17 feb. 2012

El barrio de las dualidades


Hoy los recuerdos me llevan al “El Centro” nombre con el que los porteños llamamos al barrio de San Nicolás, esta ultima denominación fue impuesta por decreto en Mayo de 1972 .
Lo primero que me viene a la mente son las visitas a Harrods unos días antes de Navidad para ver a Papa Noel sentado en un suntuoso trono dorado con tapizado rojo. Para llegar a él, era necesario traspasar  los exultantes pasillo de la tienda sin soltarse de la mano del adulto que te llevaba ya que el lugar desbordaba de niños y madres,  también concurrir vestidos de punta en blanco considerando que las salidas “al centro” eran todo un acontecimiento. 
Para las fechas patrias era casi obligatorio visitar el Cabildo, la Catedral y mirar de lejos la Casa de Gobierno, convengamos que durante mi infancia los que la habitaban eran personajes nefastos, así que mejor ni acercarse, como olvidar mi primera experiencia en contacto con los gases lacrimógenos...
Si vivías en un barrio viajar en subte no era algo de todos los días, por este motivo, cuando eras más grande y te dejaban viajar solo las excusas no faltaban para arrojarse a la aventura, claro esta, en grupo y con alguien que supiera el camino. Una Vez llegados a las estación 9 de Julio, los destinos eran diversos, Punpernic se consolidaba como el paso obligatorio, luego le seguían los cines continuados, en Av. Corrientes la lechería “lecherisima”  y en Lavalle el Sacoa y la “Galeria Nazi”  así bautizada porque en uno de sus locales vendían insignias y libros relacionados al tema.
En mi adolescencia, y como experiencia que atesoro, tuve la suerte de tener pase libre en el Convento de Santa Catalina de Siena en la calle San Martín y Tucumán frente a Galerías Pacifico, donde junto con mis amigos Horacio y Gabriel, realizábamos exploraciones históricas en aquel lugar que fuera protagonista durante las Invasiones Inglesas como hospital de campaña y con total impunidad colgarnos en lo alto del campanario e irrumpir en lo que fueron los pasillos ocultos que utilizaban las monjas de clausura y en la celdas abarrotadas de objetos centenarios arrumbados.
El claustro estaba prácticamente a la deriva ya que la historia y las autoridades responsables le habían soltado la mano, apenas estaba cuidado por un par de sacerdotes entre ellos Ricardo Ochoa,  que luchaban contra el gigante de la desidia, perdiendo la partida cuando la mitad del antiguo monasterio fue vendido a Techint, para hoy no ser mas que una playa de estacionamiento con una placa recordatoria y en la otra mitad instalar un moderno resto para turistas en lugar de un museo para todos ciudadanos.
También recuerdo, cuando solíamos ir a ver en vivo en Radio Nacional al Negro Dolina y a la salida visitar “El Emporio de la Papa Frita”  o comer una porción de pizza de parados mientras saludábamos a la estática vaca que se encontraba en la puerta del restauránt “La Estancia”.
Siendo el barrio más antiguo de Bs. As., muchas son las leyendas que alberga y los lugares que sobreviven al paso del tiempo. Siempre descubro espacios e historias nuevas, como ser la Casa de Sarmiento, hoy casa de la Pvcia. de San Juan, un calido lugar lleno de anécdotas, algunas insólitas, referidas al ex Presidente Don Domingo Faustino Valentín…   Vale la pena aclarar, que cada vez que alguien lo nombra y a pesar de ser una cara archi reconocida por su exposición en los días de escuela, mi cabeza proyecta automáticamente la Figura de Enrique Muiño inmortalizando al gran Maestro en la pantalla grande, tanto así que cuando veo una vieja película de el – cualquiera fuera – automáticamente digo  dan una de Sarmiento.
La casa ubicada sobre la calle Sarmiento –ex cuyo – te recibe con un enorme patio damero cubierto en su cielo por parras traídas de la casa natal en San Juan, en el segundo patio una pajarera y el aljibe en el que en algún momento en su interior apareció un gato negro y luego de ser rescatado, vive,  se pasea y retoza en algún sillón de la residencia histórica. En el tercer y ultimo patio, una fuente, un altar a la difunta correa y la vista al mirador –hoy inaccesible por peligro de derrumbe- desde donde antaño se podía ver mas allá de los limites de la ciudad.
Y parece que a su morador Domingo le gustaba divertirse y una de sus fechas favoritas eran los 3 días de feriado de Carnaval y que durante su presidencia en 1869 institucionalizo el corso por las calles porteñas  (en 1854 Rosas permitió las Celebraciones pero solo dentro de teatros y salones)  las calles elegidas fueron Hipólito Yrigoyen entre Bernardo de Irigoyen y Luis Saénz Peña, en el recorrido de 5 cuadras participaban las comparsas que estaban integradas por jóvenes varones blancos, que cantaban letras escritas por poetas de la época acompañadas por guitarra, percusión y violines. Las familias aristocráticas se paseaban en sus lujosos autos y mojaban a la multitud con los pomos Pider y Gosnell expedidos por los boticarios, siendo los mismos que usaba el gran maestro para jugar con los niños en la vereda.
En 1873, los integrantes de la comparsa “Los Habitantes de la Luna” le entregaron una medalla de estaño, donde el perfil del ilustre sanjuanino se ve disfrazado con una corona y reza una leyenda en su contorno que dice “Emperador de las máscaras” siendo este el título que recibe por parte de la comparsa.
Hace unos pocos días y con la celebración del natalicio de Sarmiento, su casa abrió las puertas al barrio y al recuerdo a modo de festejo, fue así como en su patio y en torno a un busto erigido en el centro, la casa se lleno de cantos, risas y tambores de la mano de la murga de San Nicolás “bailando en un pata” , si bien no hubo “guerra de agua” como las que le gustaba participar al ex presidente, la calle Sarmiento se lleno de papelitos plateados y luces de colores.
Hacia años que no asistía a un festejo de Carnaval, creo que el último fue  cuando tenía 4 años y mi madre me llevo junto con mi hermano al corso de la Av. De Mayo yo disfrazada de Helena de Troya con un largo vestido y un peinado estilo romano y mi hermano vestido de indio con bolsas de arpillera donadas por Enrique Espiño que tenia su almacén en la calle Gurruchaga al 1300, pero eso es otra historia.
Creo que todos los porteños en mayor o menor medida tenemos algún recuerdo relacionado con este barrio, por sus calles se escribió la historia de la patria, los hechos desafortunados, las victorias y los actos heroicos, sus calles están empedradas de las anécdotas de café, el glamour de antaño, las luces de la noche porteña. Por sus veredas  pasaron los artistas, los poetas del tango, los negros candomberos,  los que compusieron “una que sepamos todos”,  los cómicos de las revistas,  caminar por el centro es recordar a Olmedo diciendo SAVOY y esbozar una sonrisa, son los cuentos de fantasmas de los teatros, es la historia del  Negro Raúl vestido de etiqueta por los Dandys de los años 30,  es el olor a moscato, pizza y faina devenido en pizza, birra y faso, es imaginar como será el obelisco por dentro y recordar cuando te decían que tenia “ventanitas” porque vivía un señor en lo alto. Para muchos es sinónimo de trabajo, trámites, gente, ruido, trafico, para mí, San Nicolás siempre fue el barrio de las dualidades, de los “blancos” y “los negros”, los amos y los esclavos,  de los poetas y los analfabetos, de reyes y peones,  de día el barrio de los trajes y de noche el de los harapos.  


2 comentarios:

  1. Acaba de llegar a nuestro teletipo la confirmación sobre los disfraces mencionados en su nota: correcto el de Helena de Troya (con un hombro al aire, añade nuestro corresponsal); pero incorrecto en lo que atañe al de su hermano: no era de indio, sino de hippie, y ya había sido empleado para una fiesta escolar.
    No olvidar -finaliza el cable- al clásico chocolate con churros de la Giralda, en Av. Corrientes entre Paraná y Uruguay.
    Excelente nota, como siempre (salvo la mención al infame Sarmiento, pero ese es tema para otro Suplemento).

    La Redacción.

    ResponderEliminar
  2. Parece que mi informante no recuerda con claridad, aunque tranquilamente podría ser hippy devenido en indio y viceversa, como sea tengo una leve sospecha del porque no volví a concurrir a un corso...

    ResponderEliminar