25 jun. 2012

Había una vez un circo


Corría el año 1910 y la patria pujante estaba de festejos por los cien años de la Revolución de Mayo. En el barrio de Caballito se inauguraba el parque que llevaría el nombre de “Centenario” íntegramente diseñado por el renombrado - y muy de moda en aquella época- arquitecto franco argentino Carlos Thays. Colectividades de todas partes del mundo, donaban esculturas y monumentos, entre ellos: “la torre de los ingleses” en Retiro, el monumento a Cristóbal Colon o el de George Washintong.
Para la ocasión la ciudad se lleno de visitantes extranjeros, algunos ilustres y otros no tanto. Entre las comitivas llegaron artistas de variedades, que representarían sus actos para el pueblo durante las celebraciones, entre ellos los hermanos Nobel.
El Trío de acróbatas era oriundo de Kiev, capital de Ucrania, y arribo a puerto Argentino en abril de ese año acompañado de algunos primos Rusos que desempeñaban otros actos del mundo circense. A pesar de estar pautado el regreso a su país luego del mes de Mayo, los dos hermanos mayores, decidieron seguir las representaciones y en poco tiempo se encontraron casados y con hijos.
Instalados ya definitivamente en nuestro país, continuaron con su espectáculo. Así pasaron los años y el menor de los hermanos llamado Jaim, que al llegar a Bs. As. apenas tenia 10 años, también formo su familia.
Corría el año 1925 y en Europa se vivían la post guerra, muchos decidieron escapar de sus países para no perder lo poco que les quedaba, este es el caso de Abraham Mociulsky, también oriundo de Kiev y viejo conocido de la familia Nobel. Abraham adquirió una finca a unas cuadras del Parque Centenario, en esa época las zonas linderas al parque ya eran popularmente llamadas con el nombre de este, a pesar de pertenecer a Caballito, Villa Crespo o Almagro.
No paso tiempo para que en parte de ese terreno ubicado en la calle Ferrari al 200, se instalara una carpa que llevaría el nombre de “Circo Estrellas del Centenario” y estaría a cargo de los hermanos Nobel.
Este espacio funciono hasta 1940, año en que la fiebre fabril, llevo a Don Mociulsky a tomar la decisión de construir en ese predio una empresa textil. La Fábrica fue inaugurada en 1945 y funciono hasta los años ´80 cuando cerró definitivamente sus puertas.
El viejo circo que parecía haber quedado en el olvido sin dejar rastro, vivía en la memoria del ahora anciano Jaim, aquella historia esperaba el momento exacto para ser contada.
Pablo Zarfati productor y director de espectáculos, y su esposa Miriam de profesión trapecista, llegan de un largo viaje por Paris, donde fueron a capacitarse cada uno en lo suyo.
A su llegada en 1991, montan un espectáculo circense al aire libre en el Parque Centenario que se presentaría durante todo el año, Pablo entusiasmado por la experiencia, le cuenta a su abuelo los momentos vividos. Para su sorpresa, este, le relata su llegada a Buenos Aires proveniente desde Ucrania, junto a primos y hermanos en 1910 y la posterior apertura de un Circo en cercanías de dicho parque.
La casualidad sorprendió a la joven pareja, pero solo era el comienzo de una serie de acontecimientos insólitos por suceder.
David, el hijo de Abraham Mociulsky y heredero del enorme galpón donde alguna vez había funcionado la textil de su padre, y que desde los años 90 el edificio estaba totalmente abandonado, publicita el terreno en los clasificados del diario.
Cuando en el año 2004 Pablo, que busca un lugar para abrir “El club de trapecistas”, leyó el aviso y no tuvo más que apelar a su memoria y atar cabos para que el círculo se cerrara. Basto con contarle la historia a David, para que ésta siguiera su camino. No había mas que decir, el galpón de la calle Ferrari 252 volvería a ser el “Circo estrellas del Centenario”.
Hoy de su cúpula que mantiene la claraboya original, cuelgan alegres las nietas de Don Abraham en sus clases de trapecio. De la Fábrica quedo la estructura de 12 metros de altura, la caja fuerte cerrada y un “Viva Perón” manuscrito en el suelo, del viejo circo la sangre y la pasión de sus herederos.


Video de 1941 - inauguración del tinglado de la Textil

18 jun. 2012

Viviendas para todos


Mil veces pase por esa manzana y mire sus muros sin prestarle mas atención de la que creí se merecían. Pero esta ciudad es así, cuenta historias a los gritos, para los oídos sordos de los habitantes que la recorren a diario.
La gótica Facultad de Ingeniería ya por si sola llama la atención, emplazada en el barrio de Recoleta en la manzana comprendida por las calles Av. Las Heras (ex Chavango), Pacheco de Melo, el Pje Cantilo y Azcuenaga, esconde otra historia que hasta hace un año estaba notoriamente visible y seguramente a pocos le llamo la atención.
La historia del barrio de Recoleta comienza en 1580, cuando Juan de Garay tras fundar la ciudad repartió las tierras entre los 65 hombres que lo acompañaban, Rodrigo Ortiz Zarate (2° intendente de la Ciudad) fue el afortunado poseedor de las parcelas que hoy ocupa y en ese entonces se conocía como la chacra “Los ombúes” . Tras la muerte de su primogénito dueño, su heredero Juan Ortiz de Garay vendió la chacra al capitán francés Beaumont a cambio de un traje completo de hombre, dado que consideraba que ese lugar no teni­a ningún valor. En 1608 las tierras fueron nuevamente vendidas, esta vez por una tenaza, una peluca y un abrigo.
El nuevo dueño Simon Valdez, era  devoto de la Virgen del Pilar y promete a esta  la construcción de un templo para venerarla, pero muere sin llegar a cumplir la promesa y los terrenos le quedan  a los frailes Recoletos Descalzos de la Congregación Franciscana,  quienes en 1732, y tras 26 años de construcción y 2 benefactores,  inauguran la aun existente Iglesia del Pilar, cercana al  arroyo Manso o Tercero del Norte, actualmente este arroyo esta entubado y discurre por debajo de Av. Pueyrredón,  Austria y Tagle, desembocando en el Río de la Plata.
Hacia 1830 el convento además había funcionado como cuartel, hospital de sangre, cárcel y la barda del recién inaugurado cementerio como “paredón de fusilamiento” por Rosas y sus soldados.
Cuando Buenos Aires sufrió terribles epidemias de cólera fiebre amarilla en la década de 1870, la población se desconcentró para evitar el contagio. De los 190.000 habitantes solo quedaron en la ciudad 45.000, las clases populares se instalaron en el sur-sureste de la ciudad, y las más acaudaladas lo hicieron en la Recoleta donde la altura del terreno reducía la presencia de insectos transmisores de la enfermedad.
Por esta emigración, muchos terrenos quedaron vacíos y sin dueño, como ser el caso de los ocupados por el Matadero del Norte, emplazado en la manzana mencionada al principio de este relato. Hacia 1882, el Ingeniero Municipal Juan Antonio Buschiazzo, creyó una buena idea diseñar un “Barrio Obrero” en estos terrenos. Su proyecto incluía dos tiras perimetrales de 56 casas a lo largo de Anchorena y Larrea, estas contarían con una sola entrada en medio de las cuadras, y en el centro un jardín donde se ubicarían los lavaderos. Lamentablemente este proyecto fue desechado, sin embargo en 1886 y lejos de dejar la idea de lado,  Buschiazzo decide cambiar la ubicación y trasladarla a la manzana contigua que llegaba hasta la calle Azcuénaga, serían 58 viviendas repartidas en tres franjas, en esta oportunidad,  solamente le aprueban edificar 1 tira de 20 casas con jardín y administración. De aquello que imagino como un gran conjunto de casas para obreros, finalmente se construyeron 8 viviendas que se inauguraron en 1889, siendo las pioneras de este tipo, ya que hasta 1910 no existió ningún otro plan de viviendas económicas.
En 1909 se proyecta la construcción de la Universidad de Derecho y Ciencias Sociales que ocuparía el espacio dejado por las viviendas no construidas, recién 3 años mas tarde y con los planos originales modificados, comienza la construcción que nunca fue terminada del todo, por lo que supone fueron errores de calculo en sus planos finales. En 1925 se inaugura parcialmente, para en 1938 abandonar definitivamente las obras dejándola sin sus revestimientos interiores y exteriores y cúpula neogótica. A fines de los años ´40 el edificio es cedido a la Facultad de Ingeniería, los vitraux de sus ventanales traseros y sus jardines lindaban con las 8 casas erigidas por Buschiazzo. En los Años ´80 es cuando se decide que la Facultad necesita un estacionamiento, por lo que se ordena demoler el interior de las casas centenarias y dejar solo su frente ciego a modo de muro perimetral.
Como una paradoja, lo que un día fue concebido para beneficio de la clase trabajadora es demolido en beneficio de la clase acomodada. Y si nos parece incompatible pensar en casas obreras, en el corazón de un barrio donde el inconciente colectivo cree que los humildes solo tienen acceso en condición de empleados, los muros inertes y grises permanecían ahí desafiantes, aunque no todos supieran su historia.
Hoy cuando en los medios se habla de viviendas para todos, aquellos muros fantasmas que resistieron al tiempo, y en los últimos años sirvieron de albergue para personas en situación de calle, fueron demolidos con el fin de construir estacionamientos subterráneos. Con ellos se fue un monumento a la utopia, los sueños de integración entre clases sociales y parte de la historia de la Ciudad, esa que nos cuenta cuando un terreno no valía más que un traje o una peluca.