2 ene. 2013

Ángel de la guarda

El día anterior habíamos almorzado con Migue y el Rubio, el cual nos contó como haciéndose pasar por funcionario, había logrado hablar con la gerenta de la fabrica de colchones y hacer su reclamo. “Te estoy viendo, y si no me solucionas el problema te busco y te cago a trompadas”, esa era la frase que resonaba en mi cabeza, mientras recorría a bordo del colectivo 93, el tramo comprendido entre Chacarita y Recoleta.
-Pero que violento este muchacho… repetía mi vos interior una y otra vez, superponiéndose con otra que me decía – si vos hace años también eras igual…
Ahí fue cuando recordé el incidente con el peluquero, no era mi peluquero, sino uno que trabajaba en el local vecino a la librería de Colegiales.
La discusión empezó cuando le llame la atención, por meterse en el depósito del local del cual yo estaba a cargo en ese momento, lo había hecho sin autorización y pese a la advertencia de que el dueño, al cual buscaba, no se encontraba en el recinto. El alegaba que por ser amigo de Jorge, podía entrar y salir del lugar a su gusto, yo insistía en que si no estaba “su amigo” no podía. La conversación fue subiendo de tono, hasta que lanzo su primer insulto, como suele suceder en las discusiones entre personas de sexos opuestos, el tópico es la frecuencia con que la mujer tiene relaciones sexuales y el tamaño del miembro masculino. Parece ser que el peluquero en cuestión, tenia como trauma el tamaño del mismo, cosa que yo no sabia, por lo que mi frase “y vos la tenes chiquita” actúo de estocada final en dicha discusión, que termino con una amenaza de rotura de caninos, molares e incisivos hacia mi persona… 
De ninguna manera iba a permitir que la cosa quedara así, a la salida de mi turno, me corrí a la peluquería y en voz calma le consulte, -vos tenés un familiar mecánico? Cave destacar que su flamante auto, era receptor de su amor incondicional y cuidados extremos, -Porque vos me dijiste que me vas a romper los dientes, y yo tengo en la familia alguien que me los arregla gratis, pero si no me pedís disculpas te rompo todo el auto! Si bien no estaba en mis planes hacerlo, una cosa lleva a la otra y el paraguas que tenia en mi mano para resguardarme de la lluvia, termino incrustado en la óptica trasera de su auto.
A pesar de que Hernán Guido me doblaba en estatura y fuerza, luego de un intento frustro de detenerme, termino llorando como un niño y suplicando piedad con su auto.
-Cuanta agresividad, como es posible que hiciera esas cosas… no se porque me asusto de lo que contó el rubio, si yo era peor...  Y pensar que Jorge ni nadie me defendió…
La imagen del gran hospital Rivadavia en Av. Las Heras, interrumpió mis pensamientos para recordarme que había llegado a destino. Las puertas del amarillo colectivo se abrieron justo enfrente a la maternidad Peralta Ramos, lugar que me vio nacer allá por los años ´70. Camine unos pasos hasta la esquina de Austria, y antes de cruzar el semáforo me detiene,  veo como un auto le entrega al hombre que limpia parabrisas en esa esquina, una bandeja de facturas y sándwiches de miga, por un instante me alegre por el. Fue cuando lo vi venir a mí, tendría aproximadamente unos 40 años, menudo, no mas de 1.60 m, su cabello rapado, vestía una remera y un jean, ya lo había visto en otras oportunidades trabajando en esa misma esquina. Yo permanecía parada sobre el cordón, el se detuvo frente a mi parado en el empedrado. Tenia una postura firme y segura, me miro fijamente a los ojos y me dijo: - Yo te amo, mi amor por vos es incondicional, te voy a amar siempre. La sorpresa me invadió, quería salir corriendo pero sentía que estaba encerrada en cuatro paredes invisibles, me di cuenta que esas paredes impedían que el tuviera contacto físico conmigo, mi espíritu se tranquilizo y permanecí inmóvil escuchando. – Yo siempre voy a estar acá para vos, si alguien te hace algo me buscas, yo estoy para defenderte… Si es necesario me peleo, porque te amo, y siempre te voy a amar…
Junto con el paso de la luz roja a verde mi corazón reanudo sus latidos, solo atiné a decirle “Muchas gracias” y cruzar primero Austria y luego Las Heras con paso firme y acelerado.
En mi mente que por un momento se había quedado totalmente en blanco, comenzaron a fluir una vorágine de pensamientos. Entre ellos, el breve comentario que me había hecho Martina la noche anterior a propósito del libro sobre Ángeles que le había regalado en Navidad. – Vos sabes que tu ángel se llama Mitzrael y te acompaña desde que naciste?. – Este libro dice que a veces para protegerte se te aparecen de distintas maneras, y si sos dura para ver las señales, directamente se te presentan como personas y te dan el mensaje.
Será? pensé, que loco! Y justo en la puerta del lugar donde nací… de a poco una sonrisa se iba dibujando en mi rostro, - Esta bueno que alguien te diga esas cosas aunque sea un desconocido…. Esa imagen me acompaño todo el día.
A mi regreso el limpiador de parabrisas ya no estaba, los días que siguieron tampoco lo vi. No se si fue real, si era un alcohólico confundido, un marginal enamorado, o un bromista al acecho de jóvenes incautas, no me importa mucho, cuando ando por ahí lo busco con la mirada, desde su inusitada intervención dejó de ser una de esas tantas sombran que habitan las esquinas de Buenos Aires. Si lo vuelvo a ver tratare de juntar coraje y preguntarle su nombre, tal vez me responda, - Mi nombre es Mitzrael.