De largos cabellos canosos, casi blancos, como
su larga barba, de traje blanco impecable como sus alpargatas, o con saco
cruzado de un colorado brillante que contrasta con su rostro pintado con
pálidas cenizas, esta sentado en un tacho raído, con los pies bien juntos, su
mano derecha aferrada a una flauta y su izquierda dibujando notas incoherentes
en el aire de la ciudad.
De los locos de Buenos Aires este es el más
misterioso, su estampa de faquir, de Cristo avejentado, flautista encantador de
almas distraídas que se aparece ante los incautos caminantes nocturnos.
Dicen que si lo ves, tenés que darle una moneda
y te traerá buena fortuna, al menos por esa noche. Pero no para todos es
visible y no todo el que lo ve, puede escuchar su música, para algunos simplemente
es un fantasma entre la gente, para otros un mimo que gesticula y no emite
sonido alguno de su instrumento, para los privilegiados, de su flauta salen
notas mágicas que te traspasan el alma.
Si vas distraído y seguís de largo,
posiblemente lo encuentres al llegar a la próxima esquina. Hay quienes aseguran
que tiene un aura mística, que encontró una melodía y mientras sea tocada
tendrá la vida eterna. Nadie sabe con certeza cuantos años hace que esta en esa
esquina de Lavalle y Cerrito, algunos afirman que mas de 20, otros que toda la
vida, lo cierto es que a través de los años, el flautista de Lavalle, nunca
cambio su fisonomía.
Muchos quisieron fotografiarlo, pero su imagen
se velaba o salía desenfocada, solo con las cámaras digitales pudieron lograr
el cometido, otros le preguntaron su nombre y solo ante la insistencia contesto
que era Dios.
Dicen que dicen, que en Lavalle existen las
fuerzas del mal y del bien, que el viejo es hacedor de almas y que represente
al bien y el ser del mal, camina tatuado de los pies a la cabeza...Algunos recuerdan
haberlo visto un día y al siguiente no saben de quien se trata, otros escuchan
su música encantada que provoca extraños recuerdos en tanto que otros solo oyen
el viento. Si lo miras a
los ojos y tu alma es pura, sentirás la dulzura de su mirada complaciente, en
cambio si no sos digno, te invadirá el temor con solo sentir su presencia.
Los más románticos sostienen que el viejo es el
fantasma de Luis Teisseire, que a pesar de haber sido en vida un eximio
flautista, al morir olvido las notas. Otros afirman que es Ian Anderson, el mítico integrante de Jethro
Tull, que loco baga por las calles de Buenos Aires entremezclando notas al
azar, o que es el judío errante y no morirá hasta que el mismo Jesucristo
vuelva a nacer.
Cuentan que un día lo vieron en San Telmo y a
la semana en Castellón de la
Plana en Valencia España. Que vive en el hotel Paraná en el
centro y seria oriundo de Brasil y no sabría hablar castellano.
Alguien le escribió un poema, otro le dedico un
cuento, su personaje aparece en una Films de Ciencia Ficción animada y en
innumérales foros de la web, debaten su verdadera existencia. Lo cierto es que
se convirtió en leyenda, su música cual canto de sirenas, atrapa a quien la oye
y despierta la curiosidad del misterio no revelado.
La
Verdad
es que Jamás lo vi, y no se si alguno de los dichos sean ciertos, quizás algún
día lo encuentre y me toque su canción, para ese momento llevo siempre una
moneda en mi bolsillo y la mirada perdida en el asfalto.
Cuando somos niños las cosas vividas en gran
medida determinaran nuestro carácter de adultos, desarrollamos nuestros gustos,
pasiones y también guardamos en la memoria aquellos momentos que al recordarlos
nos dibujaran una sonrisa en el rostro.
A veces, los recuerdos están dormidos y nos
hace falta un poco de ayuda para que despierten.
En mi infancia y la de mis hermanos, al igual
que la de muchos chicos del barrio de Palermo, una sonrisa de oreja a oreja se
nos formaba el día del niño. Más allá de la expectativa por los regalos
familiares, que muchas veces respondían a los ruegos efectuados con varias
semanas de antelación y otras tantas que eran mas no, ya sabíamos de antemano
que en el Club Eros se preparaba una gran fiesta en la calle. No importaba mucho
si se era parte del club o no, ni siquiera era condición ser vecino del barrio,
desde los años ´60 era tradición y todos sabían lo que iba a pasar. Desde la
mañana se veían los preparativos, la cuadra era cortada de esquina a esquina y adornada
con banderines de colores, enormes caras de payasos dibujadas en cartulinas adornaban
las paredes, una pareja de pony´s con sombrerito y montura se usaban para dar
la vuelta a la manzana y sacarse una foto, se repartían caramelos masticables,
globos y chucherías a granel y el numero principal era la función de títeres.
El carromato de La Golondrina llegaba
tambaleante por las calles empedradas, perseguido por niños apurados que no
querían perderse la función. Pepe, el titiritero desalineado y con espesa barba,
estacionaba en Uriarte justo frente a la puerta del club, a nadie le importaba
sentarse en los adoquines a esperar expectantes que las cortinas se corrieran y
aparecieran los actores principales, un oso, un diablo, un caballero y una
princesa. Entonces comenzaba la magia, se corría el telón, la música sonaba,
las risas retumbaban en el cielo de Palermo y nadie quería que se acabe la
función, la excitación por lo vivido duraba hasta el tercer recreo de lunes en
el cole, donde se seguía hablando de lo sucedido.
Pepe Ruiz vivía en el barrio, aunque su barrio
era la Argentina
toda, desde muy joven a los 14 años, había decidido que su vida eran los
títeres. El y sus entrañables personajes recorrían las plazas del país y del
continente, contando historias a miles de niños de distintas culturas y a sus
padres que también se emocionaban. Su lenguaje era universal, y los cuentos
provenientes en su mayoría de su imaginación, dibujaban sonrisas a los niños
aborígenes y a los españoles, a los del mar y los de las montañas, a los
cristianos, los judíos, los musulmanes y los temerosos del diablo, que no les
temblaría el pulso para arrojar objetos al carromato al ver salir a tan nefasto
personaje con cuernos y tridente, por suerte estos últimos solo lo hicieron una
vez y por el susto.
En los años ´80 Pepe ya tenia sus propios
niños, quienes asistían a la escuela 23 Dr. José Maria Bustillos que quedaba en
Thames y Gorriti, creo que eso lo motivo a dar clases de títeres los sábados en
el colegio para los que quisieran asistir.
Con papel, agua y harina, los chicos
materializaban los personajes que le dictaban su imaginación, las temperas de
colores y los vellones de lana vieja le daban personalidad, para finalmente ser
bautizados y presentados en sociedad como verdaderos seres vivientes dotados de
alma que los padres mirarían sin comprender del todo su valor real. Pepe era
muy didáctico y un pedagogo innato, a demás de enseñar a crear títeres, también
daba clases de teatro y preparaba varias obras infantiles con elenco integrado
por chicos de todos los grados, para ser representadas en un gran festival
escolar a fin del año lectivo. El sabía ver más allá en cada niño, comprender
sus necesidades y descubrir sus aptitudes, sabia como extraer el diamante en la
roca.
En los años 90, se lo solía ver por plaza
Francia haciendo funciones los domingos a la tarde, y cada tanto desaparecía a
causa de uno de esos largos viajes en su carromato.
En la actualidad y con sus sesenta y pico de
años y 50 de trayectoria, vive en España, sigue enseñando su arte a jóvenes
titiriteros y dando funciones callejeras acompañado de su hijo Iván. También
edito un libro sobre los titiriteros trashumantes de Latinoamérica, y en sus páginas
se puede descubrir su propia historia. Increíblemente y a pesar de su lejanía,
su magia flota en la ciudad y en el recuerdo de miles de personas que lo vieron
cuando eran niños, algunos cada tanto se preguntan por donde andará la Golondrina, otros como César López Ocón, le dedicaran un poema:
Vuela “La Golondrina” enamorada
por un cielo infantil
de primavera
saltimbanqui feliz,
volatinera,
se detiene en la
aldea adormilada.
Nace ¡Oh! El retablo
de la nada
y en medio de la
plaza dominguera
florece, al fin, la
risa bullanguera
como flor antigua,
recobrada.
Los títeres retornan
a la senda.
Más queda un viejo
aire de leyenda
flotando como un
duende forastero.
También a una
muchacha le ha quedado
para siempre un
recuerdo alucinado:
la barba hirsuta del
titiritero.
En mi caso particular, le debo a Pepe ser el
primero en creer que con 12 años yo podía contar historias, el me enseño a dar
riendas sueltas a mi imaginación improvisando con un títere en cada mano o
actuando sobre un escenario frente a todo un colegio. Durante años, estos
hechos durmieron en mi memoria, fueron un recuerdo de la niñez del cual no note
su verdadera dimensión hasta que me reencontré con Cris Lomba, quien fuera
compañero de primaria y que antes de fallecer me regalara las imágenes de su infancia,
entre sus relatos figuraba el siguiente: “...siempre me acuerdo de vos,
tengo tu imagen grabada de una tarde en la plaza de Malabia cuando eras titiritera,
guardo hermosos recuerdo de aquellos años”.
Ahora esos recuerdos me acompañan
vividos en mi memoria para poder contarle a quien me lea, que existe un hombre
poseedor de un mundo lleno de magia, que vuela con la golondrina y su nombre es
Pepe Ruiz.
Durante toda la noche de ese 12 de Mayo de 1974,
las campanas de la Capilla
de Cristo Obrero, en la Villa
31 del Barrio de Retiro, redoblaron en señal de Luto. La vigilia en torno a un
fogón se extendió a todos los asentamientos de la ciudad, cerca de 10.000
villeros pasaron la noche en vela, con la guitarra se acompañaron las voces
quebradas de los que cantaron su pesar.
…“Se equivocaron,
Carlos,
los que creyeron
que en una cruz de
balas
solo se mata.
No basta una
ametralladora
tu villa y mi villa
no se equivocan.
Los diarios podrán
decir
“Murió el Padre
Mugica”
como antes muchos
creían
que una trompada
borraba una villa.
El pueblo
Carlos de las villas
Carlos hermano
sabe que no se llora
siempre
lo que se esta
ganando.”…
Por sus calles embarradas, peregrinaron cinco
mil almas desoladas, cortejando el féretro que cargaban en andas llevando sus
restos al Cementerio de La Recoleta.
Si le hubiesen preguntado en vida, seguramente
y a pesar de pertenecer a una familia ilustre, jamás hubiese elegido ese lugar
como ultima morada. Todos sabían que su lugar era la villa junto a los pobres,
si hasta el mismo Perón en 1973 fue personalmente a buscarlo.
…”Los “sin voz” tiene
ahora
mucho más que tu voz,
tienen tu vida.
Prometiste venir
cuando pudieras;
nuestra villa, mas que
antes,
te espera”…
25 años esperaron los villeros el regreso de
Carlos, esta vez apenas fueron mil los que hicieron el cortejo. Los años fueron
duros para los que quedaron en las fábricas, los barrios, los comités y las escuelas.
Muchos de los que cargaban el ataúd de regreso a la villa, eran hijos huérfanos
de aquellos que si lo conocieron.
Un trozo de su camisa ensangrentada, aquella
que fue escudo frustro de los 15 balazos, su estola, esa con la que aparece en
la “estampita”, improvisados carteles con su rostro y fotos blanco y negro
recubiertas celosamente con bolsitas de nylon para que no se arruinen,
sirvieron para detener el transito en Av. Del Libertador o Figueroa Alcorta,
ante los ojos de los conductores absortos, que no llegaban a comprender la
escena.
Tres horas duro el peregrinar, el ocaso de una
tarde soleada los recibió en la entrada de la villa, la autopista Ilia era solo
un proyecto, que para ser concretado tuvo que esquivar la Capilla de Cristo Obrero,
donde a partir de ese día descansan sus restos.
…”Perdonalos, Padre,
No saben lo que hacen”
Y no lo sabían.
Por esos se
equivocaron.
Los villeros saben
ahora
que en la Argentina,
como en la hora de
Cristo
solo “muriendo por el
Pueblo”
Carlos hermano
Se resucita.”…
El 11 de Mayo de 2012, se conmemoran 38 años de
su asesinato.
Cambiaron los Gobiernos, cambio la Iglesia, el País, el
pueblo, pero el discurso de Mugica sigue vigente. El “ahora mas que nunca junto
al pueblo” se hizo carne en los idealista, en los que creen que solo se pueden
salvar con la ayuda de sus pares, en los que piensan en que un futuro mejor es
posible, en los que creyeron en utopías y vivieron el “querer es poder”, en los
sobrevivientes.
Su cuerpo descansa en la villa 31, todos saben
que ese es su lugar, si hasta la mismísima Cristina Fernández en 2010, fue
personalmente a buscarlo…
Su espíritu no descansa, está en los barrios,
las universidades, los centros barriales, las murgas y los comedores
comunitarios, increíblemente la historia me hace dudar que esté en la iglesia.
Su figura trasciende la política, las clases
sociales y la religión, es recordar que se lo puede tener todo y a pesar de eso
no tener nada, es saber que aún no teniendo nada, se puede tener todo.
(Fragmentos
Poema: “Carlos de las villas” escrito por los habitantes de la Villa 12 de Octubre, el
12/05/74. Editado en el libro “Martín Villa hermano de Martín Fierro” Agosto
1974)
A veces sueño con la esquina donde morí esa
tarde de invierno. Si bien mi reincorporación a la vida fue casi inmediata, en
mi brusco levantarme y echarme a correr, olvide llevarme algunos trozos de mi
espíritu, que quedaron ahí mismo sobre el pavimento. Creo que fue por el susto
al reaccionar y verme rodeada de ojos adultos observando mi cuerpo inerte
tendido en aquel cruce de calles y escuchar los murmullos que especulaban el
destino de mi suerte.
Pobres los adoradores de las necrológicas, se
quedaron con la ganas.
Las charlas de las vecinas en el almacén de
Enrique, tuvieron que limitarse a un “pero no le pasó nada”, cuando claro está serían
mucho más entretenidas si narraran mi muerte.
Primero contarían la escena de mi madre y hermanos
tirados en la calle rasgándose las vestiduras, de cómo en el velorio
aparecerían aquellos parientes maternos que no se veían hace años, en la tienda de Macario, las matronas de la
cuadra se preguntarían por los de mi padre, si es que quedaba alguno vivo.
Luego vendría el responso en chacarita, donde
seguramente asistirían las maestras y los compañeritos del colegio de la calle
Serrano, arrastrados por sus madres, las cuales agradecerían al altísimo no ser
ellas quienes estuvieran pasando por tal desgracia, y posteriormente el
entierro, donde docenas de manos ocupadas con tierra estéril, arrojarían al unísono
y con furia el último adiós al angelito difunto.
Pero todo no terminaría ahí, mientras la casa de
Gurruchaga 1360 y sus habitantes tendrían que vestir un riguroso luto con una
duración minima de 3 meses, sería imperiosa la necesidad de reconstruir
verbalmente los hechos y saber si la culpa fue del conductor o mía, si habría
juicio y posteriormente cárcel o le pagarían a la familia, porque en realidad,
que bien le vendrían unos pesos a la madre, que desde que enviudó sostiene sola
la casa y como tiene varios trabajos le falta tiempo para cuidar a los hijos,
aunque los varones son mas grandes y se cuidan solos, pero la chiquita, estaba
todo el día jugando en la calle y era cantado que le iba a pasar una desgracia…
Seguramente de tamaña noticia se enterarían
hasta los vecinos de Villa Crespo, que con el afán de participar en la
desgracia, forzarían su memoria a mas no poder tratando de recordar de donde me
conocían o se cruzaron con algún pariente, acaso el hijo de la prima del cuñado
del dueño del Timón, no iba al colegio con el hermano?
Sin duda la mejor parte del relato la darían
los padres de los chicos que jugaron con migo esa tarde, los cuales en su
carácter de “testigo privilegiado” y su papel de niños asustados y llorosos, se
le confundirían las cosas y solo la madre seria capaz de interpretar los dichos
del pequeño traumado por semejante acontecimiento. Ellas serian las encargadas
de aclarar si fue accidente o imprudencia, si volé 2 metros o me arrastro el
paragolpes, si era camión o camioneta, si el conductor huyo o se bajo al
instante, si hubo sangre o simplemente morí en el acto.
Luego de que todas las especulaciones hubiesen
sido dichas, se hubieran repasado hasta el infinito como ocurrieron los hechos
y en el barrio sucediera otro caso de similares o mayores características, es
que se dejaría de lado el tema para enterrarlo en el olvido. Pasado esto, solo
se me mencionaría como referencia a otro acontecimiento o para identificar a
algún miembro de mi familia.
Los aniversarios de mi muerte solo serían
recordados por los familiares mas allegados, seguramente mi madre me llevaría
flores de tela o plástico al nicho, el cual seria ideal se encontrara en la
galería 21 cerca de mi abuelo y mi padre, y mis hermanos dirían en vos alta “hoy
hace 32 años que se murió mi hermanita”.
Mis sobrinos tendrían una tía virtual de la
cual no sabrían nada, tampoco podrían imagíname más allá de los 8 años y
estarían libres de comparaciones odiosas a la hora de definir sus gustos y
preferencias.
En Facebook mis compañeros hasta cuarto grado
preguntarían si alguien se acuerda de mi y como morí. Una foto del curso en
blanco y negro aparecería en el grupo de la escuela N° 23 Dr. José María Bustillo,
con una etiqueta llena de signos de pregunta sobre mi cara. Marisi, el cual
estaría vivo porque el trauma de mi muerte y la sobreprotección de la madre, lo
harían más cauteloso para manejar el coche con el que se mato, contaría que era
él, de quien yo me escondía tras un auto mientras contaba hasta cien. Su
hermana me recordaría tirada en el cruce de Niceto Vega y Gurruchaga en el
barrio de Palermo y donde fuera la esquina de su casa.
Yo, que a veces sueño con esa esquina donde
morí una tarde de invierno, y solo paso por ahí en muy pocas oportunidades, me soñaría estando en mi casa, entera de
espíritu, sentada frente a una PC y
escribiendo esta historia.
Parece que a fines de los años ´20, el guapo mas
temido en Villa Crespo era un tal Ferreira. De contextura física robusta,
traje, chambergo, pañuelo y facón le hacia de guardaespaldas a uno de los
caudillos del barrio. Dicen que el hombre se tomaba tan enserio su papel, que
mientras recorría los comités y los bares cercanos a San Bernardo, amedrentaba
a quien se le cruzara en el camino. Poco a poco su fama de matón fue creciendo
y se rumoreaba que nadie podía con el.
En ese entonces los “duelos criollos” a la vera del Maldonado – y elegían este lugar
por ser descampado – eran frecuentes, los motivos casi no importaban - deudas
de juego, viejos resentimientos, alguna palabra mal interpretada, desacuerdos
políticos o alguna mujer en disputa - lo importante era afianzar el coraje
varonil.
Demás esta decir que el duelo a muerte era
penado con la cárcel o el destierro social, en caso que la policía no llegara a
tiempo para arrestar al vencedor, por lo que los duelos eran a “primera sangre”
y en lo posible dejando cicatrices en un lugar vistoso como
ser el rostro, cosa que el derrotado no olvidara nunca al vencedor.
A Ferreira por su fama no muchos se le
animaban, los que no eran sus sequitos simplemente miraban para otro lado al
verlo pasar no sea cosa que los retara a duelo. Un buen día, el carnicero del
barrio se cruzo en su camino y por algún motivo que no queda claro Ferreira lo
reto, al susodicho no le quedo más remedio que aceptar. Así fue como se
encaminaron a un descampado y seguidos por sus acompañantes y público casual, sacaron
sus cuchillos para disponerse a pelear. El Guapo empuñaba su facón de plata y
el humilde contrincante el cuchillo que usaba diariamente en la carnicería para
faenar reces, Ferreira nunca evalúo la destreza en el manejo de la herramienta de trabajo, que en un abrir
y cerrar de ojos cerceno su mano por completo de una sola cuchillada. Así fue
como el hábil carnicero al ver volar la mano derecha de Ferreira aferrada al
puño del cuchillo, se dio media vuelta y se perdió en la inmensidad de la noche
bordeando el arroyo de regreso a la carnicería. Y ahí quedo el malevo, abatido
y en busca de su miembro en los pastizales, pronto los absortos espectadores
alumbrando con fósforos el suelo, lo
ayudarían a buscar por el puro morbo de hallar tan escabroso trofeo.
Pero la fama ya estaba echada y a pesar de que
los vecinos cambiaran su apodo de “guapo” a “manco” Ferreira seguía intimidando
con la frente alta y su muñón en el bolsillo. Claro está que su arma ya no era
un facón, esto debido a que junto con su derecha se fue la destreza para el
manejo del mismo, por lo que el arma tubo que ser reemplazada por un revolver
que guardaba del lado izquierdo del saco y cada tanto sacaba por el solo hecho
de asustar.
Un buen día,
se encontraba tomando una ginebra en un almacén esquinera en Thames y
Triunvirato, cuando ve entrar a un parroquiano que no le gustaba que anduviese por el barrio,
así que con determinación exhibió su revolver como era de costumbre y
con vos firme le ordeno que no volviera mas por Villa Crespo, el hombre
amenazado lejos de de acatar la orden del manco, saco su revolver y sin mediar
palabra, a manera de respuesta disparo dos tiros y se marcho.
Dicen los que saben que en ese preciso momento
nació una leyenda, y que al afamado guardaespaldas ya no le dirían ni “guapo” ni “manco”, desde ese momento seria
llamado “el difunto Ferreira”.
Comenzaban los años 80 y el barrio de Palermo aún
se enorgullecía de ser viejo. Los chicos estrenaban la plaza “Campaña del Desierto”,
en la calle Gurruchaga y Soler estaba la
feria, en Nicaragua y Malabia la regalaría de Gioconda y en Costa Rica y
Acevedo justo alado de la casa del barra de River “El Negro Víctor” el barcito con
la mesa de pool que en sus buchacas tenía enormes cabezas de leones y una
rockola donde los Pimpinela sonaban como novedad. Aquellos dos hermanos de
padres españoles - ella rubia y el de barba - abrían un pequeño local en Av. Canning justo en la esquina con Nicaragua… no, no me
confundí, hablo de los hermanos Iglesias López.
Ella se llamaba María Rosa y su verdadera
vocación era la de ser poetisa, el, mas joven se llamaba Daniel y en su
juventud fue jugador del Deportivo Español.
Buen tipo si los hay tenía el don de caerle
bien a todos. Nunca fue un fachero, sin embargo poseía un particular carisma
que lo convertía en seductor con las mujeres y macanudo con los esposos, por lo
que en poco tiempo “Thesis” se hizo popular. Tan macanudo resultaba, que los
clientes no discriminaban cuando el local estaba cerrado o abierto y no faltaba
un domingo a la noche donde algún inoportuno tocaba el timbre de su casa que
quedaba justo enfrente, para pedirle que le venda un mapa. A pesar de los
epítetos que cruzaban por su cabeza en ese momento, nunca verbalizo ninguno,
pero al cabo de unos años decidió mudarse con domicilio desconocido.
La librería seguía creciendo y llegó el día en
que las instalaciones le quedaban chicas,
felizmente consiguió un local mas grande justo en diagonal sobre la
avenida.
La nueva Librería Thesis – mismo nombre, mayor
tamaño- vestía en su frente dos enormes
vidrieras con letreros de neón y leyendas pintadas en rojo y blanco, los
colores elegidos no eran casuales -Daniel es en extremo hincha de River- su fanatismo futbolero era conocido por sus
clientes los “bosteros” que le apostaban cualquier cosa que fuera, le
dejaban carteles con bromas en caso que perdiera y hasta le arrojaban maíz en
la entrada del local. Los días que mas sufría era cuando jugaban River contra
Deportivo Español.
El futbol no era lo único que le apasionaba,
también entre sus hobbies se encontraba la cocina, considerando que pasaba en
el local la mayor parte de su vida (mas de una vez durmió en él cuando una
empleada rompió la cortina metálica o un auto se estrello contra la vidriera)
se lo veía cada tanto cocinar en un pequeño anafe que se encontraba en el
deposito dos de sus mejores platos: “pastas con salsa a los 4 quesos” y “arroz
con calamares”, este ultimo para Semana Santa donde invitaba a sus familiares, proveedores, empleadas y clientes a degustar. Era
normal que los mozos de “la
Robla” le pagaran con “rabas a la provenzal” o de la pizzería
de la esquina le mandaran “Faina con pimienta”.
También en aquel deposito se encontraba una
vieja duplicadora que funcionaba con
tinta en pasta, Daniel era el único operador de esta maquina, sin duda era un
trabajo muy sucio que ennegrecía sus manos totalmente, lo que él convertía en
un entretenimiento persiguiendo a clientas vestidas de punta en blanco al guito
de “Primor vení que te doy una abrazo” o “rascame la espalda que no puedo y me
pica”…
Su paciencia era envidiable, incluso con los
proveedores y los clientes molestos, entre los personajes que frecuentaban la
librería, se encontraba Abelino, un anciano reparador de maquinas de escribir
que vestía de traje y corbata, usaba unos gruesos anteojos y se peinaba de
costado para tapar su calvicie inminente, cuando caminaba dejaba una particular
estela de olores indescifrables y apestosos, seguramente provenientes de su
ropa la cual no había sido lavada en años y menos remplazada. También los sábados por la mañana
y antes de que abriera el local, en la puerta ya estaba esperando con una
enorme pila de papeles en la maño el Lic. Vicente Capurro Rubinetti, un delirante cuarentón que escribía
“informes” en su maquina de escribir, numerados
y surrealistas sobre noticias irrelevantes de la semana que luego de fotocopiarlos
se los daba a los incautos que pasaban por la puerta.
Cada tanto se veía a la Señora paqueta queriendo
falsificar entradas del teatro Colon para posteriormente revenderlas, o a el
esbelto dueño de “Nave Jungla” vestido con su mameluco color rosa, a los exóticos
artistas under Dalila de los cometas bass
y Eduardo Cutuli, a Ana Maria Giunta o los heavy músicos de Rata Blanca…. También entre los
clientes se encontraban los curas y los jóvenes de la parroquia San Francisco
Javier de Serrano y Nicaragua, que todos los años para viernes Santo y como tradición,
realizaban un vía crucis viviente por las calles del barrio, el mismo culminaba
con la crucifixión de un Jesús de carne y hueso en la esquina de Nicaragua y Acevedo
donde se encontraba una loma de tierra perteneciente a la plaza. Los chicos de
la parroquia solían comenzar con los preparativos varios meses antes, se
trabajaba en la confección de los trajes, el armado del guión y la elección de
los actores, todo el barrio participaba ya que el realismo era fundamental, por
tal motivo Jesucristo no podía llevar barba postiza ni peluca.
Y así fue como a alguien se le ocurrió, que
mejor Jesús que un gallego con cara de judío, barba real y tan buena onda que
no podría negarse. No fue fácil convencerlo, pero finalmente acepto,
seguramente porque nadie le aviso que la corona de espinas era de tal, que arrastraría por varias cuadras un madero muy pesado y que
seria atado a una cruz de mas de 2 metros de alto y embadurnado con tempera
color rojo comprada en su propia librería.
Pero ahí fue el valiente Daniel, recorrió
Palermo en sandalias, vestido con tunica blanca y una banda roja que la cruzaba,
a la vista de amigos y clientes sorprendidos y padeciendo las bromas que le hacían
los jóvenes soldados romanos, arrodillándolo sobre las cloacas malolientes y susurrándoles
cantitos de cancha al oído, que no podía responder porque el personaje se lo impedía..
Era el fin de los 80, al siguiente año no quiso repetir la experiencia.
En la actualidad y después de más de 30 años de llegar al barrio que ya no es el mismo -
incluso en el nombre de la calle que cambio con el tiempo- Daniel sigue al frente de su librería, por ella
pasaron sus padres, sobrinos, sus hijos y los de sus empleados y seguramente la
recorrerán sus nietos.
El es el espíritu del lugar. Un laburador
incansable que no perdió su buen humor ni siquiera en las peores crisis (del país
y de River). Daniel Iglesias López es un personaje entrañable que aunque no veo desde hace años agradezco
conocer.
Cuando alguien se muda a un nuevo barrio cree
saber todo sobre el y poco se preocupa por averiguar su pasado, esta desinformación generalizada conlleva a perder o esconder lo más lindo que
tienen los barrios, su espíritu, ese que radica en su historia.
Este es el caso de Palermo, el viejo, el único
y original Palermo, el que acunó a mis padres y los de mis amigos, a mis
hermanos y sus compañeros, a mí y a mis recuerdos. Cuando paseo por sus calles no puedo evitar que
me inunde una profunda tristeza por pensar en los turistas y porteños ajenos al barrio que recorren sus calles, desde hace años de moda, sin ni siquiera saber ni querer
conocer los cuentos que esconden sus empedrados, como si hubiese surgido el
barrio en el mismo momento que lo encontraron en el mapa.
Nací en el pasaje Coronel Cabrer 4934, el mismo pasaje que todos conocen aunque
pocos recuerdan su nombre, el que se encuentra entre Cabrera y Gorriti y entre
Gurruchaga y Serrano el primero de cuatro o quizás el ultimo.
Solo los que alguna vez vivieron en un pasaje
saben de la magia de estos, son pequeñas comunidades donde los vecinos son más
que vecinos porque el espacio entre vereda y vereda es menor, es el club de los
chicos del barrio porque los autos casi nunca pasan, es la cuadra donde todos
se conocen y saben todo, por donde los de las otras cuadras no pasan salvo que
sea necesario o estén invitados….
Yo vivía en una casa con zaguán y un patio
largo de 30 metros,
las puertas de calle solo se cerraba a la hora de dormir y compartíamos la casa
con mis abuelas, los tíos que venia de visita y algún ocasional inquilino de la
piecita del fondo. Muchas historias
rondaban en torno de la casa porque era vieja y albergo a cantidad de
habitantes en el pasado, se decían que tenía un fantasma, la verdad es que si
estaba nunca me entere de su presencia. La casa te recibía con un enorme
duraznero que se callo tras una tormenta la noche en que la abuela Luisa murió.
Una Parra en el patio abastecía a los vecinos de las cuadra de uvas chinche y a
los Armenios de la calle Acevedo de hojas de parra, en la medianera del fondo
los nísperos del vecino se podían agarrar desde mi patio. Siempre había ruido
de chicos jugando, no importa de donde salían, como dije antes las puertas
siempre estaban abiertas.
En el pasaje hay unas 15 casas, muchas de ellas
- la gran mayoría- perdió su fisonomía original, de hecho en lugar de mi casa
natal se encuentra un PH con primer piso muy moderno pero que nada tiene de
encantador.
En la esquina de Gurruchaga dos vecinos
inolvidables, en una vereda la imprenta del Tuerto, así la conocíamos, en ese
lugar editaban los periódicos de la comunidad Armenia, era habitual ver entrar
o salir a alguno de los Titanes en el Ring que pertenecían a esa comunidad. En
la vereda de enfrente la casa de los Jato, una familia de Españoles
escandalosos y pintorescos, Don Jato era lechero y todas las tardes teñía de
blanco el agua de los cordones cuando manguereaba el camión y los cajones
usados en el reparto, mientras tanto su mujer Berta “la gallega” ponía en orden su
casa a grito puro, el mas característico era “José Luiiiii” usado para llamar
la atención de su hijo menor y revoltoso, era entonces cuando todo el pasaje
sabia que algo había hecho.
Al lado de estos se encontraba la casa de
Honoria y Don Valetín, este era sastre y
tenia su taller en la terraza, también allí vivían sus hijos, sus nietos y sus canarios cantores.
Pegadito – y esto daría para un capitulo aparte
– el “portón” del Sr. Conte, y justamente eso es lo que era, un enorme portón
de color verde que daba a los jardines de la casa del Escribano que tenia su entrada principal por la calle
Gorriti. El Sr. en cuestión tenia como hobby pasar tiempo en el campo y amaba
tanto la naturaleza que para no añorar la vida al aire libre, se traía distintas
especies de flora y fauna que criaba en la parte trasera de su caserón, pocas
veces vimos el portón abierto y aunque ya sabíamos todos que escondía, cada vez
que se lo escuchaba correrlo salíamos de todos lados para ver el espectáculo de
aquella maravillosa selva en miniatura. Claro está que si en tu patio trasero tenes teros, sapos, ranas, serpientes, conejos, caranchos, tortugas, mulitas,
monos y demás cuestiones, alguno se te va a escapar y refugiar en la casa de
algún vecino que a pesar de imaginarse la procedencia del animal se paralizaba
ante un ataque de pánico.A pesar de su excentricidad, todos en el barrio lo querían y respetaban, increíblemente la mayor preocupación del Sr. Conte, era
cuando se le escapaban los perros…
También en esa vereda se encontraba “la casa de
Tucumán” nombre impuesto por los chicos ya que la arquitectura y la edad de la
construcción eran similares a la original convirtiendo a esta en su homónima.
Si bien sus propietarios eran Doña María y su marido el florista, funcionaba
como un conventillo de antaño donde cada habitación era una familia. En los
años 90 fue vendida a un arquitecto de apellido Miguens que la reformo por
completo y de la vieja construcción no quedo ni el nombre.
Aquella casa lindaba con la de Doña Manuela y
su esposo, los dos que eran de distintas etnias – ella de tez blanca y el
oscura – tenían hijas mestizas y eran
una de las pocas familias sino la única de Palermo con estas características.
Frente a ellos Vivian Doña Tota y su hijo
Picho, su casa perfumaba el pasaje con olor
a jazmín del país que colgaba por la medianera emborrachando a los
transeúntes. Picho tenia síndrome de down, pero eso no le impedía tener una
vida normal, todas las mañanas iba a su trabajo en una fábrica de cepillos y
escobillones y por la tarde se sentaba en la vereda a tomar mate y charlar con
los vecinos. En la puerta de su casa había una alta columna de alumbrado de
metal, muy mal ubicada por cierto pero que con gusto los chicos martillaban
cuando daban las 12 del 31 provocando un sonido que emulaba a las campanas. Esa
columna ya no esta, pero el jazmín sigue intacto colgando en la fachada que ya
no es la misma.
Creo haber mencionado varias veces el “no esta”
y el “cambio” y es así, no solo quedan apenas un par de vecinos originales sino
que las casas mutaron por completo. La sucia carbonería de la esquina hoy es
una muy cool tienda de discos, la casa de los Jato un "bar de tapas" y las puertas que
siempre se encontraban sin llave lucen gruesas rejas protectoras. Ya nadie saca
la silla a la vereda ni la mesa completa para celebrar algo con los vecinos, la
vecinas no se sonrojaran cuando Arnaldo Andre les tire besos mientras filme una novela, ya no
vendrá un joven Nicolás Repeto como notero de “la noticia rebelde” a meterse en
las casas, no hay más fiestas de
disfraces en la noche de año nuevo donde los adolescentes ebrios devolvían en
la esquina de la gallega porque querían ser respetuosos con el dueño de casa y
no ensuciarles el baño... Nadie pedirá la canilla prestada para llenar bombitas
y hacer amigos de por vida…
Don Giusepe y Sofia, los Lema, Gloria, Angel,
Doña Manuela, Tota y Picho, Los Farfani y los Muggeri, los Mastrivicenso, los
Jato y los Zeta, son parte de la
historia de Palermo, el viejo, el que comenzó a desaparecer en los 90 para
convertirse en moda y desfigurar su rostro. Me fui del pasaje justo cuando el barrio comenzaba a desvanecerse como una vieja foto en blanco y negro, pero aquel retrato vive intacto en mi
memoria y hoy se los dibujo sentada en mi sillón de madera y junco que atesoro porque hace años y antes de morir me lo regalo mi vecina del pasaje Doña Pascuala.
Hijo de gallegos inmigrantes nació en las
inmediaciones del arroyo Maldonado, el 24 de agosto de 1915. Su familia era
catalogada como una de las pioneras del barrio y su padre era propietario de
una pequeña metalúrgica.
Desde muy chico tenia inclinaciones por el arte, sus primeros
pasos fueron como bailarín de tap, y la vereda de su casa en Serrano 559, fue el escenario que oía retumbar las chapitas
de los zapatos en la baldosas. No tardo mucho en que Angelina Pagano –
prestigiosa actriz de teatro y cine formada en Italia creadora en 1927 del
“Teatro Infantil”- tras probarlo lo sumara a la compañía que dirigía, talvez
adivinando el futuro que le esperaba a aquel pequeño Ángel Magaña.
Su debut en las tablas fue a los
12 años en el teatro Smart Palace (luego
se llamo Blanca Podestá y en la
actualidad multiteatro) un 24 de Diciembre, elhacía de pueblo, en la obra
“Perico Primer Rey de Pulgaria” de Roberto Talice que protagonizara
René Cossa en el papel del rey Perico I.
Para el libro “reportaje al cine
argentino” contaría que esa fue la primer navidad que falto a su casa y la que
aprendió su mas valiosa lección sobre actuación, “En determinado momento, se oía ruido de guerra; de ejército, se oía un
estruendo ¡Boomb! salía el rey a hablar, a calmar a su pueblo, y yo, un
chiquilín, al oír esos ruidos empezaba a temblar, y la gente se reía. Cuando
terminó, me llamó Angelina y me dijo: Mirá, hijo, tienes que respetar al actor
que está hablando, porque el público tiene que enterarse de lo que está diciendo.
Si lo distraes con otro movimiento, perjudicas al actor y a la obra. Entonces
comprendí dónde, cómo y por qué se tienen que hacer las cosas en el
escenario”.
Posteriormente Armando Discépolo lo
convocaría para hacer “Topaze” de Marcel
Pagnol, y luego “La dama boba”, dirigida por Federico García Lorca y
protagonizada por Eva Franco.
En 1935 y con 20 años, realiza un
pequeño papel como extra en la película “El caballo del pueblo” provocando una
verdadero revuelo entre sus vecinos del barrio que concurrían a los cines de la
antigua calle Triunvirato –hoy Av. Corrientes- para verlo en cinemascope.
En 1936 mientras representaba en
el Teatro Nacional Cervantes “La ninfa constante” se enamora perdidamente de
su compañera de elenco Nuri Montsé, con quien se casaría a escondidas en
Uruguay en 1946 tras 10 años de noviazgo.
Un verano de carnaval en el tradicional corso que se realizaba en la
calle Corrientes de su barrio natal, mientras se divertía, lo vio el director
de Cine Mario Soffici y le preguntó si quería filmar una película, esta vez con
un papel mayor al de extra ya que tendría dialogo, así fue como
en 1937 con “Cadetes de San Martín” su nombre empieza a sonar en el cine, el
film estaba protagonizado por Enrique Muiño, con quien seria mas adelante
protagonista de la película “su mejor alumno” interpretando a Dominguito el
hijo de Sarmiento.
Su talento innato, los años de
estudio y figura de galán fueron determinantes en su carrera, no paso tiempo
desde su primer papel, para posicionarse como una de las grandes estrellas del
cine nacional. Su versatilidad lo llevo a interpretar tanto dramas como comedias, entre 1935 y 1979
trabajo en 49 películas junto actores de la talla de Luis Sandrini, Olinda
Bozan, Mecha Ortiz, Tita Merello y Enrique Serrano entre otros.
Cuando finalmente llego al país
la televisión, condujo en 1960 un programa sobre tango por Canal
9 que se llamó "La boite de Angelito", y en esa misma década
protagonizó el ciclo "Los argentinos somos así ¿o no?", trasladado de
la radio, con guión de Rodolfo M. Taboada, en el que representaba un
estereotipo del porteño.
Padre de 2 Hijas, Alejandra y
Julieta – quien debutaría en cine con su padre en la película “Andrea” de 1973 y posteriormente fuera una reconocida animadora infantil- realiza su mayor acto
de amor cuando tras la internación de su esposa Nuri en el hospital María
Ferrer, de Barracas, por padecer de una afección pulmonar, alquilara una
habitación en el hotel que estaba justo enfrente, y cuya ventana daba a la
ventana de su amada esposa, para no alejarse de ella en los momentos que no le
permitían entrar a visitarla. Desde allí lo acompañaban sus amigos, Osvaldo Pacheco, Tita Merello, Niní Marshall,
las hermanas Legrand a los que le decía “Yo siempre espero que se levante”. Luego
del fallecimiento el 26 de diciembre del
´71 a los 54 años, se lo escucho decir en referencia al hotel, “Deberían poner una plaqueta acá, donde
diga que había una historia de amor”.
Tanto amo a su esposa como a sus
hijas, hay una leyenda que de ser cierta lo corroboraría, donde se cuenta que
la muerte de Ángel fue de pena. Todo habria comenzado cuando su hija mayor
Alejandra, se puso de novia con un productor discográfico, ella estaba
profundamente enamorada, pero con el tiempo descubrió que él, en realidad
estaba enamorado de su hermana Julieta, esa decepción la sumergió en una profunda depresión.
Dicen que Ángel, de esa situación
jamás pudo reponerse y finalmente
falleció a los 68 años el 12 de noviembre de 1982 por una profunda tristeza.
Sus restos descansan junto a los
de su esposa en el cementerio de Olivos, donde también descansan otros tantos
protagonistas de la era de oro del cine Argentino y que fueran sus compañeros, entre
ellos Florencio Parravicini, Juan Carlos Altavista, Hugo del Carril y Nini
Marshal.
A pesar de que sus últimos años
fueron alejados del barrio que lo vio nacer y formarse como un gran actor, para
sus viejos amigos y vecinos, sigue vivo en la memoria como el Ángel de Villa Crespo.
Hoy los recuerdos me llevan al “El
Centro” nombre con el que los porteños llamamos al barrio de San Nicolás, esta
ultima denominación fue impuesta por decreto en Mayo de 1972 .
Lo primero que me viene a la
mente son las visitas a Harrods unos días antes de Navidad para ver a Papa Noel
sentado en un suntuoso trono dorado con tapizado rojo. Para llegar a él, era
necesario traspasar los exultantes
pasillo de la tienda sin soltarse de la mano del adulto que te llevaba ya que
el lugar desbordaba de niños y madres, también
concurrir vestidos de punta en blanco considerando que las salidas “al centro”
eran todo un acontecimiento.
Para las fechas patrias era casi obligatorio
visitar el Cabildo, la
Catedral y mirar de lejos la Casa de Gobierno, convengamos que durante mi
infancia los que la habitaban eran personajes nefastos, así que mejor ni
acercarse, como olvidar mi primera experiencia en contacto con los gases lacrimógenos...
Si vivías en un barrio viajar en
subte no era algo de todos los días, por este motivo, cuando eras más grande y te
dejaban viajar solo las excusas no faltaban para arrojarse a la aventura, claro
esta, en grupo y con alguien que supiera el camino. Una Vez llegados a las
estación 9 de Julio, los destinos eran diversos, Punpernic se consolidaba como
el paso obligatorio, luego le seguían los cines continuados, en Av. Corrientes la
lechería “lecherisima” y en Lavalle el Sacoa y la “Galeria Nazi” así bautizada
porque en uno de sus locales vendían insignias y libros relacionados al tema.
En mi adolescencia, y como
experiencia que atesoro, tuve la suerte de tener pase libre en el Convento de
Santa Catalina de Siena en la calle San Martín y Tucumán frente a Galerías
Pacifico, donde junto con mis amigos Horacio y Gabriel, realizábamos
exploraciones históricas en aquel lugar que fuera protagonista durante las
Invasiones Inglesas como hospital de campaña y con total impunidad colgarnos en
lo alto del campanario e irrumpir en lo que fueron los pasillos ocultos que
utilizaban las monjas de clausura y en la celdas abarrotadas de objetos
centenarios arrumbados.
El claustro estaba prácticamente
a la deriva ya que la historia y las autoridades responsables le habían soltado
la mano, apenas estaba cuidado por un par de sacerdotes entre ellos Ricardo
Ochoa, que luchaban contra el gigante de
la desidia, perdiendo la partida cuando la mitad del antiguo monasterio fue
vendido a Techint, para hoy no ser mas que una playa de estacionamiento con una
placa recordatoria y en la otra mitad instalar un moderno resto para turistas
en lugar de un museo para todos ciudadanos.
También recuerdo, cuando solíamos
ir a ver en vivo en Radio Nacional al Negro Dolina y a la salida visitar “El
Emporio de la Papa Frita” o comer una porción de pizza de parados mientras
saludábamos a la estática vaca que se encontraba en la puerta del restauránt “La Estancia”.
Siendo el barrio más antiguo de
Bs. As., muchas son las leyendas que alberga y los lugares que sobreviven al
paso del tiempo. Siempre descubro espacios e historias nuevas, como ser la Casa de Sarmiento, hoy casa
de la Pvcia. de
San Juan, un calido lugar lleno de anécdotas, algunas insólitas, referidas al
ex Presidente Don Domingo Faustino Valentín…
Vale la pena aclarar, que cada vez que alguien lo nombra y a pesar de
ser una cara archi reconocida por su exposición en los días de escuela, mi
cabeza proyecta automáticamente la
Figura de Enrique Muiño inmortalizando al gran Maestro en la
pantalla grande, tanto así que cuando veo una vieja película de el – cualquiera
fuera – automáticamente digo dan una de
Sarmiento.
La casa ubicada sobre la calle
Sarmiento –ex cuyo – te recibe con un enorme patio damero cubierto en su cielo
por parras traídas de la casa natal en San Juan, en el segundo patio una
pajarera y el aljibe en el que en algún momento en su interior apareció un gato
negro y luego de ser rescatado, vive, se
pasea y retoza en algún sillón de la residencia histórica. En el tercer y
ultimo patio, una fuente, un altar a la difunta correa y la vista al mirador –hoy
inaccesible por peligro de derrumbe- desde donde antaño se podía ver mas allá
de los limites de la ciudad.
Y parece que a su morador Domingo
le gustaba divertirse y una de sus fechas favoritas eran los 3 días de feriado
de Carnaval y que durante su presidencia en 1869 institucionalizo el corso por las
calles porteñas (en 1854 Rosas permitió
las Celebraciones pero solo dentro de teatros y salones) las calles elegidas fueron Hipólito Yrigoyen
entre Bernardo de Irigoyen y Luis Saénz Peña, en el recorrido de 5 cuadras participaban
las comparsas que estaban integradas por jóvenes varones blancos, que cantaban letras
escritas por poetas de la época acompañadas por guitarra, percusión y violines.
Las familias aristocráticas se paseaban en sus lujosos autos y mojaban a la
multitud con los pomos Pider y Gosnell expedidos por los boticarios, siendo los
mismos que usaba el gran maestro para jugar con los niños en la vereda.
En 1873, los integrantes de la
comparsa “Los Habitantes de la
Luna” le entregaron una medalla de estaño, donde el perfil
del ilustre sanjuanino se ve disfrazado con una corona y reza una leyenda en su
contorno que dice “Emperador de las máscaras” siendo este el título que recibe
por parte de la comparsa.
Hace unos pocos días y con la
celebración del natalicio de Sarmiento, su casa abrió las puertas al barrio y al
recuerdo a modo de festejo, fue así como en su patio y en torno a un busto erigido
en el centro, la casa se lleno de cantos, risas y tambores de la mano de la
murga de San Nicolás “bailando en un pata” , si bien no hubo “guerra de agua”
como las que le gustaba participar al ex presidente, la calle Sarmiento se
lleno de papelitos plateados y luces de colores.
Hacia años que no asistía a un
festejo de Carnaval, creo que el último fue cuando tenía 4 años y mi madre
me llevo junto con mi hermano al corso de la Av.
De Mayo yo disfrazada de Helena de Troya con un largo vestido
y un peinado estilo romano y mi hermano vestido de indio con bolsas de
arpillera donadas por Enrique Espiño que tenia su almacén en la calle
Gurruchaga al 1300, pero eso es otra historia.
Creo que todos los porteños en
mayor o menor medida tenemos algún recuerdo relacionado con este barrio, por
sus calles se escribió la historia de la patria, los hechos desafortunados, las
victorias y los actos heroicos, sus calles están empedradas de las anécdotas de
café, el glamour de antaño, las luces de la noche porteña. Por sus veredas pasaron los artistas, los poetas del tango, los
negros candomberos, los que compusieron
“una que sepamos todos”, los cómicos de
las revistas, caminar por el centro es
recordar a Olmedo diciendo SAVOY y esbozar una sonrisa, son los cuentos de
fantasmas de los teatros, es la historia del
Negro Raúl vestido de etiqueta por los Dandys de los años 30, es el olor a moscato, pizza y faina devenido
en pizza, birra y faso, es imaginar como será el obelisco por dentro y recordar
cuando te decían que tenia “ventanitas” porque vivía un señor en lo alto. Para
muchos es sinónimo de trabajo, trámites, gente, ruido, trafico, para mí, San
Nicolás siempre fue el barrio de las dualidades, de los “blancos” y “los
negros”, los amos y los esclavos, de los
poetas y los analfabetos, de reyes y peones, de día el barrio de los trajes y de noche el
de los harapos.
Generalmente hay una mística especial en torno
de los payasos, estos, siempre fueron objetos de admiración y de odio, de risas
y de llantos, de felicidad y de pánico.
Quien no conoce a alguien que deteste a los Payasos, acaso nunca vio a un niño
llorar a moco tendido ante la presencia de estos personajes? Son la inspiración
para innumerable cantidad de libros, películas, obras de teatro, cuadros… y
claro está, esta humilde narradora no podía ser
menos….
Corrían los años 90 y el destino me había
ubicado tras el mostrador de un local en el barrio de Colegiales, mas
precisamente en Av. El Cano y Conde, por ser avenida el paso de peatones a
determinadas horas del día es populoso y variopinto… claro está que no todas
las personas que pasan son “normales” y que cada tanto surge de la nada algún
singular transeúnte, este es el caso
del payaso puteador.
Alrededor de las 10 de la mañana se empezaba a
escuchar a lo lejos la voz del viejo payaso, rondaría los 70 años y era de
contextura robusta, con un maquillaje desprolijo y la característica nariz
colorada. Su atuendo era clásico: peluca rubia de nylon avejentada y
desprolija, pseudo Bombin plástico o gorra colorida de tela según el día,
camisa ancha, saco enorme y harapiento con una “flor tira agua” en su ojal, las
inigualables chalupas de payaso con suela gastada por el arrastrar de los pies,
y un Pantalón Gigantesco que apenas podía ocultar un obvio y enorme problema en
la próstata que provocaba en el payaso un andar muy peculiar.
Nuestro personaje se paraba en la puerta de los
locales y con un micrófono plástico de juguete que por medio de pilas
amplificaba la voz, vociferaba improvisadamente el nombre y las características
del lugar seleccionado al azar y a cambio de este servicio (que el comerciante
no había contratado ni pedido) solicitaba de manera poco cordial mercadería de bajo
costo a cambio de la publicidad realizada. En el caso de los Kioscos de golosinas
el objeto de su pedido eran “caramelos para los chicos”, si el comerciante no quería darle (la visita era
diaria) en lugar de utilizar su micrófono para promocionar el lugar, lo usaba
para emitir epítetos contra el comercio, su dueño y sus empleados, demás esta
decir que la mayoría optaba por elegir el menor de los males.
Una vez armado de su botín, el payaso
extorsionador sorprendía a los niños que pasaban por el lugar y con voz ronca
mientas producía movimientos bruscos, sacaba de una bolsa plástica parte de lo obtenido y se lo ofrecía a cambio de una
sonrisa, que en la mayoría de las veces se convertía en cara de susto con
posterior ataque de llanto. Luego seguía su camino refunfuñando en voz baja,
hasta llegar al próximo local donde se repetía el patrón, hasta perderse por la
avenida camino a Cabildo.
A veces cuando no se lo veía por largo tiempo,
y justo cuando alguien decía “hace mucho que no se ve al payaso puteador” llegaba como un aparecido arrojando papel picado o volantes de
propaganda, sonaba la dulce voz de una
madre diciendo a su hijo, - mira al payaso , y como respuesta un sonoro e interminable Buahhhhhhhhhhh.
Para los que vivíamos cerca de Córdoba y Canning (en la memoria del barrio
este sigue siendo su nombre) teníamos lugares claves donde hacer las compras.
Cuando alguien decía voy a la farmacia ya todos entendían que se trataba de la Inglesa, que reinaba justamente
en esa esquina y permaneció con ese nombre hasta 1982, cuando en plena guerra
cambio su nombre por “Gran Malvinas”. Si de ropa deportiva se trataba “La Rosa” era el lugar por
excelencia, todos los inicios de año escolar se concentraban Madres y niños en
busca de Zapatillas Flecha, Bombachones negros y pantalones de gimnasia azules.
La perfumería se encontraba en Córdoba casi llegando a Araos y tras el
mostrador estaba Ada, el lugar era gigante y los sábados por la mañana había
que hacer cola para ser atendido. La heladería eran palabras mayores,
Scanappieco opacaba a todos los locales del ramo en cuadras a la redonda y
hasta venían de barrios vecinos, en los
80 fueron pioneros con la creación del sabor llamado menta granizada. La
disquería era mí preferida, “La
Ruideria del Gato” un lugar pequeñísimo atendido por su dueña
Hippie de los ´60 que permaneció así hasta los ’90, el lugar donde olía a
sahumerio aún antes que se pusieran de moda… Junto enfrente en Av. Córdoba 4684
casi en la esquina de Malabia se encontraba la Librería y Juguetería
Arlequín, un local de dos vidrieras a los costados donde se podía apreciar, en
una todas los juguetes recién salidos y en la otra los artículos de librería.
Casi diría que fue el primer hogar de Barbie y los pin y pon en el barrio,
acompañados por mi pequeño ponny y los micromachine que se exhibían en una
vitrina aparte. Cuando llegaba el día del niño, reyes o navidad, la vereda se llenaba de cochecitos
de muñecas, caballitos de madera, juegos de escobita y secador, andadores y
pelotas de colores que colgaban de la entrada, por supuesto nunca faltaba la
mesa en la vereda donde se envolvían los juguetes… El local con un salón
alargado e interminable, donde sobre su mano derecha se encontraban grandes
mostradores de madera y estanterías con libros y útiles escolares. Sobre la
izquierda, los mostradores eran delicadas vitrinas, cajones en el suelo y
estanterías con juguetes, al final de los mostradores y sentado desde la mañana
hasta la noche, se lo encontraba a don Mendel Waldman, padre de Iser
Majlech Waldman dueño del lugar y al que todos apodaban Isa.
Al contrario de su padre, que tenia fama de cascarrabias y protestón, Isa era
un hombre amable y siempre de buen humor,
respetado y querido por los vecinos y comerciantes del barrio. En el
lugar también trabajaba Silvio, uno de sus tres hijos y estudiante de maestro
Jardinero, particularidad para los años ´80, donde esa profesión era casi
exclusiva de las mujeres. Si entrabas al lugar por la mañana y Silvio estaba a
cargo podías verlo saltar con vehemencia sobre un camión Duravit, para
demostrarle a una madre que esa era la mejor elección de juguete ya que era
indestructible mientras resonaba en la radio la voz de Lalo Mir en su programa
“Radio Bankok”.
Los otros 2 hijos de Isa, eran Paula que solo
se la veía ayudar en las ocasiones especiales ya que era la mas joven de su
familia (eso días y debido a las grandes colas todos los parientes y amigos
colaboraban, incluyendo a Jaime que era el empleado contable) y su hijo mayor Fabián, que estaba a cargo de
la sucursal llamada “Distribuidora 4”
que se encontraba en Av. Córdoba y Thames justo en la esquina y con enormes
vidrieras que la abrazaban.
Arlequín no siempre fue Librería y Juguetería,
aunque si siempre fue de los Waldman; en los años 60 se llamaba “Electrónica
Paternal” y era una de las grandes tiendas del barrio donde se vendían
electrodomésticos, de hecho y aunque
cambiada de rubro el nombre seguía siendo el mismo y para no despistar a los
incautos eligieron al otro como nombre de fantasía.
En el último de sus tres grandes depósitos y
como testigos silenciosos del pasado, en sus estanterías descansaban viejos
tocadiscos portátiles, televisores a válvulas y otros electrodomésticos pasados
de moda, junto a algún que otro libro escrito en hebreo que contaba historias
de Europa antes de la guerra.
No se exactamente cuando dejo de existir,
supongo que la agarro alguna de esas crisis por las que paso la Argentina e implacable
como con tantos otros comercios, la obligo a cerrar sus puertas. Recuerdo en
alguna ocasión y allá lejos en el tiempo, encontrarme a Isa en una nueva
Arlequín sita en Av. Corrientes y Medrano, pero solo fue un paso Fugaz y claro
esta ya no era lo mismo.
Hoy el local sigue ahí, mantiene su estructura
solo que ajironado, dividido en 2 y convertido en tiendas de ropa.
Seguramente los que entren a comprar, no tiene
idea de la magia del lugar, esa que provoco durante décadas la sonrisa de
infinidad de niños, la que adorno las veredas del barrio, la que se distinguía
entre los negocios de la cuadra, porque no se repetían los rubros.
Esa magia que me provoca casi Inevitablemente que
cuando pase por ahí, no pueda dejar de tararear ese tema de vivencia llamado “Los
Juguetes y los niños”.