y un peinado estilo romano y mi hermano vestido de indio con bolsas de arpillera donadas por Enrique Espiño que tenia su almacén en la calle Gurruchaga al 1300, pero eso es otra historia.
Creo que todos los porteños en mayor o menor medida tenemos algún recuerdo relacionado con este barrio, por sus calles se escribió la historia de la patria, los hechos desafortunados, las victorias y los actos heroicos, sus calles están empedradas de las anécdotas de café, el glamour de antaño, las luces de la noche porteña. Por sus veredas  pasaron los artistas, los poetas del tango, los negros candomberos,  los que compusieron “una que sepamos todos”,  los cómicos de las revistas,  caminar por el centro es recordar a Olmedo diciendo SAVOY y esbozar una sonrisa, son los cuentos de fantasmas de los teatros, es la historia del  Negro Raúl vestido de etiqueta por los Dandys de los años 30,  es el olor a moscato, pizza y faina devenido en pizza, birra y faso, es imaginar como será el obelisco por dentro y recordar cuando te decían que tenia “ventanitas” porque vivía un señor en lo alto. Para muchos es sinónimo de trabajo, trámites, gente, ruido, trafico, para mí, San Nicolás siempre fue el barrio de las dualidades, de los “blancos” y “los negros”, los amos y los esclavos,  de los poetas y los analfabetos, de reyes y peones,  de día el barrio de los trajes y de noche el de los harapos.